Posted On 25/02/2022 By In Opinión, Política, portada With 545 Views

Rusia y Ucrania. Una Oración Política | Sergio Simino

 

Ayer nos despertamos con la invasión de Rusia en Ucrania y a cuenta de ello leí un par de notas de prensa de distintos corpus eclesiales lamentando la invasión rusa y pidiendo oración por el pueblo ucraniano. Nada que objetar al respecto, pero me quedé con la sensación de que dichas declaraciones se quedaban cortas y me ha suscitado la siguiente reflexión.

En días como éstos podemos constatar que las tinieblas se hacen presentes en el mundo por medio de las construcciones políticas y de su implementación por la violencia. Sí, lo siento, quizás a algunos resulte demasiado “mítico” eso de comprender la geopolítica en términos de la presencia de las tinieblas en el mundo, pero es que en no pocas ocasiones el mito tiene una intuición más penetrante de la realidad que las percepciones de la razón instrumental.

Las tinieblas ya estaban presentes en el mundo (Gn 1, 2) incluso mucho antes de que la actuación humana las actualizase con sus estructuras sociales y políticas o con su acción individual. Sin embargo, el primer acto de Dios de ordenación del mundo es la creación de la luz por medio de su Palabra. De manera que, tras la primera distinción entre Dios y creación, tenemos una segunda distinción entre tinieblas y luz (Gn 1, 5). Es la primera acción de su misericordia y de su gracia creando un espacio acotado y limitado para las tinieblas.

El prólogo del evangelio de Juan, al hilo de aquella primera narración de la creación, nos dice que aquel Verbo o Palabra creadora se ha hecho carne, corporeidad, ahora en Jesús de Nazaret, cuya densidad de vida es luz para la humanidad, de manera que la luz resplandece en las tinieblas y que éstas no la pueden dominar (Jn 1, 5).

En el clímax de la cruz descubrimos cómo las tinieblas se ciernen sobre el mundo (Lc 23, 44-45), pero dichas tinieblas son vencidas por la claridad de la luz de la mañana de resurrección (Lc 24, 1). Esa mañana de la resurrección es el clarear del alba de los nuevos cielos y la nueva tierra que Dios está inaugurando en los acontecimientos de la Pascua.

La narrativa bíblica nos acostumbra a comprender cómo la construcción de los grandes imperios siempre va unida, de una manera u otra, a esta irrupción de las tinieblas como poderes presentes en el mundo. Sin embargo, la narrativa bíblica es una narrativa esperanzada y esperanzadora de las promesas de Dios. Las tinieblas no sólo no prevalecerán indefinidamente, sino que ya se ha producido la victoria de la batalla decisiva sobre ellas, aunque su consumación aún está por hacerse presente en nuestro mundo por medio de la acción decisiva de Dios bajo su reinado.

Por eso, las iglesias cristianas que están configuradas por esta gran narrativa bíblica deben interpretar el mundo no según la racionalidad de la geopolítica, sino bajo una oración y una confesión común: Jesús es el Señor. Durante los últimos dos siglos las iglesias cristianas han ido cediendo por medio de una actitud adaptativa a la cultura que ha llegado a ser hegemónica, por la que la religión cristiana ha devenido en una fe privatizada. Una fe privatizada que no tiene nada qué decir en el espacio político del escenario globalizado actual.

En esa fe privatizada la confesión “Jesús es el Señor” sólo puede significar que el señorío de Jesús el Mesías sólo puede ser el ámbito personal de una subjetividad individual, pero ello nos condena a la irrelevancia. Nadie quiere escuchar a unas iglesias privatizadas con un mensaje irrelevante para el curso del mundo.

Por eso, todas las iglesias cristianas deben recuperar su vocación y su llamado, orar y confesar a Jesús como Señor en toda su dimensión política y universal. Eso quiere decir que los cristianos no tienen más lealtad debida que la de Jesús el Mesías. Esto se convierte en realidad política cuando las iglesias cristianas se niegan a dar poder, mediante la legitimación, a las construcciones idolátricas de los imperios y los nacionalismos. La Biblia no enseña a contemplar la historia de los imperios como la emergencia de los poderes de las tinieblas sobre el mundo.

Por otro lado, la construcción en la modernidad de los estados-nación necesitó, al mismo tiempo, de la creación de una religión privatizada que despojara a las iglesias cristianas de toda su potencialidad pública. De manera que la lealtad debida a Jesús como Señor pudiera transferirse a la lealtad al estado-nación y de sus anhelos imperiales. Así las Guerras Mundiales del s. XX supusieron el sacrificio en el altar del nacionalismo de millones de vida, muchas de ellas cristianas, que habían olvidado que tenían una lealtad debida mayor que el horizonte de sus respectivas naciones.

¿Qué ocurriría si todas las iglesias cristianas (católicas, protestantes, ortodoxas y orientales) se unieran en una oración política y ecuménica confesando a Jesús como el único Señor y Salvador por encima de cualesquiera otras lealtades políticas? Que los poderes de las tinieblas, tras las construcciones nacionalistas con vocación de imperios, quedarían desnudos en toda su crudeza sin ninguna legitimación trascendente, pero para ello será necesario superar el reduccionismo y la privatización de una religión cristiana de una relación “exclusivamente” personal.

Sergio Simino Serrano

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