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Cuando Dios vuelve a ser bandera: Trump, León XIV y la disputa religiosa por la guerra
El llamado «rifirrafe» entre Donald Trump y el papa León XIV no debería leerse como una anécdota diplomática ni como una escena menor de la política internacional. Detrás de esa confrontación aparece un asunto mucho más grave: la tentación permanente de convertir a Dios en aval de la guerra, de la nación, del poder y de sus estrategias. Rosario Espinal ha señalado con acierto que el choque entre el presidente estadounidense y el papa no puede separarse del peso político de las religiones, especialmente cuando determinados sectores cristianos actúan como base electoral, legitimadora y emocional de proyectos conservadores o abiertamente reaccionarios[1].
El episodio se ha producido en el contexto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Trump ha acusado al obispo de Roma de debilidad y de mala política exterior; León XIV, por su parte, ha insistido en la necesidad de detener la guerra, volver a la negociación y rechazar la violencia como instrumento político[2]. Según Reuters y AP, el papa condenó también la muerte de manifestantes en Irán y pidió a Estados Unidos e Irán regresar a conversaciones de paz, lo que impide reducir su posición a una defensa indirecta del régimen iraní[3]. El dato es importante, porque el debate no debería deformarse en un falso dilema entre belicismo occidental o complacencia con Teherán. La cuestión principal es otra: si el cristianismo puede ser invocado para bendecir ejércitos y material bélico, operaciones militares, amenazas de destrucción masiva o políticas de fuerza a través de las diócesis personales castrenses en medio mundo.
Mi posición actual se sitúa lejos de todo dogmatismo político o religioso, y más aún de los extremismos conservadores que confunden la fe con la identidad nacional, la moral cristiana con el control social y el Evangelio con la disciplina del Estado. No puede proclamarse al mismo tiempo una Iglesia de paz y de amor, y bendecir tropas, armas y pertrechos destinados a la destrucción y a la muerte. En esa contradicción se vuelve especialmente elocuente una imagen tan icónica como perturbadora: el canto legionario de “El novio de la muerte” mientras se porta en brazos al Crucificado (el de la “Buena Muerte” legionaria), precisamente a Aquel que fue llevado a la muerte por anunciar la paz, la misericordia y el amor a los enemigos. Desde esa tensión, resulta difícil pretender sin más la legitimación eclesial del ámbito castrense como si no mediara en ello una grave fractura evangélica. No me interesa un cristianismo convertido en ideología de combate, en bandera partidista o en teología de la seguridad nacional. Mi comprensión del cristianismo está más cerca de una Iglesia diaconal, sencilla, servidora, despojada de privilegios y ajena al maridaje con los Estados. Desde esa gramática, el papa no representa para mí a Jesucristo de manera automática; representa, antes que nada, una institución, una confesión concreta y unos intereses eclesiales propios. No parece que se sirva a las ovejas de Jesucristo, sino más bien a las propias. Por eso sigue manteniendo estructuras no solo obsoletas —como la Guardia Suiza—, sino frontalmente problemáticas a la luz del Evangelio de Jesús. Lo mismo cabe decir de la presencia eclesial estable en los ejércitos, organizada en diócesis castrenses y legitimada con el argumento de que el personal militar requiere una atención religiosa especial. Pero, medida desde el Evangelio, la prioridad no puede recaer en los aparatos de la fuerza armada, sino en los empobrecidos, los heridos existenciales y los descartados, incluidos los excluidos por los jerarcas eclesiales.
El papa puede que diga algo justo sobre la paz, pero no por ello queda absuelto de la historia de poder y autoritarismo que carga sobre sus espaldas.
Por eso conviene mantener una crítica simétrica. Trump es presidente de una república constitucional y llegó al poder por vía electoral; no obstante, su uso del lenguaje religioso, su apelación al nacionalismo cristiano y su forma de presentar la fuerza militar como misión política superior merecen una severa objeción democrática y teológica. El papa, en cambio, no preside una democracia, sino una monarquía electiva y sacralizada. La Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, promulgada en 2023, afirma que el Sumo Pontífice, como soberano del Estado vaticano, posee la plenitud de la potestad de gobierno, incluidos los poderes legislativo, ejecutivo y judicial[4]. Esta concentración de poder no puede pasarse por alto cuando el papado se presenta como conciencia moral del mundo. A ello se añade la pretensión (que es dogma de fe para los católicos) de infalibilidad en las cuestiones relativas a la fe, una prerrogativa que, formulada en esos términos institucionales, ni siquiera puede atribuirse sin más al propio Jesús de Nazaret quien nunca disfrutó de tanto imperio, sino más bien fue para los suyos un esclavo.
La autoridad ética del papado, además, se encuentra profundamente dañada. El informe vaticano sobre Theodore McCarrick reconoció que la Santa Sede investigó su propia toma de decisiones institucionales en torno a un antiguo cardenal acusado de graves abusos y conductas impropias, lo que evidencia hasta qué punto el problema no fue solo personal, sino también de gobierno, cultura institucional y responsabilidad jerárquica[5]. A esto se añade la corrupción financiera. El caso Becciu, con condena inicial en 2023, recurso posterior y una anulación parcial por defectos procesales en 2026, mostró una vez más la opacidad, las luchas internas y la mala administración económica dentro de los altos circuitos vaticanos[6]. Estos hechos impiden aceptar sin examen la pretensión de superioridad moral y religiosa de Roma que se considera la única y verdadera Iglesia de Cristo al considerar que mantiene la totalidad de la Iglesia mientras el resto tan solo contiene trazos de verdad o algunos elementos de santificación.
La crítica tampoco debe olvidar el largo maridaje histórico entre catolicismo institucional, poder político y regímenes autoritarios. En España, el nacionalcatolicismo franquista constituye un ejemplo especialmente cercano: la Iglesia católica no fue simplemente una víctima más del conflicto, sino también una institución que, en sectores decisivos de su jerarquía, legitimó religiosamente la victoria franquista y participó de la arquitectura simbólica del régimen. La bibliografía de Julián Casanova y Paul Preston resulta imprescindible para comprender ese entramado de violencia, sacralización política y exclusión de las minorías[7]. Desde esa memoria, cualquier discurso eclesiástico sobre la paz debe ser escuchado con atención crítica, no con obediencia devocional.
Lo más preocupante del choque entre Trump y León XIV no es que dos líderes se contradigan, sino que ambos actúan desde formas de poder que reclaman una legitimidad superior. Trump lo hace desde la nación, la fuerza militar y la movilización religiosa de sectores conservadores cuando no fanáticos-sectarios. León XIV lo hace desde una institución que se proclama voz ética universal, pero cuya estructura sigue siendo vertical, no democrática, a pesar de la presumible sinodalidad, y muy poco abierta a la rendición de cuentas y las transparencia de vida de su jerarquía. El primero puede instrumentalizar a Dios para sostener una política de guerra; el segundo puede hablar justamente contra la guerra, pero desde una institución que no ha renunciado al dominio espiritual.
Por eso, la posición cristiana más coherente no consiste en elegir entre Trump y León XIV, sino en rechazar la sacralización de todo poder. El Evangelio no necesita portaaviones ni tronos pontificios. No se encarna en la retórica militar de una potencia ni en la diplomacia de una monarquía eclesiástica sustentada sobre el mayor engaño histórico (Donación de Constantino)[8]. Se reconoce mejor en una Iglesia pobre, servidora, comunitaria y democrática, diaconal y fraterna, libre de privilegios y estructuras de cargos, títulos y dominios, capaz de situarse junto a las víctimas sin reclamar para sí una superioridad incontestable. Allí donde la religión bendice la guerra, traiciona al Cristo real, hombre y Dios. Allí donde la Iglesia se confunde con el Estado, actúa como un Estado y se presenta como un Estado, pierde su libertad profética y todo crédito frente a la Palabra manifestada. Y allí donde el papa se presenta como voz de Cristo, su vicario y puente, sin asumir las heridas causadas por su propia institución y ministerio forjado desde la imposición y el dominio absoluto, deja de ser signo diáfano del Evangelio de Jesús para convertirse en representante de sí mismo y de los intereses inconfesables de su confesión.
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[1] Rosario Espinal, «¿Qué impacto político tendrá el rifirrafe entre Donald Trump y León XIV?», Hechos de Hoy. El artículo presenta el conflicto como un episodio situado en la relación entre religión, política, guerra, evangelicalismo blanco, catolicismo conservador y ultraderecha.
[2] Kate Scanlon, «Trump lashes out at Pope Leo amid Iran war rebuke»,Catholic Standard, 13 de abril de 2026. La información recoge las críticas de Trump a León XIV, entre ellas las expresiones «weak on crime» y «terrible for foreign policy», así como la respuesta papal en favor del mensaje evangélico de paz.
[3] Joshua McElwee, «Pope condemns killing of protesters in Iran, reaffirms stance against war», Reuters, 23 de abril de 2026; Nicole Winfield, «Pope urges US and Iran to return to peace talks and condemns capital punishment»,Associated Press, 23 de abril de 2026. Ambas piezas documentan que León XIV condenó la represión iraní y, a la vez, mantuvo su oposición a la guerra y su llamada a la negociación.
[4] Papa Francisco, Legge Fondamentale dello Stato della Città del Vaticano, 13 de mayo de 2023, art. 1. El texto afirma que el Sumo Pontífice, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, posee la plenitud de la potestad de gobierno, que comprende los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Por supuesto, sin olvidar que es infalible, vicario de Cristo y pontífice entre Dios y los hombres.
[5] Secretaría de Estado de la Santa Sede, Report on the Holy See’s Institutional Knowledge and Decision-Making Related to Former Cardinal Theodore Edgar McCarrick (1930 to 2017)(Ciudad del Vaticano: Santa Sede, 2020). El propio informe explica que fue elaborado por mandato pontificio para examinar documentación de los dicasterios, oficinas de la Santa Sede y nunciatura en Estados Unidos relativa al caso McCarrick.
[6] Joshua McElwee, «Vatican court declares partial mistrial in Cardinal Becciu case, citing procedural errors», Reuters, 17 de marzo de 2026. La noticia recuerda la condena de Becciu en diciembre de 2023, su recurso y la anulación parcial por defectos procesales, dentro de un proceso centrado en la gestión de una inversión inmobiliaria londinense con fuertes pérdidas para el Vaticano.
[7] Julián Casanova,La Iglesia de Franco (Barcelona: Crítica, 2001); Paul Preston,The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain (New York: W. W. Norton, 2012). La ficha bibliográfica de Casanova consta en Dialnet y la de Preston en Google Books/W. W. Norton.
[8] Donación de Constantino (Donatio Constantini o Constitutum Constantini), un documento medieval falso que atribuía al obispo de Roma la primacía sobre toda la Iglesia y el dominio sobre Roma, Italia y las regiones occidentales. Constitutum Constantini, en Jacques-Paul Migne, ed., Patrologia Latina, vol. 143 (Paris, 1891), cols. 744-769.
