Posted On 12/05/2026 By In Pastoral, portada, Psicología With 234 Views

Acerca de los sentimientos de culpa (II) | Jaume Triginé

Lupa Protestante

ACERCA DE LOS SENTIMIENTOS DE CULPA (II)

¿CUÁLES SON SUS CAUSAS?

En el anterior artículo sobre esta temática considerábamos la incidencia, en muchos casos negativa, de los sentimientos de culpa sobre las personas.[1] Nos hallamos frente a una constante histórica presente en todas las culturas y religiones, incluido el cristianismo. Hoy la culpa continúa presente en muchos seres humanos, impidiéndoles una vida gratificante.[2] Es lógico, pues, que nos preguntemos por su origen.

La respuesta ha de incluir la dimensión filogenética y la individual. En clave evolutiva, la culpa pudo desarrollarse para asegurar la cooperación entre todos los miembros del grupo. Cuando alguno de los integrantes del colectivo no actuaba solidariamente, poniendo en riesgo la seguridad de los demás en situaciones de caza o de defensa de los ataques de otros grupos, el sentimiento de culpabilidad le inducia a no repetir su acción y a evitar nuevos perjuicios en el futuro.

Encontramos, también, en las diferentes culturas, pautas de actuación en forma de leyes y sanciones, cuyo fin es la socialización y unas relaciones correctas entre los miembros de la comunidad, desde el Código de Hammurabi (1750 a.C.)[3] a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Los sentimientos de culpa aparecen al constatarse las consecuencias derivadas de la trasgresión de los deberes socialmente establecidos, y el castigo se aplica como una forma de corregir y prevenir las conductas que no tienen en cuenta el pacto social.

Desde una visión evolutiva, con el nacimiento de la autoconciencia, queda habilitada la aparición del asombro ante la complejidad del mundo que el hombre empieza a descubrir. Escribe el psicoterapeuta Enrique Martínez Lozano (1950) que: “La autoconciencia o consciencia del yo —en cuanto capacidad también de construir mundos imaginarios— introduce al individuo en un estado habitual de soledad, miedo y ansiedad, por el simple hecho de que la mente le hace ser consciente de sí mismo y, lo que es más decisivo, de sí mismo como carencia, limitación y vulnerabilidad”.[4]

El emerger de la consciencia comportó la pregunta acerca de la propia identidad y, frente a la realidad de un mundo hostil, la incertidumbre, el dolor y la muerte, apareció también el sentimiento de haber perdido un estado anterior perfecto que dio lugar a toda la mitología del paraíso perdido. Consideraron que la causa de su “caída” fue alguna transgresión, desobediencia o pecado de algunos de ellos o de sus ancestros. Los avatares que tuvieron que afrontar serían el castigo por tales errores y la culpa les acompañaría por los siglos de los siglos, hasta hoy.

Respecto a la aparición de la culpa en la persona, Sigmund Freud (1856-1939), padre del psicoanálisis, hacía referencia a la instancia psíquica[5] que denominaba el súper-yo, que es la ley externa (exigencias, pautas de actuación, normas, leyes… procedentes del entorno familiar, educativo y social) instalada e interiorizada en la estructura psíquica del individuo. Su función es poner límites a los impulsos del id, movido por la búsqueda del placer.[6] Cuando el super-yo se manifiesta muy normativo, exigente y rígido (como resultado de una educación autoritaria o excesivamente perfeccionista) aparecen los sentimientos de culpa vinculados a la transgresión que representa actuar motivado por las pulsiones del id, en su búsqueda de satisfacciones gratificantes, y el código moral del super-yo que pretende evitarlas.

La psicóloga Carmen Duran insiste en este planteamiento: “Uno puede sentir culpa por las razones más diversas, pero siempre tienen que ver con el incumplimiento de las propias reglas, con los valores personales que se están infringiendo, […] nos culpamos por no estar a la altura de nuestros debieras.[7] Fue la psiquiatra Karen Horney (1885-1952) quién, en la primera mitad del pasado siglo, hacía ya referencia a la tiranía de los deberes y a su capacidad de producir un estado de frustración y culpabilidad cuando estos se hallan lejos de nuestras posibilidades de cumplimiento.[8]

La educación religiosa no es ajena a la constitución de la consciencia moral; al contrario, su papel es primordial. Muchos sentimientos de culpa disfuncionales derivan de falsos conceptos de lo divino. La imagen de un Dios que decreta y prohíbe o la presentación de sus mandamientos, más como exigencia que como camino de crecimiento y maduración personal, contribuyen a alimentar el sentimiento de culpabilidad ante su incumplimiento.

La imagen de un Dios que castiga puede llegar a generar un miedo superior al miedo del niño frente al castigo de sus padres; mientras que la represalia paterna tiene una duración limitada, la sanción divina será eterna. La transmisión de esta imagen es propia de la pastoral del miedo, todavía presente en muchas comunidades cristianes, que enfatiza aspectos como la muerte, el juicio y las penas del infierno, en detrimento del amor de Dios y la positividad de la vida.

Las religiones, en general, acostumbran a pautar la vida de las personas a través de un listado de acciones permitidas y no permitidas. Para algunas personas, la “lista” puede llegar a serles cómoda, ya que evita tener que tomar las no siempre fáciles decisiones que la vida nos reclama. Algunas persones parece que prefieren la heteronomía (ley externa) a la autonomía (ley interna de la conciencia). Es por ello que el legalismo (actuar de acuerdo con normas externas), es difícil de erradicar completamente y se halla, en muchos casos, en la base de la culpabilidad disfuncional. Es el resultado de la percepción de haber transgredido unas determinadas normas morales, más vinculadas, en muchos casos, a situaciones culturales y contextuales que a una auténtica ética de validez universal. Son la consecuencia de las lecturas literales de la Biblia sin considerar contextos ni situaciones. Lamentablemente, muchas personas viven angustiadas al no alcanzar el nivel de exigencia que su rígida conciencia les señala.

Es necesario identificar cuánto de atávico, cultural, educativo o religioso se halla detrás de determinados sentimientos de culpa, a fin de minimizar su incidencia y sus efectos devastadores y poder experimentar la madurez espiritual, el gozo, la paz y la responsabilidad a la que estamos llamados.

 

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[1] Consultar Triginé, J. Acerca de los sentimientos de culpa (I). Lupa Protestante. 17/03/2026.

[2] La culpa patológica o disfuncional aparece asociada a determinados trastornos psicológicos (ansiedad, depresión, estrés postraumático…) y, en menor proporción, en la población general.

[3] Hay códigos más antiguos como los de Ur-Nammu (≈2100-2050 a.C.) y Lipit-Ishatar (≈1930 a.C.), cuyo origen se halla en Sumeria (el actual Irak).

[4] Martínez Lozano, E. Vivir sin culpa. Desclée De Brouwer. Bilbao 2025.

[5] El psiquismo del ser humano, según el psicoanálisis, se halla constituido por: el id, que se orienta a la satisfacción inmediata de las necesidades; el súper-yo, asociado a la consciencia moral y el yo que posee una función mediadora entre ambas estructuras y que se rige por el principio de la realidad y/o posibilidad.

[6] Sigmund Freud, en El malestar en la cultura (Alianza editorial,2024) escribía: «este sentimiento de culpabilidad es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la eterna lucha entre el Eros (instinto de vida) y el instinto de destrucción o de muerte (Thanatos)».

[7] Durán, C. El sentimiento de culpa. Editorial Kairós. Barcelona 2016.

[8] Horney, K. Neurosis y madurez. Psique. Buenos Aires, 1991.

Jaume Triginé

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