Posted On 01/10/2021 By In portada With 235 Views

Homilía en la Oración Ecuménica por la Creación (en Málaga) | Louis Darrant

Este fue el mensaje del jueves 30 de septiembre en la reunión ecuménica de oración por la Creación (desde la iniciativa Season of Creation) en el Cementerio Inglés de Málaga.

 

Entrar a este lugar a través de las rejas del portón de la Avenida Pries, es entrar en un jardín con profunda historia y paz, un lugar donde se entrelazan las historias de los malagueños y las comunidades de expatriados.

Nos reunimos en el lugar soñado por el cónsul británico William Mark, que tras mucha determinación fundó el cementerio inglés en 1831. En 1846, el obispo Tomlinson, primer obispo de la recién creada diócesis de Gibraltar, llegó a Málaga para consagrar el jardín del cementerio inglés.[1]

Este año se celebra el 130 aniversario de la Iglesia de San Jorge en el Cementerio Inglés. Hasta abril de 1891 se celebraban los servicios anglicanos en el antiguo consulado británico, en la calle Vendeja en el barrio de Málaga ahora conocido como Soho. Los planos del edificio fueron elaborados en 1839 por el entonces cónsul británico William Penrose Mark y su construcción tardó un año. El edificio original era un templo ornamental que servía como casa para el guardia del cementerio y su familia, con una pequeña habitación reservada para un sacerdote visitante que pudiera venir a realizar un entierro. Avanzando muchos años hasta nuestros días, St George’s es un hogar espiritual para muchas personas de diferentes países y orígenes que descubren la esperanza y el consuelo en la belleza de este lugar.

Algunos días me siento tranquilamente en este jardín y escucho el sonido de las aves, el zumbido de los sonidos de la ciudad al fondo, el drama del cielo y pienso en las historias de los que aquí se recuerdan y los que hoy vienen buscando a Dios en los cambios y las oportunidades de nuestra vida. Recuerdo que en la Biblia el jardín ofrece el teatro de nuestra salvación. Desde el paraíso perdido del Edén, hasta la agonía de Getsemaní y la confusión de María suponiéndole a él como el jardinero en la tumba vacía. Un jardín cementerio es un lugar conmovedor para reunirse como Pueblo de Dios, con diferentes orígenes y tradiciones y celebrar la historia de nuestra redención en Cristo resucitado.

Nuestra redención se está elaborando en medio de una crisis ecológica con posiciones polarizadas sobre cómo responder a la urgente amenaza de una catástrofe humana. Hay que hacer un contraste con el lenguaje de algunos activistas ambientales y el lenguaje tradicional de la Iglesia. Las acusaciones de que la Iglesia está obsesionada con el pecado, se encuentran curiosamente junto al lenguaje de algunos activistas que lamentan la participación del hombre en la destrucción de los hábitats no solo de las criaturas, sino el nuestro, y un llamado al arrepentimiento y a una nueva forma de vida. Diferentes lenguajes, pero un apretón de manos que comparten la lucha por un mundo nuevo.

Entonces, ¿cómo puede la Iglesia hablar con esperanza y claridad? Comencemos diciendo que Dios es Dios. En Dios encontramos nuestro destino y, por devastadores que sean los efectos del pecado humano, nada puede ser tan malo como para eclipsar la gracia de Dios. Al lamentar el estado de la tierra, no necesitamos exagerar el poder de la humanidad sugiriendo que podemos arruinarlo todo de forma permanente o hacer a Dios demasiado pequeño. La preocupación cristiana por el medio ambiente debe ser más grande que nuestra propia autoconservación. Nuestra fe se trata de la historia de Dios en la que podemos participar y no al revés.

Para algunos cristianos, la tierra es un lujo innecesario en nuestra esperanza de unión con Dios. Puede verse como una especie de camisa de fuerza de la que nos liberamos. Puede ser un lugar maravilloso y asombroso que nos lleva a la intimidad de Dios, pero fundamentalmente no es algo necesario o de lo que dependamos. Este último entendimiento es donde la visión cristiana de la tierra a menudo se ha equivocado tanto. Entonces, si Dios es Dios y la tierra no es algo para vencer y escapar, ¿dónde está entonces la esperanza cristiana?

La resurrección de Cristo es donde comenzamos. María no reconoce a Jesús en la tumba vacía, supone que es el jardinero. ¿Por qué aparece Jesús resucitado en la tierra? Si nuestro destino es estar con Dios en el cielo, ¿por qué no va Jesús directamente allí? Pensemos en las apariciones de Jesús en ese primer día de Pascua. Les muestra a sus discípulos las marcas en sus manos, costados y pies. Come pescado asado a la orilla del mar. Tiene un cuerpo real y no un espíritu incorpóreo. Estas revelaciones nos dicen algo sobre cómo los cristianos debemos ver la creación y la crisis ambiental. La resurrección es la promesa de que la tierra vendrá al cielo y el cielo vendrá a la tierra. La Tierra no es un lujo ni una limitación, sino el teatro del deleite de Dios.

La razón por la que nos apasiona el cuidado de la creación no es porque todos estemos condenados si no la cuidamos, sino más bien porque este es el hogar que Dios nos ha dado para vivir ahora. Si no disfrutamos y no nos preocupamos por el hogar que Dios ha hecho para morar ahora, ¿por qué deberíamos asumir que anhelaremos y apreciaremos el hogar celestial preparado para nosotros? Cuidar la creación expresa nuestra gratitud por el hogar que se nos ha dado. La contaminación y explotación de la tierra, el mar y el cielo, el agotamiento de los hábitats y la erradicación de especies le dicen a la humanidad que la creación está disponible y que su supervivencia es secundaria a nuestra comodidad.

Para los cristianos, la crisis de la creación es una oportunidad. Porque la historia de la creación nos cuenta cuando los pájaros comenzaron a cantar llenando el aire con una música indescriptible. Nuestra fe habla de alguien que vino y caminó entre nosotros recordándonos la música que habíamos olvidado y enseñándonos a cantar nuevamente. En su resurrección, nos inspira a esperar el día en que toda la creación, rocas, montañas, mares y valles, cante la antigua y siempre nueva canción de Aleluya. Y mientras tanto, nuestra ofrenda de alabanza nos libera para permitir que otros canten con nosotros con una voz que nunca supieron que tenían.

 

 

Esta homilía ha sido igualmente publicada en la web de la Diócesis de Málaga, aquí lo ofrecemos también con el permiso del autor.

 

 

 

 


[1] Nota del editor: El autor se está refiriendo a la Iglesia Anglicana.

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