Herbert Marcuse (1898-1979), una de las principales figuras filosóficas de la Escuela de Frankfurt, en su obra El hombre unidimensional[1] ya hacia referencia al proceso de aceleración, resultado de las exigencias de inmediatez propias de la modernidad, especialmente en el ámbito industrial y tecnológico que derivaban en un estado de dependencia del propio sistema, en detrimento de la libertad personal.
Recientemente, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (1959), una de las voces más innovadoras de estos últimos años, premio Princesa de Asturias 2025 en Comunicación y Humanidades, autor de importantes ensayos, especialmente en La sociedad del cansancio[2] define nuestra actual sociedad como la sociedad de la fatiga que provoca individuos agotados, frustrados y deprimidos. Es el resultado de los altos niveles de exigencia externos y propios a los que estamos sometidos.
También el sociólogo alemán Harmut Rosa (1965) es autor de diversos estudios acerca de la aceleración del tiempo.[3] En el prólogo de Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo señala que: “la sociedad moderna capitalista debe expandirse incesantemente, es decir, que debe crecer, innovar y aumentar la producción, el consumo, las opciones y las posibilidades de conexión; en otras palabras, que debe acelerarse y dinamizarse a sí misma para reproducirse cultural y estructuralmente”.[4]
Toni Aira (1977), doctor en Comunicación Social y Política, en un lenguaje muy propio del presente, señala que: “la sociedad vive en modo aceleración”[5] y ejemplariza su aserción con la velocidad 1,5 con la que escuchamos los mensajes verbales de WhatsApp.
No hace falta ser sociólogo para percatarse de hallarnos en una sociedad tensionada a causa de la globalización, los avances espectaculares en las nuevas tecnologías, la información en tiempo real, las expectativas y la presión social, los cambios de todo orden que obligan a constantes procesos de adaptación, que nos provocan efectos disfuncionales, al situarnos en la necesidad de actualización permanente y en altos niveles de exigencia con respecto a nosotros mismos.
Diferentes estudios[6] señalan que este sistema acelerado de vida está relacionado con trastornos físicos como: agotamiento, cansancio y enfermedades cardiovasculares. También incide sobre la salud mental: alienación, estrés, ansiedad, depresión, reducción de la capacidad crítica y de la reflexión, falta de control sobre el propio tiempo, impaciencia.
La cantidad de conexiones digitales (móvil, tabletas, ordenador, TV…) con las que interactuamos afecta inevitablemente las relaciones interpersonales, sean la reducción de la comunicación directa en el ámbito familiar o la ausencia de vinculaciones sociales profundas. Byung-Chul Han en su libro Sobre Dios. Pensar con Simone Weil señala que: “La digitalización acelera de manera peligrosa la posibilidad de controlar la realidad. Nos habitúa a tenerlo todo a nuestra disposición […] Es de esta manera como se deteriora la atención. […] Hoy en día siempre estamos distraídos. Saltamos de una información a otra, de un estímulo al siguiente”.[7]
Cabe preguntase si esta dinámica de aceleración e inmediatez afecta también el área espiritual y de qué manera lo hace. Considerar el nivel más profundo de la persona es situarnos en una dimensión universal e innata, resultado de la evolución biológica de la especie. Se trata de un grado de excelencia, de un salto evolutivo que posibilita que el ser humano trascienda su materialidad y tenga conciencia de su existir, de sus actos, de su yo interior, de sus pensamientos y creencias y tienda a ir más allá de lo inmediato.
La espiritualidad es común a creyentes y no creyentes. Para los primeros, incluye la experiencia de apertura al Misterio, con independencia del nombre con que se le designe y cómo se conceptualice teológicamente. Para los segundos, “este ir más allá de” tomará otras formas como el compromiso social, la responsabilidad ecológica, el arte, los rituales laicos… Es, para unos y otros, una búsqueda de significado vital.
El sistema de vida acelerado nos afecta integralmente y debilita la dimensión espiritual, ya que nos sitúa en la cultura del logro, en el hacer, en el tener… alejándonos del ser, en el lenguaje del psicoanalista Eric Fromm (1900-1980). Cuando todo gira en torno a los axiomas capitalistas de producir y consumir, va reduciéndose el interés y el tiempo para plantearse las llamadas preguntas últimas que la ciencia no puede responder. La alienación se traduce en vidas carentes de sentido.
La multiplicidad de demandas y de estímulos dispersan la atención e impiden vivir el presente (el aquí y ahora) que es el espacio en el que se cultiva la experiencia espiritual en forma de silencio, meditación, reflexión, oración, contemplación, contacto con la naturaleza… “Solo hay esperanza de salvación para aquellos que sean capaces de contemplar” escribía la filósofa y activista francesa Simone Weil (1909-1943).[8]
Byung-Chul Han considera que el actual modelo social conduce inevitablemente a la incapacidad de espera; a la pérdida de sentido y perspectiva de las cosas y, al no disponer de tiempo personal, al individualismo ególatra y al colapso espiritual. El filósofo surcoreano postula una inversión de las prioridades al señalar que “el Bien lo hallamos, sobre todo, en el no-actuar contemplativo, en la inacción. En cambio, el Mal se expresa como ciega actividad”.[9]
No es fácil, pero es imprescindible ralentizar estas formas de vida disfuncionales. Es necesario hacer frente al sistema de vida acelerado, en el que nos hallamos insertos, que interfiere el cultivo de la espiritualidad personal. Un primer paso es tomar consciencia de hallarnos en el modo aceleración y plantearnos una praxis más pausada y reflexiva. Para ello, debe recuperarse tiempo para la práctica del silencio y la soledad; el contacto con la naturaleza; el arte en sus diversas manifestaciones; la lectura pausada; las relaciones sociales; la meditación; la oración; la contemplación, liberada de proyecciones psicológicas, que nos acerca a lo eterno. En síntesis, una vuelta a lo humano en una sociedad que tiende a la deshumanización.
[1] Marcuse, H. El hombre unidimensional. Austral Editorial. Barcelona, 2016.
[2] Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio. Herder Editorial. Barcelona, 2024.
[3] La aceleración: un análisis social de la modernidad (2013). Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía (2016). Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo (2016).
[4] Rosa, H. Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Katz Editores. Madrid, 2016.
[5] Aira, T. Mitólogos. El arte de seducir a las masas. Penguin Random House grupo Editorial. Barcelona, 2025.
[6] Organización Mundial de la Salud, American Psychological Association.
[7] Byung-Chul Han. Sobre Dios. Pensar con Simone Weil.
[8] Weil, S. Zeugnis für das Gute. Olte, 1976.
[9] Ibídem.
