Posted On 18/11/2022 By In Ética, Opinión, portada With 111 Views

La necesidad de la esperanza | Jaume Triginé

«…toda la creación gime…»
Pablo de Tarso

 

Clama el planeta. Se queja la tierra de las consecuencias del cambio climático: aumento de la temperatura media a nivel mundial, deshielo de los polos y aumento acelerado del nivel del mar, incendios, desforestación, desertización, extinción de especies vegetales y animales. Se lamenta el mar del alto nivel de residuos tóxicos como son los derrames de petróleo, los plásticos, los desechos de todo tipo que amenazan la vida de los mares y los océanos. Plañe la atmósfera por la contaminación generada por las actividades industriales, por los gases provocados por los combustibles fósiles, el carbón… que empieza a ser irrespirable en muchas zonas del globo.

Las dramáticas palabras de Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, en la inauguración de la Conferencia sobre el Cambio Climático de Sharm el Sheij celebrada entre el 6 y el 18 de este mes de noviembre, evidencian la preocupación mundial por esta cuestión: «A la humanidad le toca elegir: cooperar o morir, un pacto de solidaridad climático o un pacto de suicidio colectivo».

Claman millones de seres humanos para que sean atendidas sus necesidades más básicas no sólo en el tercer mundo, también en las periferias de las grandes ciudades del primer mundo. Lloran quienes directa o indirectamente están afectados por las muchas guerras que sacuden el planeta (la mayoría de ellas sin repercusión mediática). Suspiran por la libertad quienes en pleno siglo XX se hallan sometidos a esclavitud: redes de prostitución, trabajo en condiciones precarias…

Clamamos quienes mantenemos un mínimo de sensibilidad ante todo ello. La sensación de impotencia nos inunda. Cunde el desánimo, el pesimismo y la angustia. Ya no hay lugar para las utopías de antaño. Las distopías han ocupado su lugar. No parece que el progreso científico y técnico venga a salvarnos del egocentrismo que se halla en la base de tantas conductas responsables de este gemir cósmico. Ante ello, surge inevitablemente la pregunta: ¿tiene algún sentido mantener la esperanza?

El Diccionario de la Lengua Española la define como el «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». ¿Qué sucede cuando algo se percibe como imposible, como empieza a ocurrir ante la magnitud del desastre ecológico y del mal moral? La respuesta de la psicología es la disminución de la motivación para afrontar el problema; por lo tanto, la desesperanza y el fatalismo por parte de muchos.

Pero, ¿es posible erradicar completamente las expectativas de un mundo mejor? ¿Cabe la «esperanza contra esperanza» a la que alude Pablo? La esperanza se ha considerado una virtud cristiana; pero es también un potencial estado anímico de toda persona que otea una mutación del actual estado de cosas.

No sólo desde la teología, también desde la filosofía y desde la psicología consideramos la esperanza como una dimensión intrínseca y, por ello, constitutiva de la esencialidad humana. Así, el filósofo marxista alemán Ernst Bloch hablaba de una disposición, de una latencia, de una tendencia… hacia algo y el psicoanalista Erik Erikson introducía el concepto de confianza básica como algo imprescindible para el desarrollo armonioso del ser humano desde su niñez.

No deja de ser una expectativa respecto a un futuro que acaricia posibilidades de transformación de una situación de presente no plenamente satisfactoria. Acercar el futurible al aquí y al ahora, anticipar el ideal superador de la insatisfacción a la experiencia presente comporta apaciguar las inquietudes de la inmediatez de modo parecido a como el ancla de una nave la estabiliza. Quizá por ello en el cristianismo remoto el ancla era el símbolo de la esperanza y aparecía en el arte de las catacumbas y en las lápidas protocristianes. En tales manifestaciones se intuyen resonancias del texto bíblico dirigido a los hebreos: «…asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma…». La esperanza serena, apacigua y abre horizontes al presente.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos señala que: «La perspectiva esperanzadora activa hace más llevaderas las decepciones porque pensamos que podemos hacer algo para superarlas. En concreto, nos anima a tomar medidas y programarnos para alcanzar los objetivos específicos que nos proponemos». La esperanza, pues, no nos debe sumir en la pasividad, en la espera indolente o en la abulia. El teólogo Andrés Torres Queiruga escribe al respecto que: «todo intento de elaborar una comprensión de la misma (de la esperanza) se convierte inmediatamente en tarea abierta (compromiso en su consecución)». Cabe destacar la necesidad de este aspecto práctico dado el riesgo de refugiarse en una ensoñación ilusoria o huida de la realidad, que es lo que suele acontecer cuando percibimos las condiciones de la existencia como intolerables.

Las religiones, en general, y el cristianismo, en particular, han creado en demasiadas ocasiones un universo paralelo confundiendo la esperanza (que entendemos como funcional) con el refugio (de naturaleza psicopatológica por lo que representa de escapismo de la realidad presente). Es por este motivo que Karl Marx consideraba la religión como el opio del pueblo, como un analgésico para escapar de las miserias de la vida a través de la fantasía.

Sin negar los evidentes resultados positivos del progreso sobre nuestras formas de vida, constatamos, también y paradójicamente, un cierto fracaso de la ciencia, la tecnología, la cultura, la educación… como fundamentos de la esperanza en un mundo mejor. Este pesimismo es uno de los postulados de la postmodernidad. Los gemidos a los que hacíamos referencia al inicio del artículo son evidencias incuestionables del camino que resta aún por andar. El optimismo antropológico de la modernidad no ha eliminado la amenaza de la aniquilación de la vida sobre el planeta. Requerimos una comprensión madura de las cosas que nos permita asumir que tanto el mal natural como el moral son inevitables a causa de la finitud de lo creado.

De igual modo, la esperanza en un mundo mejor forma parte de la naturaleza humana, ha sido y continúa siendo motor de la evolución y desarrollo del ser humano, permitiéndonos soportar la ambivalencia de la existencia al colocar ante nosotros un horizonte más ajustado a las expectativas que no cabe esperar pasivamente, sino que implica, para quien lo percibe, el compromiso y la lucha por su consecución. En palabras del apóstol de los gentiles: «con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir el fruto».

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