Posted On 24/03/2026 By In Biblia, portada With 969 Views

Los Milagros en el Evangelio de Juan | Eugenio Fernández

Lupa Protestante

 

Los Milagros en el Evangelio de Juan
Una introducción muy personal al Cuarto Evangelio

Confieso que he llegado al Evangelio de Juan por caminos opuestos. Durante años lo leí —y lo enseñé— desde una fe reformada y dogmática, convencido de que la divinidad de Cristo era el núcleo irrenunciable de cualquier teología seria. Más adelante, empujado por el compromiso con los más desfavorecidos y por la incomodidad ante tanta metafísica de capilla, lo leí buscando al Jesús de carne y hueso, al profeta galileo que comía con los excluidos. Dos lecturas enfrentadas, a mi pesar, y yo en medio de las dos.

Lo que me ha devuelto a Juan —y lo que quiero compartir aquí— es algo inesperado:  en él, los milagros que relata  no aparecen como pruebas de poder sobrenatural ni tan siquiera como parábolas de justicia social, sino como lo que el propio evangelio  define como: “señales” (σημεα). Gestos que apuntan más allá de sí mismos. Ventanas a las que, si uno se acerca bien, dejan ver algo que no cabe en ninguna categoría teológica cómoda.

Un evangelio escrito desde la crisis

El Evangelio de Juan no es una crónica. Quien quiera que fuese que lo escribió —o quien quiera que fuese que lo compiló y lo editó, porque todo indica que fue una obra de varias manos y varias décadas— no pretendía hacer un registro histórico. Pretendía hacer teología. Y lo hizo de una manera que sigue siendo, dos mil años después, desconcertante.

El documento fue escrito para una comunidad en crisis: judíos que habían reconocido a Jesús como el Mesías y que, por eso, probablemente habían sido expulsados de la sinagoga farisaica. Era gente que había apostado todo por alguien y que ahora necesitaba entender la razón por la que valía la pena seguir en el camino. Ese origen explica mucho: la intensidad del documento, la definición conceptual, la densidad simbólica del mismo, y la urgencia de su llamado a creer, y a seguir creyendo, que se respira en cada página.

Y explica también por qué su lenguaje —la luz, las tinieblas, la verdad, la palabra— no tiene nada que ver con la filosofía griega, como se pensó durante mucho tiempo, sino con la literatura judía de aquella época: los manuscritos del Mar Muerto, los textos apocalípticos, la tradición rabínica. Juan es un evangelio profundamente judío que reivindica, con toda la fuerza de esa tradición, que el Dios de Israel se ha manifestado en Jesús de Nazaret.

Una cristología que viene de arriba

En los otros tres evangelios, Jesús nace. En Juan, simplemente estaba. “En el principio era el Verbo”: la primera frase del evangelio es ya un manifiesto. El “principio” que usa Juan es el mismo que abre el Génesis en hebreo —Bereshit, “en el comienzo”— y la conclusión que se impone es tan sencilla como devastadora: el que habló al crear el mundo es el mismo que habló en Galilea.

Por eso, en este evangelio Jesús habla de sí mismo de una manera que en los otros no aparece con esa claridad. “Yo soy el pan de vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy la resurrección.” Y, sobre todo: el simple “Yo soy“, sin complemento, que resuena directamente con el nombre divino revelado a Moisés “Yo soy el que soy y seré”. No es extraño que sus contemporáneos lo acusaran de blasfemia. “siendo hombre te haces Dios”.

Este Jesús no está interesado en gestionar expectativas. No viene a ser un profeta más en la lista. Viene a decir con una calma que resulta desconcertante, que “quien lo ha visto a él ha visto al Padre”. Eso, o es una locura, o es lo más importante que se ha dicho nunca. No es de extrañar que Pablo dijera más adelante que “era un escándalo para los judíos”.

Las señales: no poder, sino lenguaje

Los milagros en Juan reciben un nombre específico: señales, no “prodigios” (δύναμις), que es la palabra que usan los otros evangelios. ¡SEÑALES! (σημεα). La diferencia no es trivial. Un prodigio impacta, impresiona; una señal comunica. Una señal no te pide que te quedes mirándola atónito: te pide que sigas su dirección, que mires adónde apunta. Un prodigio asombra, mientras que una señal revela.

Juan organiza su relato en torno a siete de estas señales, y cada una ilumina un ángulo diferente de quién es Jesús. En Caná, donde convierte el agua en vino, se manifiesta su gloria por primera vez y sus discípulos creen. En la curación del hijo del funcionario, su poder no conoce distancias. En la curación del paralítico, su autoridad está por encima de la ley del sábado. En la multiplicación de los panes, es el pan definitivo, el que sacia de verdad. Caminando sobre el agua, domina el imposible. Devolviendo la vista al ciego de nacimiento, encarna lo que ha dicho de sí mismo, a saber: que es la luz del mundo. Y con Lázaro, llegamos al final de la línea: es la resurrección. Es la vida.

Son siete retratos del mismo rostro. Siete maneras de decir lo mismo desde ángulos distintos. Y lo que dicen, en conjunto, es que las obras que Jesús realiza no son suyas: son las obras del Padre. Cada milagro es una firma.

La paradoja de los que sí vieron

Hay algo en este evangelio que, cada vez que lo leo, me sorprende: los que vieron los milagros en directo, en muchos casos, no entendieron nada. Los testigos presenciales de la resurrección de Lázaro se dividieron: unos creyeron, otros fueron directamente a delatarlo. Los que comieron los panes multiplicados quisieron hacerlo rey de inmediato, por razones completamente equivocadas.

Juan no lo presenta como un fallo de las señales, sino como un fallo de la mirada. Ver no es suficiente. Hay algo que tiene que ocurrir por dentro para que lo que se ve se entienda. Y ese algo es lo que Juan llama “el Espíritu”. De ahí la frase que más me ha dado que pensar en toda mi vida como lector de este evangelio: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. No es un consuelo de segunda para los que llegamos tarde a la fiesta. Es una afirmación de que la fe mediada por el relato y por el Espíritu no es una fe disminuida. Es, según Juan, la forma plena del creer.

El Paráclito, o por qué el texto sigue vivo

Uno de los aportes más originales del Evangelio de Juan al pensamiento cristiano es su teología del Paráclito —el Espíritu Santo, el Consolador, el Abogado, según cómo se traduzca—. Y lo más sorprendente es lo que Jesús dice sobre su propia partida: “Os conviene que yo me vaya“. Conviene. No es una tragedia. Es la condición de posibilidad para que venga el Espíritu.

El Espíritu, según Juan, hace tres cosas esenciales: recuerda, interpreta y actualiza lo que Jesús dijo e hizo. Eso significa que las señales del evangelio no son reliquias históricas. Son textos vivos que el Espíritu activa en cada generación de lectores. Cada vez que alguien lee la resurrección de Lázaro y algo en su interior se mueve, eso no es solo emoción literaria. Es, según la teología joánica, el Paráclito haciendo su trabajo en nosotros de iluminación, confianza, consuelo y esperanza.

Esto me parece profundamente liberador. Significa que no es necesario haber estado allí. Y significa que la comunidad que lee este evangelio hoy —con sus dudas, sus crisis, su distancia temporal de los hechos— no está en peor posición que la comunidad original. Está exactamente donde Juan quería que estuviera.

A qué conclusión me lleva todo esto

Decía al principio que he transitado por posiciones cristológicas dispares. Y es verdad. He buscado un Jesús divino que justificara mi dogmática, y he buscado un Jesús humano que justificara mi ética política. Juan me ha obligado a dejar de buscar un Jesús que justifique lo que creo, lo que quiero, o lo que hago.

Porque el Jesús de Juan no encaja en ninguna de mis categorías transitadas. No es solo el Cristo cósmico que flota por encima de la historia. Tampoco es solo el profeta comprometido que podría aparecer en cualquier manifiesto de izquierda cristiana. Es el Logos que estaba en el principio y que se hizo carne; el que lloró ante la tumba de Lázaro y el que dijo “Yo soy la resurrección“; el que lavó los pies a sus discípulos y el que afirmó que quien lo veía a él veía al Padre.

Y la conclusión que me resulta imposible eludir es esta: si el fundamento de mi ética, de mi compromiso con los más desfavorecidos, fuera simplemente la imitación de un hombre bueno, ese fundamento sería frágil; porque los hombres buenos mueren. Sus ejemplos se desgastan y sus palabras se usan y se tuercen.

Pero si el fundamento es el Dios que crea por su Palabra, que se encarna, que muere y que resucita —el Dios que Juan presenta en cada una de sus señales—, entonces, ese fundamento no depende de mi coherencia, ni de mi constancia. Depende de algo que está antes que yo y que seguirá después de mí.

Esto es lo que los milagros del Evangelio de Juan me han enseñado: que son señales. Y que las señales no se contemplan; simplemente se siguen.

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Para seguir leyendo

Las reflexiones de este artículo deben mucho a autores que han acompañado mi lectura del Cuarto Evangelio a lo largo de los años. Entre los más influyentes: Oriol Tuñi y Xavier Alegre que fueron mis profesores de Licenciatura en la Facultat Teológica de Catalunya. Raymond E. Brown, cuyo monumental comentario al Evangelio de Juan sigue siendo una referencia insustituible; Francis J. Moloney, especialmente en su tratamiento de la bienaventuranza del creyente que no vio; Andreas Köstenberger, que ha desarrollado con precisión la función cristológica de las señales; y Secundino Castro, cuya lectura exegético-existencial del evangelio me acompañó mi formación. Para quienes deseen profundizar en el trasfondo judío del documento, los trabajos de James H. Charlesworth sobre Juan y los manuscritos del Mar Muerto son una entrada excelente.

J. Eugenio Fernandez Postigo

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