Posted On 15/04/2015 By In Opinión, Teología With 14938 Views

La resurrección de Cristo, ejemplo de coherencia con el mensaje del Reino

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” (Juan 11,25)

Recientemente hemos celebrado la resurrección de Jesús venciendo la muerte. Su cuerpo flagelado y crucificado se levanta con el poder de Dios y ahora posee toda una corporeidad gloriosa, viviendo por siempre a la diestra del Padre eterno. Es la celebración mayor del cristiano, pues gracias a su muerte hoy vivimos, gracias a su resurrección crece la esperanza de que también seamos resucitados, somos reconciliados con Dios.

La resurrección no es solo ese cambio de muerte a vida, la resurrección tiene un mensaje mucho más profundo, un mensaje que entendemos solo cuando indagamos en los pormenores de los acontecimientos previos a ella.

El resucitado y el Reino de Dios

Este resucitado es Jesucristo. Su mensaje cautivó, atrajo a las minorías porque era diferente, apartado de mensajes salvíficos donde la guerra y la muerte se mezclaban para garantizar la supuesta liberación del pueblo judío de su opresor, Roma. Algunos movimientos populares de liberación se manifestaron en el siglo I d.C, por lo que Roma tuvo que intervenir ya que lo que menos toleraba la famosa Pax Romana era la sublevación al imperio.

Jesús nos revela el Reino de Dios, un reino donde prima el amor por el prójimo, donde el respeto a la vida es relevante, dónde la mujer debe ser reconocida como seguidora activa, lideresa y predicadora de las buenas nuevas, donde Dios Padre es sacado de detrás de unas cortinas del templo de Jerusalén y ser manifestado a los hombres pobres de Judea para dejar de ser una  propiedad del templo y de la elite sacerdotal.

La preocupación de Jesús era los niños, las mujeres y los hombres que sufrían la pobreza que provocaba un sistema de opresión imperial económico, político y religioso, y al que habría que añadir la gran corrupción de la elite herodiana. Por ello, su mensaje es bien recibido entre los pobres, quienes ven en este sujeto de Nazareth, de una tierra perdida, olvidada, y pobre también, un mensaje llamativo y apropiado; un mensaje de justicia social, de equidad, de respeto y de dignidad por la vida. Se trataba de hacer memoria de las antiguas directrices de Dios, que habían sido olvidadas por el pueblo y por sus dirigentes: el respeto por la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre, la tierra… Jesús les devuelve la esperanza en medio de la desesperación, y les recuerda que Dios se acuerda de los pobres y que camina con ellos.

Cuando Jesús llega a Jerusalén ese domingo de Ramos lo hace montado en un burrito: mensaje anti-imperial, si se tiene en cuenta que para esa fecha, la pascua, el procurador romano de ese momento, Poncio Pilato, viaja de su residencia en la ciudad de Cesarea Marítima o Cesarea sobre el mar, que estaba a unos 90 kms al noroeste, hasta Jerusalén  entrando en toda una procesión imperial con caballos y soldados llevando el escudo imperial romano, águilas doradas sobre mástiles, destellando por el metal y el oro. El sonido de la marcha de los soldados romanos y el sonido de los redoblantes se escuchaban con estruendo dándole una solemnidad y temor a la procesión. Eso es lo que infundía el imperio, temor.  Jesús llega montado en su burrito, presentando otro mensaje, el mensaje de paz y justicia que ofreció no solo en su discurso sino en su vida misma. Él presenta la humildad y sencillez de sus palabras con un mensaje sentido y que surge del corazón de un hombre justo. Su mensaje no atemoriza, acerca a las multitudes al gran amor de Dios por todos y todas.

Él también obtiene un gran recibimiento: muchas personas con ramas le aclaman cuando entra en Jerusalén. ¿Qué pensarían los romanos sobre este hombre que recibe estas expresiones del pueblo? Jesús se enfrenta a la corrupción del templo, de la práctica hipócrita de los fariseos, quienes se creían los vigilantes del cumplimiento de la ley judía, que era en el imaginario colectivo del pueblo, la ley de Dios. Ridiculiza a la casta sacerdotal y empieza a levantar ampollas, ya que en ella se encuentran los mayores terratenientes del pueblo. Ampollas que significarán la causa de su muerte. Jesús predica en la ciudad Santa de Dios; su mensaje no es recibido de la misma forma que en otras ciudades, lo cual no deja de ser curioso e incluso paradójico si tenemos en cuenta que allí se encontraba el templo de Jerusalén, el templo del Dios judío.

Jesús es apresado, escupido, flagelado, golpeado y sometido a las torturas con las que los romanos tenían por costumbre atormentar a los sentenciados a muerte; y más este que fue condenado a la pena capital: la crucifixión. Algo que sólo se aplicaba los pobres y a los enemigos del imperio, es decir a aquellos que se erigían como líderes de insurrecciones populares.

Este judío muere; es sepultado según la tradición de su pueblo, pero un gran acontecimiento cambiará la concepción de los seguidores y seguidoras de Jesús de ese momento: el Maestro ha resucitado. ¿Resucitado? ¿Después de tres días? Las mujeres son las primeras en verle (Marcos 16,9; Mateo 28, 9-10). Pero lo curioso es que los discípulos no creen el mensaje de vida que esas mujeres les comunican. Una vez que Él se aparece a sus amigos y la fe de éstos es transformada, la confianza de que su maestro es el Señor de Señores, el hijo de Dios, se afianza: no hay discusión estamos ante el verdadero Mesías.

Diferencia entre él y los demás resucitados

Jesús resucita, y para los judíos este mensaje es sorprendente. Dios levantó a este Jesús de entre los muertos y su resurrección  fue uno de los elementos principales del mensaje de Pedro en el libro de Hechos (2,14-38), ya que se reconoce públicamente la gloria de Jesús en Dios Padre. Este muerto ahora ha resucitado y está a la diestra de Dios.

Estamos ante una persona que murió siendo coherente con su mensaje hasta la muerte, y no cualquier muerte sino, como resaltaría el Apóstol Pablo, hasta la muerte de Cruz (Filipenses 2,8). Esto quiere decir que no vendió su mensaje ni se corrompió, sino que se mantuvo firme ante la amenaza del imperio y de los sacerdotes.

Para los gentiles no resultaba novedoso el tema de la resurrección. Ya entre egipcios y griegos existían historias de dioses que resucitaron, como sería el caso de Horus. De igual forma existían rumores de personas que tenían capacidades de resucitar a los muertos con ciertas artes mágicas. La pregunta que resulta es: ¿Qué diferencia hay entre este resucitado y los otros?  Lo innovador está en que este resucitado lo es para la inmortalidad.

Los griegos no podían aceptar la resurrección, ya que creían que el cuerpo era la cárcel del alma y, por lo tanto, innecesaria para la inmortalidad. Sólo el alma era inmortal.

Por otra parte, el que murió era pobre, un desdichado y un enemigo del imperio, pero el Apóstol Pablo predica al Cristo resucitado y le exalta por encima del emperador, y afirma que Jesús es el hijo de Dios, Señor (kirios) y Salvador (soter), términos muy comunes en el vocabulario imperial romano para referirse al emperador.

Jesús resucitado es el nuevo emperador, pero su reino no es de este mundo. A diferencia del Imperio, es un reino de paz y de justicia, de amor al prójimo, lo cual produce sus efectos en el corazón de las personas que escuchan el mensaje de Jesús resucitado.

La resurrección de Jesús nos muestra que él está por encima de las injusticias de los imperios y sistemas de dominación, no pudieron acallar su valor y su mensaje

El Apóstol Pablo nos enseña a ser sus imitadores así como él lo es de Cristo. Es decir, nos llama a ser coherentes con el mensaje del evangelio; con ese mensaje de amor y de justicia en un contexto de desigualdad y de tiranía. Para el oyente la esperanza de que resucitaría como lo hizo Jesús se convirtió en la fuerza para enfrentarse sin temor a las estructuras imperiales que podían acabar con su vida por transmitir el mensaje del Reino. Él veía en Jesús el ejemplo a seguir. Jesús había vencido al mundo (sistema de dominación imperial) (Juan 16,32-33). Ahora, sus seguidores confiados podían proclamar un mensaje diferente, el mensaje del Reino de Dios, aunque sufrieran aflicciones por  un mensaje opuesto a la estructura dominante. Por ello encontramos en esa fe férrea de los mártires de los primeros dos siglos del cristianismos, que se entregaron a los brazos de la muerte sin temor, la esperanza de que Dios les levantaría de los muertos, como Jesús lo fue, solo si se esforzaban siempre (2 Timoteo 4,7-8).

La resurrección de Jesús es el triunfo sobre las injusticias del imperio y de su forma inhumana de dar paz y seguridad a través del temor y de la destrucción. Jesús convierte la resurrección en un acto de Justicia. Dios es quien le levanta de entre los muertos, es decir legitima su mensaje y lo sella con la resurrección. Dicho mensaje está por encima de la pretensión del imperio de condenarlo al olvido para siempre.

Aunque el sistema pretenda acallar esta propuesta del Reino de Dios, será ese mismo Dios el que la resucite y la haga revivir en los corazones de las personas. Esto quiere decir que la resurrección de Jesús se ha convertido en el triunfo del justo sobre las injusticias, sin que importe de donde procedan, aunque sea del imperio más grande de la historia.

Resurrección mensaje de esperanza ayer y hoy para todo aquel que lucha por la propuesta del reino de Dios

La resurrección representó en el pasado un mensaje de esperanza pero, ¿Y hoy sigue siendo así? Jesús, en gran medida, nos invita a reflexionar sobre la coherencia de nuestro mensaje. Recordemos que somos embajadores (2 Cor 5,20; Ef 6,20). Es decir, se nos ha encargado extender el mensaje del Reino: un mensaje de amor, de justicia, de equidad, de respeto, de esperanza, en medio de un mundo que se debate entre guerras, conflictos familiares, en el que muchos jóvenes no tienen claro el sentido de la vida, las ideologías luchan entre sí por imponerse, el hambre impera y la injusticia y la corrupción son el pan de cada día.

La resurrección de Jesús nos invita a ser coherentes con su mensaje, sin temor a expresar el mensaje de salvación, el mensaje y la práctica del reino de Dios. Es difícil, puesto que el modelo económico actual convierte a los ricos en más ricos y a los pobres en más pobres; destruye los anhelos de las personas de este mundo, las convence de ser sujetos de emociones y anhelos pero las transforma en objetos del sistema de producción mundial, en un número más de esta cruda realidad.

Los valores han pasado a ser ignorados en la vida social; solo importa el dinero, aunque no la manera de conseguirlo. Jesús nos llama a entender que él es verdadero Señor y el verdadero Salvador y a no dejarnos engañar por aquellos que pretenden adjudicarse dichos calificativos.

No es fácil asumir el mensaje de Jesús; hay que cargar la cruz. Una cruz que puede llevarnos a la muerte en algunos casos, pero esa es la realidad del mensaje, no otra. Sin embargo, hasta el fin de nuestros días seamos coherentes con el mensaje del Reino de Dios, y llevemos esperanza a aquel que sufre, que llora, que tiene hambre y sed de Justicia.

Recordamos con mucho dolor a los 147 estudiantes universitarios asesinados en Kenia por el grupo extremista Al Shabab, los recordamos porque precisamente el mundo vive en medio de propuestas, supuestamente de liberación, que no miden las consecuencias y la crueldad de sus actos, y donde prima el derramamiento de sangre inocente. Estos estudiantes fallecen por ser cristianos, por tener otra tendencia religiosa distinta a la islámica; triste realidad en un mundo tan diverso. Ahora pretendemos concentrar a la humanidad en una sola ideología política, económica y religiosa, y nos cuesta comprender que esta tendencia esté llevando a la destrucción y al deterioro del ser humano convirtiéndolo cada día más en una bestia sin conciencia, sin amor, sin justicia, sin respeto por la vida. Oremos por las  familias de estos estudiantes, por esos padres que sufren por la muerte de sus hijos, jóvenes con sueños, con metas por cumplir y ahora se esfuman por la aberrante tendencia de algunos que se consideran amos y señores de este mundo. La vida es sagrada, es expresión del amor y de la oportunidad que nos da Dios para amar y ofrecer un mensaje de esperanza a todo el que lo necesite, hasta lo último de la tierra. La resurrección de Cristo nos debe dar valor para seguir con nuestra misión y no desfallecer.

Desde tiempos remotos existen mártires que mueren llevando el mensaje de Cristo a lugares insospechados, muchos de ellos en conflicto con la ideología del reino de Dios.  Pero esos mártires ofrecen su vida con la esperanza firme de que algún día se levantaran de entre los muertos para vivir plenamente con Cristo por siempre en una tierra nueva y en un cielo nuevo.

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