Posted On 27/06/2011 By In Biblia With 2823 Views

Soliloquio: “Han transcurrido dos mil años y ¿todo sigue igual?”

En ocasiones, más de las que quisiera, me encuentro caminando hacia Emaus . Y mientras camino, la tristeza, sin avisar, se abre paso en mi existencia. Me sucede lo mismo que a aquellos antiguos discípulos que transitaban el mismo camino por el que hoy, inevitablemente, discurro. Discuto con mis correligionarios y les digo a ellos  y al que me quiera escuchar: “Esperaba que el Mesías crucificado en Jerusalén fuera el que había de redimir al mundo, y ya han transcurrido dos mil años (no tres días como fue el caso de los discípulos de Emaus) y todo sigue igual…” (Luc. 24)

No tengo el privilegio de que Jesús se me manifieste en mi camino existencial al igual que lo hizo con aquellos hombres. Me gustaría que lo hiciera, aunque fuera para increparme calificándome de “insensato y tardo de corazón para creer”… Pero sólo tengo el texto que relata el encuentro de aquellos discípulos.

Me sucede lo mismo cuando viene a mi memoria el Pentecostés (Hch. 2) que experimentaron aquellos primeros seguidores de Jesús de Nazaret -curiosamente, a los discípulos de Emaus se les dijo que serían investidos del poder del Espíritu Santo-. Pentecostés produjo en ellos, y a través de ellos, el milagro de una nueva comunidad fraterna donde mujeres, hombres, niñas y niños experimentaron la solidaridad fraterna y el apoyo mutuo como conviene al mundo, también nuevo, con el que muchos soñamos. Ellos, según nos narran las crónicas, podían decir no solo “oíd”, sino también “ved” lo que el Dios de Jesús está haciendo en medio de la historia humana. De paso, el orden correcto era y es, en primer lugar, “ved”, y luego “oíd”. Sin embargo, muchos de nosotros, nos conformamos con el “oíd” ya que no hay mucho que ver en nuestros conventículos (o tal vez demasiado).

Bien, no quiero desanimar a nadie. Tan sólo deseo que a través de estas líneas que acabo de escribir en mi blog podamos escuchar un eco, al menos un eco, de la voz de Jesús. Un eco sin visiones, ni caminos a Damasco, que me dice y nos dice: “insensatos y tardos de corazón para creer”, a lo que nosotros respondemos con tono balbuceante, “Señor, ayuda a nuestra incredulidad. Deseamos experimentar un nuevo Pentecostés que reconforte nuestros cuerpos cansados, y nos capacite para alumbrar un mundo nuevo aquí y ahora”.

Han transcurrido dos mil años y ¿todo sigue igual? No, no tiene porqué seguir todo igual o, ¿acaso me equivoco? No sé.

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