Posted On 28/09/2020 By In Biblia, Espiritualidad, Opinión, Pastoral, portada, Teología With 333 Views

La hora de la teología práctica | Ekkehard Heise

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar una excelente conferencia sobre los profetas y reyes del Antiguo Testamento.[1] El ponente, gracias a la vastedad de sus conocimientos, me metió de lleno en las luchas por la palabra profética y fue realmente un placer seguirle por las historias de los profetas y los reyes «a la greña», para llegar a la conclusión de que, en ellas, encontramos a un Dios que se transciende encarnándose, que deposita su palabra en la boca de unos simples humanos (casi diría, por la habilidad del conferenciante para dibujar unas imágenes tan vivas y humanas de las figuras bíblicas, de «gente como uno»), un Dios que se arriesga a mancharse por las circunstancias humanas, pero, sin embargo, un Dios que se ofrece a las generaciones, incluida la nuestra, con su «amor radical».

Bebí largos tragos de información histórico-teológica presentada con rico colorido local, con empatía histórica, llevándome paso a paso, finalmente, a la pregunta: ¿Qué lecciones podemos extraer hoy de los encuentros y desencuentros entre reyes y profetas? Pero acto seguido escuché con asombro la respuesta del exégeta, especialista del Antiguo Testamento: «No tengo ni idea». Y añadió: «actualizar siempre es un riesgo» e invitó a cada uno de sus oyentes a ir a su casa e interpretar.

Una vez en casa, ¿hacer qué, interpretar? Por ejemplo, el anuncio del profeta Jeremías a los exiliados lejos de su patria que echan en falta sus instituciones religiosas, y el anuncio profético de una nueva alianza basada en que Dios estará en el corazón de las personas. ¡Vaya a interpretar! El exégeta había hecho su trabajo. Había presentado la inserción contextual de los textos particulares en cuestión (los oráculos proféticos y su acierto o desacierto en el contexto histórico), y me deja como orientación una observación adicional, pero fundamental: Entiende la inserción en el canon bíblico de estos textos de profetas y reyes a la greña como parte de un (meta)mensaje que transciende el contexto histórico particular de cada uno. La palabra de Dios no se encuentra así nomás, hay que luchar por ella. Así pues: «¡Ve y arriésgate a interpretar!».

Así pues, de nuevo, ¿qué hacer?

¿Una búsqueda del tesoro, al estilo de Mt 13,44?

¿Un ejercicio intelectual con efectos terapéuticos, algo así como «Más Profeta y Menos Prozac».[2]

¿Qué forma tendría que tomar esta mi interpretación ‘casera’?

– ¿La de un sermón tradicional, como el de aquel pastor, ex-comandante de un submarino, que pronunció en el acto de mi confirmación y que hablaba de una fe puesta a prueba en batallas de otra época?

– ¿O extraigo de los textos proféticos algunas palabras de alivio, consuelo, edificación, lo que fuera que precisara en este momento?

– Puede que estos textos me sirvan de enseñanza religiosa para mis hijos y nietos…

– ¿O voy a componer con los gritos lanzados por los reyes y profetas “a la greña” una canción para la banda de rock de los hijos de mi vecino, que ensayan en su garaje los sábados precisamente a la hora de la siesta?

– Quizás algunos de estos textos bíblicos sirvan como poesía para algún acto memorial que me han pedido…

– A veces, hay obras de arte no expresamente religiosas que me parecen traslucir a profetas y reyes, y a tantos otros personajes bíblicos con sus historias y sus palabras, como un mensaje semi-críptico bien escondido bajo una capa de relatos que narran episodios triviales o que cuentan incluso frivolidades.

¡Hay tantas formas, formulaciones, situaciones y contextos diversos en los que mis interpretaciones podrían tomar cuerpo! ¿Serán, acaso, una especie de preparación, de contemplación, una forma de estimular la llegada al silencio para, luego, escuchar –y esta vez de manera vital e inmaculada–  la Palabra dirigida a mí? Pero no me voy a quedar a solas en mi casa con este tesoro. Salgo a la calle, me encuentro con otros con los que quiero compartir la riqueza de mis interpretaciones. Me meto en discusiones, me invitan a tertulias, escribo cartas del lector, me pierdo en la vastedad de Internet, en fiestas familiares celebramos la felicidad del hogar; en una palabra: participo del discurso público. Y sí, me hubiera gustado recibir alguna ayuda de parte del especialista. Pero el exégeta se ha ido –a casa, a interpretar … supongo.

¿Qué vamos a decir? Ha llegado la hora de la teología práctica.

Hay quien dice que toda la teología es práctica. Martín Lutero, por ejemplo:  «La verdadera teología es práctica y su fundamento es Cristo, cuya muerte es aprehendida por fe».[3] Para Lutero la teología solamente tiene sentido si pone a Jesucristo en su centro y si está en función de la fe que abraza la muerte de Cristo. Todo tipo de teología que pierde de vista esta finalidad humana –y Lutero había estudiado bastante a los maestros escolásticos que disputaban sobre qué pensaba Dios en su corazón sobre sí mismo–, toda tal teología especulativa es, a su juicio, simplemente inútil: «El saber especulativo de los teólogos es simplemente vano».[4]

«¡Id a casa a interpretar!». No voy a acusar al exégeta de haberme abandonado. Para el camino a casa y para mi tarea de interpretar, me había equipado con unos saberes teológicos muy importantes y alejados de todo lo que pudiera aparecer en un sistema teológico escolástico y, por ende, caer bajo sentencia luterana de vanidad. No nos había leído los libros proféticos y la historia de los profetas y reyes como si fueran fuentes de un saber dogmático, sino que nos los presentó bajo una dimensión estética. Los autores bíblicos no eran unos escritores sin talento, sino unas personas sensibles, empáticas con los personajes que presentaban: «Profetas y reyes a la greña». Así, nos hacen testigos de peleas y escaramuzas; testigos de cómo la palabra de Dios está entremedio, usada, abusada y aprovechada por ambos bandos. Y uno no sabría decir quién tiene la razón a su favor, porque estamos en un proceso dinámico, vivo, en una única empresa de interpretar la palabra de Dios, de actualizarla en su momento. Entramos en la historia que el ponente dibuja, desarrolla como una película, como una obra de arte y luego nos manda a casa para disfrutarla y descifrarla:  «¡Id a interpretar!». Y nos quedamos con esta sensación: ¡madre mía, qué película, y tantas cosas que nos dice! Bueno, al final ya no recuerdo qué argumento ganó, pero lo cierto es que tenemos que luchar por la palabra de Dios. No se nos va a regalar nada. La encontramos en medio de todo el lío de lo cotidiano, en las peleas de visionarios y autoridades, entre poderosos y oprimidos; se viste de mil y una forma y a veces la escuchamos incluso en el silencio. Para expresarla (la palabra «predicar» de repente me parece gigantesca), para dejarla caer como argumento en alguna circunstancia, en alguna tertulia, hay que ser políglota: saber expresarse al menos en algunos de los tantos lenguajes que componen el discurso público en sus mil facetas. Y a pesar de todo esto, no hemos renunciado a la finalidad práctica de toda teología, que es la fe de los humanos con la que abrazan la muerte de Cristo, como decía Martín Lutero.

Pero la teología se había diversificado. Agustín de Hipona (354 – 430) ya diferenciaba entre la teología como scientia, que es la doctrina en intercambio con la filosofía y otras ciencias, y la sapientia, que es, más que un saber, un anhelar, una ambición de sentir la presencia de Dios en la comtemplativa sapientia (frui) y también en la organización de la vida de esta contemplación (uti).[5] La teología como ciencia acabó desarrollándose en los grandes sistemas escolásticos, mientras que la sapiencia se seguía desarrollando en la tradición monástica. Unos siglos más tarde, a pesar de la intervención de Lutero a favor de una teología fundamentalmente práctica, seguimos observando una dicotomía en el pensamiento teológico: la ortodoxia y la teología de la ilustración, por muy diversas que hubiesen sido, piensan «científicamente», mientras que los diversos movimientos del pietismo se basan en la tradición de la sapiencia religiosa. La teología moderna empieza con Federico Daniel Ernesto Schleiermacher (1780 – 1846), que presentaba una trilogía de teología filosófica, teología histórica y teología práctica. En los siglos XIX y XX la exégesis y su hermenéutica, en la diversidad de su metodología, ganó en importancia. Con el enfoque de una exégesis basada en la ciencia estética de la recepción, que actualmente analiza la respuesta del lector ante los textos bíblicos, se percibe de vuelta la cercanía de la teología práctica, compañera en este giro empírico.

«¡Id a interpretar!». Trabajamos en equipo: el exégeta pone en manos del teólogo práctico el bastón con el que este, ahora, tiene que continuar la carrera. Ha llegado la hora de la teología práctica. Y mientras recibe el bastón de su colega exégeta y se dispone a seguir la carrera, vamos a presentar a este atleta del equipo teológico y su disciplina.

A menudo –hasta la rotunda propuesta de Schleiermacher, el padre de la teología práctica moderna– se había confundido la teología práctica con una parte suya, que es la teología pastoral. Esta última estudia el trabajo de los agentes pastorales (el pastor/a, diácono/a, ancianos y diversos colaboradores en la vida de una comunidad cristiana) con el fin de mejorar su formación en sus materias clásicas, a saber: homilética, poiménica, pedagogía de la religión, liturgia, diaconía y cibernética u oicodomía (el estudio de la administración de una comunidad eclesiástica;  κυβερνήτης = timonel; οίκος = casa).[6] Casiano Floristán comenta lo siguiente: «Los agentes de la pastoral no son simples ejecutores de lo que dice el teólogo» –¡que interpreten!, diría nuestro exégeta– sino «al mismo tiempo que reflexionan… Para elaborar un proyecto pastoral… se necesita auscultar la práctica pastoral, es decir la vida cristiana en su desarrollo, y contrastar su resultado con la palabra de Dios y la reflexión teológica, para descender de nuevo al terreno de la práctica».[7] Los pastoralistas son científicos recibidos, con toda la razón, en el círculo de los colegas teólogos.

La teología pastoral tiene una larga historia.  Ya en los Hechos de los Apóstoles, este libro bíblico que más que un relato histórico es una visión utópica con enfoques educativos sobre la vida y organización de las comunidades cristianas, se puede encontrar un aporte a la teología pastoral.[8] Luego, en la Antigüedad Tardía, aparecen las grandes obras enfocadas en las tareas sacerdotales de Gregorio Nacianceno (329 – 390), Juan Crisóstomo (349 – 407) y Gregorio Magno (540 – 604). Estos clásicos están de acuerdo sobre la importancia y la magnitud del rol sacerdotal, representativo no solamente para la Iglesia, sino para el mismo Cristo, dotado con poderes enormes. A la vez, estos padres de la Iglesia llaman a la humildad a quien aspire a tal exigente ministerio. Coinciden en el motivo de la fuga, la tentación –¿o es un consejo?– de largarse frente a la llamada y la preparación a asumir este pesado cargo altísimo. En el correr de los siglos siguientes, por ende, no cesaba la edición de obras, manuales, librillos de ayudas prácticas para los aspirantes o encargados de los ministerios eclesiásticos. Estas guías como productos de sus épocas respectivas reflejan el saber y el sabor de ellas y se basan en los métodos correspondientes.[9]

La teología pastoral, por tanto, se dirige a las iglesias, al interior de ellas, y se dedica a estudiar cómo se realiza este mandado: «¡id a interpretar, a actualizar el mensaje bíblico en todos los contextos y todas las situaciones de la vida de una comunidad eclesial!». La teología pastoral pregunta por los fundamentos teológicos, la historia y la praxis del culto dominical con su liturgia y con la predicación en su centro. Entra en intercambio con disciplinas especializadas en comunicación, psicología y antropología para afilar las herramientas que utilizan los pastores en su trabajo de cura de almas, desarrolla metodologías para una pedagogía de la religión y se dedica al vasto campo de los compromisos sociales de la diaconía. La teología pastoral delibera desde el programa de una «teología terapéutica» y su puesta en práctica hasta el campo de la administración parroquial o comunitaria local.

Ahora, suponemos que no todos quienes participamos en aquella conferencia sobre los profetas y reyes del Antiguo Testamento éramos pastores ni agentes activos de alguna institución eclesiástica. Sería interesante saber qué motivos reunieron a la audiencia. ¿Es absurdo creer que algunas personas, aunque no tengan nada que ver con las iglesias oficiales, en su búsqueda del sentido de la vida o frente a ciertas preguntas que se interponen en el camino de su vida, den una oportunidad a la Biblia o a una conferencia sobre el Antiguo Testamento? Sea como fuera, todos juntos, de la misma manera y después de una buena porción de información bíblica, fuimos despedidos a nuestras casas a interpretar. Ya hemos dicho cuán vasta fue la exposición; y «nos soltaron» para actualizar lo escuchado en los contextos de nuestras vidas cotidianas tan diferentes. En esta tarea, que es el uso diario de la religión por parte de los feligreses en sus muy diferentes contextos, la teología práctica encuentra su otra parte de desempeño más allá de los límites parroquiales, bien estrechos, de una teología pastoral.

La teología práctica se ocupa de la percepción de las manifestaciones y expresiones religiosas en todos los contextos de la sociedad. Está abierta a estas formas de expresión religiosa en el ámbito secular, las habilita, y ayuda en la creación de una praxis de religión donde quiera que sea requerida. Se ve que la teología práctica abarca mucho más que una teología pastoral que queda estrechamente vinculada a los ministerios de las iglesias existentes en forma de instituciones más o menos reconocidas por la sociedad. Mientras la teología pastoral se centra en los miembros de las iglesias, la teología práctica se dedica al homo religiosus, al ser humano con su necesidad de religión.

Cabe aquí una advertencia: hacemos una parada para que todos aquellos lectores que están convencidos que fuera de su iglesia no hay salvación y, por ende, tampoco religión, ni temor de Dios, ni ningún tipo de búsqueda de Sus huellas en las circunstancias diversas de tiempos y lugares, en la cotidianidad de las generaciones, incluida la nuestra, en sus esfuerzos más nobles, en sus ritos y rituales, en sus fiestas y pasatiempos …, en fin, para que todos los discípulos dogmáticos de Cipriano de Cartago[10], sean católicos o protestantes de las diversas denominaciones, puedan apearse ahora del tren de lectura de este artículo. A partir de aquí entramos en tierra incógnita, entramos en el mundo de los demás.

En la parada, pues, todos podemos aprovechar para estirar las piernas o dar unos pasos por el andén de la estación. ¿Será casualidad que nos hayamos encontrado con el pastor –o el párroco– de la iglesia local y nos pongamos a conversar?[11] Una palabra lleva a la otra y pronto estamos en una viva discusión sobre nuestro tema. El corazón de este «trabajador en primera línea» se desborda y habla a borbollones: «En mi trabajo es imposible limitarme a los miembros de mi iglesia» nos explica. «Mirad, nos guste o no, hoy día la gente se casa sin preguntar por la confesión de su pareja, si es que se casan por la iglesia. Para muchos, la ceremonia civil es suficiente, y es verdad que los funcionarios del registro Civil lo hacen muy bien, muy emotivo. Cuando una joven convence a su compañero de acudir con toda su familia a la ceremonia religiosa, lo veo como una oportunidad. Un desafío muy estimulante. El otro día vino una pareja que yo había casado hace años. Ahora están para divorciarse y me preguntan si les puedo acompañar en este proceso. Querían una ceremonia, un ritual que les separe y mande a cada uno con una bendición por un camino nuevo. ¿Qué les voy a contestar? Vienen padres con sus niños a bautizar y me explican que los padrinos no son creyentes, al menos no en el sentido de la iglesia. “Pero sí tienen su fe, claro, y serán excelentes compañeros para nuestro hijo”. El otro día hablamos en el grupo de jóvenes sobre el mal, y cómo vencerlo. Me encontré con verdaderos expertos. Muchos todavía habían leído al Señor de los Anillos, a Harry Potter, y todos habían visto la saga de La guerra de las galaxias. Conocen a muchos héroes que han vencido las aflicciones de este mundo. Yo les presenté a aquel que ha vencido al mundo». Nuestro interlocutor pastoral sonríe, no sin cierta complacencia, luego se vuelve serio. «Tengo suerte con estos jóvenes; en muchas parroquias desaparecen ya de niños y por casualidad uno se entera de ceremonias al comienzo de la escuela o de las fiestas de los quince años. Raras veces se les ocurre acercarse a la iglesia en esas ocasiones, tampoco a los padres cuando les toca la boda de plata. Hemos perdido terreno. Por algo será. Yo digo que no hablamos más el idioma de la gente. Fijaros en los sepelios: cada vez más entierros civiles, unas palabras de bienvenida a los asistentes, una reflexión sobre la vida y la muerte más o menos profunda, unas palabras sobre el difunto, la lectura de un poema y una despedida. Y los familiares contentos, aliviados, se sienten consolados. Los tanatorios parecen más unos centros de conferencias. Pero a la gente ya no se le ocurre llamar al pastor o al párroco. ¿Por qué? No hace mucho que se decía que al menos dar consuelo en los cementerios era nuestra competencia nuclear. Los pastores ya no sabemos más cómo piensa, siente y se expresa la gente. Nos encerramos en nuestros círculos reducidos de los ‘creyentes’ y no nos damos cuenta de aquellos que creen de otra manera, creyentes fuera de las iglesias, pero necesitados espiritualmente».

Ya no permanecimos en pie; entramos en un bar y pedimos un café. El pastor enciende un cigarrillo y, señalando la cajetilla, dice: «están prohibiendo hacer propaganda del tabaco por razones de salud, pero no por abusar de los sentimientos, ansias y sueños religiosos. ¿Os habéis fijado alguna vez en el lenguaje que utiliza la publicidad? Ellos sí saben cómo dirigirse a las personas, cómo hablar a la gente desde el corazón. Así tendría uno que formular las oraciones del domingo en el culto. Mi hijo, estudiante de teología, el otro día ganó en un preacher-slam[12]. Y os digo, los jóvenes hicieron unas predicaciones impresionantes. Hay que luchar por la palabra de Dios en las diferentes circunstancias. Hay sed de religión, de espiritualidad en el ropaje acorde a los tiempos. De esto me doy cuenta, por ejemplo, cuando alguna persona se entera de que soy pastor en una velada, una fiesta o un encuentro. Nunca falta quien se acerque y me hable de algún problema. A menudo empiezan con un chiste, un comentario no muy serio abre la conversación y ya me convierto en cura de almas de personas alejadas de cualquier iglesia y de no-creyentes, como ellas mismas dirían, pero, como se ve, con una sed tremenda de respuestas religiosas. Y las encuentran en mundos alternativos como el deporte, los juegos, el sector recreativo, los viajes, etc. que se les ofrece en su realidad cotidiana para su tiempo de ocio. El mercado de las espiritualidades y rituales, que ayudan y prometen dar transcendencia a ciertos momentos de la vida, es amplio y, ¡ojo!, no todo lo que se ofrece es basura. Por último, el atractivo de la oferta determina la demanda. Yo, al menos, estoy convencido de la mía y quiero que mi oferta esté bien posicionada en el mercado. No le temo a nada y la competencia me obliga a mejorar constantemente mi oferta, esto es: a perfilar mi fe, actualizar mi testimonio, ser pastor de una iglesia atractiva, acogedora y a la altura de los tiempos. A menudo esto significa vivir con la ambigüedad. No pretendo que mi fe sea la respuesta a todos los problemas del mundo. Mi fe y la comunidad de fe a la que invito, tienen un espacio para la duda, las ambivalencias, las búsquedas personales de cada uno. Me parece más honesto dejar que Dios siga guardando algo de misterio y secreto, algo para ser revelado en el encuentro personal de cada uno con Él. Tampoco creo que el mandato de Jesús tenga restricciones cuando dice «id a todas las naciones»; además, del Espíritu Santo sabemos que sopla de dónde quiere, ¿no es cierto?»

El altavoz de la estación nos ahorra dar respuesta, así que toca quedarse o subir de nuevo al tren de lectura de este artículo para entrar en tierra incógnita, en el mundo de los demás. Al despedirse, nuestro interlocutor pastoral sonríe y anima a todos: «No os quedéis aquí a mitad del camino, ¡ánimo!, he hablado con muchos viajeros como vosotros. Los que siguieron viaje no se han arrepentido».

La teología práctica pisa tierra incógnita

Esta imagen de la teología práctica que «pisa tierra incógnita», que tiene que entrar en el mundo de los demás, de los otros, la encontré en Frank Thomas Brinkmann, que dio a su introducción a la teología práctica la forma de una guía turística[13]. Brinkmann y otros tantos teólogos prácticos invitan a su disciplina a salir de la zona de confort eclesial donde la teología práctica se ha asentado como teología pastoral, apoyada por una dogmática que desde los tiempos de la teología dialéctica ahonda la distancia entre Dios y el mundo. Hoy día, el teólogo práctico tiene que salir de viaje para conocer el mundo fuera de los muros de las iglesias y detectar –para su asombro– dónde y en cuántas formas se topa con la huella de Dios y con las correspondientes formas de una vida religiosa.[14] Ya el exégeta nos había advertido que en los textos analizados transluce un Dios que se trasciende encarnándose y arriesgándose a mancharse con las circunstancias humanas. Y el teólogo práctico reconoce que está lejos de saber todo lo que se puede saber y experimentar con, y de, este Dios y, por ende, tiene que trabajar empíricamente, o sea acercarse a la gente, buscar contacto aún con personas cuyas circunstancias de vida son muy diferentes a las suyas, tiene que navegar en el mundo de los otros. Su teología es exploradora.[15] Le esperan grandes y pequeñas descubrimientos, pero, a diferencia de otras expediciones que terminaron en un horrible exterminio de los «visitados», nunca la teología práctica se debe volver conquistadora ni colonizadora. Su discurso es libre, sin trabas ni dominación.[16]

Casiano Floristán incorpora las categorías de la práctica y praxis a lo que era tradicionalmente la reflexión teológica de la Iglesia Católica sobre su acción, la teología pastoral. A raíz del Vaticano II, con su compresión de la iglesia como pueblo de Dios y una valoración positiva del mundo, Floristán lleva la reflexión pastoral a la acción de todos los cristianos. Así evita una clericalización de la teología ensanchando el campo de reflexión a los laicos. Y de ahí resulta una «teología práctica» que trabaja empírica o inductivamente, es decir, que «parte de la praxis o de las acciones tal como se dan, para llegar a la praxis o a las acciones tal como deben ser».[17] A diferencia de la teología práctica que presentamos en este artículo, Floristán la circunscribe a la praxis de los cristianos, mientras que nosotros investigamos la praxis religiosa de toda la sociedad.

¿Qué busca entonces el teólogo práctico fuera de su patria eclesiástica en los campos de los demás? Busca algo que le parece haber desaparecido, o al menos disminuido significativamente, en casa. Las estadísticas del estado de la membresía en las diferentes iglesias tradicionales y los números de asistentes a los cultos dominicales le confirman esta sospecha de que algo se ha perdido. Digamos que busca una religión viva. Busca a personas que viven su religión, busca a gente en cuya vida la religión cumple su rol como orientadora, motivadora, consoladora, y es una instancia que da respuestas a las preguntas por el sentido de la vida, y es generadora de un olfato o de un sentido por la transcendencia, por ese algo que abarque la vida fuera de los límites de lo visible. El teólogo práctico ya sabe que el tiempo de los grandes relatos se ha acabado y que las personas prefieren componer su vida como un patchwork, una alfombrilla de retazos. Ahí es donde tiene que centrarse si quiere entender cómo la gente vive su vida con sus retazos de religión, sus articulaciones  religiosas aisladas, individuales.  En todo esto, la teología práctica está convencida de que no se logra vivir e interpretar la vida sin religión. El ser humano es homo religiosus. Pero lo es por un sin fin de religiones y cosmovisiones, retazos individuales como fragmentos de sí mismo y de un auto-análisis; el ser humano es hoy un homo religiosus que se rebela contra cualquier forma de clericalismo y está cómodo en un pluralismo de religiones sin tradiciones definidas; lo es en forma de fragmentos escondidos en un mundo secular. También desde las experiencias en casa, es decir, en vista de la vida de las comunidades locales, obliga a los téologos prácticos a revisar su visión. Los pequeños restos de lo que a veces todavía parecen grandes instituciones y las ya conocidas quejas –todavía nos suena lo que contaba el pastor en aquel andén de la estación– sobre «la falta de juventud», «la falta de la edad media», «¿dónde están los recién jubilados?» hacen que el teólogo práctico no espere grandes expresiones religiosas tradicionales, por lo que fija su atención en formas de una devoción cotidiana, en señales de una piedad que apenas se expresa en alguna forma social concreta, es decir, en una religiosidad casi invisible, una manera personal, no-dogmática, de vivir su fe fuera de cualquier iglesia. ¿Cuánta religión, basándose en Rom 1,20 o en Gen 1, está en el nuevo movimiento ecológico?

A este amplio campo de atención empírica corresponde una definición de religión que no se limita a la tradición eclesiástica. Juan Martín Velasco precisa que «[…] el término religión designa el hecho, es decir, este aspecto del fenómeno humano que ha acompañado al hombre a lo largo de toda su historia y que constituye el objeto de la historia de las religiones.»[18] La teología práctica, en un sentido aún más amplio, entiende por «religión» la necesidad inherente a todo ser humano de responder, con interpretaciones profundas que den significativo, a todos los acontecimientos, los accidentes, las experiencias, las ansias y anhelos de la vida humana. Estas interpretaciones deben ser comunicadas, compartidas con otros, y quieren ser expresadas en su correspondiente praxis de vida[19]. Religión es una categoría fundamental-antropológica y, por ende, puede observarse, crearse y perfilarse dentro y fuera de las iglesias y las demás religiones.

La observación de los templos vacíos, la falta de participación de vastos sectores de la población en los cultos o en otras actividades de la iglesia supuestamente de importancia central (los círculos de lectura bíblica, p. ej.), el desinterés de la opinión pública frente a aportes de las iglesias al discurso público, e incluso una sensación de desprecio que sentía en general, llevaron al joven teólogo Federico Daniel Ernesto Schleiermacher, a finales del siglo XVIII, a publicar el tratado Sobre la religión. Discursos a sus menospreciadores cultivados.[20] Schleiermacher buscaba el dialogo con las personas cultas de los círculos románticos del Berlín de su época, gente que había pasado por un proceso de desencantamiento del mundo de las ideas ilustradas y del pensamiento moderno y, como consecuencia, había abandonado las iglesias con sus ofrecimientos anacrónicos; pero que, a la vez, eran personas que mostraban un interés renovado por unos meta-relatos, como diríamos hoy, que respondieran a su búsqueda de interpretaciones que diesen sentido a sus experiencias y anhelos vitales. Schleiermacher llega a la conclusión de que la religión es algo que pertenece a cada ser humano como si fuera un órgano especializado en el universo. Religión es, según Schleiermacher, «intuición y sentimiento por el universo». Por tanto, es más que comprensible que la religión, como cualquier órgano que se siente desatendido, busque alimento donde haya sustancias nutritivas o, al menos, sustancias que resulten prometedoras en cuanto a satisfacer la sed de respuestas significativas. Hoy en día hablamos de la espiritualidad como una necesidad del ser humano. Personas que sienten que los ofrecimientos de las iglesias no corresponden con sus necesidades religiosas (espirituales) se alejan de ellas y, para no andar como almas en pena, encuentran en el «libre mercado» ideologías, organizaciones, actividades y todo tipo de ofertas que ofrecen un profundo sentido de vida o, al menos, algunos retazos para el patchwork de una espiritualidad posmoderna. Con sus Discursos sobre la religión, Schleiermacher se dirige a estas personas de su época, menospreciadores cultivados de la religión, para convencerles de que el cristianismo, en ropaje de la época moderna, es la meta de su camino de búsqueda. El teólogo se adentra en tierra desconocida para un «virtuoso de asuntos religiosos» y corre el riesgo de llevar su mensaje a la selva del discurso público.

Dialogando con los indígenas de la posmodernidad

Cuando la teología práctica se arriesga más allá de su desempeño cómo teología pastoral y dirige su atención al vasto campo del discurso público, se encuentra con una doble tarea. Cómo teología práctica de la religiosidad real que vive la gente, tiene que participar decididamente en la comunicación que, sobre la religión, se da a la sociedad. Por el otro lado, la teología práctica hace valer en el discurso religioso sus observaciones, criterios y su grado de conocimiento, su larga experiencia sobre símbolos y rituales. Tiene la tarea de promover la religión o la espiritualidad en la sociedad, explicarla y practicarla con símbolos y rituales que sean accesibles para las personas no solamente de dentro de las iglesias, sino inclusive de fuera de ellas. Las necesidades religiosas no son solamente de los «creyentes», de las personas que saben expresar estas necesidades en el lenguaje tradicional de las iglesias, sino que la teología práctica tiene la tarea de atender también las necesidades religiosas de aquellas personas que ya no saben más ubicarse en las tradiciones de las iglesias, o que incluso no lo desean.

Empezamos con lo más difícil que es el entender, que, a su vez, empieza con el escuchar o, aún más abarcador, con el percibir. Wilhelm Gräb afirma: «La Teología Practica tiene que registrar aquellos procesos comunicativos en los que se produce la certeza por la que se obtiene individualmente –por medio de la cultura– una interpretación de vida y se incorpora esta interpretación a la propia percepción y praxis de vida.»[21] A tal fin, la teología práctica tiene que desarrollar su habilidad de percepción, es decir, una hermenéutica de la religión que la lleve al campo de la estética. Se entiende por estética el estudio y la teoría de la percepción de todo lo que conmueve nuestros sentidos. La teología práctica es un arte de la percepción.[22] Tiene que percibir todo tipo de expresiones religiosas, y en especial ha de esforzarse en entender lo que dice el homo religiosus que no habla el lenguaje de las iglesias. Por eso, la teología práctica desarrolla una hermenéutica de la religión. La intuición y el sentimiento del individuo sobre el universo –como decía Schleiermacher–, o sea la espiritualidad de la cultura moderna, ya ha dejado de expresarse en el lenguaje de la tradición de la fe cristiana. Se habla de una religión tipo patchwork. Las personas se arreglan con una construcción de creencias diversas, formando así una fe individual a la que recurren en los momentos clave de sus vidas; por ejemplo, momentos importantes de la biografía personal como el nacimiento de un hijo, la boda de dos personas, la enfermedad o fallecimiento de un ser cercano. En general, un brote de religión puede nacer de la tensión entre un cierto acontecimiento y la búsqueda de sentido en este; la necesidad de la religión surge al momento de experimentar algo y querer interpretar lo experimentado. La religión franquea la grieta entre la propia identidad y lo diferente; tiene que ver con la auto-convicción de una persona y su habilidad de abrirse hacia la trascendencia de si-mismo; nace cuando alguien se hace las conocidas preguntas: ¿de dónde vengo? y ¿a dónde voy? o ¿cuál es, en última instancia, la finalidad de mi vida y de todo lo que hay? La religiosidad sale de estos encuentros con algo, sea bueno o sea malo, que trasciende lo cotidiano, lo cuestiona, lo pone en duda. A veces, esta religiosidad recurre a la terminología de la religión tradicional y, otras veces, encuentra sus formas de expresión en otras religiones del mundo globalizado; y muy a menudo, hoy en día, se expresa por medio de las diversas formas del arte, en especial por la estética que surge de los nuevos medios, el arte digital. La religiosidad (espiritualidad) de hoy en día se mueve entre diferentes reflexiones filosóficas, ofrecimientos de sentido de vida, y de un sinfín de cosmovisiones por un lado, y, por el otro, tiene una dimensión muy emocional apelando a todos los sentidos. Las artes plásticas, la música, la literatura, el teatro, el cine … llegan, hoy día, a ser medios de auto-interpretación religiosa de la personas.[23] En consecuencia, la tarea de la teología práctica en todo esto consiste, en primer lugar, en la observación del terreno. Es un trabajo empírico. Su herramienta especial es la estética,[24] y un requerimiento importante es la empatía, la no directividad, el respeto y una consideración positiva. Y esto vale también para el segundo aspecto de su trabajo, que vemos a continuación.

En efecto, el segundo aspecto de la teología práctica es su tarea de promover la comunicación de la religión que ha encontrado en sus varias manifestaciones y en los diferentes contextos de la sociedad, ya sea dentro o fuera de las iglesias. Lo hace de acuerdo a sus posibilidades y con lo que está a su disposición, es decir, mayormente por medio de símbolos y rituales. Luego de saber participar en los foros públicos donde se exhibe y expresa la religiosidad de la gente, cuando la teología práctica haya trabajado empíricamente para conocer la situación religiosa del sigo XXI, puede dar entonces el segundo paso y abrirse hacia la dimensión poiética de su empresa.[25] Tiene que tomar conciencia de su rol creativo, productivo. En un sentido más amplio, la teología práctica, con sus símbolos y rituales, es creadora de objetos y eventos de arte. Luego de ser investigación empírica es una ciencia creativa. Esta creatividad suya la comparte en un proceso comunicativo, en un discurso, con todos los competidores que operan en el mercado religioso. La teología práctica tiene la ventaja de disponer del gran saber tradicional de las iglesias sobre símbolos y rituales de la trascendencia. Ahí está su competencia nuclear, que pone al servicio de las personas que buscan acompañamiento en momentos importantes de su vida, por ejemplo, en tiempos de transición, de crisis, de situaciones que requieren una interpretación nueva o actualizada. La teología práctica ofrece ayuda en la realización, la formulación y la comunicación de expresiones religiosas a las personas del mundo actual, indígenas de la posmodernidad, partiendo siempre del marco de referencia de esas personas. Para esto tiene que dominar su lenguaje a la perfección y saber decir el suyo de forma creativa. Como tarea cristiana o de las iglesias, una teología práctica apunta a demostrar cómo los símbolos y rituales de su tradición se prestan como foros plausibles para el desarrollo de interpretaciones válidas del sentido de la vida desde visiones religiosas. Tiene que señalar cómo se puede entender e interpretar el mundo religiosamente. Ya sea en el contacto con otras tradiciones o con manifestaciones religiosas espontáneas, o con aquellas expresiones que han surgido de ciertas situaciones específicas que sólo tienen un significado limitado en un grupo particular, o sea en el discurso con todos estos retazos religiosos, la teología práctica aprende a decir lo suyo en el lenguaje de los indígenas de la posmodernidad.

Dos ejemplos mostrarán cómo la teología práctica entra en conversación con su entorno. El resultado es un intercambio de estímulo recíproco. En el primer ejemplo, la teología práctica –más concretamente la homilética– escucha y recibe un impulso interesante. Michael Klessmann observa que las predicaciones dominicales no pierden atractivo porque no sean claras o carezcan de orientación, sino todo lo contrario. Los sermones pierden credibilidad porque excluyen las ambivalencias que todo ser humano siente al tratar con las preguntas sobre el significado de la vida y, por tanto, se presentan como ajenos al mundo y no están familiarizados con la experiencia de la gente. La teología práctica aprende, en su contacto con los «indígenas de la posmodernidad», que las personas perciben sus vidas como ambiguas. Sensaciones de ambivalencia acompañan el día a día y caracterizan también las tiernas muestras de fe. Estas ambivalencias no hay que negarlas, ni corregirlas llevando toda historia a un buen fin como, a menudo, hacen los predicadores dominicales. Contraponen al mundo perdido un mundo ideal de la fe, pero los oyentes sienten que partes de su emocionalidad son suprimidas, reprimidas, suavizadas y reaccionan insatisfechos, frustrados y dejan de escuchar.[26]

En el segundo ejemplo vemos cómo la teología práctica hace una contribución decisiva gracias a su gran tesoro de narrativas dotadas de sentido. Antes las iglesias eran las únicas instituciones que ofrecían asistencia espiritual o «cura de almas» en terminología antigua. Hoy en día no solamente los psicoterapeutas, en sus diversas ramificaciones, ofrecen ayuda a las almas afligidas, sino que, como acompañantes en hospitales o como socorristas en accidentes o desastres, son los mayores prestadores disponibles de estos servicios. Arend Hoyer resume esta cura de almas no confesional bajo el término: movimiento de Spiritual Care.[27] El suizo observa cómo, por ejemplo, en el cantón de Zurich se usa este servicio con frecuencia. Sin embargo, en el tratamiento clásico de la cura de alma de las iglesias se hace evidente que, mientras el Spiritual Care se orienta completa y exclusivamente a las necesidades individuales de los clientes y sólo puede trabajar con ellos, los pastores y las pastoras se pueden apoyar en una comunidad más amplia. Mientras que el Spiritual Care se entiende a sí mismo como el producto de una sociedad siempre cambiante y se centra en el individuo y sus necesidades espirituales, la cura de almas cristiana se sustenta sobre la tradición de comunidades claramente definidas con sus historias, sus símbolos y rituales. Este tesoro de la teología práctica, y en este caso de la poiménica, puede hacerse valer en la conversación con su contorno posmoderno. Arend Hoyer relata la situación de una intervención de emergencia en la que una mujer joven, gravemente traumatizada en el lugar del accidente, pide al ayudante, en este caso un pastor, que le cite algo de la Biblia. El teólogo suizo alienta a sus colegas a que aporten sus competencias al debate con el Spiritual Care y a que hagan hincapié en la contribución especifica de la comunidad cristiana en su pastoral.

¿Y por qué todo esto?

¿Por qué este esfuerzo de arriesgarse en el campo ajeno de gente que a veces incluso se muestra hostil frente a las iglesias y sus representantes?

¿Por qué este esfuerzo de empatía y de meterse en las cosmovisiones de otros, aprender sus lenguajes para ofrecerles algo que a menudo aparentemente ni saben apreciar?

Porque para la teología práctica, al igual que para toda persona cristiana, vale lo que decía Martín Lutero en su texto La libertad cristiana de 1520: «un cristiano es por un lado un ’señor libre’ de todas las cosas y no está sujeto a nadie, pero por otra parte, también es un ’servidor de todas las cosas’, sujeto a todos». La teología práctica hace uso de esta libertad cuando sobrepasa toda limitación eclesial y busca el objeto de su estudio, la religiosidad, la espiritualidad de la gente, en todos los lugares de la sociedad posmoderna de hoy. Pero, a la vez, en su intento de ofrecer el mensaje bíblico como orientación religiosa, como fuente de sentido, en medio del discurso público, la teología práctica se muestra fiel servidora del Dios que se transciende encarnándose, mezclándose en su hijo Jesucristo en medio de la sociedad, e incluso con preferencia por los márgenes de ésta. La teología práctica está supeditada a un Dios que deposita su palabra en la boca de unas personas que se pelean, andando a la greña; un Dios que arriesgó mancharse con las circunstancias, pero sin embargo, un Dios que se ofrece a todas las generaciones, incluida la nuestra, con su «amor radical». En el testimonio de este amor, dentro y fuera de las iglesias, la teología práctica encuentra su razón última de ser.

 


[1]    Conferencia «Reyes y profetas a la greña. Lecciones de una relación compleja» por el prof. Dr. Pedro Zamora. Esta conferencia fue impartida el 13 de febrero de 2020, en el marco del Aula Alonso Schökel (Univ. Pontificia Comillas, Madrid). Se accede en el siguiente enlace: https://tv.comillas.edu/media/0_zathsz7y.

[2]    Cf. Lou Marinoff, Más Platón y menos Prozac, Madrid: 2001 (título original: Platon not Prozac!). No comparto el optimismo del filósofo canadiense de que sea tan fácil, con solamente leer unas citas de los grandes pensadores, cambiar el rumbo de la vida propia.

[3]   Vera teología es practica, et fundamentum eius est Christus, cuius mors fide apprehenditur. (WA.TR 1, 72,16-21 N° 153).

[4]   Speculativa scientia theologorum est simpliciter vana. (WA.TR 1, 302,40 N° 644).

[5]   Uti y Frui son dos términos latinos que Agustín de Hipona empleó en el siguiente sentido: Uti (usar), significa amar algo por el bien de otro o amar algo por el bien que conlleva o señala; Frui (Disfrutar), significa amar algo por su propio bien o como un fin en sí mismo.

[6]   En el ámbito católico se estructuran las materias por otros nombres: misión (kerigma), catequesis (didaskalia), liturgia (leitourgía), comunidad (koinonía) y servicio (diakonía); cf. Casiano Floristán, Teología Práctica, Salamanca: 2002, p. 11.

[7]   Ídem, p. 10.

[8]   Para Casiano Floristán ya «la actividad de Jesús de Nazaret, relatada por los evangelios como praxis, es acción pastoral paradigmática», op. cit. p. 21.

[9]   Sabemos de cursillos de predicación que ofrecía Andreas Gerhard Hyperius en la ciudad de Marburgo en el siglo XVI y de otros en Madrid del año 2020 realizados por SEUT campus-online.

[10]   Extra ecclesiam nulla salus es la enseñanza de Cipriano de Cartago (200 – 258) y, desde el siglo XV, dogma de la iglesia católica y, aparentemente, también convicción de muchos protestantes respecto a su pequeña iglesia evangélica particular.

[11]   En lo que sigue veremos que en nuestro interlocutor prevalecen los rasgos protestantes. Esto se debe, sin lugar a dudas, a los antecedentes evangélicos del autor de este artículo. Si de un párroco católico se tratase, seguramente incluiría en sus relatos aspectos más desde su percepción de la vida parroquial, como por ejemplo la importancia de la religiosidad popular y la influencia de un catolicismo popular que representa una religiosidad alejada de la iglesia oficial.

[12]   Un preacher-slam es una competición de predicadores que se hace en Alemania para mostrar la pericia homilética de los competidores. Es la adaptación que hacen las iglesias del concepto de poetry-slam que también se conoce en España.

[13]   Brinkmann, Frank Thomas, Praktische Theologie, Tübingen, 2019.

[14] Mientras escribo estas líneas, el mundo globalizado está azotado por el coronavirus con un coste de vidas humanas altísimo. A la vez, oímos acerca de una multitud de ayudas, de signos de amor al prójimo, de personas impresionantes dentro y fuera de las iglesias. Se brinda ayuda material, atención, se canta, se formulan oraciones, se desarrollan pequeñas liturgias para expresar el agradecimiento a quienes ayudan y para infundir aliento a los vecinos.

[15]   La diferencia con la idea de un aggiornamento como lo expresó el Concilio Vaticano II está en la apertura de la teología práctica a encontrar realmente algo nuevo, y en su disposición a escuchar y aprender de los demás, tomando en serio sus preguntas y necesidades, y no solamente como un programa de la Iglesia Católica que presenta los principios católicos al mundo moderno y llama a todos al seno de la iglesia.

[16]   Con esta advertencia nos despedimos de una cierta forma de misionología arrogante de tiempos pasados.

[17]   Casiano Floristán, Teología Práctica, Salamanca 2002, p. 9.

[18]   Juan Martín Velasco, “Religión” en Nuevo diccionario de Pastoral, dir. C. Floristán, Madrid 2002, pp 1255 – 1266, la cita se encuentra en la página 1251.

[19]   En este sentido cf. Brinkmann en op.cit.

[20]   Friedrich D.E. Schleiermacher, Sobre la religión (Estudio preliminar y traducción de Arsenio Ginzo Fernández), Editorial Tecnos S.A: Madrid, 1990. Original en alemán, Über die Religion, Berlín, 1799.

[21]  Wilhelm Gräb, Religion als Deutung des Lebens, Gütersloh 2006, p.21 (traducción del autor). Gräb señala que con la evolución social la religión no ha desaparecido, sino que se acentúa como el lugar donde el ansia humana por interpretación y orientación de la vida encuentra sus respuestas.

[22]   Así se titula el libro de Albrecht Grözinger, Praktische Theologie als Kunst der Wahrnehmung, Gütersloh, 1995.

[23]   En este sentido, cf. el análisis de la situación de la religión en la posmodernidad por Wilhelm Gräb, Religion als Deutung des Lebens, Gütersloh, 2006. Como ejemplo, Gräb cita a algunos estudiantes que en varias entrevistas afirman la importancia de la religión en su vida. Pero dicen que esta religión no necesariamente tiene que ser una religión oficial, como el cristianismo. Lo que necesitan de la religión se lo buscan y lo viven por su propia cuenta.

[24]   Ya lo hemos dicho más arriba: Entendemos con estética el estudio y la teoría de la percepción de todo lo que conmueve nuestros sentidos.

[25]   La poiesis es todo tipo de acciones creativas, es decir, que apuntan a la producción de algo, que tiene una cierta finalidad. Brinkmann, op.cit. p. 318.

[26]   Ver más sobre el tema la fe y la ambivalencia en Michael Klessmann, „Zum Amen gehört das Aber!” en WzM 72 (2020) 154-166. Cf. también Michael Klessmann, Ambivalenz und Glaube, Stuttgart, 2018.

[27]   Cf. Arend Hoyer, „Gemeinschaft als Kernkompetenz der Seelsorge”, en WzM 72 (2020) 17-28.

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