Enric Capó

Posted On 06/10/2011 By In Opinión, Teología With 1482 Views

Palabras con acento: la Verdad

La verdad no es un hallazgo, es decir, algo que se encuentra y ya está, la tengo; aunque hay personas que piensan así. No. La verdad es siempre un objeto de búsqueda. La encuentro y la pierdo, la poseo y se me escapa, llego a alcanzarla, pero jamás del todo. Siempre la tengo delante, nunca puedo dejarla atrás como algo ya conocido y fijo.Enric Capó La duda siempre planea sobre mis verdades. Jamás son definitivas. Siempre van acompañadas de interrogantes que no sé como contestar. Esto nos pasa siempre y en todos los campos. La física cuántica, por ejemplo, nos ha mostrado la imposibilidad de elevar nuestras conclusiones a verdades absolutas. Siempre acaban siendo teorías, normalmente válidas, pero con flecos de duda y de incertidumbre. Incluso la realidad que nos rodea nos llega a resultar incomprensible. Todo acaba en un interrogante final.  A nosotros, los observadores, no nos es posible separarnos del todo de lo que observamos. Nuestra observación modifica aquello que observamos, de forma no podemos definir, sin ninguna clase de duda, cómo es la realidad.

Esto lo aplico también en el campo religioso. Afirmo, por ejemplo, que Jesús es, tal como nos dijo, el camino, la verdad y la vida. Pero esto lo hago en el marco de lo que llamamos “Credo”, es decir, mi convicción, pero no tengo ninguna garantía aparte de la experiencia personal que puedo aportar. También pienso en la validez de la fe cristiana y en la autoridad de la Biblia. Me deja estupefacto cuando leo las afirmaciones absolutas de los teólogos fundamentalistas sobre cuestiones de fe. Incluso se atreven a citar el versículo de 2 Tm 3,16 y aplicarlo a toda la Biblia olvidando que el Nuevo Testamento todavía no existía. La verdad religiosa no es una verdad inamovible. Es un camino de búsqueda en el que, poco a poco, vamos descubriendo –así lo creo- el rostro de Dios.

Últimamente he leído, en una revista evangélica, un par de artículos sobre el infierno en los cuales se interpretan las afirmaciones bíblicas de forma literal y se llega a la conclusión de un Dios cruel e inflexible que es capaz de torturar a los no-creyentes (quiénes son estos?) por los siglos de los siglos sin fin. ¿Es que la mente y la conciencia no son dones de Dios que hemos de usar y poner al servicio de la racionalidad? ¿Podríamos aceptar y amar a un Dios capaz de crear un Guantánamo eterno? No quiero negar la buena fe ni la verdad del análisis del autor del artículo sobre el infierno, pero creo que en un lugar de su análisis hay un error de principio fundamental. Dios no es así. Dios es amor y su amor se extiende a todos. Es un Padre que “hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45).

La verdad, en la medida en que nos llega, se  ha de decir. No creo que se haya de hacer de forma indiscriminada, de forma que escandalice a los oyentes. Ha de haber un camino de preparación que los capacite  para avanzar en el camino hacia una comprensión cada vez más amplia de la verdad. Lo que no se puede hacer es esconderla, como la Iglesia Católica hizo en un tiempo con la Biblia considerándolo un libro peligroso. Ni como me dijo un teólogo conservador catalán: hay críticas sobre la Biblia que son ciertas, pero no conviene decirlas. Tratar a la gente como menores de edad y mantenerlos en la ignorancia es un camino muy peligroso. A la larga, se dan cuenta de todo ello y toman sus propias decisiones sobre las cuales ya no podemos influir.

En este contexto quisiera citar a dos clásicos, bien lejanos entre si en la geografía y en el tiempo: Platón y Cicerón. El primero dice: “Se ha de tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad”. Y la frase del segundo es la siguiente: La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Son dos frases que nos advierten del peligro de tergiversar la verdad sustituyéndola por nuestros dogmas que, lamentablemente, hoy presiden el pensamiento teológico de la mayoría de los evangélicos de este país. El dogma es la tentativa humana de fosilizar la verdad y es la gran barrera que nos impide avanzar hacia la verdad plena. Alguien ha dicho que quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Este riesgo es el que yo quiero correr.

Enric Capó

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