Posted On 21/05/2021 By In portada, Teología With 677 Views

La salvación como camino y no sólo como destino | Jesús Rodríguez González

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Juan 17:3 RV60

Veo en muchas iglesias siempre la idea de que Cristo viene y Cristo salva, pero me sorprende que siempre hacen un dualismo acerca del punto de la salvación y del Reino. Como si estos conceptos fueran etéreos y nada participativos en nuestra realidad. En mi caso, yo soy miembro de una denominación metodista y creemos que existe algo más que “el reconocer a Cristo como mi salvador”, esto lo hablo de manera muy simplista, ya que nosotros creemos en una segunda obra de gracia llamado la “perfección cristiana”. Nosotros creemos que los beneficios de la salvación pueden ser recibidos de manera directa en la vida misma. Esto no es algo nuevo, pero muchas veces olvidado por un sin número de denominaciones, esta doctrina fue enseñada en la patrística por San Irineo, Orígenes, Clemente de Alejandría o Gregorio de Nisa. De hecho, Clemente habla en el pedagogo que la leche perfecta (haciendo referencia a la palabra de Dios) conduce y nos lleva al estado que no tiene fin[1], interesante que en esta obra, todo el desarrollo que hace al principio sobre Cristo y la enseñanza conduzca a las cuestiones terrenales, de lo divinamente abstracto a lo genuinamente práctico. La salvación es un disfrute que se debe ver en esta tierra; hacer de la salvación algo así como solamente un tipo de restructuración metafísica de lo espiritual, es romper claramente el mensaje de Cristo sobre el Reino. El Evangelio no solamente es para salvar el alma sino todo nuestro cuerpo en esta vida.

Creo que, algo que hemos olvidado los cristianos muchas veces y que es necesario recordárnoslo, es lo siguiente: La vida eterna no es algo que comienza con la muerte, sino que comienza en el momento mismo de la conversión. Muchas de estas ideas de salvación tardía es por la idea que entiende el reino de Dios como algo relacionado solamente con una venida nacionalista de Dios, dejando atrás que el Reino de Dios es tanto una realidad vivida en el presente como una esperanza futura. La salvación es  la vida eterna, es la vida en, bajo y esperando el reino de Dios.

También es importante ver que la experiencia del Espíritu Santo no es una cuestión futura, sino como bien dice la palabra, que el Señor nos dejó al Ayudador para que lo conozcamos, y también vivamos, esa experiencia de conocerlo. Tendemos solamente en dejar las experiencias del Espíritu Santo a asociaciones místicas o de manera sobrenatural, pero James S. Stewart nos habla que la comprensión de Pablo sobre el Espíritu es consistente:

Insistió (Pablo) en que las verdaderas demostraciones del Espíritu no se hallaban en fenómenos accidentales y ajenos, ni en emociones espasmódicas ni éxtasis esporádicos, sino en la vida quieta, continua y estable de la fe, en el poder que obraba a niveles morales, en la seguridad del alma a la filiación con Dios, en el amor y el gozo y la paz y la paciencia, y en un carácter como Jesús.[2]

 Como vemos, la experiencia del Espíritu y por consecuencia de la salvación, es una obra que se debe vivir en la tierra y la cual afecta las áreas éticas, políticas y culturales de la persona que la recibe. Como hemos visto en otros estudiosos, la Biblia enseña que en Cristo se inaugura una nueva era para la Tierra, y de la cual nosotros debemos ser participantes activos y constantes. En este sentido preciso, la santidad que nos pide el Señor debe verse más que como una serie de reglas o imposiciones, como una sanidad para nuestra alma, como Ignacio de Antioquia se refería a la eucaristía: “la medicina de la inmortalidad” o como es interpretada por Irineo, una restauración del “Imago Dei”. En palabras de James S. Stewart:

“Siempre que un hombre viene a Cristo, empieza a vivir en la esfera de la postresurrección de Jesus”.[3]

Como vemos, la salvación no solamente es salvación futura, sino también salvación escatológicamente realizada en nosotros. Algo que se debe vivir en las dificultades, algo que se debe sentir en las alegrías y algo que no se puede esconder en nuestras debilidades. Pablo nos enseña constantemente que existe una apropiación personal en la vida salvada, tener la mente de Cristo en cada uno de nosotros es uno de los objetivos del cristiano, y que este baje desde nuestra mente hasta nuestros pies. La salvación encierra una cosmovisión existencial de la experiencia cristiana. De hecho, la resurrección no está en una salvación descarnada sino en la carne misma seremos resucitados. Así que lo tenemos en nuestras manos, lo que vemos con nuestros ojos y lo que sentimos en nuestra piel debe verse como toda una fenomenología salvífica.

Veamos a nuestro alrededor como algo que necesita ser salvado, no solo por el mensaje del Evangelio, sino con el Evangelio mismo en el amor hacia la misma creación. ¿Hemos pensando en salvar a nuestro vecino al ayudarlo y escucharlo? ¿Hemos pensado en salvar a nuestra cultura con nuestro testimonio? ¿Hemos pensando en salvar al necesitado con ayuda? Toda nuestra Tierra es el templo de Dios y necesita ser pensado en términos de ser alcanzados con el Evangelio.

El evangelio y la salvación que este ofrece no sólo trata de decir buenas palabras, sino de toda una cosmovisión que alumbra la misma existencia humana y la transforma en acciones vivas para la creación de Dios. Al momento que la Iglesia, ósea nosotros, hacemos de la salvación algo solamente fuera de lo físico, traicionamos lo que Cristo hizo en su ministerio en la Tierra: ayudar como el buen samaritano. Entendiendo que podemos mitigar todos los efectos de la caída, pero si mostrando la bondad de Dios para la creación.

Con esperanza en Dios.

JR GONZÁLEZ


[1] Clemente de Alejandría, El Pedagogo, Editorial Clie, página 71.

[2] A man in Christ, Harper and Row Publishers, página 308.

[3] A man in Christ, Harper and Row Publishers, página 193

 

Jesús Rodríguez González

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