Posted On 04/04/2013 By In Ética With 1816 Views

La necesidad de renovar la iglesia desde sus cimientos (A propósito de la Pascua de Resurrección)

-“Fuimos a Puebla con el fin de encontrar a nuestros pastores. Cuando Primatesta nos vio con nuestros pañuelos blancos nos dijo:  “¿Ustedes también aquí?” Pío Laghi huía como un ratón… (Telma Jara, 1986)[1].

Las palabras precedentes son parte del testimonio de Telma Jara de Cabezas en la entrevista que me concedió en el año 1986. Durante la misma, serena y fuerte, con la seguridad de quien, como Jesús, aun en la persecución, persistió en su lucha.

El testimonio de Telma confirma lo que desde entonces vengo sosteniendo: los obispos confiesan al dios sacrificador de la Doctrina de Seguridad Nacional en las antípodas del D*s de la vida confesado por las  madres de los militantes que fueran perseguidos como “ateos apátridas”. Ciertamente, ellas y ellos eran ateos de un dios que se alimenta con la sangre de sus víctimas y, según la tradición, envía a su único Hijo, cual cordero, a la tortura seguida de muerte.

Telma había concurrido a la reunión del Episcopado Latinoamericano realizada en Puebla del 27 de enero al 13 de febrero de 1979 en su carácter de secretaria de la Comisión de Familiares. Como cristiana de confesión católica, al igual que muchas de las madres de  desaparecidas/os, cuando perdió a su hijo esperó inútilmente que su dolor fuera comprendido por los sacerdotes y obispos a los cuales consideraba: “sus pastores”.

Al poco tiempo, cansada de pedir y de gritar, Telma comprendió que los obispos argentinos no sólo se mostraban sordos a su dolor, sino que eran cómplices de quienes le habían arrebatado a su hijo. Dice en su testimonio: “En Puebla, Mons. Romero en persona nos dijo a las madres que hablar con los obispos argentinos era como hablar con los militares” (sic).[2]

El 30 de abril de 1979, tiempo después de volver de la Conferencia Latinoamericana, Telma fue secuestrada y llevada a la ESMA donde fue salvajemente torturada. Meses más tarde, conoció la casa de retiro “El silencio” -perteneciente al Episcopado argentino y vendida a la marina- con ocasión de ser trasladada junto con otros prisioneros/as, para que no fueran vistos por la Comisión de la OEA[3].

Recuerdo también mi admiración cuando en la referida entrevista le pregunté: “¿Usted hizo terapia?” Y ella me contestó: “¿Para qué? Yo lo tenia a D*s…”

Testimonios como el que precede y otros, sumados al análisis del discurso del Episcopado, en paralelo con el de las Fuerzas Conjuntas, me hicieron afirmar en aquel entonces,  y reafirmar en la actualidad, la complicidad y participación de los obispos argentinos con la acción de las Fuerzas Armadas (FFAA) en su conjunto (1976-1982).

El tema de la teología sacrificial era recurrente en el discurso de las Fuerzas Armadas. Como enunciados en sus discursos, realizaban una clara inversión de la víctima sufriente:  asumiendo el rol de la víctima en el plano de lo denotado y, paradójicamente, lejos de reconocerse como sacrificadores, se constituyeron como “sujeto sacrificado e inmolado en el altar de la Patria”.

Así mismo, y en paralelo al discurso de las FFAA, en sus declaraciones anuales, la Conferencia Episcopal Argentina utilizaba los términos: orden, paz, sacrificio, purificación. Y lo que es más grave aún, en la totalidad del CORPUS, le otorgaba a las FFAA la función salvífica, aduciendo que estas cumplían con el ideal de todo buen cristiano.

Dicho universo conceptual aparecía reflejado in extremis en los discursos de miembros del Vicariato Castrense, al mismo tiempo que alimentaba sus prácticas genocidas.

Cuando el Episcopado aceptó la existencia del sacrificio en pos del orden, llevó inexorablemente a avalar que el propio sacrificador pusiera los límites, eligiera las víctimas, dispusiera sobre los vivos y los muertos[4]. Su discurso funcionó como un “recurso fundamental” en la maquinaria del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, con el fín de provocar confusiones, legitimar el exterminio y encubrir con el manto sagrado de “heraldos de la fe” a vulgares asesinos[5].

En estos últimos días, América Latina experimenta cambios importantes. Muchas personas piensan que ellos devienen de la mano de un papa “latinoamericano”.

Se escuchan también mensajes, aggiornados al nuevo siglo, de: amor, olvido y reconciliación.

A mi entender, para que esta renovada esperanza tenga una profunda raíz cristiana, tendrá que cimentarse en la tensión escatológica del ya pero todavía no, es decir, el Proyecto del Reino solo es posible en respuesta a los signos del presente, atendiendo a los contextos donde estos surgen.

No puedo dejar de relacionar lo dicho con un acontecimiento nodular en la Argentina: el 24 de marzo próximo pasado se conmemoraron los 37 años del golpe militar y su consecuente implementación del terrorismo de Estado. Con tal motivo, miles de personas marcharon en distintas provincias de nuestro territorio por la justicia y la memoria. Pese a que están siendo juzgados por crímenes de lesa humanidad, muchos de los secuestradores, de los torturadores y de los que daban órdenes o las cumplían, siguen durmiendo en sus casas. Tal vez, estos asesinos en el día de hoy, domingo de Pascua, escuchen misa. Tal vez, algún sacerdote les administre la comunión porque, ¡a fin de cuentas se defendían del enemigo, luchaban contra monstruos apátridas y ateos, portadores de los más satánicos planes!…¡Y, no podían hacer otra cosa que defender a la Patria y el bien común, poniendo en funcionamiento la máquina de matar!

Vuelvo a explicitar mi triste convicción: si a estos asesinos les queda algún vestigio de escrúpulo ante los crímenes cometidos, encontrarán en la actualidad un diligente sacerdote para liberarles la conciencia. También es tristemente cierto que en la Argentina de hoy son muchos los feligreses que ven el asesinato como una opción lícita para proteger “el bien común”. Lo lamentable es que este mensaje lo transmiten a sus descendientes.

A loo dicho se suma que la Semana Santa encuentra a la iglesia católica de fiesta, las iglesias muestran una concurrencia inusitada de fieles, muchos de ellos/as recuperados con el fervor de la elección del nuevo papa. El Episcopado debe mirar complacido este “acontecimiento”, su domingo soleado solo puede tener algunas nubes: el miedo visceral a las ideologías sospechosas que, de la mano de algunos líderes populares, recorren América Latina.

Un dios celoso de la ortodoxia, pero con gestos austeros y complacientes, puede, sin lugar a dudas, espantar estas nubes. Y, ¿porqué no?, si los genocidas, hoy como ancianos piadosos, se presentan a los juicios de lesa humanidad luciendo, a modo de escudo protector, la bandera papal.


[1] Testimonio tomado en el marco de la Tesis de licenciatura en Teología sistemática: “Del Dios de la Víctima al Dios de la Doctrina de Seguridad Nacional.” Donde a partir de la construcción de un CORPUS del periodo 76-82­. De (60) discursos divididos en tres series: 1. Discursos emitidos por integrantes de las Juntas; 2. integrantes del Vicariato Castrense; 3. Discursos emitidos por el Episcopado en su Conferencia. Se concluye la guerra ideológica que sustenta la doctrina de la Seguridad Nacional y su recurrencia a lo religioso como vía (si bien no la única) de legitimación. (Isedet: 1992)

[2] Palabras de Telma Jara de Cabezas en la entrevista citada en 1986.

[3] “El Silencio”, ubicada en la isla del Tigre donde funcionó provisoriamente el centro clandestino, había sido el lugar de recreo del cardenal arzobispo de Buenos Aires, Mons. Aramburu. Según figura en las escrituras notariales, fue vendido a los marinos –que usaron documentos falsos a nombre de un ex detenido de la ESMA– por quien era secretario del vicariato castrense durante la dictadura, Emilio Teodoro Grasselli. Para más información, ver el libro excelentemente documentado: “El silencio” de Horacio Verbitsky: Editorial Sudamericana, 2005

[4] Al respecto comparte tal pensamiento Frank Hinkelammert: Democracia y Totalitarismo, Colección  económica –  teología, Editorial D.E.I, San José, Costa Rica, 1987, p. 167.

[5] Se puede citar un caso paradigmático: el Pbro. Christian Von Wernich y su conducta delictiva durante el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Si bien se juzgó al sacerdote en el año 2007, el Arzobispado, en la figura de su titular Bergoglio,  en ningún momento le retiró sus privilegios sacerdotales, antes bien lo protegió en el discurso y en la práctica

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