Posted On 18/11/2022 By In Opinión, portada With 238 Views

¿Por qué todos quieren hacer apologética? | Lucas Magnin

 

Sin una entrega existencial y confiada en los brazos de Dios, el cristianismo no tiene sentido ni vale la pena. Esa es la tesis número 93 de mi libro: 95 tesis para la nueva generación.

En los últimos años ha brotado un interés inmenso entre la juventud cristiana por la apologética. De pronto, las Quinque viae para demostrar la existencia de Dios se han puesto de moda a setecientos cincuenta años de la Summa de Tomás y pareciera que el futuro de la fe cristiana se juega en la posible refutación del argumento Kalām.

Esto nace de la experiencia de dar razón de la propia fe en el contexto de nuestras sociedades secularizadas, poscristianas, hostiles en particular a todo lo que se asocie con el cristianismo. Es también una reacción de muchos jóvenes que crecieron viendo las contradicciones y la tendencia a la irracionalidad de algunas iglesias y necesitan entender en qué creen (antes que nada, para sí mismos).

No obstante, creo que este auge de la apologética se vuelve más entendible cuando lo entendemos a la luz de la cultura Turn Down For What que ha empapado el mundo digital en los últimos años. Nuestra generación está fascinada con la refutación de los demás. La sensación de distanciamiento e impunidad que nace de la interacción con una pantalla, la lógica de los likes al comentario más ingenioso en redes sociales, las video-reacciones en YouTube a casi cualquier cosa, el cinismo cotidiano de los memes que logran trivializar los dilemas éticos más complejos, las frases devastadoras y el mic drop de las batallas de freestyle, todas estas cosas han forjado un ethos generacional combativo y altanero.

Tomás de Aquino era el capitán en jefe de la argumentación racional de la fe en la época previa de la Reforma (y lo siguió siendo por varios siglos más). La Suma Teológica había propuesto una síntesis entre el conocimiento filosófico y el teológico, el natural y el revelado, hasta el punto en el que parecía que no había fisuras entre la cosmovisión cristiana y la observación de la realidad. Pero la perfecta armonía lograda por Tomás de Aquino les pareció un corsé demasiado ajustado a algunos de sus sucesores.

Ya en el 1300, Duns Escoto y Guillermo de Ockham afirmaron que forzar la mutua dependencia entre fe y razón era perjudicial tanto para una como para la otra. Dios y mundo no debían confundirse, decían. Aunque la teología y la filosofía pueden iluminar mutuamente sus respectivos caminos, deben ser independientes en la búsqueda de la verdad. Escoto y Ockam creían que ni la argumentación racional llevaría realmente a la fe, ni la experiencia espiritual podía ser tomada como un conocimiento científico válido.

«Mi querido maestro». Así hablaba Lutero de Guillermo de Ockham. De él aprendió a desconfiar de la razón como camino para alcanzar a Dios. Fueron los místicos los que le enseñaron una puerta más confiable: Sola Fide. La fe no era para Lutero un asentimiento de la razón ni una fórmula del entendimiento. Era, más bien, fiducia: la plena confianza del hijo que se arroja en los brazos de su Padre.

En el Catecismo mayor, Lutero hizo las dos preguntas definitivas de la apologética: ¿Qué es Dios? Y ¿qué significa creer en Dios? Su respuesta está en las antípodas de la racionalidad escolástica y refleja, más bien, una profunda experiencia de amor y ternura: «Dios es aquel de quien debemos esperar todos los bienes y en quien debemos tener amparo en todas las necesidades. Por consiguiente, “tener un Dios” no es otra cosa que confiarse a él y creer en él de todo corazón». Por eso advertía que debemos estar atentos, porque «en aquello en que te confíes, eso será propiamente tu Dios».

Afirmar todas estas cosas no va en desmedro de los esfuerzos de valientes apologistas que, para sí mismos y para otros, han intentado explicar la racionalidad del cristianismo. No obstante, ha habido personas «que se tomaron tanto interés en demostrar la existencia de Dios que llegaron a desinteresarse completamente de Dios… ¡Como si el Señor bueno no tuviera otra cosa que hacer que existir!». El corazón de la fe cristiana es el acto de entrega y dependencia, el drama existencial de la confianza, el idilio en el que el alma se abraza a la cruz como único madero para evitar ahogarse.

Es el tipo de seguridad que puede decir, sin siquiera pestañear: «Si vivimos, para el Señor vivimos; y, si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos» (Ro. 14:8). Una paz como esa no es el fruto de argumentos, por más válidos y científicos que puedan estos resultar.

Si sacamos de la ecuación a esa experiencia transformadora con el amor que creó el universo, la propuesta integral del cristianismo no convence a nadie. Y, sinceramente, tampoco vale la pena. Solo aquellos que hemos descubierto que Dios es nuestro castillo fuerte «podemos decir con toda confianza: “El Señor es quien me ayuda, por tanto, no temeré. ¿Qué me puede hacer un simple mortal?”» (Heb. 13:6).

Lucas Magnin

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