Posted On 31/05/2014 By In Biblia, Ética, Pastoral With 1715 Views

Añadamos a la fe de nuestros hijos

Es una realidad que como padres pensemos continuamente en el futuro de nuestros hijos e hijas; cuando proyectamos su futuro nos gustaría que en su vida tuvieran frutos significativos desde la perspectiva de la fe, desde la vida eclesial. Pero ¿cómo lograrlo?, ¿cómo alcanzarlo?, ¿cómo contribuir para que su vida sea fecunda sin violentar sus propias decisiones y su propio camino de vida?, ¿sin amedrentar sus propias experiencias?, ¿cómo podemos contribuir en el marco de su libertad personal?

En la Segunda carta del Apóstol Pedro se nos da una exhortación para nuestra vida personal y familiar, los invitamos a meditar juntos sobre esta porción de la escritura. Leeremos del capítulo 1 los versículos 1 al 12.

Antes de entrar de lleno a los versículos que nos atañen un poco de contexto sobre la carta y su origen. El autor escribe a  cristianos de la segunda o tercera generación. La finalidad del escrito es ponerlos en guardia frente al riesgo o la amenaza que representaban los disidentes de la comunidad. Estos cristianos disidentes niegan la escatología tradicional, insistiendo más bien en la concepción cosmológica del ambiente helenista (2Pe 3:3-4). En este contexto afirman que no hay nada que esperar para el futuro, como lo demuestra la inmutabilidad del mundo a partir de la creación. De esta visión cosmológica e histórica se derivan en el plano ético las tendencias al libertinaje (2Pe 2:18-19). Para apoyar estas concepciones, que insisten también en las especulaciones “míticas” de tipo esotérico (2Pe 1:16). Los disidentes recurren a una interpretación subjetiva y arbitraria de las Escrituras hebreas e incluso de los escritos cristianos puestos bajo el nombre de Pablo (2Pe 3:16).

Nos encontramos pues en medio de una comunidad asolada por la disidencia, por el ataque a la fe, el libertinaje ético, la “fabulación” de la fe, la tergiversación de las escrituras y su mensaje de salvación, y la invalidez de la escatología como esperanza en el futuro y la proximidad del Reino de Dios. En una situación así, las palabras del Apóstol resuenan como un relámpago en medio de la tormenta.

Participantes de la naturaleza divina

Como primera idea de la exhortación Pedro nos indica que se nos han dado “preciosas y grandísimas promesas”, esas promesas provienen de Dios y se cumplirán a su tiempo. El apóstol desea enmarcar su parénesis (enseñanza) en este marco de promesas futuras para que las recomendaciones éticas que siguen a continuación no estén en la línea de meras recomendaciones de moral práctica sin sustento en la fe, sino por el contrario, la vida ética está enraizada en una intensa expectativa del futuro de Dios.

Las promesas se dan para beneficio de los creyentes, y de manera más específica para que por ellas lleguemos a ser “participantes de la naturaleza divina”, esto es sumamente importante, dichas promesas nos hacen parte de una comunidad (koinonoi) de lo divino. La naturaleza de lo divino se ancla “naturalmente” en la vida comunitaria, en la vida eclesial. Pero esto implica que, por contraposición, debemos alejarnos de la “corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. Todo aquello que nos aleja de la experiencia de la vida comunitaria de la fe, fundamentalmente la experiencia egoísta es así identificada como concupiscencia y corrupción.

Inmediatamente se nos dice que con “toda diligencia”, es decir, con prisa sin tardanza, debe ser lo inmediato, es lo que importa, no hay que dejarlo para después. Es un asunto prioritario para proteger la fe y la comunidad. 

Añadid a vuestra fe

 Lo que se nos recomienda es que añadamos a la fe. Se da por sentado que la confianza en Dios es la base para el crecimiento cristiano y el fortalecimiento de la vida espiritual. Lo primero que tenemos que hacer con nuestros hijos es enseñarles a confiar en Dios, en su fidelidad, a tener fe. Y en este punto es necesaria una precisión: antes que los contenidos de la fe (doctrina), está el acto de fe, el salto al vacío. En ocasiones lo que transmitimos a nuestros hijos son ideas, conceptos o clichés recibidos pero no transmitimos el acto sencillo de confiar en lo transcendente, en Dios y su acción soberana. Vienen a nuestra mente tantas ancianas en las iglesias que doblan sus rodillas con cualquier pretexto porque la confianza en Dios es su mayor potencia. Cuanto bien hacen esas mujeres al enseñar la esencia de la vida cristiana de manera sencilla: mostrándolo en su vida. Enseñar a confiar a nuestros hijos es el primer peldaño para que rindan frutos.

Es interesante notar que el término añadir (epicsoregeo) implica no acumular adicionalmente sino más bien proveer a algo que necesita ser completado o plenificado, así este sencillo pero poderoso acto de confiar necesita ser reforzado por otros elementos más. ¿Cuáles son dichos elementos?, nos los precisa el escritor inspirado.

A la fe se le añade virtud (areté), excelencia moral y ética. No es posible confiar en Dios sin actuar con integridad ética y con total probidad. Una fe que sólo ora a Dios en las dificultades y espera su respuesta sin tener una vida consagrada es una fe que cree en un ídolo pero no en el Dios viviente a quien le gusta establecer relaciones vivas de fidelidad mutuas y respeto a los acuerdos de los pactos personales y comunitarios con él. En adición a ello, la manifestación más notable de nuestra fe es la conducta pública entre no creyentes, Dios puede ser blasfemado o glorificado por la experiencia ética de sus seguidores. Tan grande es nuestra responsabilidad. Así, el segundo peldaño a enseñar a nuestros hijos es la vivir vidas integras, éticamente responsables y fieles a su fe y a su comunidad.

A la virtud se añade conocimiento (gnosis). En varios momentos de la historia el cristianismo ha tenido que defender la sana doctrina de las amenazas de la herejía. El conocimiento serio y profundo de las escrituras y de las verdades esenciales nos permite enfrentar cualquier posición seductora pero falaz, que pregona el orgullo de la distinción y la entronización del ser humano en lugar de la vida igualitaria de la comunidad y la glorificación de lo divino y la experiencia de la gratuidad de la gracia. Así pues el tercer peldaño a enseñar a nuestros hijos es: conocimiento profundo y amplio de su fe y de las escrituras en que está basada.

Al conocimiento se añade dominio propio (ekjrateia), la autarquía o el gobierno de uno mismo. Implica la responsabilidad última por nuestras decisiones y conductas. Cuando tenemos fe vamos por la vida considerando que lo que hagamos o dejemos de hacer está en función no sólo de nuestra persona sino de nuestros pactos con Dios y con nuestra iglesia o comunidad. Si hago algo que le desagrada a Dios o lastimaría a mi iglesia tengo la obligación de considerarlo como inapropiado y tener control sobre mis acciones. El cuarto peldaño que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el dominio propio sobre sus decisiones, pensamientos, acciones y sobre su cuerpo.

Al dominio propio se añade paciencia (ipomoné). La paciencia no como resignación ante lo inevitable sino como fortaleza, como resistencia, como perseverancia ante lo que se espera sea modificado por la realidad ultima del reino de Dios. Es una espera activa en el sentido profundo del término, enclavada en la esperanza de lo que ha de venir. La resolución y constancia ante lo que se quiere lograr. El cristiano no puede impacientarse aunque haya situaciones difíciles y el misterio del sufrimiento siempre lo persiga, ante situaciones así persevera en su empeño por mantenerse firme y abierto al futuro. El quinto peldaño que enseñaremos a nuestros hijos es la esperanza confiada y perseverante de Dios y su reino.

A esta paciencia se le añade piedad (eusebeia), entendida como vida religiosa. En una época donde lo religioso parece anacrónico y desgastado el que se reivindique una vida religiosa implica que los símbolos, las experiencias, las sensaciones y los aprendizajes de una vida tal son valiosos para nuestra vivencia de fe. Por vida religiosa la Iglesia de Dios entiende la vida comunitaria y la experiencia de adoración en todo momento de su vida, somos religiosos no en un sentido estrictamente ritual sino en un sentido amplio, desde una experiencia de considerar el amplio marco de nuestra vida como re-ligado con lo divino. De ahí que todo cristiano es un piadoso, alguien preocupado en todo momento por mantener el sentido sagrado de todo acto, de toda palabra, de toda relación. Vamos por la vida percibiendo la sacralidad de la misma y respondiendo apropiadamente a los signos de Dios. El sexto peldaño sobre el que se apoyarán nuestros hijos es la vida religiosa como experiencia de lo sagrado en todos sus ámbitos.

A la piedad se la añade afecto fraternal (filadelfia), que no es otra cosa sino amor a los hermanos y hermanas en la fe. La vivencia de vivir en comunidad solo es posible si existe un vínculo perfecto como el afecto fraternal. En épocas de individualismos exacerbados donde la fe es una experiencia individualizada, la cosmología al gusto de cada quien, la experiencia comunitaria es un antídoto eficaz para que nuestro yo se afirme en un sentido positivo y en una dimensión apropiada alejada de narcicismos malignos. Amamos al hermano en tanto que vemos en su rostro la experiencia de lo sagrado, amamos al hermano porque es la manifestación inmediata de la presencia de Dios, como dicen las cartas de juan, ¿Cómo podremos amar a Dios a quien no vemos y no amar al hermano que vemos?, así pues, el séptimo peldaño para enseñar a nuestros hijos es enseñarles a vivir en comunidad, a saborear la experiencia comunitaria y a aprender a amar a sus hermanos y a manifestárselos en todo momento.

Al afecto fraternal se le añade amor (agape). La virtud cristiana por excelencia. El amor es el culmen de toda experiencia de fe. El amor es la máxima virtud, que sostiene todo y lo vincula todo, sin amor nada de lo edificado hasta el momento tiene un cariz netamente cristiano. Amar es el aprendizaje supremo, si sabemos amar seremos capaces de apropiarnos de las demás virtudes. Por ello el autor lo describe como la cima de las virtudes. Los cristianos debemos ser expertos en amor. Enseñar a amar a nuestros hijos es el último peldaño en el aprendizaje.

Todas estas virtudes de la experiencia cristiana son complementarias, es como si se vivieran en espiral, una sólo puede darse si se tiene la anterior y viceversa, las ya adquiridas se fortalecen al profundizar en las demás, es un circulo virtuoso que nos nutre y fortalece como hombres y mujeres de fe.

Porque si estas cosas están en vosotros

 El apóstol nos indica a continuación que si todo lo anterior está presente y en abundancia en nosotros, entonces: “no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”. Si deseamos hijos e hijas que lleven fruto el apóstol nos ha indicado el camino. ¿Por qué vemos tantos creyentes ociosos en sus comunidades?, ¿por qué hay tantos que no rinden fruto?, ¿por qué es común ver a unos cuantos en las comunidades trabajar y el resto sumergido en una mediana complacencia de asistir sin incidir?

Es posible que nuestras virtudes cristianas estén demeritadas, no hallamos añadido suficiente a nuestra fe y nos encontremos debilitados y cabizbajos o absortos e indiferentes a lo que pasa en nuestras congregaciones. Pero si queremos rendir fruto, ser obreros en la viña del Señor se nos han dado instrucciones claras y precisas sobre lo que es necesario adquirir y promover su abundancia en nuestras personas.

 Aquellos que no tiene estas cualidades el autor los compara a ciegos de corta vista pues no alcanzan a entender los elementos fundamentales de una fe cristiana viva y eficaz. Por ello, el texto precisa que aquellos que no poseen estas cualidades seguramente han olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Cuando uno está consciente de la obra de Dios en nuestras vidas procura contribuir a que más personas lo vivan así, la respuesta que comprender la gracia de Dios es el trabajo por agradecimiento, la indiferencia y la pasividad reflejan una incomprensión real de lo que la gracia puede obrar en nuestras vidas. Por ello siempre hay que poner en perspectiva nuestra vida respecto de lo que podríamos llegar a ser al estar alejados de la fe.

El texto termina con un hermoso llamado a que procuremos hacer firme vuestra vocación y elección”. La firmeza de la vocación se nos presenta como un mandato a asegurar en nuestras vidas el llamado de Dios, a no mostrar temor, ambigüedad o debilidad. La elección es una invitación de Dios, nunca es una imposición, Dios nos toca pero la decisión es nuestra en última instancia, si nuestro llamado o nuestra invitación están es un periodo de fragilidad, de inseguridad, de  incertidumbre es necesario orar a Dios para reforzarlo, es necesario volver a repasar las muchas bendiciones que se nos conceden y retomar esfuerzos para fortalecer nuestra fe y esperanza.

El texto nos indica que “haciendo estas cosas, no caeréis jamás”.  Las caídas (ptaio), literalmente tropezones, se presentan cuando el Cristiano descuida su vida y comete errores que dañan su fe y su conciencia. Por eso el mantenerse activos y con fruto implica que estaremos focalizados y con claridad hacia dónde vamos de tal manera que los errores y decisiones equivocadas sean los menos por tener claro el propósito y finalidad de nuestras vidas. Las cualidades desarrolladas anteriormente nos facultan para resistir los momentos de dificultad y tentación. Si enseñamos a nuestros hijos a tener elementos suficientes para minimizar los tropezones, estoy seguro que tendremos iglesias cada vez más robustas y saludables.

La promesa es clara, la entrada amplia y generosa al reino. No la tomemos a la ligera, se nos traza un camino que es viable y que puede ser alcanzable por la gracia del Señor. Enseñarles esto a nuestros hijos e hijas es darles un camino seguro y efectivo para su incorporación al Reino de Dios. Por esto, no dejamos de recordarles siempre estas cosas, aunque ellos y nosotros las sepamos, y estemos confirmados en la verdad presente.

Así pues añadamos a nuestra fe, rindamos fruto y confirmemos nuestro llamado y vocación para tener parte en las promesas maravillosas del Señor. Enseñemos esto a nuestros hijos y que el espíritu de consolación nos acompañe en sabiduría.

 

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