Posted On 10/11/2021 By In Ética, Historia, Opinión, portada With 318 Views

André Trocmé o la banalidad del bien | David Galcerà

Hannah Arendt hizo famosa la expresión “banalidad del mal” en su estudio sobre la personalidad de Eichmann, el arquitecto de la infraestructura del genocidio nazi de los judíos. Con esa expresión se refería la pensadora judía a que el mal no tiene profundidad, que muchas veces es fruto de la irreflexión y que es llevado a cabo por individuos grises o corrientes, no por monstruos o demonios. Pero, ¿podemos decir lo mismo sobre el bien?  Enrico Deaglio, por analogía y  contraste,  tituló su obra sobre Giorgio Perlasca (el embajador que en Hungría salvó a muchos judíos de ser deportados) como “La banalidad del bien” para referirse a la bondad que nace de manera cotidiana, casi anónima. Tanto en un caso como otro se ha cuestionando si realmente podemos hablar de “banalidad”, si Eichmann era tan corriente e irreflexivo y si Deaglio, antiguo fascista, era tan inocente. En cualquier caso, más allá de si Eichmann o Perlasca eran buenos ejemplos, el uso de ambas expresiones se ha extendido y también distorsionado, pero podemos aplicarlas para referirnos a aquellos casos de personas que ni son monstruos (por el mal) ni héroes (por el bien), sino personas normales que, en el caso del bien, hicieron lo que consideraron que debían hacer como algo natural.

Un ejemplo que encarnaría este concepto de banalidad del bien es el de la comunidad protestante de Le Chambon-sur-Lignon en Francia durante la segunda guerra mundial, comunidad dirigida por el pastor André Trocmé (1901-1971) y su esposa Magda (1901-1996). En esta comunidad se ayudó a muchos refugiados, entre ellos españoles que huían del franquismo y, sobre todo, a numerosos judíos para librarlos de la deportación. Es éste, pues, un vivo ejemplo de la actitud de algunos cristianos que consideraron que su deber no era la indiferencia ni la neutralidad, ni siquiera la obediencia al Estado, cuando estaba en peligro la vida de seres humanos. Nos centraremos en la figura del pastor, que por ser el alma de esa comunidad, condensará en sí ese bien que practicaron los habitantes de esa localidad francesa.

Trocmé era hijo de padre francés y su madre era hija de un pastor y profesor alemán. Su mujer descendía de un militar italiano y tenía ascendencia rusa por parte de madre. Así que ambos tenían familia que en cierto modo estaba al “otro lado”, que pertenecían a los países beligerantes bajo la bandera del nazismo y del fascismo. Pero ambos tenían también la herencia de la tradición de los perseguidos por el despotismo. Trocmé recogía la herencia de los protestantes franceses perseguidos especialmente de una manera abierta bajo Luis XIV, cuando éste revocó el Edicto de Tolerancia en 1685, hasta que con la Revolución francesa terminó definitivamente la marginación social política y religiosa de aquellos protestantes del país galo. Magda era por parte de madre, descendiente de uno de los decembristas, los revolucionarios que se opusieron al zar en el primer cuarto del siglo XIX, lo que obligó a emigrar a la familia.

Antes de centrarnos en esta pequeña localidad del sur de Francia, tengamos en cuenta la situación del país galo en aquellos años. La mitad de Francia estaba ocupada, y el gobierno de Vichy, de la supuesta Francia libre, colaboraba con el enemigo nazi. Y lo hizo también en lo que respecta a la deportación de los judíos a los campos de concentración y de exterminio. La ignominia del colaboracionismo queda patente en la Le Chagrin et La Pitié (1971), la película documental que Woody Allen, dando vida a Alvy Singer en su película Annie Hall, no puede dejar de ver una y otra vez. La película de Marcel Ophüls trata sobre la ocupación y la Resistencia, pero también sobre el antisemitismo. Especial relevancia tiene el repugnante caso del “velódromo de invierno” de París, en julio de 1942, en cuyo recinto fueron reunidos unos 7.000 judíos, incluyendo niños. Aun cuando los alemanes habían impuesto el límite de 16 años de edad para poder ser deportados, los colaboracionistas rebajaron esa edad. Sin comida ni bebida durante días, miles de personas estuvieron en el velódromo antes de ser llevados a los campos de concentración y de exterminio. Los niños fueron deportados, y no volvieron. Como destaca en el film Claude Levy, biólogo y escritor, que fue deportado a Dachau por estar en la Resistencia, en Francia se aprobaron leyes más racistas que las de Núremberg. Durante años no hubo un reconocimiento oficial por parte del Estado francés en esos hechos. Fue Chirac, un político conservador, quién de manera ejemplar pidió perdón por la colaboración francesa en el exterminio nazi de los judíos.

Le Chambon-sur-Lignon tenía una fuerte tradición y presencia de perseguidos protestantes. En ese lugar Trocmé y su ayudante Édouard Theis fundaron la escuela Cévenol, fomentando la hermandad internacional. La idea de la escuela fue sugerida por Magda, por su experiencia en Torre Pellice, centro valdense, donde estuvo en una escuela. Pero lo más llamativo de la figura de Trocmé es la doble vertiente de su postura comprometida contra la guerra y el nazismo. Trocmé descubrió bien pronto el pacifismo. Vivió de cerca la Gran Guerra. Sintió el mal que hacen los conflictos bélicos y la división que crea entre los seres humanos. De hecho, los Trocmé fueron obligados a recibir como huéspedes oficiales alemanes en el  norte de Francia, en Saint-Quentin, localidad que sirvió como base de un hospital de ejército alemán. Curiosamente el primer encuentro con un objetor de conciencia fue con un alemán, Kinder, que dijo que jamás mataría a un francés, porque eso era lo que Dios demandaba de él como cristiano.  Y llegó un momento en que André  Trocmé, como si se tratara de un llamado, de una vocación cristiana, se declaró pacifista. Y llegó a ese descubrimiento a través del “enemigo”.

El pacifismo le creó problemas a Trocmé en su ordenación como pastor de la Iglesia Reformada de Francia. Pero no quiso firmar la renuncia a sus ideas  ni a su divulgación, y se negó a cambiar de postura respecto a su afirmación de que no lucharía ni siquiera por Francia. Argumentaba su pacifismo diciendo que la violencia generalmente no resuelve los problemas y que engendra más violencia. Pero no condenaba a quienes luchaban, y entendía su postura; consideraba, además, que no siempre era evitable el conflicto.

El otro aspecto destacado en este contexto histórico es la resistencia entendida como ayuda a los judíos y a cualquiera que quisiera encontrar refugio o huir del nazismo. Resistir es “salvar las vidas físicas y morales de seres humanos”. El 23 de junio de 1940 caía Francia. Y por ello, en esa negra noche del nazismo, el pastor exhortaba con estas palabras: “resistir la violencia que caerá sobre nuestras conciencias mediante las armas del Espíritu”. En mayo 1941 Trocmé participó en el Sínodo Nacional de la Iglesia Reformada de Francia. Pidió que se resolviera una postura pública a favor de los judíos. El presidente de la Federación Protestante de Francia y del Concilio Nacional de la Iglesia Reformada de Francia se mostró contrario. Boegner, aun siendo un luchador contra el fascismo dentro de la iglesia reformada francesa, temía a Hitler y dijo que a lo que él le preocupaba era la “supervivencia física del protestantismo francés”. Trocmé ni siquiera pudo leer su alegato. Dijo que “estaba avergonzado de la decisión de la iglesia reformada de Francia de mantenerse en silencio”. Afortunadamente, ello no impidió la actitud de las iglesias de diferentes denominaciones cristianas. En Le Chambon-sur-Lignon muchos cristianos crearon toda una comunidad de ayuda y resistencia, con la ayuda de la financiación de los cuáqueros. Se montó toda una red clandestina de apoyo a los judíos de Francia y de otros lugares, ocultándolos, dándoles pasaportes falsos para poder escapar. Tristemente, la obra de Trocmé no fue reconocida por Boegner al terminar la guerra.

El contrarrevolucionario francés De Maistre, defensor del Antiguo régimen y enemigo acérrimo de los protestantes, en una de sus célebres obras había dicho que él no conocía hombres, sino franceses, ingleses, etc. En cambio, para Trocmé, como declaró enfáticamente, no había judíos, franceses o alemanes; sólo hombres. Trocmé, en un sermón a propósito del texto de Deuteronomio 19, dijo que no sería derramada sangre inocente, y que había que ofrecer refugio al que lo necesitara. Es más, la práctica natural del bien llevaba a que se tratara al enemigo también como ser humano. Cuando dos gendarmes vinieron a detener a André, su esposa Magda les ofreció una cena. Pocas veces la sabiduría ha sido tan justificada por sus hijos. Lejos de cualquier romanticismo, estas actitudes no les libraron a quienes las practicaron  de la ira del enemigo. Junto a Édouard Theis y Roger Darcissac, otro colaborador, Trocmé fue detenido por la policía de Vichy e internado en un campo-prisión cerca de Limoges, pero fueron liberados un mes más tarde.  Posteriormente el pastor fue detenido por la policía alemana en Lyon en 1944, pero logró escapar. E informado de que eran objetivo de la Gestapo para matarlos, Theis y él se escondieron durante un tiempo hasta liberación de Francia en junio de 1944. Distinto final corrió su sobrino Daniel Trocmé, detenido y enviado al campo de concentración de Majdanek, donde falleció.

Tal vez el pacifismo de Trocmé pueda parecer ingenuo, como lo fue el de Gandhi, quien  creía que con la no-violencia se podría parar a Hitler; de hecho, esta postura pavimenta el camino a los sistemas totalitarios que no gustan de la filantropía. En situaciones históricas como éstas, parece más realista la postura de Bonhoeffer, quien abandonó su pacifismo para luchar contra el mal, aunque para ello hubiera que formar parte del mal también. En cualquier caso, después de la guerra, Trocmé apostó por la reconciliación y no por la venganza. Participó en organismos internacionales para buscar la paz y la resolución de conflictos. Destaca su lucha contra el armamento nuclear y, de manera especial, su implicación en el conflicto colonial entre Argelia y Francia. Denunció la postura explotadora de Francia. Y se rebeló contra la violencia que en estas circunstancias se desata. Fue especialmente activo en denunciar la tortura, que para él forma parte de la guerra. Para él la tortura era un medio sagrado de querer imponerse al otro, al que se ve como un sacrificio necesario para restituir el bien de la comunidad, como sucedía en la antigüedad griega con el sacrificio del pharmakós o del Homo Sacer romano del que nos ha hablado Giorgio Agamben. Así, la guerra y la tortura son formas sagradas de violencia que usurpan la paz de Dios.

André Trocmé fue reconocido como justo entre las naciones por Yad Vashem, como también lo fue la localidad francesa como colectivo. Sin embargo, sorprende lo poco que es conocida su historia y la de la comunidad protestante francesa. Casi podríamos decir que unos 5.000 cristianos salvaron a unos  5.000 judíos y demás refugiados. Pero no dieron publicidad a sus hechos. Es más, muchos que conocían algo de esa obra oculta quedaron sorprendidos del alcance, más allá de lo esperado, que había tenido toda esa labor callada en ese enclave francés. Entre los que desconocían la medida del valor y de la naturalidad con que los habitantes de Le Chambon dieron refugio a tantos judíos, se encontraba un niño judío de esa localidad, a la que regresó de mayor. Se trata de Pierre Savauge, quien al entrevistar a los que fueron sus vecinos sobre lo sucedido para su película, titulada significativamente Las armas del espíritu (1987), se quedó asombrado de que fueron muchos los buenos samaritanos que hicieron el bien sin querer hablar de ello, como si su mano derecha ignorara lo que había hecho la izquierda. El otro factor que dio publicidad a la comunidad fue el libro Lest Innocent Blood Be Shed: The Story of the Village of Le Chambon and How Goodnes Happened There (1979), de Philip P. Hallie, quien también tomó la primera parte del título, con una pequeña variación, de una frase de André Trocmé. Para Hallie es esa localidad se produjo una “conspiración de bondad”.

Savauge descubrió que Albert Camus había estado durante la guerra, convaleciente por una enfermedad, en esa región francesa, y que tenía que conocer lo que estaba sucediendo en esa localidad. Eran los años en que estaba escribiendo La peste. Coincidencia o no, lo cierto es que Trocmé se parece más al agnóstico doctor Rieux que lucha con sus manos contra la epidemia de la peste que al padre Paneloux, que tiene explicaciones teóricas y teológicas para el mal. Para Trocmé, la respuesta a la pregunta sobre el mal no es exhaustiva en la Biblia. Tiene más sentido buscar la liberación del mal que preguntarse el porqué. Y esto está en consonancia con su idea de que el mensaje cristiano ha de entenderse como liberación, como jubileo, tal como anuncia Jesús en el tercer evangelio. Es lo que Trocmé desarrolló en su obra Jesus and the Nonviolent Revolution,  cuyas tesis influyeron en gran manera en la obra de un autor como Howard Yoder en Politics of Jesus. Trocmé se distanció de la lectura pietista y moralista de la Biblia, criticando a la iglesia que vive muros adentro y que entiende que esas causas por las que lucharon en Le Chambon son externas al Evangelio. Y, sin embargo, cuesta encontrar un ejemplo que encarne mejor el evangelio como éste, como si alguien lo hubiera pensado como una serie ilustrada del Sermón del Monte.

David Galcerà

 

Bibliografía recomendada:

A parte de las ya mencionadas, recomiendo la siguiente obra para seguir las ideas de Trocmé y de su esposa a través de diversos documentos personales: Pierre Boismorand, Michael D. Bess  et al.  (ed.), Magda and André : Resistance Figures, McGill-Queen’s University Press, Momtreal-Kingston, 2014.

 

 

David Galcerà

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