Posted On 05/06/2006 By In Opinión With 1208 Views

Los límites de la educación y el contexto social

Charla-Coloquio

Agradezco la invitación a Joan Medrano y a todas las personas que organizan ésta actividad que pretende ofrecer un pequeño servicio a la comunidad. Mi tarea en ésta hora, como psicoanalista e investigador de la sociedad, será intentar una exploración junto con uds. sobre el contexto social en el cual vivimos y las dificultades que enfrentamos en la educación de los hijos. La idea es que después podamos construir juntos una conversación entre las preguntas, respuestas y comentarios a modo de coloquio.

Primero quisiera plantear un poco el marco o contexto social donde vivimos, dado que se habla mucho de que hay una crisis de valores, cosa que la gente repite o comenta cuando mira problemas alrededor. Tal vez sería mejor decir que la crisis no está meramente en los valores, sino en toda la sociedad, en la manera en que se organiza y los efectos que eso tiene en nuestra vida cotidiana, en la manera en que organizamos la vida de cada día. Y ésta manera de organización social tiene mucho que ver con lo económico, con la forma en que se organiza la economía.

Esto se puede ver con facilidad en épocas anteriores, por ejemplo cuando en una sociedad hay un proceso de industrialización la gente emigra hacia donde hay trabajo. La fábrica produce cosas que se venden y contrata gente para trabajar, se construyen barrios obreros y se van haciendo escuelas, también hay más comercio. Todas esas cosas son formas de organizar el tiempo de vida de la gente: sus días y sus noches se organizan según ésta producción económica, la escuela le educa para que se adapte a éste sistema y la familia le educa para que sea un buen trabajador(a), es decir que así es como todo queda bajo normas y somos “normalizados”.

Sin embargo, esto ha cambiado mucho en la actualidad, porque las fábricas se van más fácilmente y ya casi no hay contratos indefinidos. Las cosas se ensamblan en diferentes partes del mundo, sobre todo donde se pueda explotar más fácilmente el trabajo de la gente. Ahora el trabajo no tiene horarios, porque es trabajo “flexible”, de modo que tienes contratos temporales y con horarios muy cambiantes, pero siempre debes estar “disponible”. Como hay mucho desempleo y precariedad laboral, pues la gente vive con mucha ansiedad y tiene la sensación de que no es competente o que ha fracasado. Ahora las escuelas educan para que la gente sea competitiva y estén siempre bajo presión, por eso la educación se va privatizando cada vez más y es más elitista. Como pueden ver, ahora la economía hace que se organice de otra manera la vida social pero sigue siendo en función de que éste nuevo sistema económico siga operando. Una de las cosas nuevas de la economía es el consumo: la gente puede comprar muchos objetos y con eso siente que compra algo más.

No es que compres algo sólo porque es útil o porque tú lo necesitas, sino porque “lo tienes” que comprar, es decir que es muy difícil no hacerlo, por el modo en que se organiza la vida cotidiana: la gente se ve obligada a consumir porque para eso está organizada la sociedad, porque la gente siempre está tensionada y ansiosa, porque no tiene tiempo y no descansa, porque no queda tiempo para cultivar relaciones profundas, porque cada quien se queda aislado con el sentimiento de que debe competir con mucha gente y debe cuidarse de los demás, porque siempre está mirando a gente exitosa en la TV y en las revistas y por comparación sale perdiendo, por eso compra cosas que son más que cosas, son objetos que le hacen “ser alguien”, pero después que los han comprado no ocurre eso, sino que queda un vacío. Es curioso: vivimos en un mundo saturado de objetos que se fabrican y se venden y, sin embargo, se dice que vivimos en la “era del vacío” (Lipovetzki).

¿Se dan cuenta? No se trata de crisis de valores, sino que la sociedad está muy mal organizada sólo que, en la medida que somos gente normal, estamos un tanto ciegos a todo eso, porque es una realidad cotidiana de la que somos parte. La normalidad es un modo de adaptación y resignación. Por eso quienes más se percatan de lo mal que está la sociedad son los adolescentes o los jóvenes. También los niños se dan cuenta que sus padres estás ansiosos y que viven con el temor de perder el trabajo.

Bueno, quizás todo esto ya lo saben y me dirán “pero, ¿qué hago?”, “a mi lo que importa es saber cómo educar a mis hijos”, “cómo resuelvo de manera práctica los problemas que tienen en casa o en la escuela”. Por supuesto, tampoco esperan que haya soluciones mágicas, pero al menos saber hasta cierto punto como orientar las cosas. Yo diría aquí que, además de que ni yo ni nadie tiene recetas mágicas, no todo es cuestión de buscar urgentemente soluciones rápidas, sino que también debemos detenernos y tratar de comprender un poco mejor ésta realidad en la que vivimos. Incluso tenemos que pensar en la importancia de cambiar la sociedad. Porque en el fondo, la educación tiene como propósito crear una sociedad, no una sociedad mejorada sino una sociedad diferente.

Ahora quisiera plantear un poco las cosas en casa, en el crecimiento y educación de los hijos, teniendo en cuenta el contexto del que he hablado. Y quiero centrarme en el asunto de los límites en la educación, invitándoles a pensar que significa eso de los límites o de lo que los psicoanalistas llamamos “las castraciones necesarias”.

También quisiera plantear que lo más importante, en toda la situación de los hijos, es la comprensión de ellos como personas y la búsqueda de alternativas dentro de ésta sociedad tan fragmentada por el sistema neoliberal.

Entonces, cuando los hijos aparecen, cuando llegan, el mundo ya está bastante hecho (o mal hecho), y eso mismo pasa con nosotros, que tenemos una historia previa, es decir que hemos crecido con los padres (o con tutores) y lo que aprendimos allí solemos usarlo, solemos repetirlo en parte y en parte solemos desecharlo, es decir que algo sabemos. Pero como nos toca un contexto nuevo y como es una situación nueva, pues también ocurre que aprendemos en el camino, sobre la práctica.

En la educación de los hijos su crecimiento implica una constante emergencia de límites: un límite es un “no”. Es lo mismo. Y la educación como crecimiento tiene muchos “noes”. De hecho el crecimiento ocurre precisamente frente a esos “noes”. Cuando se desteta un bebé se le impone un límite, se le dice que “no”, no sólo por motivos de nutrición sino para crecer, para que hable y pueda comunicarse, porque ahora tiene la competencia para hacerlo, pero lo hará en la medida que se le imponga el límite. Ir a la escuela es un límite a la infancia como juego eterno, es una especie de “condena” que hace el Estado porque en nuestras sociedades es algo que obliga la ley. Es un modo en que los padres reconocemos que somos parte de algo más grande y que también hay leyes y reglas que están por encima de nosotros.

Es curioso que ahora se hable de decir “no” a los hijos, porque es algo que viene después de una época en que se habló mucho de la importancia de “no pegarles”. En la modernidad los niños aparecen como sujetos, lo que no quiere decir que se les trate como personas, porque hay niños que son tratados como juguetes (como “principitos” o “princesas”, como pequeños tiranos) o son tratados como nuestra extensión, de modo que se espera que cumplan nuestros sueños frustrados o expectativas implícitas. También hay niños que son vistos como objetos que estorban y no se sabe dónde ponerlos o se les imponen expectativas de lo que deberían hacer sin que estén en edad o, al revés, se espera menos de lo que sí pueden hacer.

En parte es también por eso que hay tantos especialistas (“psi”) en niños o tanta literatura que nos explican “el modo correcto” de la educación de los hijos. El problema es que se deposita en otros la “opinión experta” y la gente por sí sola se siente desarmada. Por eso importa recordar cierta frase irónica, atribuida a Freud, cuando una madre le preguntó cómo educar a su hijo, a partir de su teoría: “Querida señora, edúquelo como quiera –le respondió–, de todos modos lo va a educar mal”.

Ironías aparte, volvamos al tema de los límites. Los psicoanalistas hablamos de “castraciones necesarias” porque el crecimiento de los niños, y su educación, implican el descubrimiento de que los deseos del niño chocan con límites: es inevitable que los haya, es necesario incluso, es parte de un aprendizaje. El problema es que en una sociedad donde no hay tiempo o hay mucho cansancio y estrés, y donde la TV es el camino más fácil, pues hay menos posibilidades para aprender el ejercicio del “no”, porque no todos los “noes” se dicen igual, sino que eso va cambiando con la edad de los niños y también cambia con las situaciones. Este es un tema que lleva a cuestiones muy prácticas, donde hay gente que tiene más experiencia en la búsqueda de salidas. Yo aquí mencionaría ese programa excelente de la TV que se llama “super nanny”, pero la versión inglesa que dan (o daban) en TV3, en catalán.

Yo de mi parte diría que los límites no son algo que funciona por sí solos, sino en una situación donde cuentan más cosas. Es decir que los “noes” tiene valor como algo que puede dar sentido o que responde a algo, también con sentido. Por ejemplo, el “no” que impide a los hijos dormir en la cama de los padres tiene un sentido de generar una autonomía o el “no” que apaga la TV pero que propone otras actividades, el “no a ciertos objetos para comprar y que sin embargo abre espacio para hablar de lo que uno quiere y no tiene, el “no” que castiga quitando un privilegio o incluso el “no” que reconoce que no es por ellos sino porque uno mismo está tan ansioso o temeroso que por eso dice que no. Lo que importa es poder decir “no” y tratar de hacerlo con cierto sentido, porque no se trata de hacerlo con “sadismo”, sacando placer de la situación de superioridad con respecto a ellos.

Lo que importa es que el “no” instaura una separación que hará que los hijos se vayan. Y tal vez esa es la razón porque muchas veces no decimos que no, porque queremos retener a los hijos, porque ellos son como “nuestros psicólogos”, nuestro “sostén emocional”, porque no toleramos que se vayan, que caminen por sí mismos.

Es por eso que también los hijos pueden decir que “no” a los padres. Es fantástico cuando un bebé aprende a decir “no”. ¿Lo han visto? ¡Se divierten mucho!.. a todo dicen que no, aunque quieran decir que sí. Y es porque les proporciona mucho placer poner un límite, afirmarse como sujetos. Los hijos van poniendo límites a los padres, conforme crecen y eso es signo de que quieren ser libres. No podrán serlo de cualquier manera y quedan cosas por aprender con respecto a los límites, pero siempre es importante que los hijos sepan decir que no, que también nos pongan límites a los padres.

Lo que permite, quizá más que nada, crear este espacio donde los “noes” no hieren a nadie, sino que nos permiten crecer, es que los padres recordemos que no es en los hijos donde hallaremos el sentido para la vida personal o el amor que necesitamos. Es verdad que nos dan satisfacciones y que esperamos su amor, pero no son ellos quienes han de responder a nuestra búsqueda de amor. Por eso la gente tiene que tener sus proyectos, sus cosas, siempre limitadas mientras los hijos son pequeños pero que tarde o temprano se pueden retomar. También importa mucho que la gente haga más vida comunitaria, que participe en colectivos, que se organice y busque alternativas, es decir que se tiene que ir a contra–corriente de una sociedad que empuja para que nos fragmentemos más y nos aislemos. ¿Cómo queremos que los hijos sean solidarios si nosotros mismos somos tan individualistas y desconfiados de la otra gente? ¿cómo esperamos que en nuestra ciudad las personas se interesen unos por otros, si los hijos ven que los padres no quieren nada con los vecinos?

Quisiera detenerme aquí para ver si podemos conversar entre todos y todas. Sólo querría finalizar diciendo que los límites, estos “noes” de los que he hablado, son también expresión del amor que procura el bien de otro. Es decir que el “no” es parte del lenguaje del amor, del amor que quiere el crecimiento de la otra persona y que se arriesga al desprendimiento, el amor que dice “no” porque de otro modo ocurriría una dependencia malsana o una relación de pura manipulación, el amor que dice “no” para que la otra persona (nuestros hijos, por ejemplo), sea libre de decir también “no” y de decir “sí”, aún cuando ese “sí” no sea para nosotros, pero que les haga felices. Gracias.

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Victor Hernández Ramirez es psicoanalista. Pastor de la Església Evangèlica de Catalunya (Església Betlem – Barcelona). Doctorando en Psicología Social en la Universitat Autònoma de Barcelona.

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