Posted On 23/01/2021 By In Biblia, portada With 994 Views

La palabra profética más segura | Martín Ajzykowicz

Cuando analizamos la historia humana encontramos que no hubo época en la que los conflictos políticos, sociales y bélicos estuvieran ausentes; a su vez, obviamente podemos contabilizar pandemias y epidemias que asolaron los asentamientos humanos en cada continente durante miles de años de forma similar a lo que está atravesando el mundo bajo el azote del Covid-19. Esto implica que, desde la Antigüedad, la humanidad siempre tuvo temores fundados en una posible erradicación de la vida en este planeta, ya fuese por causas naturales o como consecuencia del mismo accionar  humano. En este sentido, los acontecimientos que registra la ciencia histórica dan cuenta acerca de la importancia de registrar todo lo acaecido y por ende valorarlos con el fin de aprender del pasado. No prestar atención a la historia determina, en muchas ocasiones, caer en errores de carácter coyuntural o estructural que retrotraen a las sociedades a experiencias similares del pasado. Por otro, esto implica reflexionar sobre nuestro derrotero existencial y no conformarnos con el mito del “eterno retorno”. Acordamos con Marc Bloch en que de la “incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado” (1957: 38). El eco de la historia, se hace manifiesto, a partir de los registros escritos que documentan los pensamientos y acciones de quienes pusieron todo de sí mismos para mejorar este mundo, dejando un legado de esperanza para los momentos de mayor desesperación en nuestro planeta.

Revisar el pasado nace de la necesidad de comprendernos como personas, ciudadanos e hijos de Dios, con el fin de impedir que emitamos juicios innecesarios que condenan a quienes nos precedieron. Acercarnos con humildad a los documentos históricos nos permite aprehender acerca del contexto en el cual se desarrolló la vida de nuestros antepasados; y no sólo de nuestra familia sino hasta de quienes formaron parte del mundo bíblico como, en el caso que nos convoca, los profetas.

Como piedra de toque fundamental, los mensajeros de Dios expresaron que Aquel que trasciende el universo (Heschel, 1964), no puede ser contenido por los cielos a la vez coexiste desde la creación con el hombre en el curso de la historia (Heschel, 1973). La teología de la historia (Dn 2,2.37) parte de una premisa perenne: Dios está al timón de la historia humana y se revela conforme a la capacidad del ser humano para comprenderlo (Ex 19,10-11). A modo de introducción queremos hacer una breve aproximación a este concepto que cobra mayor relevancia teniendo en cuenta los momentos cruciales que vivimos en este 2021 a nivel mundial.

En el transitar profético podemos considerar diversas expresiones de una misma teofanía sobre la simiente abrahámica: la revelación en la zarza ardiente a Moisés (Ex 3), la congregación del pueblo en torno al Sinaí (Ex 19,5-6), la necesaria atención a los preceptos de la Ley (Jos 1,7-8) y la presencia de los profetas manteniendo la conexión del pueblo con la “presencia divina” (Heschel, 1973: 50). Esto permeó a tal punto en la conciencia del pueblo hebreo que, siglos después, el cristianismo convalidó esta inmanencia divina que proviene de los inicios de la historia humana, retomando el concepto de espacio sagrado aplicándolo a la presencia de Jesús asentando su tienda en “medio de su pueblo” (Dt 18,18;Jn 1,14). La realidad social en la que les tocó participar a cada  profeta, fue el abono necesario para el desarrollo del ministerio comunitario que ha sido plasmado en las páginas sagradas, tanto para judíos como cristianos, por el que la transmisión de la verdad divina implicó conocer que todo en este “mundo es transitorio, pero aquello por lo que el mundo fue creado, la palabra de Dios, es eterno” (Heschel, 1964: 50).

La importancia del mensaje profético radicó en lo escrito, como también, en la ocupación por mejorar las relaciones comunitarias. Estas debían edificarse sobre la cercanía a Dios ya que el alejamiento de él como fuente de vida y redención implica introducirse en el camino del mal (Lavapeur, 2008: 101); Dios siempre alertó en torno a las consecuencias de tal accionar: “Lo mismo que me dejasteis a mí y servisteis a dioses extraños en vuestra tierra, así serviréis a extraños en una tierra no vuestra» (1Re 20,42; Ez 7,26; 25,8-11;Jer 5,19). La documentación bíblica que registró las alertas y consejos nos permiten entender el por qué de su elaboración; el alcance milenario de los mensajes coincide justamente con la coexistencia divina y la comunicación del mensaje de redención de parte de Dios al ser humano; un Dios que nunca fue indiferente a todo lo que ocurrió en la Tierra y mucho menos con sus elegidos (Gn 45,5-8; Dt 4,32-35; Jue 6,13; Is 14,24-27;41,4;46,9-11; Am 9, 7). Las profecías no son de carácter subjetivo (2 Pe 1,20) y se enmarcan bajo un lineamiento de carácter comunitario; esto nos permite considerar hoy la amplitud del mensaje profético para nuestros días el cual no ha variado con el paso de los siglos y que declara: “Ordena tu casa” (2Re 20,1; Is 38,1).

El ministerio profético tuvo un proceso de elaboración que presentó variantes en cuanto a la reflexión teológica; por ejemplo, los siglos de profetismo clásico (s. IX-VII ac.), los de corte radical (s. VI-IV ac.) y el período apocalíptico (s. IV ac-I dc.) evidencian distintos procesos socio-políticos-culturales por los que atravesó el pueblo de Israel. Subyace en la historia del pueblo elegido la presencia constante de un mensaje elaborado con una perspectiva que viene de lo alto. La vida de los profetas siempre fue a la par del desenvolvimiento histórico del pueblo hebreo, revistiendo una importancia que trascendió los siglos:

El término profeta es importante en la Sagrada Escritura, pues supone una renovación y maduración de la fe del pueblo israelita en la línea de la interioridad, la radicalidad, la coherencia, culto y compromiso social, y la universalidad de la fe en el Dios verdadero. Yahvé, el Dios de los profetas, no es neutro, Él toma posición ante los conflictos, se coloca del lado de los pequeños y oprimidos y asume su causa. Toma posición contra los grandes que oprimen y explotan al pueblo sufriente (Amaya, 2011: 37).

Esto implicó que cada profecía pueda ser considerada como una “exégesis de la existencia desde una perspectiva divina” (Heschel, 1973: 28) entendiendo que Dios alentó el mensaje profético insertándose en la realidad del pueblo; sin embargo, no representó que todos los que recibían las palabras proféticas estaban atentos a las mismas con el fin de poner en acción la voluntad de Dios. Al contrario, hubo quienes pensaron que “la tierra no puede sufrir todas sus palabras” (Am 7,10), con lo cual expresaban su rechazo a los profetas y la dirección divina expresada en sus palabras y escritos (Jer 7,23-28), inclinándose por la palabra espuria de los falsos profetas (Dt 21,18, 21-22; Is 8,20;Jer 23, 13-17).

La constante manifestación profética como un aporte divino a recomponer la justicia social se orientó a que las clases más acomodadas siempre tuviesen presente la responsabilidad que eso implicaba; el mensaje profético se orientó principalmente a la justicia social y el impulso a obtener “nuevos descubrimientos morales” (Johnson, 1991: 83) a partir de la iluminación que provenía de Dios (Amaya, 2011). Esto, en muchos casos, no atrajo popularidad sobre los profetas por parte de reyes y aristócratas, pero sí de parte del pueblo sobre quien se cargaba, por ejemplo, el sistema tributario (Sal 107,39; Is 49,26;Mal 3,5) y sobre quienes recaían las consecuencias de los conflictos bélicos como la destrucción de aldeas y tierras de cultivo hasta las deportaciones y la esclavitud tan constantes en la Antigüedad (Gn 43,18; Dt 5,15; 6,21; Dn 1,1).

Aquí es donde todo trabajo de investigación relacionado con el ministerio profético en Israel, no puede nunca dejar de ahondar: en la realidad del pueblo a lo largo de la historia de Israel y Judá, como parte de la gestación de la experiencia vivencial de los portadores de la palabra de Dios (Jer 1,7; Ez 2,7; Am 3,7; Miq 3,8). Las realidades económico-sociales que abrumaron al pueblo fueron expresadas en los mensajes proféticos evidenciando que los profetas interpretaban la realidad de la nación:

El profeta es un hombre inspirado, en el sentido estricto de la palabra. Nadie en Israel tuvo una conciencia tan clara de que era Dios quien le hablaba y de ser portavoz del Señor como el profeta. Y ésta inspiración le viene de un contacto personal con Él, que comienza en el momento de su vocación (…) Su único punto de apoyo, su fuerza y debilidad, es la palabra que el Señor le comunica personalmente, cuando quiere, sin que él pueda negarse a proclamarla. (Amaya, 2011: 38).

Justamente, el ministerio al cual nos referimos no se interesaba en predecir el futuro sino, todo lo contrario, en comprender la realidad denunciando las injusticias y abusos hacia pueblo, amonestando a la clase dirigente (Jer 26,12-13). A su vez, advirtiendo también que las alianzas con naciones idólatras terminarían ahogando la vida nacional hebrea introduciendo la idolatría (Ez 14), olvidando la ética divina (Vitorio, 2020) la cual se encuentra plasmada en los Diez Mandamientos (Ex 20;Dt 5), en el denominado Código de la Alianza (Ex 19-24), en el Código Deuteronómico (Dt 12-26) y en el Código Sacerdotal (Lv 17-26). Israel necesitaba mantener su ligazón espiritual con Dios mediante la liturgia y el sistema sacrificial en el templo de Jerusalem. Los profetas, sintiendo sobre ellos la voz de Dios (Heschel, 1973) no callaron sino, todo lo contrario, actuaron reafirmando los valores religiosos del pacto sinaítico y los principios morales levíticos (Ez 2,1-7; Ex 18, 21):

Los profetas de Israel han sido y son representantes supremos de creatividad, portadores de autoridad carismática: nadie es profeta por aprendizaje, ordenación o encargo, sino por una experiencia personal de Dios. Los profetas hablan porque los empuja una fuerza inexplicable que es considerada la llamada de Yahvé (Amaya, 2011: 37).

La cosmovisión bíblica y su desarrollo a lo largo de la historia manifestó que para “el hombre bíblico el poder de Dios se hallaba más allá de todos los fenómenos” (Heschel, 1964: 111). Como parte del desenvolvimiento del pergamino histórico contenido en las páginas sagradas los profetas alentaron la esperanza y la unidad espiritual del pueblo en torno al Dios de los padres que los sacó de Egipto y les otorgó la tierra de Israel con la esperanza de un acompañamiento permanente (Jr 31,31-34; Ez 11,20) junto con la palabra profética más segura (1Re 22, 14). Los ecos de las profecías ligadas a la historia hebrea abrevaron en la esperanza mesiánica contenida en el judaísmo el siglo I. Judaísmo y cristianismo mantuvieron por siglos una esperanza basada en el mensaje profético; el mismo no careció de amonestaciones pero sobreabundó en palabras de ánimo y esperanza por las cuales Dios expresó sus deseos de compartir con el ser humano su eternidad (Sal 90,2; Is 9, 6-7;24-27;65-66; Dn 12; Zac 14).

Podemos, entonces, concluir destacando que las palabras proféticas vertidas por los siervos de Dios en todos los siglos, documentadas en las Sagradas Escrituras, continúan iluminando el camino de los creyentes que están atentos a la palabra profética más segura (2Pe 1,19-21); los azotes naturales o las catástrofes que la misma humanidad echa sobre sí, están sujetos a la voluntad divina (Mt 26, 42; Jn 5, 30) y esa es la seguridad que otorga la fe (Jn 3,16; 1Jn 2, 17) en quienes reconocen que Dios está al timón de todo cuanto acontece el universo, la Tierra y la humanidad.

 

Bibliografía.

Amaya, Said León. (2011). Opción por la vida, la justicia y la paz en la orden de predicadores: fundamentación desde la teología bíblica y el magisterio dominicano (Tesis de maestría) Pontificia Universidad javeriana. Bogotá. Recuperado de: https://repository.javeriana.edu.co/bitstream/handle/10554/1428/LeonAmayaSaid2011.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Heschel, Abraham J. (1964). El shabat y el hombre moderno. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Heschel, Abraham J. (1973). Los profetas I. El hombre y su vocación. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Lavapeur, Oscar (h). (2008). Occidente, Oriente y el sentido de la vida. 2da ed. Buenos Aires: Biblos.

Sicre, José L. (1998). Profetismo en Israel: el profeta, los profetas, el mensaje. Navarra: Editorial verbo Divino.

Vitorio, Jaldemir. (s.f). Ética y teología en el Antiguo Testamento. Theologica Latinoamericana. Enciclopedia Digital. Recuperado de: http://theologicalatinoamericana.com/?p=490.

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