mireia vidal

Posted On 13/03/2020 By In Opinión, portada With 827 Views

“Revuelta de mujeres en la Iglesia”: una mirada feminista protestante (parte 1)| Mireia Vidal i Quintero

Desde el pasado 1 de marzo, y hasta el día 15, se están celebrando múltiples concentraciones a lo largo y ancho de la geografía española que pretenden así visibilizar una reivindicación centenaria, la de la igualdad de las mujeres, también en la Iglesia. Las concentraciones responden a la convocatoria que varias asociaciones feministas (entre muchísimas otras los grupos locales de Mujeres y Teología, la Red Miriam de Espiritualidad Ignaciana Feminista, Fe Adulta o LBTI Creyentes) han lanzado bajo el lema “Revuelta de Mujeres en la Iglesia: Hasta que la igualdad sea costumbre”, cuyo portal en internet puede verse aquí.

La movilización española no es única. Se enmarca en el movimiento global de mujeres católicas, ya imparable, que ha cristalizado recientemente en iniciativas como Voices of Faith. Varios factores explican esta nueva fase global del feminismo en la Iglesia, una nueva ola que ya ha conseguido visibilizar la histórica discriminación de las mujeres en la Iglesia católica así como la necesidad de reforma como nunca antes. Por un lado, el #MeToo eclesial que ha hecho públicos los abusos a religiosas, conocidos desde hace años en el interior de la institución, pero encubiertos por silencios y complicidades. Por otro, la frustración por la incapacidad del papa Francisco para responder de forma efectiva al reto del papel de la mujer en la Iglesia católica. Sus declaraciones sobre la precedencia de la tradición en la cuestión del ministerio femenino ante la plenaria de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) en mayo del pasado año, cuando parecía haber tomado anteriormente una postura si no más aperturista, al menos sí más constructiva (creación de la comisión de estudio del diaconado), ya preludiaban sin embargo el carpetazo que el papa ha dado al diaconado femenino en su reciente exhortación post-sinodal  este pasado febrero. Esta cerrazón  no sólo refleja el conservadurismo machista endémico de la jerarquía católica y el peso del aparato vaticano, sino también la propia incomodidad del papa en la cuestión. Pero existen también otros factores ambientales que explican la fuerza con la que ha surgido ahora la reivindicación por la igualdad de las mujeres en la Iglesia católica. Sin duda, uno es la fortaleza, al menos en cuanto a capacidad numérica y de convocatoria, que ha tenido en tiempos recientes el movimiento feminista, particularmente en España: las manifestaciones del 8 de marzo han sido multitudinarias en los últimos tres años en las principales ciudades españolas. Otro, menos evidente para quien no está en “el mundillo”, pero mucho más primordial y esencial, es el trabajo de trincheras que las asociaciones feministas cristianas han ido haciendo en España desde los años 70, y particularmente desde los 80 hasta la actualidad, en ambientes muy hostiles, donde la coherencia personal y el llamado a la vocación a menudo se han pagado – y se siguen pagando- muy caros.

Mi servicio actual como secretaria de la Asociación de Teólogas Españolas, uno de los grupos que ha contribuido desde un perfil claramente académico a la recepción y desarrollo de la teología feminista en España desde los años 90, y que suscribe también la convocatoria de la Revuelta, me ha permitido asistir desde primera línea al desarrollo de los últimos eventos. Lo que sigue a continuación es una reflexión al hilo de la Revuelta desde mi propia posición denominacional, que es protestante.

La pregunta es obvia: ¿dónde estamos las mujeres teólogas feministas protestantes en todo esto? La respuesta también es obvia: no estamos. A menudo, no sin enormes dosis de frustración, me pregunto por qué el catolicismo consigue movilizar extensas redes de cooperación de mujeres en España, y en cambio el protestantismo no lo hace. A veces se apela  a una forma de hacer teología distinta entre protestantes y católicos, más individualista la primera, más colectiva la segunda. En el campo de la teología feminista europea, esto se ha traducido como una manera de hacer teología desde el sur distinta a la del norte. Tengo serias dudas de que esto sea así, y, al menos por lo que a la teología feminista se refiere, diría que un factor con mayor poder explicativo es el conservadurismo sociológico de los países católicos del sur, que ha aglutinado la respuesta feminista católica a múltiples niveles.  Una mejor respuesta a la pregunta, y con la que a menudo me he conformado, es que en España ser teóloga feminista, y ser protestante, es una imposible conjunción de opuestos ontológicos. Se trata también de una cuestión numérica: la vieja línea que divide a los protestantes conservadores y a los liberales todavía está activa en la cuestión feminista, y aquello que se conoce como protestantismo liberal, donde teóricamente el feminismo podría encontrar un espacio propicio, es numéricamente inferior al conservador. Pero esta también es una explicación engañosa. No es la posición “ideológica” (o no lo es solamente) lo que define la ausencia de una teología feminista protestante española. La situación es en realidad mucho más compleja.

La identidad produce a menudo un curioso efecto de visión en túnel, porque invita a definir la realidad en opuestos. “Nosotros somos lo que aquellos no son”, reza una de las premisas básicas de la Teoría de la Identidad Social desarrollada por Henry Tajel. De aquí que el binomio conservadores-liberales siga siendo un mecanismo de definición tan poderoso en el protestantismo español, con gran peso heurístico en el protestantismo “liberal”, pero quizá no tanto en el conservador, diría yo, precisamente por la posición numéricamente minoritaria del protestantismo “liberal”. Por otro lado, durante los pasados años el debate intra-identitario protestante ha sido muy bronco en España, y a menudo se ha reducido de forma simplista al debate en torno a la aceptación o rechazo del matrimonio entre personas del mismo sexo. La virulencia de algunos posicionamientos y la polarización de opiniones ha arrojado luz sobre esa masa “media” del protestantismo español, que dependiendo del tema se halla más cerca de un polo o de otro, pero que ya no responde a la clásica división sociológica entre conservadores/liberales. Un buen ejemplo de que esta división necesita corrección es precisamente el de la presencia de “conciencia de género”, que es la raíz del feminismo, en espacios más bien conservadores. Así, hace unos meses en Madrid se lanzaba la plataforma “Seneca Falls”, aglutinada en torno a lo que su coordinadora, Asun Quintana, define como “feminismo bíblico” (puede encontrarse aquí la entrevista completa). Su objetivo es el de “concienciar e influir para la igualdad de la mujer en derechos y libertades, tanto en la iglesia como en la sociedad”. Aunque yo no tenga muy claro qué es exactamente el “feminismo bíblico”, más allá de un anacronismo evidente que consigue el pase gracias al márketing evangélico que apostilla con el adjetivo “bíblico” todo lo que produce con el fin de hacerlo comerciable, me alegro sinceramente de la aparición de este proyecto. ¡Al fin ser “feminista” y “protestante” ya no es un oxímoron! (?) Porque “la igualdad de la(s) mujer(es) en derechos y libertades” ha sido, y es, el objetivo histórico del feminismo y de la teología feminista, que lleva años presente y picando piedra en nuestro país. Bienvenidas sean… aunque huyan de la etiqueta “feminista” como de la peste y pretendan desparasitarla con la de “bíblico”.

Pasemos ahora a lo de “teólogas”. Es aquí, en realidad, donde a mi juicio está la dificultad de la convergencia entre feminismo, teología y protestantismo. Tal dificultad no se reduce solamente a la debilidad estructural de la educación superior protestante en España, y a la minoría numérica que es el protestantismo como tal frente al catolicismo, aunque ambos factores deben tenerse en cuenta. También las mujeres católicas encuentras numerosas dificultades y obstáculos cuando quieren acceder a la educación superior teológica, sobre todo si son religiosas: estudiar “vida consagrada” está bien, pero un doctorado en teología sistemática o bíblica no es tan necesario para la congregación. Sí lo es, sin embargo, para las ramas masculinas de las mismas congregaciones, o para los sacerdotes diocesanos. Las laicas tampoco lo tienen fácil, primero porque son laicas (y por tanto se las desincentiva a estudiar teología activamente), y segundo porque tienen que costearse ellas mismas los estudios de teología, en cuyo caso acaban sólo pudiendo acceder a ellos cuando han estudiado otras carreras y gozan de una estabilidad profesional y económica que les permite matricularse en una segunda carrera universitaria. En otros casos, no estudian teología, sino disciplinas afines, como filosofía, magisterio (educación), o historia, y luego dan el salto a la teología. Y, sin embargo, puedo fácilmente dar los nombres de quince mujeres católicas doctoras en teología. Por el contrario, sólo puedo dar con la misma facilidad el nombre de tres mujeres protestantes doctoras. No se trata de una cuestión numérica en relación al catolicismo, o solamente atribuible a la dificultad que tienen las facultades protestantes en España por mantenerse: puedo dar también el nombre de diez hombres protestantes doctores en teología con facilidad, mientras que sólo puedo dar el de dos de mujeres protestantes doctoras en teología, cinco si abrimos el abanico a campos afines como historia o filosofía, en cuyo caso también deberíamos abrirlo para los hombres. Esta desigual conformación se confirma si acudimos al número de mujeres docentes en las facultades protestantes españolas acreditadas: según datos del actual curso académico (2019-2020) disponibles en sus webs, las cinco facultades cuentan en total con 111 profesores, de los cuales sólo 19 son mujeres (17.1%). Sólo 2 de éstas son doctoras en teología (pero sólo una es española). Estas cifras se ven igualmente confirmadas por la composición de género en mis propias clases: este semestre imparto un curso con 12 alumnos, 3 de los cuales son mujeres (pero sólo una de ellas es española). La conclusión parece pues obvia: las mujeres protestantes españolas raramente acceden a la formación teológica superior, y cuando lo hacen todavía en menos casos optan por la formación a nivel de master o doctorado.

Las razones de este déficit son varias. A menudo, las mujeres que asisten al seminario encuentran pareja durante los estudios, y al concluirlos tienen dificultad para conciliar la vida familiar y la profesional, además de la que encuentran para poder ejercer un rol pastoral deslindado del de sus compañeros, pues son vistas como las esposas de los pastores (un rol que, dicho sea de paso, para algunas es la razón de sus estudios, pues de entrada perciben su papel como subsidiario al ministerio de sus maridos). No se trata sólo de falta de vocaciones, que afecta por igual a la práctica pastoral y académica de la teología, y que es ciertamente una dificultad (aunque la Iglesia católica la sufre crónicamente a una escala mucho mayor). Se trata más bien de los pocos incentivos que las mujeres protestantes reciben para comprometerse en una carrera académica en el campo de la teología a largo término. En este sentido, la situación del protestantismo español en general, al menos en cuanto a su vertiente académica y pastoral, es muy parecida a la de las mujeres en el mundo católico: no accedemos con normalidad a los ámbitos de decisión y al ejercicio de la palabra pública. Esto en parte replica la situación del contexto social español más amplio, que sigue siendo muy desigual (brecha de género en los salarios, techos de cristal, etc.), pero también refleja la falta de modelos femeninos en los que inspirarse en nuestras comunidades: hay pocas pastoras (sería interesante que alguien hiciera una encuesta sobre el número real de mujeres pastoras en nuestro país), pero también muy pocas mujeres que sean profesoras en las escuelas dominicales de adultos o mujeres que regularmente prediquen desde el púlpito, por ejemplo. Y esto a pesar de que la membresía femenina supera a la masculina, también en las iglesias protestantes. En este sentido, es sintomático que las iglesias protestantes españolas, que practican la libre lectura y escrutinio de las Escrituras, y cuyo eje cúltico es la exposición de la Palabra, reserven los espacios de cátedra, esto es, de ejercicio público y autoritativo de la palabra, mayoritariamente para los varones. Y ello sin mucha oposición, cabe añadir.

Visto este cuadro, lo raro es que las mujeres protestantes no estemos participando en la “Revuelta de Mujeres en la Iglesia”. ¿O es que creemos que esto no va con nosotras? ¿Seremos tan ingenuas e ingenuos en nuestras comunidades creyendo que lo tenemos superado, y que el gen patriarcal es sólo muestra de lo retrógrada que es la Iglesia católica? ¿O tan ajenos a la realidad que no identificamos las desigualdades de género presentes en nuestras iglesias? ¿Creeremos que la lucha por la igualdad no es un principio inspirado en los valores evangélicos? Habrá quien así lo crea; son muchos,  incluso en el protestantismo español, quienes no aceptan el ministerio de las mujeres, o bien lo restringen con argumentos enraizados en el fundamentalismo más rancio. Estos, al menos, tienen claro lo que creen. Pero más preocupante es cuando aquellos comprometidos con tal igualdad teóricamente no consiguen traducir el compromiso a la práctica, o ni siquiera caen en la cuenta de que participan en perpetrar tal desigualdad, ya sea porque la cuestión de la mujer “ya está lograda” o porque tome una posición secundaria frente a la ciertamente crítica y agobiante preocupación por la supervivencia (pero en cuyo caso, ¿supervivencia a costa de qué, y para qué?). Tal como decía Gerda Lerner, el patriarcado no implica que las mujeres carezcan por completo de poder o que no tengan ningún derecho, influencia o recursos. Implica sin embargo un dominio de los “medios de producción”, también de los simbólicos, por parte de los hombres. Pero ya lo dice el lema de la Revuelta de Mujeres: “Hasta que la igualdad sea costumbre”. Y “costumbre” no será hasta que las presencia de las mujeres en el atril o el púlpito ya no sea minoritaria, esporádica o excepcional en nuestras muy diversas iglesias protestantes españolas. Lo será cuando sea paritaria, normal y cotidiana.

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