Posted On 19/05/2021 By In Antropología, Ética, portada, Teología With 627 Views

Sentirse como tierra seca: La sed del hombre por retornar al origen | Gabriel Burgueño

Sentirse como tierra seca: La sed del hombre por retornar al origen.

¿Cómo es que alguien que ha vivido la fe con intensidad y vocación puede llegar a un estadio del alma tal que se siente completamente absorbido y resquebrajado? ¿Acaso no es lo que nos imaginamos cuando pensamos en sentirnos como tierra seca? El rey David posee un patrimonio de emociones encontradas, de sentimientos hondos e interpeladores del viaje de fe en el que todos estamos inmersos.

David puede recitar una oración como: Cansado estoy de mi gemido, riego en llanto mi lecho cada noche, disuelvo con mis lágrimas mi cama”.[1] Y luego sorprendernos con una alegría inconmensurable: “Por eso mi corazón esta gozoso y mi alma exulta”. [2]

Y así como el Rey David caminó por el estrecho paso de la fe rumbo a la Nueva Jerusalén, así también lo hacemos nosotros. Claro, es cierto que los complejos entramados sociales, culturales, políticos, económicos y religiosos que atravesaban a este personaje distan mucho de aquellos que vivimos en la actualidad; pero esta pretensión de aplicar el método histórico-critico a la vida y experiencia en la fe me parece que es una pérdida de tiempo. No podemos estar pensando y reflexionando sobre nosotros mismos a la luz de nuestros predecesores en clave hermenéutica, porque a fin de cuentas el problema existencial del ser humano está claro en la Sagrada Escritura.

Sin importar el momento histórico al que nos remitamos, el creyente ha de entender aquel vacío del hombre que lo mueve a un sinfín de acciones, buenas, malas y terribles, como una pasión irascible hambrienta de volver al Origen. Ese vacío es más bien una sequía, ¡soy como tierra seca![3] Exclamaba el Rey David. Y cuánta razón tenía, él entendía muy bien las relaciones entre su actualidad y el deseo de retorno al Origen. Por eso quisiera examinar un poco la narrativa bíblica que da origen a la tragedia humana y nos marca una condición interior como la que experimenta el autor de esta frase del Salmo 143.

 

 El origen de la tragedia y la sed del retorno al Origen.

La dramática historia que se nos narra en los primeros capítulos del libro de Génesis, sobre Adán y Eva tentados por una serpiente, y de la caída de una gloria aparentemente ideal; la cual todos los hombres deseamos silenciosamente y por ella sufrimos una angustia desesperante que nos recorre por dentro hasta el último suspiro; es al final de toda especulación, una imagen que nos explica de un modo muy artístico, el origen de esas pasiones que se despiertan en nosotros, que sin hacer un juicio moral de ellas, nos enriquecen o envilecen según su género.

Esta imagen que nos regala Génesis 1 y 2 no busca satisfacer el hambre humana de responder a todos los detalles de nuestras interrogantes espontáneas, ni tampoco saciar la sed que nos debilita cuando no podemos resolver la ecuación que formula cómo es posible que Dios, siendo un ser puro y santo, justo y amoroso, permita el mal y culpe al hombre por ello. No. No hay en el relato del Génesis una respuesta satisfactoria para esta elocuente pregunta y esto es, porque su autor no estaba realmente preocupado por argumentar analíticamente una cuestión que es necesario que estuviera abierta hasta la manifestación visible y material del Ser que le da ser a todo, no solo ser, sino sentido, porque la existencia absurda sin la teología de la esperanza, no es cristiana. Ese apetito del hombre moderno de tener todo encuadernado y catalogado enciclopédicamente, para no sufrir el no tener los resultados precisos, ni el diagnóstico incuestionable de su enfermedad, pertenece a un espíritu ajeno al contexto literario, social y cultural de la biblia en general. ¡No busques saciar tu espíritu moderno en las Sagradas Escrituras!

Entonces Dios con fines muy pedagógicos acepta la mano del ser humano para plasmar, según las costumbres y normas del hombre en su marco histórico, una narración que traería aún más dudas que certezas. Y esto tiene mucho sentido, porque la duda es condición permanente del hombre “caído”. Arrastra la duda como Sísifo la roca, quien según Camus representa el absurdo de la vida.

La tragedia de nuestros padres se repite en un «eterno retorno» en el Hombre universal, quien vuelve a nacer constantemente de Eva, y que intenta una y otra vez reparar el daño causado por una transgresión, no al imperativo moral de obediencia y rendición total, sino a la renuncia de la comunidad amorosa y perfecta que conformaban con Dios. Aquí es donde  entra en juego la paradoja que Bonhoeffer nos retrata en su ética con minúscula: el pudor y la conciencia.

Muchos pensaran que la conciencia precede al pudor, pero no. No porque la conciencia representa aquel momento en el que tenemos un conocimiento moral valorativo, a través del juicio de la razón; en cambio el pudor es una respuesta pasional, ósea instantánea y espontánea, que no requiere de un juicio valorativo, sino que brota de suyo.

Para Bonhoeffer el pudor vive para recordar al hombre de su separación de Dios y de los hombres (todos los hombres: los actuales, los del pasado y los del futuro); mientras que la consciencia es un signo que ya asume su condición de separación respecto a Dios y acepta lo decadente de la vida. Lo acepta por dos razones simples, la primera porque todo lo que no es perfecto tiende a ser decadente, aun cuando en esa tendencia se pueda alcanzar un grado respetable de dignidad, siempre será muy inferior al Origen. La segunda razón es por el pesimismo histórico de los hechos humanos, donde pareciera que cuando damos un paso hacia adelante, retrocedemos varios más. Pero retomando el tema de la conciencia, esta se manifiesta con la voz negativa de la prohibición: “No debes. No tendrías que”.

En cambio, el pudor entonces se deja entrever en la vergüenza que Adán y Eva sintieron al verse desnudos. Ahora esa vergüenza se perpetúa en potencia en cada individuo de la especie humana, y en acto se realiza cuando captamos los primeros sabores de existencia en nuestra niñez. El pudor se actualiza cuando el hombre se vuelve creativo, argumenta Bonhoeffer, puesto que “se trata del recuerdo de la separación respecto del Creador, del robo al Creador, que se manifiesta en ella (la creatividad/creación humana)”.[4]

Este pudor es la viva prueba de ese “ocultamiento y descubrimiento[5] del hombre ante Dios y ante los hombres. Es, en términos aún más abstractos, la relación entre soledad y comunidad. Pero aun a pesar de ello, es decir, de este pudor; el hombre intenta superarlo cuando comienza a despertar en su conciencia y se le revela la posibilidad de una religación con la divinidad. El hombre y su deseo del Origen despierta esta conciencia, que comienza por el no debo hacer esto o aquello y en esa negación despierta al si debo. Pero este deber no es una forma o la forma vencer el pudor y comenzar un camino de unión con Dios, sino el intento del espíritu humano de reparar lo que rompió, mostrando-se que no se rinde ante la imposibilidad de recuperar el Origen.

 

Dios cubriendo el pudor y plantando la semilla de la esperanza que une nuevamente al hombre con el Origen.

Así como Eva y Adán se descubrieron desnudos y se ocultaron, así el hombre que vive en el pudor, se oculta de Dios y lo hace porque no cree que pueda religarse con él. Por otro lado, se presenta aquella conciencia que parte del imperativo de la negación, el “no debo”, que asume en el hombre un esfuerzo basado en la obediencia al poder como posibilidad de religación. Pero la gran noticia que nos ofrece Dios es que la vergüenza no será perpetua, ni el pudor condición angustiante para los hombres, sino que el Padre cubrirá nuestras carnes desnudas con la piel de uno con nuestra esencia. Esa piel que nos cubrirá no es un vestido prestado, sino que nos pertenece, es y será nuestro por completo y por siempre. Este vestido cubre aquella vergüenza que se apropió de nuestra dignidad y nos condiciono a vivir en una sequía existencial, que atormenta más que aquel infierno al que fue expuesto el rico que negó la caridad a Lázaro.

Cuando me doy cuenta que mi alma tiene sed de Dios, y de ese retorno al origen, pero a mí alrededor no hay aguas sino la aridez de la realidad, me gusta rezar:

[Oh, sequía de las sequías, que morabas en el alma del Rey David, quien exclamaba: “Soy como tierra seca”; no por mucho tiempo más reinarás sobre nosotros.

No podrás apoderarte de nuestra esperanza ni hacernos sucumbir ante la tentación de conformarnos con cualquier bebida aparentemente saludable. San Pedro nos abrió los ojos cuando a los pies del Salvador dijo: “Señor, solo tú tienes palabras de vida eterna”. Y la mujer samaritana al exclamar: “Señor, dame de esa agua”.

Ahí se reveló la fuente de la cual será regada toda la tierra de los vivientes, así como los canales de Egipto, seremos bendecidos por los manantiales que sacian hasta al más impío de los impíos]. (Oración a la angustia).

En ese símbolo que se representa en la figura de Dios cubriendo el pudor de los padres de la humanidad, se puede ver un anuncio escatológico impresionante. Porque, el discurso escrito hasta ahora, representa tan solo la tensión que se produce desde el momento de la transgresión hasta el momento de ser cubiertos por Dios. En ese efímero instante se encuentra todo nuestro peregrinar en la angustiosa batalla que se nos presenta cada día. Pero en el momento que Dios decide no desentenderse de aquella tragedia y acercar a ellos  su propia piel para cubrirlos, se manifiesta entonces el desenlace de toda la historia, Dios redime al hombre y lo devuelve a su origen.

Allí en el capítulo tres del Génesis se resuelve definitivamente todo el dilema humano. Aunque su estilo artístico literario no sea tan claro para nosotros, a la luz del nuevo testamento podemos comprenderlo con mayor claridad. La piel que cubre nuestra vergüenza es Jesucristo, quien nos reviste de sí mismo, Dios mismo es la víctima que propicia nuestras pieles redentoras, por eso dice San Pablo: “de Cristo os habéis revestido”[6]. Esto es sumamente liberador. Porque nos libra de seguir en esa constante de vivir entre el pudor y la conciencia del no debo, para abrirnos paso a la dimensión de la realidad de aquel Origen que experimentamos, ahora en parte, participando de la comunidad de Dios y de los hombres, quienes esperan con definitiva certeza que su restitución al Origen, es tan cercana como ese efímero momento entre la caída  por transgresión  del pacto amoroso y comunitario entre Dios y los hombre; y la redención de las pieles como vestidos de justicia perpetua.

Por eso mientras espero el tramo final rezo:

[Oh, sequía de las sequías, que morabas en el alma del Rey David, quien exclamaba: “Soy como tierra seca”; no por mucho tiempo más reinarás sobre nosotros.

No podrás apoderarte de nuestra esperanza ni hacernos sucumbir ante la tentación de conformarnos con cualquier bebida aparentemente saludable. San Pedro nos abrió los ojos cuando a los pies del Salvador dijo: “Señor, solo tú tienes palabras de vida eterna”. Y la mujer samaritana al exclamar: “Señor, dame de esa agua”.

Ahí se reveló la fuente de la cual será regada toda la tierra de los vivientes, así como los canales de Egipto, seremos bendecidos por los manantiales que sacian hasta al más impío de los impíos]. (Oración a la angustia).

Amen.

 


[1] Salmos 6; 7, Sagrada Biblia, Bover-Cantera, 3°edicion, B.A.C.

[2] Salmos 15;8ª, Sagrada Biblia, Bover-Cantera, 3°edicion, B.A.C

[3] Salmos 143; 5e, Reina-Valera 1960.

[4]  D. Bonhoeffer, ética, pag. 13.

[5] Ibíd. 12.

[6] Gálatas 3; 27b, Reina- Valera 1960.

Gabriel Burgueño

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