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Posted On 03/03/2014 By In Ética, Opinión, Política With 1533 Views

Entonces no me moví y ahora vienen a por mí

Con el título “No nos salva ni Dios si no cambiamos” publiqué el 6 de setiembre de 2004 un escrito cuya idea central hoy es actualidad rabiosa y lacerante. Lo que en él dije ha variado en lo anecdótico, pero no en lo esencial, de modo que ganas me vienen de copiarlo íntegro. Pero no voy a hacerlo sino que aprovecharé la ocasión para añadir algunas reflexiones y pondré el enlace al pie para que entre a leerlo quien tenga ganas.

Señalaba en aquella ocasión la poca voluntad de cambio que observaba en mi entorno social, una poca voluntad que sigo observando hoy por más que muy otra sea la circunstancia. Lo que en aquel tiempo era casi profecía hoy es ya una lamentable desgracia. El poder oprimiendo y el pueblo sin más propósito que el de sobrevivir.

Pep Castelló

Pep Castelló

La diferencia entre el 2004 y hoy está básicamente en que entonces los oprimidos eran otros en tanto que ahora lo somos nosotros. Se cumplió aquello de “entonces no me moví y ahora vienen a por mí”. A por mí o a por alguien cercano, que para el caso es lo mismo porque nos afecta aunque no nos dé de pleno personalmente.

Vivíamos tan felices. Nuestro nivel de vida era envidiable. No queríamos oír hablar de otra cosa que no fuese nuestro propio bienestar. A nadie le importaba de dónde salía ni quien lo pagaba, pues los conflictos y sufrimientos que exigía estaban fuera de nuestras fronteras. No era cosa nuestra sino de quienes gobernaban. El robo, la explotación y el crimen que conllevaba nuestro tren de vida no lo efectuábamos nosotros, por más que nos beneficiásemos de ello. No teníamos por qué sentirnos culpables de lo que hacían los demás. Éramos buena gente, sin duda alguna, y merecíamos vivir lo mejor posible.

Sabemos bien que el mal es mal tan solo cuando lo padecemos. Cuando lo padecen otros, puede que nos dé pena, pero… ¿Qué se puede hacer? Ahora bien, cuando lo hacemos… No, cuando lo hacemos no es tan grave y además, es inevitable. Es la vida: hoy te toca a ti, mañana quizá me toque a mí.

Pues bien, ya llegó ese mañana. Hoy se dan acá aquellas situaciones de explotación en que trabajaban en las lejanas maquilas de América Latina, o en el lejano oriente quienes pagan con sus vidas nuestro disfrute y bienestar. Hoy acá los gobernantes corruptos, esbirros de los amos del mundo, nos rebajan el sueldo, nos aumentan las horas y nos empeoran las condiciones de trabajo. Hacen que crezca el paro en cifras desorbitadas. Nos quitan servicios sociales básicos como son la sanidad y la enseñanza y los privatizan convirtiéndolos en negocio cuyo disfrute esté solamente al alcance de los privilegiados. Nos empobrecen mediante impuestos sobre productos de consumo necesarios. Nos aumentan la edad de jubilación y nos amenazan con robarnos las pensiones. Y por si todo eso fuese poco, nos limitan derechos democráticos como el de manifestación y protesta.

Hemos retrocedido a los viejos tiempos de la dictadura. La democracia en que creíamos vivir muestra su falsedad, su verdadera identidad de sistema autoritario y represor. La sociedad del bienestar se apaga como la luz del día al atardecer. Nos invaden por doquier las tinieblas, pues nadie sabe a dónde iremos a parar. Pero aun así la gente no se mueve. Hay, como no, una parte de la población movilizada, pero la gran mayoría permanece pasiva, esperando que los otros saquen las castañas del fuego para ellos poder comerlas. Más de la mitad de la población es insolidaria, como bien muestran los porcentajes de seguimiento de huelgas y manifestaciones. Y no falta quien espera ingenuamente “que pase la crisis” para volver a vivir como vivíamos. ¡Necios! ¡En las guerras nunca retrocedieron los vencedores!

Hoy más que nunca está claro que la suerte del pueblo depende de nosotros, de nuestra solidaridad, de nuestro espíritu de lucha, de nuestra capacidad de organizarnos y actuar colectivamente. Quienes gobiernan y mandan no logran ya seguir ocultando bajo pieles de cordero su condición de lobos depredadores. Ahora todo el mundo sabe qué son, quiénes son y cuáles son sus propósitos. Nadie puede llamarse a engaño ni aun queriéndolo. ¿Qué esperamos, pues, para ponernos al lado del vecino, para unirnos al igual y luchar por lo nuestro, por lo que nos roban, por esa dignidad que hoy nos pisotean descaradamente?

No tendremos mejores ocasiones para sumarnos a la lucha. Cada vez los poderosos estarán mejor organizados para impedírnoslo. No nos vale ya la estrategia de la cebra que huye del león corriendo más que su hermana para que no sea ella sino la otra la cazada. Hoy vienen a por todos y no se van a contentar con saciar su hambre del momento porque no son leones ni lobos ni animales salvajes sino perversos mortales insaciables. Hoy somos presas acorraladas y no nos quedan más salidas que luchar o perecer.

El capitalismo que nos explota no va a retroceder mientras triunfe. De nosotros depende darle la batalla o perecer en sus garras.

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