Posted On 14/12/2021 By In Opinión, portada With 400 Views

Vivir desde la Gracia | Aurora Ruiz

 

“Y dejando sus redes, lo siguieron” (Mc 1: 18)
“Te basta mi gracia” (2Cor 12: 9)

Se suele reconocer con cierta facilidad, e incluso con bastante naturalidad, que en la historia de la vida de fe de cada uno y de cada una, hubo un punto de inflexión que marcó un antes y un después. Se recuerdan los detalles, dónde se estaba, qué se hacía o en qué se ocupaban los propios pensamientos. Ese punto crítico, se asume, es el momento en que la fe adoptada en la infancia despertó para hacerse deliberadamente acogida; o bien el momento en el que despuntó, por vez primera, una fe hasta entonces desconocida. De una u otra forma, se trata, en definitiva, del alumbramiento de la vocación del seguimiento a Jesús de Nazaret. La misma vocación que recogen los evangelios cuando relatan que los discípulos, habiendo oído que Jesús los llamaba por su nombre, dejaron sus redes y lo siguieron.

Ciertamente, este es un momento crítico y de inflexión en la historia personal de la fe que interpela a tomar una decisión que, se intuye, supondrá una implicación integral y un compromiso íntegro. Sin embargo, a pesar de su indudable importancia, este no es el momento decisivo en la adhesión a Jesús y su programa. Lo decisivo llega cuando se alcanza a comprender que aceptar el seguimiento implica vivir plenamente confiados a la gracia de Dios. Se pueden considerar al menos cuatro ideas o principios cuya asunción sirve al propósito de valorar el alcance de este abandono confiado a la gracia.

En primer lugar, asumir el vivir desde la gracia es comprender a Dios, dentro de las limitaciones de nuestro lenguaje, como don de amor que se nos comunica de manera gratuita, que conmina al ser humano, lo invita sin coerciones ni imperativos, a amar del mismo modo y que lo sostiene para hacerlo. Esto implica, además, comprender a Dios como fuente de consuelo, de compasión, de misericordia, de ternura, de bondad y de perdón, ilimitada, accesible y al alcance.

En segundo lugar, vivir desde la gracia es aceptar que en la mayoría de los dilemas a los que se hace frente en el ámbito de lo personal y en la vida comunitaria de la fe o eclesial no hay  soluciones fáciles o respuestas sencillas, ni tampoco dadas de antemano. Podríamos decir que al igual que la estrella polar en medio de la noche o, incluso, como la estrella de Belén, los evangelios muestran la dirección a la que encaminarse; pero solo se trata de una dirección, un horizonte. Los evangelios revelan al Dios de la compasión, la misericordia, el perdón y la gracia en la vida y en la obra de Jesús de Nazaret. Acompañados del Espíritu [1], quienes sigan a Jesús habrán de acoger esa vida, esa obra, asimilarla y hacerla suya para reflejar la luz esperanzada del Evangelio [2] allá donde la existencia se hace crudamente vulnerable, doliente, herida y frágil [3][4]; o, lo que es lo mismo, para dar vida en abundancia [5] a imagen de Jesús el Mesías. Esa es la dirección; ese es el horizonte.

En tercer lugar, asumir la vida desde la gracia es aceptar con sencillez y orillando el temor que la letra de las Escrituras no sería palabra de Dios sin el Espíritu que la alentó y la vivifica. Tratar de comprender desde el Espíritu qué palabras de sanación tienen las Escrituras para la vida propia es una labor personal y cotidiana. Del  mismo modo, escudriñar las Escrituras, atender a  los evangelios, y desentrañar desde el Espíritu qué palabras de justicia, concordia y dignidad guardan para nuestro tiempo es una labor comunitaria, eclesial; es un compromiso con la construcción del Reino de Dios que urge a discernir cuáles son los caminos a  seguir. Porque, en efecto, la vida de Dios manifestada en la vida de Jesús es la dirección a la que nos apuntan y encaminan los evangelios, pero los senderos que conducen hacia ese horizonte son numerosos y diversos: ¿qué decisión o qué camino tomar en lo personal y en lo comunitario o eclesial?

La respuesta a la cuestión anterior solo se puede dar viviendo desde la gracia. Y es que, en cuarto lugar, vivir desde la comprensión profunda de la gracia es asumir el amor sin medidas y encarnado en las prácticas cotidianas, como sin medidas y encarnado fue el amor de Jesús. Y asumir ese amor aceptando, por una parte, que el camino deparará dilemas y aguardará encrucijadas que se habrán de afrontar; y, por otra, que una vez echada la vista atrás se verá que no faltaron los equívocos, las desacertadas decisiones y los errores en el trecho transitado. Y pese a todo, aceptar el vértigo de las cavilaciones, las deliberaciones, las tomas de decisiones y las propias contradicciones apartando el miedo o el temor al equívoco. Porque quienes acogen la vocación al discipulado de Jesús y se aventuran a vivir abandonados a la gracia conocen que en el amor confiado el temor no tiene cabida [6] y que la anchura de la gracia les basta [7] para proseguir el camino. Aman sin mesura porque, de algún modo, en lo profundo se saben amados primero [8][9] y comparten con el apóstol Pablo la convicción de que “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo futuro,  ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios” [10].

 


[1] “Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” Mt. 28: 20b, DHH)

[2] “Vosotros sois la luz de este mundo. Una ciudad situada en lo alto de un monte no puede ocultarse; y una lámpara no se enciende para taparla con alguna vasija” (Mt. 5: 14-15, DHH).

[3] “Dadles vosotros de comer” (Lc 9: 13, DHH).

[4 ] “Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis” (Mt 25: 40, DHH).

[5] “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10: 10, DHH).

[6] “Donde hay amor, no hay temor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, pues el temor supone castigo” (1 Jn 4: 18, DHH).

[7] “Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12: 9, RV2020).

[8] “Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero” (1 Jn 4: 19, Rv 2020)

[9] “De gracia recibisteis, dad de gracia (Mt 10: 8b, RV2020).

[10] (Rm 8: 38, RV2020)

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