Posted On 20/02/2013 By In Opinión With 1970 Views

Ignorados y vencidos. Breve ensayo de sociología religiosa

La expresión histórica del protestantismo en suelo español (vulgo evangélico) sólo resistirá un par de décadas más. Aunque sus actores actuales no puedan verlo (por vivir de forma centrípeta una fe plenamente socializada) ni parezca a día de hoy un mensaje profético aceptable para el statu quo dirigente y militante, lo que comenzó a finales del siglo XIX de la mano de movimientos pietistas europeos y norteamericanos está en proceso de convertirse en una caricatura social desarraigada e irrelevante, si es que alguna vez fue algo más que una minoría religiosa ensimismada y engreída.

Analicemos su evolución histórica. Durante la primera mitad del siglo XX la iglesia protestante o evangélica (dos sinónimos aquí que no lo son en otros lares) se abrió paso penosamente en el contexto de un país que se fue incorporando tardía y torpemente en la modernidad. Era una iglesia rural y popular, quijotesca podría afirmarse frente a los desafíos y la incomprensión de una sociedad hostil que nunca entendió ni su naturaleza, ni su espiritualidad, ni su razón de ser. Como pequeños islotes de fe disidente atravesó la Restauración, la dictadura militar de Primo de Rivera y la II República levantando iguales dosis de curiosidad y recelo por parte de todos los estamentos sociales. Insignificantes numérica y socialmente, practicó un capillismo resistente y valeroso como mecanismo de defensa ante una fe mayoritaria, monolítica y bien avenida con los poderes públicos, así como estrechamente fundida con la tradición y la identidad de los pueblos y naciones de España. Escapando del mundo y sus afanes, creyó que las primeras olas de secularización violentas que desembocaron, entre otras razones, en la Guerra civil Española no eran de su incumbencia, manifestando un desapego y una indolencia hacia los asuntos temporales  rayana en la extravagancia. El fin del conflicto y la larga noche franquista restringirán, más si cabe, sus pobres expectativas (básicamente de reunión y culto), aunque como siempre pasa en momentos de fuerte restricción de libertades, algunos cientos de personas abrazaron la fe evangélica (represaliados de izquierda en su mayoría) como válvula de escape ante una opresión política y social asfixiante, sumándose a sus filas por razones espurias.

Los años sesenta traerán un tristísimo proceso de apertura mediante la inscripción en el Ministerio de Justicia de las iglesias y entidades que desearon salir a la luz, sucumbiendo así a una  repulsiva y vergonzante oferta de normalidad por parte de un régimen autoritario que necesitaba refrescar su imagen frente a Europa y el mundo. En plena etapa del desarrollismo español las iglesias evangélicas florecieron tímidamente, ampliaron y completaron su presencia salpicando la península de congregaciones en pueblos y ciudades de tamaño medio, pero manteniendo una atomización atroz y una irrelevancia social absoluta. Con la transición democrática  nada cambió sustancialmente. Nada había que aportar al nuevo régimen de libertades y oportunidades si exceptuamos algunos gestos bienintencionados y una mediocre escenografía de concordia. La participación política seguía siendo un tabú y la formación para participar de la vida pública nula. Ya entonces se perciben los primeros síntomas de una decadencia que sólo es perceptible para observadores críticos y honestos.

Aprobada la Constitución del 1978, aconfesional pero tramposamente inclinada a favorecer  los intereses de la confesión mayoritaria, aún hubo que esperar 14 años para firmar unos Acuerdos de Cooperación en 1992 que más parecieron un acta de reconciliación histórica con judíos, musulmanes y protestantes en un país históricamente cerrado e intolerante. A estas alturas de la historia la población evangélica o protestante había alcanzado la cifra de un 0,7% del total de la población española; pero siendo este un dato ridículo  (o heroico, según se mire) para sus propios actores, lo más preocupante seguía siendo la falta de compromiso social serio más allá de las rimbombantes declaraciones de intenciones de sus dirigentes, ahora legitimados y burocratizados en federaciones y consejos evangélicos de representación autonómica.  Las modas generalizadas y replicadas aquí y allá (a veces sin demasiado criterio ni profesionalidad) de ofrecer tratamientos terapéuticos para ex toxicómanos, o apoyo social para mujeres maltratadas, fueron los únicos asientos en el haber de estas iglesias durante estos años. Ya casi nadie tiene para entonces memoria de los primeros balbuceos del movimiento protestante en España cuya vocación pionera fue la educación primaria y la alfabetización. Aquellos sí eran fines misioneros netamente protestantes. Por el contrario, el moderno estado del bienestar ha arrumbado más todavía las posibilidades y los márgenes para desarrollar una obra social de perfil netamente protestante. Las que van a surgir (hogares de ancianos, casas de acogida, colegios de formación preescolar y primaria) serán innecesarias desde el punto de vista social y misionero, más basadas en un deseo de notoriedad y prestigio social, en un tiempo de crecientes  índices de secularización e indiferencia, que dictados por la oportunidad o la necesidad. Ni que decir tiene que el diálogo ecuménico, el acercamiento a otras confesiones en la búsqueda de sinergias y de diálogo sincero, ha sido prácticamente inexistente y denostado sobre todo a nivel institucional por parte de la inmensa mayoría de las familias denominacionales. Altas dosis de espíritu anti-intelectualista y un moralismo sentimental incapaz de trascenderse no contribuyen precisamente a buscar caminos de renovación y esperanza. Esta son otras variables que están igualmente en la base de la tragedia que se avecina.

Después de un cierto letargo durante la última década del siglo XX, la primera década del siglo XXI trajo consigo un crecimiento cuantitativo de los evangélicos españoles que, espoleados por  la llegada de 6 millones de inmigrantes atraídos por un país que crecía rápida y peligrosamente, llenaron las iglesias de latinoamericanos, africanos y ciudadanos de Europa del este. Posiblemente las cifras globales nos indican una multiplicación por 5 el número de fieles, alcanzando las 3.000 iglesias y organismos registrados. Iglesias étnicas, liturgias foráneas, más diversidad y atomización. Este “falso avivamiento” ha reforzado más si cabe la percepción inveterada del español medio según la cual  el protestantismo no responde a una espiritualidad autóctona y que por tanto siempre tiene ese sabor foráneo, como importado del extranjero, aunque algunos se pregunte perplejos de qué haya podido servir más de un siglo de presencia. Sigue prevaleciendo la tesis más grosera del menendez-pelayismo. A la proliferación de bajos comerciales destinados al culto sin el acondicionamiento necesario, sobre todo en las grandes aglomeraciones urbanas (con sus consiguientes molestias), se une la escasa pedagogía para integrar y facilitar la convivencia; el fuerte regusto a guetto y los comportamientos sociales sectarios de las iglesias recién creadas (a las que habría que sumar la pasividad y acomodamiento social interno de las históricas) han consolidado este estereotipo. Este “boom” ha sido leído internamente como la definitiva consagración social  de los protestantes- evangélicos, siempre ahítos de optimismo y autoestima; acomplejados y por ello obsesivamente atentos a descubrir celebridades del mundo del deporte o del arte que se identifiquen o compartan la fe evangélica; una sed insaciable de reconocimiento público y social que en ocasiones mendiga la atención de los medios de comunicación o de los poderes públicos para de ese modo reivindicarse ante una sociedad indiferente que ha terminado por ignorar todo lo relativo a cualquier fe institucional, no digamos ya la de grupos o confesiones minoritarias. Estamos en el tiempo de la pluralidad y de la indiferencia. Quizás el tope de crecimiento numérico porcentual se haya situado entre el 1 y el 1,5% para los protestantes- evangélicos. Algunos sociólogos podrían aventurar que con estos porcentajes ya se pueden articular y percibir cambios por parte de minorías significativas. A la vista de nuestra realidad actual no creo sinceramente que sea el caso. En mi opinión a partir de ahora esta realidad no hará más que languidecer y descender lenta, progresivamente.

Pero hagamos un poco de sociología doméstica. Preguntémonos cómo son, grosso modo, las comunidades derivadas del protestantismo evangélico en España. Esto nos dará la clave final para comprender su futuro declive.  Como fruto de tantos años de exclusión e invisibilidad, forzada o voluntaria, las iglesias locales se han convertido en células primarias de sociabilidad con fuertes y densos lazos internos. Practican un fariseísmo espiritual muy refractario a la autocrítica (pese a que en las últimas dos décadas su deterioro moral, como el de la sociedad en su conjunto, ha erosionado irreversiblemente su pretendida inocencia) e interpretan todas las deserciones y desafectos que se producen en su seno como depuraciones sucesivas en pro de su pureza. De esa manera pierden, como si de una hemorragia constante y fatal se tratara, individuos y generaciones enteras que podrían ejercer positivamente una revisión crítica de sus postulados, misión e identidad. Como resultado, los más mediocres ocupan los espacios de poder sin más interés que el de perpetuarse en él. El conglomerado de intereses sociales (en ocasiones laborales) es tal, que estas comunidades-organizaciones terminan convirtiéndose en “ídolos para sí mismas”, donde lo importante es la obediencia y la cohesión del grupo, donde las estructuras de felicidad y paz social son, paradójicamente, impermeables a los valores del Evangelio cuando éste los confronta, y cuya seducción ejerce una fuerza centrípeta (basada en el cumplimiento dominical, la involucración activa y permanente como signo de adhesión incondicional y de pertenencia al grupo, el ocultamiento de la debilidad y la exhibición constante de una espiritualidad triunfante que raya en el histerismo) y crea un clima de control mutuo que encubre lo que a mi juicio son comunidades religiosas enfermas. Este fenómeno es en ocasiones más potente que la solidaridad familiar o las relaciones de amistad. La mayoría aspira a mantener su lugar en el grupo, incluso sacrificando lazos sociales profundos. Este clima apenas deja espacio para la reflexión crítica, la libertad o el ejercicio de la justicia cuando ésta se ve conculcada en nombre  de la preservación y mantenimiento del grupo. Incluso los más sensibles o con capacidad crítica para denunciar situaciones de injusticia hacen dejación de ello y contribuyen al mal desde su silencio o desidia. Su autoimagen distorsionada, siempre en oposición simplista y de contraste frente a un mundo  nocivo y extraviado, que siendo su campo de misión no sienten sin embargo como propio, es una permanente fuente de autoengaño y, a la postre, de frustración.

Las generaciones más jóvenes son adiestradas en el fundamentalismo teológico, no se les prepara para enfrentar un mundo cambiante y plural; buscan pareja entre individuos de su misma clase y frecuentemente, cuando encuentran su propio acomodo, se convierten en nuevos activos que retroalimentan el sistema heredado. Precisamente por su aislamiento, se convierten en su propio techo estético en todas las manifestaciones artísticas que practican (las prácticas cúlticas están cargadas de hedonismo y artificiosidad) y embriagados por el aplauso fácil y el juicio complaciente del entorno, en ocasiones se convierten en tiranos narcisistas completamente inadecuados para ejercer ministerios basados en el servicio, y que fomenten la participación, el respeto y la preferencia mutua de la que nos habla el Evangelio. La cultura del entretenimiento se ha impuesto (suplantando al culto como expresión comunitaria de la fe) y los fines pasan por satisfacer la demanda interna de identidad y de pertenencia al grupo, (cenas, celebraciones, aniversarios, manifestaciones culturales, fiestas, ritos de transición de toda índole) lo cual llena las agendas de un activismo destinado al autoconsumo, aunque frecuentemente se suele vender como proyección exterior lo que simplemente es cebo y engorde de la estructura social.

Como expuse analíticamente al principio de esta reflexión y por todas estas razones estimo que el futuro de estas comunidades está irreversiblemente hipotecado. Su envejecimiento se ha acelerado pese a que en situaciones de crisis como la actual su nivel de compactación es mayor si cabe y aparentemente gozan de buena salud. Es un espejismo numérico y mero voluntarismo. Su  destrucción se  dará por implosión y en muchos casos morirán las comunidades de fe, aunque no necesariamente las estructuras organizativas o las empresas humanas paralelas que las sustentan. Además, en el plano identitario, la confesión mayoritaria nos ha hurtado el sustantivo (evangélico) para apropiárselo como adjetivo. La ignorancia y desorientación de los medios de comunicación es tan grave que en más de un siglo sus libros de estilo siguen sin saber identificarnos claramente. Algo habremos contribuido a ello. Estimo que la desintegración y la transformación profunda nos llevarán a una metamorfosis inédita en nuestra humilde historia. La propia evolución social y su misma debilidad interna se conjugarán fatalmente para ello. Ignorados por un país intransigente y vencidos por nuestra propia estulticia.

Termino. Estas reflexiones no son más que líneas y vectores para otros más capaces que yo se animen a desarrollarlos y estudiarlos. Una última palabra: un nuevo pueblo de Dios debe renacer de esas cenizas. Un nuevo pueblo de Dios con un horizonte ecuménico, comprometido social y políticamente con la justicia, no jerárquico, identificado con todos los que sufren y sangran por acercar el Reino de Dios. Las expresiones históricas de la iglesia son efímeras y cambiantes, y como alguien dijo, la iglesia que Jesús quería no ha sido todavía plenamente realizada. Es absurdo obstinarse en sacralizar odres viejos y renunciar a que el Espíritu quiera sorprendernos una vez más. Siento que muchos de los que han luchado y luchan por ver algo nuevo y han pagado el precio de la exclusión, son semillas sembradas para la esperanza. Pero esa es al fin y al cabo la analogía sacrificial y circular de la fe cristiana. Que triunfe el Reino de Dios en cualquier caso. Que muera todo lo que deba morir para que nazca sobre esta vieja Hispania un escenario de esperanza que nos devuelva, sin mayor retribución, la alegría de ser hallados fieles.

 

Pau Grau

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