Posted On 09/02/2022 By In Opinión, portada With 254 Views

¿De verdad… la Verdad? | Juan F. Muela

Vivimos, dicen, en la era de la post-verdad. De la verdad líquida, ya hasta gaseosa, diría yo. Nuestra cultura occidental contemporánea, seguramente por cansancio y desencanto y como reacción ante la autocomplacencia arrogante de la Modernidad ha perdido todo sentido de seguridad y afirma que no existen cosas tales como “verdades evidentes”, o una verdad objetiva, universal o absoluta. Toda nuestra comprensión de la realidad se supone que está tan cultural e incluso personalmente condicionada, que es, no ya relativa sino muy relativa y aún así, es lo que hay, sirve, nos tiene que servir, pues todo el mundo tiene derecho a su propia verdad que es tan válida (en realidad tan inválida) como cualquier otra. Ya no existen dogmas universales pero se han multiplicado por millones los dogmas particulares. La opinión personal se ha entronizado de forma incontestable, aunque en muchas ocasiones, sea la opinión del ignorante y del desinformado.

Al fin y al cabo, en última instancia, la verdad es una construcción social, convencional, modificable, provisional e instrumental, aunque, eso si, para no caer en el caos tenemos que vivir como si existieran verdades absolutas aunque afirmemos que no existen. Aunque solo sea para sostener mínimamente la cordura y la convivencia. Porque, en el fondo, sabemos que, en caso contrario, así no hay quien viva. De hecho, en la vida cotidiana, distinguimos verdad relativa, de verdad a secas según la ocasión y nuestros intereses. Nadie puede ser verdadera y radicalmente relativista. Es una actitud moral, espiritual, mental y hasta físicamente, autodestructiva. El nihilismo, como ya es sabido, tomado en serio, sólo puede conducir, coherentemente, al suicidio.

Así que nos hallamos atrapados en una trampa terrible, en un dilema insoluble: Por un lado decimos que es imposible acceder a la verdad. Por otro creer, tener confianza en que tiene que haber una verdad última que dé sentido a todo es una necesidad existencial, una vocación irrenunciable a la que siempre ha aspirado todo ser humanos. Buscamos, necesitamos, esa verdad que dé fundamento y sentido a todo aunque día a día evidenciemos cuán lejos estamos de poder alcanzarla por nuestros propios medios.

Y sí, ser un buscador de la verdad es un buen principio pero no basta. Kierkegaard ya había dicho: «No puedes alcanzar la verdad persiguiéndola sino dejándote atrapar por ella». Esa también es la paradoja y la propuesta cristiana: efectivamente, el ser humano no puede atrapar ni encontrar la verdad última que dé sentido a todas las demás verdades por sí misma. Esa iniciativa le tiene que venir de fuera, digamos «de lo Alto». Y es que la cuestión de la verdad, es, en última instancia, la pregunta por Dios, algo tan obvio como inevitablemente humano.

Y eso es exactamente lo que miles de millones de seres humanos en la Historia, judíos y gentiles, y cristianos al fin, testimoniamos que se ha revelado. Dios se ha hecho Verdad en Jesús de Nazaret y lo ha hecho no teorizando con una verdad hecha discurso sino haciéndose carne, uno de nosotros, haciéndose Camino para conducir a la Vida.

Los cristianos no afirmamos creernos en posesión ni de la Verdad ni de las “verdades” absolutaa pero sí que estamos convencidos de que la clave para acceder a esa verdad (no para poseerla sino para ser poseídos por ella) consiste en dar crédito y confianza (eso es fe) a Aquel que dijo de sí mismo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie viene al Padre sino por mí”. Palabras que sólo podría decir Dios mismo…o, como dijera Lewis, un loco o un farsante.

Porque, como bien dice John Stott las reivindicaciones del cristianismo, sus pretensiones de verdad, son (o deberían ser en todo caso), en esencia, las pretensiones, las afirmaciones de Jesús mismo : “No tengo ningún deseo en particular de defender el cristianismo como sistema o la iglesia como institución. La historia de la Iglesia ha sido, por decirlo suavemente, bastante agridulce, combinando lo heroico y sublime con actos vergonzosos. Pero no nos avergonzamos de Cristo que es el corazón y centro del cristianismo”

¿Y Cuál es esa verdad con respecto a Jesús? ¿Qué ha traído consigo ese profeta de Nazareth desprovisto de poder, de dignidad, de filosofía que llamaba a todos a ser «militantes para un mundo nuevo»? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando, primero, poco a poco, oscuramente, a través de testimonios muy condicionados por cierto, desde Abraham, Moisés, los profetas…Ahora conocemos su rostro, ahora podemos acercarnos a Él, ahora podemos llamarle Padre, podemos interactuar con Él, podemos sabernos perdonados y aceptados, podemos sentirnos amados y amarle más allá de toda condición. Podemos recibir de Él la vida que nunca conocimos ni tuvimos. Ahora sabemos el camino a seguir. Jesús ha traído a Dios y con él la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino. Sólo en él hallan sentido último la fe, la esperanza y el amor. Aunque sigamos sin entender, ni saber explicar, tantas cosas. Aunque la mayoría de «nuestras verdades» sean tan precarias como provisionales.

Frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través de la plena autonomía, la autosuficiencia, la tecnología y la economía garantizará todo a todos, Él contrapone a Dios como auténtico bien del hombre. Y a los hombres se pide una respuesta a este don: conversión y fe (cambio de actitud, seguimiento, confianza y fidelidad) a y en este mensajero que es a la vez el mensaje: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. El único capaz de vencer a la gran y última enemiga de todo y de todos en sus múltiples manifestaciones: la Muerte.

Esa es la verdad que creemos y que proponemos al mundo: que en la persona de Jesús se da, de hecho, la verdad personificada, encarnada, y que esa verdad, no es especulativa ni teórica sino que debe ser experimentada, transitada y vivida y que así, se convierte en criterio y juez de todas las demás verdades que se pretendan como tales. Y poco más podemos añadir o aclarar sobre esto salvo, quizá, las palabras del poeta:

 

«¿Tu verdad?
No. La verdad
Y ven conmigo a buscarla
La tuya, guárdatela”

 

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