Posted On 28/10/2021 By In Cultura, Opinión, portada With 293 Views

Segunda mitad del noveno | Francisco Javier Goitía Padilla

La primera vez que vi a mi abuelo llorar fue la Noche Vieja de 1972 cuando murió Roberto Clemente. Yo había visto a Clemente en una clínica de béisbol en el Parque Ildefonso Solá Morales –hogar de los Criollos de Caguas, el equipo de béisbol invernal de mi pueblo– como un mes antes. Fui a la clínica como participante de las pequeñas ligas organizadas por don José Manuel Cora, el padre de Alex, el dirigente de las Medias Rojas de Boston de MLB. El béisbol, como buen boricua, fue parte de mi biografía de crianza, y aún lo es.

El béisbol es un juego de equipo. Cada jugador debe contribuir con sus destrezas defensivas y ofensivas al éxito anhelado. A cada jugador se le asigna un área para defender en el campo de juego; ya sea alrededor de las cuatro bases que forman un diamante, más lejos en los jardines, o cerca de la verja que delimita el final del terreno de juego. El terreno de juego se define por dos líneas que nacen en el home plate –la base donde se anotan las carreras– y van separándose a razón de 45 grados mientras se extienden al cuadro interior y a los jardines hasta llegar a la verja. En el lado de la ofensiva cada jugador tiene un orden al bate para darle a una bola esférica hecha de hilo enrollado en un centro de corcho. La bola tiene de 9 a 9 1/4 pulgadas de diámetro y se lanza –a nivel de grandes ligas– a una velocidad entre 85 y 100 millas por hora. El bateador utiliza un bate de madera para darle y poner en juego la bola.

Como jugador, el asunto es encontrar la función y la contribución que cada quién debe hacer para anotar carreras –correr las cuatro bases– y evitar que el equipo contrario anote. A la defensiva cada jugador se ubica estratégicamente de acuerdo con quién batea y a la situación particular en cada entrada de juego. A la ofensiva, de igual manera, el asunto es hacer caer la bola donde no hay defensa e ir empujando los corredores hasta que pasen por las bases hasta llegar al plato o home.

Se juegan nueve entradas y cada una termina luego de que el equipo bateador recibe tres outs. El equipo visitante batea primero en la parte alta o primera parte de la entrada. El equipo local tiene la última oportunidad de anotar carreras y ganar en la parte baja o segunda parte de cada entrada. Al terminar las nueve entradas, el equipo con más carreras anotadas gana el juego. Roberto Clemente fue un jugador extraordinario tanto en la defensiva como en la ofensiva del juego. Fue un líder que llevó a su equipo a ganar el máximo galardón posible: la serie mundial de 1972.

Rubén Blades, un gran salsero panameño, escribió y canta una canción que se titula ‘Segunda mitad del noveno’. La canción, que se encuentra en su disco Cantares del Subdesarrollo, compara lo que vivimos con un juego de béisbol. La letra de la canción dice así:

 

Hay gente en la encrucijada

y hay que decidir.

Entre todos los caminos

hay uno solo a elegir.

Ahora que te necesito

dónde has ido Bob Canel.

Segunda mitad del noveno.

Aquí se decide el juego

y no sabemos qué hacer.

Tiembla la gradería

hay mucha emoción.

Mucho ruido, mucha bulla

pero cero acción.

Por eso nos preguntamos

a dónde se fue Musiu.

Todos los héroes se han ido,

todos los héroes se han ido

con nuestra juventud.

La canción describe una situación de crisis y posibilidad en el juego. Es la última entrada y asimismo es la oportunidad para batear y ganar. Las gradas están agitadas y el equipo puede perder y eliminarse, o ganar y continuar. Pero no hay acción. Solo ruido. Si la canción describe lo que vivimos podemos decir, con Walter Mignolo, que vivimos en un mundo cambiante. Un mundo donde se desplaza el código de conocimiento de la civilización occidental –atornillada como norma y sostenida por el racismo y el patriarcado– para dar paso irreversiblemente a códigos de conocimiento policéntricos y pluriversales. El desplazamiento de poder causa crisis, algarabía y reacciones viscerales tanto en quiénes tienen y pueden perder el poder, como en quiénes no lo tienen y creen tenerlo. En el entretanto, la gente de a pie sufre. Blades continúa:

Miedo en primera.

Hambre en segunda.

Rabia en tercera.

Play ball gritó el umpire.

Que no se vaya nadie.

Que esto se pone bueno.

Ahora que te necesito

donde has ido Bob Canel.

Segunda mitad del noveno,

aquí se decide el juego.

Y no podemos perder.

 

Por eso nos preguntamos

a donde estará Musiu.

Todos los héroes se han ido.

Todos los héroes se han ido

con nuestra juventud.

Segunda mitad del noveno.

Segunda mitad del noveno.

Miedo, hambre y rabia llenan las bases, literal y metafóricamente. El planeta se calienta y amenaza extinguir al homo sapiens. Esto por el código de conocimiento de la civilización occidental que lo mira, entiende y explica todo en función del capital. Todo está a la venta y disponible para el uso y capricho de quiénes pueden vender y comprar. De quiénes siguen, cuidan y se convierten en pregoneros del código que entiende lo bueno, lo bello y lo verdadero, los pilares de la modernidad, como lo blanco, lo heterosexual desde la masculinidad bruta, y lo que se venden y compra al mejor postor. Aunque el planeta se parta en dos y a la gente se le derrita el alma. El abismo entre quienes tienen y entre quienes no tienen se hace insalvable. Quiénes tienen se protegen y aíslan. Quienes piensan que tienen –pero en realidad no tienen– se organizan alrededor de viejas letanías racistas, de terribles proyectos reciclados de dominación política y de teorías de conspiración sacadas de películas de terror. En el medio, la gente que trabaja para vivir y que no se parece a los perfiles autorizados del código de conocimiento occidental, sobrevive.

Miedo en primera.

Hambre en segunda.

Rabia en tercera.

Play ball gritó el umpire.

Que no se vaya nadie.

Que esto se pone bueno…

¿Qué lugar ocupa la iglesia en este panorama? ¿Qué rol tiene la iglesia en este juego de béisbol? ¿Cuál es la situación de juego que debemos enfrentar en estos días que vivimos? ¿Puede la iglesia salirse de su participación como cómplice, validadora y distribuidora del código de conocimiento occidental que ahora está en crisis? ¿Puede cambiarse del equipo que defiende y lanza para preservar su poder y privilegio imponiendo un código que vale para todo, y para todos, e irse a batear con el equipo que necesita un sencillo, o un jonrón, para terminar el juego que causa miedo, hambre y rabia? ¿Puede la iglesia zafarse de pertenecer a lo que aprieta lo que vivimos y ubicarse en un horizonte esperanzador?

Ahora que te necesito

donde has ido Bob Canel.

Segunda mitad del noveno,

aquí se decide el juego.

Y no podemos perder.

La iglesia actúa y decide en estos días desde su propia crisis –parásita de la de occidente– asustada por “el perder” y entendiendo este perder desde el simplismo de la erosión de asistencia dominical y de sus finanzas. Desde la añoranza de la cristiandad y de las Semanas Santas que la paseaban como protagonista social y cultural. Enamorada de sí misma, ¿puede regresar a su centro de gravedad? Porque este es el asunto en este nuevo horizonte pluriforme y pluriversal: no el evangelismo ni la misión ni los templos llenos de cuerpos como quid pro quo de fortaleza institucional, sino el Evangelio como significado de la vida misma –la vida de todo y de todos– frente a las amenazas y posibilidades en este siglo, que puede ser el último de homo sapiens. La vida misma que se hace posible desde la encarnación como fuente de shalom y significado. La encarnación que es la fuerza de gravedad del Evangelio de la gracia incondicional y de la justificación por la fe sin las obras de la ley.

Roberto fue el jugador más valioso de la serie mundial de 1972. Su equipo, los Piratas de Pittsburg, fue el primero en estar formado completamente por jugadores negros o hispanos. Fue el primer equipo completamente integrado racialmente en las grandes ligas. Estaba lidereado por un negro caribeño con acento y que habló en español, por primera vez en las ondas de televisión norteamericanas cuando lo entrevistaron al ganar la serie mundial. Clemente bateó cuando el equipo lo necesitó. Su equipo incorporó significados y códigos de conocimiento diversos y diferentes al tradicional y oficial, y ganaron la serie mundial. Abrieron camino a cómo son las grandes ligas hoy.

Clemente falleció trágicamente llevando provisiones a Nicaragua para ayudarles en medio de la tragedia del terremoto de 1972 en el país. A mi abuelo le tocó llorarlo. A mí, recordarlo y, en mi adolescencia, entender mejor y jugar con pasión el juego que él tanto amó. En estos días me toca recordarlo e intentar contribuir a mejorar lo que vivimos, y cómo lo vivimos, como él lo hizo. Porque estamos en la segunda mitad del noveno y el miedo está en primera, el hambre en segunda y la rabia en tercera. Porque es tiempo de empujar otros códigos de conocimiento, afines al Evangelio, que le den significado de esperanza a la vida misma.

A la iglesia… a la iglesia le toca decidir en cuál equipo juega.

 

 

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