Transeamus Contra - Rodrigo SEgarra

Posted On 27/11/2013 By In Biblia, Cultura, Libros With 2273 Views

Transeamus contra

Transeamus contra, expresión latina que significa: pasemos a la otra orilla. Es el imperativo con el que Jesús reta a sus discípulos (Mr 4:35). Para nosotros el desafío supone realizar un doble viaje: primero dirigirnos a Nazaret para encontrarnos con Jesús a fin de ser, en espíritu y en verdad (Jn 4:23-24) evangelizados. Para ello debemos entrar en la sinagoga (Lc 4:16-30), con atención escuchar su programa de acción; después desplazarnos al llano (Lc 6) /monte (Mt 5) y aprender cómo ponerlo en práctica; finalmente ir al lago de Genesaret, desde allí embarcarnos con él y remar, mar adentro, hacia la otra orilla para anunciar la Buena Nueva a nuestros contemporáneos.

En el siglo XXI, si la Iglesia, entendida como comunidad de comunidades, quiere ser fiel a Jesús ha de ser una Iglesia samaritana: solidaria, consoladora, liberadora, pastoral, profética. Si la teología, entendida como un humano hablar sobre Dios, quiere ser fiel a Jesús ha de ser una teología nazarena: vibrante, cálida, motivadora, estimulante, sugerente, lejos de académicas abstracciones filosóficas, formalismo religioso, rigidez doctrinal, enfermizo dogmatismo, incapaces de suscitar cercanía, entusiasmo, vida. Si los cristianos queremos ser seguidores del Galileo hemos de ser, a nivel personal y comunitario, testimonios vivos -sólo convence la fe vivida, la experiencia, la implicación, el compromiso personal- anunciadores de su palabra que se hizo carne nazarena. Esta es su identidad y debe ser la nuestra.

Rodrigo Segarra

Rodrigo Segarra

El contenido del libro se divide en dos partes. La primera reúne el texto-base que ha nutrido mis predicaciones y tres breves meditaciones. Por supuesto, no es mi propósito ofrecer un modelo de homilía que obviamente  no puede estar supeditada a un esquema fijo, a un criterio único que sirva para todo predicador, lugar, situación, comunidad. Sí es mi objetivo -patente, claro- hacer un llamamiento urgente, inaplazable: muchas -demasiadas- iglesias deben dar un giro completo al lenguaje con el que pretenden proclamar el mensaje de Jesús.

Con una arquitectura conceptual que intenta mantener un sistema de creencias, unos símbolos, unas connotaciones, unas expresiones lingüísticas, unas argumentaciones, perspectivas, interpretaciones anacrónicas heredadas de épocas con un marco cultural, unas circunstancias socio-políticas y una sensibilidad religiosa muy diferentes de la nuestra, muchas -demasiadas- predicaciones no desprenden el desbordante gozo, la exultante alegría, la rebosante esperanza que las palabras de Jesús deberían provocar. No son la viva vox evangelii. Todo lo contrario: son largos, monótonos, aburridos, tristes, manipuladores, inpositivos, culpabilizadores, condenatorios discursos sin referencia alguna a la injusticia estructural, al pecado social (guerras, hambrunas, esclavitud, racismo, explotación infantil…) que nos devasta, a las reales dificultades, preocupaciones, penalidades (paro, desahucios, separaciones traumáticas, violaciones, malostratos…) que desesperan, angustian a hombres y mujeres -incluidos los de la propia congregación- en su cotidiano vivir. En lugar del jubiloso anuncio son deprimentes, desalentadores, penosos dis-angelion (mala noticia).

El núcleo, la médula de una predicación cristiana debe ser el reinado de Dios y su justicia (Mt 6:33;Lc 12:31) -estallido de amor, grito de rebeldía ante los desmanes, los atropellos, las injusticias- mensaje que dio sentido a toda la actividad de Jesús, la causa por la que vivió, fue perseguido, condenado y ejecutado. La condición indispensable de nuestra credibilidad ante la sociedad es vivir el y en el reino de Dios, comunidad que trabaja para establecer un mundo nuevo donde el amor y la verdad se dan cita y la paz y la justicia se besan (Sal 85:10) en auténtica libertad.

Las predicaciones reflejan la teología, la imagen de Dios que las sustentan y que proyectamos a la comunidad. Las aquí presentadas son mi modesta aportación a la perentoria necesidad de transmitir la radicalidad del mensaje del Nazareno de manera significativa a los hombres y mujeres de hoy. También, lamentablemente a muchos -demasiados- que se consideran cristianos, incluso con la denominación de evangélicos, que incomprensible, deplorablemente desconocen la Buena Nueva; son cristianos no evangelizados, hombres y mujeres que se han convertido desde previos presupuestos doctrinales que presuntamente les han proporcionado unas confortables seguridades personales no siempre en consonancia, cuando no contrarias, con lo hecho y enseñado por Jesús (Hch 1:1).

La segunda parte del libro está dividida en dos secciones. La primera agrupa tres participaciones en mesas redondas y dos presentaciones; la segunda, un artículo, una presentación y cinco conferencias. El hilo conductor es el lenguaje (ecuménico, de la fe, del perdón, de la política, del deporte).

El lenguaje en la Iglesia hoy y La hermenéutica, ciencia para la interpretación del texto están relacionados directamente con las predicaciones. Son una invitación a la autocrítica que Jesús exige realizar incesantemente (Mt 7:3-5; Lc 6:41-42) y que tanto aterra a las iglesias, que hacen silencio -cobarde, culpable- con solo silabear esta palabra.

Nuestro compromiso en esta sociedad en transición -también nosotros nos hallamos en esta situación- es encontrar al Jesús vivo que sorprende, seduce, fascina, subyuga, al tiempo que molesta, incomoda, desconcierta, interpela; recuperar al Jesús que nos han escondido por miedo. En su tiempo el Nazareno era un peligroso enemigo, un insumiso a las normas injustas y perversas, por eso los que ostentaban el poder querían ya al inicio de su misión arrojarlo monte abajo (Lc 4:28-30). En nuestra época asusta a los poderosos, a los gobernantes políticos, hace temblar a las autoridades eclesiásticas y, al igual que a los discípulos, nos causa pavor, a nivel personal y comunitario, escuchar su llamamiento a seguirle hasta las últimas consecuencias.

El mensaje del Galileo es siempre actual en el tiempo. Sin embargo, el modo de presentarlo pertenece al mundo cultural en que se vive. El sentido, la esencia permanece, pero las formas de vivirlo cambian. Hemos de esforzarnos en replantear e intentar resolver cuestiones y problemas que se nos presentan y no se daban en tiempos de Jesús. Debemos reinterpretar, adecuar ciertos pasajes bíblicos, revisar, depurar conceptos, clichés, expresiones teológicas mantenidos acríticamente durante siglos, y que actualmente resultan desfasados, cuando no falsos, hacernos otro tipo de preguntas o más bien formularlas de manera diferente no sólo a las del siglo de los reformadores sino del pasado. Aceptar que hay diferentes respuestas a los mismos interrogantes, así como que no todas las preguntas tienen respuesta. Es, por tanto, urgente, imprescindible, impostergable, encontrar nuevas formas de lenguaje, nuevas maneras de expresar la fe, nuevas vías que hagan más entendible, visible, vivo el Evangelio.

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