Posted On 23/12/2022 By In Opinión, portada With 213 Views

A imagen del Padre y del padre | Ramón A. Pinto Díaz y Rodolfo Olivera Obermöller

Nadie en su sano juicio daría la vida de una hija por un desconocido.
Mucho menos sacrificaría el bienestar de una madre por un despiadado asesino.
Es impensable, no hay nombre para tal locura.
¿Quién se atrevería a tal insensatez?
El simple hecho de pensarlo es obsceno y ofensivo.
¿La vida de la persona más amada a cambio de la condena a un violador?
No, algo así no tiene explicación.
El amor es algo tan intenso, que lo vivimos apasionadamente y sin reservas. Nos da sentido,  un propósito por el cuál luchar y una razón para vivir. Por tanto, nos aferramos a los que amamos,  no estando dispuestos a dejarlos ir.
Por eso una madre está dispuesta a morir para dar a luz.  Un hermano arriesga su vida para donar. Una hija sacrifica su profesión para cuidar…
El amor nos muestra que la belleza de la vida está en los demás, y no en nosotros mismos. Nos habla de alteridad,  nos señala que hay vida más allá del horizonte del propio yo.
Todo es amor, y sin amor nada vale la pena.
Pero el amor no obedece a lógicas, ni menos a leyes naturales, sino que actúa bajo sus propias fronteras.
Y a medida que buscamos que el amor se vaya perfeccionando en nosotros,  se aleja de nuestra terrenal forma de entenderle, y nos acercamos más al modo en que Dios entiende el amor.
El perfecto amor en ninguna fuente terrenal lo encontraremos, pues solo en el corazón divino está su morada.
En Dios, el amor ya no se centra en el yo, sino en los demás. Son los brotes de la perfección del amor, los que nos permiten amar dejando de mirarnos con tanta importancia, y  comenzando a mirar a los demás con mayor valor.
Ese camino de perfección del amor, termina siendo la sofocación del yo, la destrucción del dios pagano de la individualidad, y la aniquilación del amor propio.
Por eso el amor en perfección es incómodo, porque es generoso; es angustiante, porque es paciente;  es insoportable, porque es tolerante; y puede ser asfixiante, porque es bondadoso.
No piensa en cómo enriquecerse, sino que se esmera en enriquecer. Se enfoca en dar más que en recibir.  Se entrega plenamente por los demás sin esperar nada a cambio.
Ya que no pone sus propios intereses en primer lugar, este amor es un cambio de paradigma para el ser humano natural y la sociedad actual,  pues enfatiza en el bienestar de quien está enfrente.
¿No es ese el amor que Dios está perfeccionando en José de Nazareth,  que recibe a un hijo que no es el suyo y lo acoge como carne de su carne?
Es ese mismo amor en perfección que mueve a José a recibir a María, no embarazada de él, como su esposa, para evitar que ella fuera linchada por las leyes de su pueblo.
Es el mismo amor en perfección que lleva a José a hacerse cargo de María y de Jesús en gestación, pese que para el pueblo esa concepción estaba manchada de vergüenza y deshonor.
Ese amor en perfección es el que no queremos ver en Navidad, porque nos parece mucho más romántico pensar en el arcángel Gabriel anunciando el nacimiento,  y a José en sueños recibiendo el mandato sin quejas ni objeciones. Preferimos olvidar que para el pueblo,  estos hechos no eran tan divinos, sino completamente terrenales e inmorales.
Una novia comprometida que aparece embarazada de alguien que no es su novio era un escándalo con riesgo de muerte para la pobre novia.
María,  frágil y vulnerable en su condición,  recibe el amor del Cielo por medio de José, quien sacrifica todo lo que tiene para dar protección, provisión y un hogar a María y al Jesús aún no nacido.
Y no podía ser diferente,  si en el corazón de José desborda el amor de Dios, ¡el Amor del Padre!. Ese Padre que se ha desprendido de su propio hijo para restablecer la comunión con sus otros hijos.
¿Qué Padre puede escoger a cuál hijo amar más si su amor es perfecto?
Es la encrucijada divina.
La santa paradoja.
El sumo bien en tensión.
Solo podemos dimensionar el amor que desciende en Belén cuando miramos la sangre que cae en el calvario.
El amor mueve al Padre para que su Hijo deje su divino hogar,  el amor mueve al Hijo para entregar su vida por sus hermanos. El amor mueve al Espíritu para que todo el mundo sepa cuánto ha amado Dios.
Mientras los ángeles cantan «porque un niño nos ha nacido», el Gran Padre llora… al hijo que ha partido… que será humillado… que tendrá por camino la vía dolorosa…que el pago a su entrega será la traición… y que el premio a su Amor será la Cruz.
Belén es puro Amor, tan solo Amor y absolutamente Amor. Amor desgarrador, amor que duele y sangra.
Es entregar al amado Hijo a un mundo que solo sabe amarse a sí mismo. Es desprenderse del mayor tesoro del corazón para pagar la condena de los otros hijos que solo buscan la maldad. Es amar gimiendo, pero sabiendo que ese gemido traerá libertad a la humanidad.
La resurrección no exime al Padre de llorar a su Hijo, porque el Hijo sufrirá inevitablemente.  Por tanto,  cada latigazo, golpe y clavo que el Hijo recibirá el Padre lo sufrirá también, porque su amor es empático y cercano,   próximo en compañía y sufriente en la fragilidad.
El perfecto Amor derramado en Belén llena nuestros ojos de alegría y emoción.
Frágil, pequeño y vulnerable… ¡tanto nos ha amado…!
Pese a su fragilidad,  el hijo y el Padre están dispuestos a sufrir lo indecible e insoportable para volver a abrazar a sus otros hijos.
Solo el Amor cobijado en un pesebre  nos sana, tanto nos ama…¿tanto nos ha  amado?
Es en Belén que en medio de tanta pobreza y privaciones,  Jesucristo es cobijado, no con mantas ni con fogatas, sino con el Amor del Padre, que desciende a su amado Hijo por los manos y labios de una madre y un padre, que aman de todo corazón al Padre.
Su Amor nos vuelve a la condición de hijas e hijos del mismo Padre.
Su Amor nos lleva de vuelta al Hogar.

Reflexión del pasado IV domingo de Adviento sobre Mateo 1:18-25

Ramón A. Pinto Díaz
Rodolfo Olivera Obermöller
Ramón A. Pinto Díaz

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