Posted On 13/01/2023 By In Pastoral, portada With 169 Views

La resiliencia: una forma de afrontar las crisis | Jaume Triginé

 

«No son los más fuertes de la especie los que sobreviven ni los más inteligentes.
Sobreviven los más flexibles y adaptables a los cambios».

Charles Darwin

 

El término resiliencia procede del campo de la física y hace referencia a la capacidad de ciertos objetos de resistir el impacto de una fuerza externa y recuperar su forma original como ocurre con un muelle o una goma elástica.

En el campo de la psicología, describe la capacidad natural de una persona o grupo que permite sobreponerse a los acontecimientos desestabilizadores, las condiciones de vida difíciles o los reveses de la existencia que, inevitablemente, en algún momento debemos afrontar.

Somos vulnerables y, por ello, sometidos a las leyes de la contingencia: envejecemos, enfermamos, sufrimos traumas psicológicos, crisis espirituales… La persona resiliente no es alguien que resiste estoicamente tales situaciones. Es una persona capaz de reescribir su guion biográfico. No niega la realidad por dolorosa que sea. Tampoco alimenta la amargura ni la sed de venganza. Es alguien que comprende y transforma situaciones.

A la luz del siguiente texto, podemos afirmar que Pablo, era una persona resiliente. «Aunque llenos de problemas, no nos encontramos sin salida; tenemos preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos persiguen, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos destruyen.  Dondequiera que vamos llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se muestre en nosotros» (2 Co 4,8-10 DHH).

La resiliencia puede entenderse, también, como fortaleza de ánimo o entereza, que era una de las características del apóstol de los gentiles que menciona a Timoteo para que este asuma tal rasgo como algo constitutivo del carácter cristiano: «…has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, entereza, amor, paciencia, persecuciones, padecimientos…» (2 Ti 3,10-11a).

Hoy nadie pone en duda que la resiliencia es un rasgo intrínseco de la naturaleza humana; si bien existen una serie de factores que la potencian. Diferentes estudios destacan la necesidad de encontrar sentido a la vida. Encontrar sentido a la vida es una necesidad básica. Tiene que ver con el valor que nos concedemos a nosotros mismo y a aquello que hacemos en los diversos ámbitos de actuación: trabajo, familia, compromiso social, ministerio cristiano… Comporta entender la existencia en términos de propósito.

Cuando el ser humano no encuentra sentido a la vida tiende a instalarse en el nihilismo, la ansiedad, la duda y la angustia descrita en la filosofía existencial. El filósofo alemán Martin Heidegger consideraba que «el ser humano no es alguien que muera, sino que en sí mismo es un ser-para-la-muerte». Este horizonte poco esperanzador difícilmente moviliza los recursos para afrontar las adversidades de la cotidianidad.

Una característica de nuestro tiempo es que todo cambia mucho y muy rápidamente. La vida es un itinerario de discontinuidades que no siempre podemos predecir. De la salud a la enfermedad, del trabajo al paro, de ser reconocidos a ser cuestionados… Pero la fe nos permite afrontar los reveses inesperados en términos de esperanza, lo que nos permite descubrir, en nuestra fragilidad, potenciales de los que no siempre éramos conscientes, como es la resiliencia.

El autocontrol es otro de los factores importantes para el desarrollo de la resiliencia. Tiene que ver con la tendencia a creer que uno mismo es agente y protagonista de su vida (proactividad), en lugar de plantear las cosas en términos de azar o de destino (fatalismo). Luis Rojas Marcos, en su último trabajo, señala la necesidad de «aprender a evaluar las situaciones que nos estresan y programar los pasos necesarios para resolverlas».

Una no siempre bien entendida confianza en Dios puede comportar una distorsión en la comprensión de la divinidad, como es la percepción de su intervención en el mundo manejando los hilos de la historia. Esta creencia termina por convertirnos en marionetas del destino, lo que no deja de ser, de algún modo, una potencial limitación de la libertad y de la proactividad propia de la resiliencia humana que se inscribe en el concepto teológico de la autonomía de la creación.

Añadamos también que cuando no es posible cambiar las circunstancias, debemos modificar nuestra actitud frente a ellas. La experiencia del psicoanalista Victor Frankl en los campos de exterminio nazi es paradigmática con respecto a esta variable. Hablar de cambio actitudinal no significa tanto un conformismo inmovilizador, que se revela en actitudes pasivas; sino de la capacidad adaptativa que permite la resistencia, si no siempre física, si mental.

La confianza en uno mismo es también fundamental para encarar y afrontar los retos a los que debemos hacer frente a lo largo de nuestro existir. La confianza posibilita actuar de forma flexible y percibir las crisis no tanto en términos de amenaza, sino como oportunidades. La confianza posibilita la toma de decisiones con mayor determinación. Y si la realidad que debemos afrontar supera inicialmente nuestra capacidad de afrontamiento, la respuesta resiliente puede ser el buscar apoyo en quien nos lo pueda proporcionar.

La resiliencia es el empleo proactivo de nuestra limitada libertad. Seríamos ingenuos si negásemos los determinantes genéticos, biológicos, físicos, cognitivos, emocionales, culturales, sociales, económicos… Los determinantes existen, pero no estamos completamente determinados por ellos. Tras el trauma, la crisis, la caída… es posible levantarnos. El ser humano es frágil, dependiente, necesitado…; pero en nuestro barro existencial se esconden mil posibilidades porque en él habita la imago dei.

Adaptarnos a las situaciones no es, por lo tanto, conformismo, resignación o pasividad. Es aceptar el hecho ejerciendo la flexibilidad propia de la conducta resiliente; esta capacidad intrínseca del ser humano, que nos ha sido dada como don o aptitud natural. Pero conviene recordar que todo aquello que nos ha sido otorgado como cualidad innata se convierte en una tarea para nosotros: la de su cultivo.

 

 

Jaume Triginé

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