Posted On 28/05/2021 By In Opinión, portada With 425 Views

Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes: la vuelta del tradicionalismo y los populismos fundamentalistas | Juan Calvin Palomares

Tiempos complejos fueron los de la España del s. XVIII, tiempos distintos a los narrados por las historiografías liberales del s. XIX, a eones del rechazo, por momentos delirante, de Menéndez Pelayo. Uno de los ejemplos que ilumina, de forma distinta a la de la historiografía que ha dominado hasta las recientes actualizaciones este siglo, es la pluma del padre Isla, satírica pluma, llena de buen sentido del humor. El laberinto de cambios dinásticos, la entrada de los Borbones, quienes contribuyeron en gran medida a la imagen decadente de España, hacen de este siglo, marcado por el giro producido por Carlos III y que echó por tierra algunas líneas iniciadas por Fernando VI, un tiempo complejo y lleno de matices.

Sea como fuere que se llegó a imponer una historiografía insensible a los matices, y que no dio cuentas de la primera parte del siglo, lo cierto es que las cronificadas situaciones productivas y económicas poco favorables, y la distancia con las demás potencias europeas, entre las que hubo mitos, propagandas y algunas realidades, desembocaron en movimientos culturales preocupados por el avance del país y ejemplificados en los enfrentamientos entre novatores y tradicionalistas. Ahora bien, si hay un grupo destacable intelectualmente en este periodo es el de los preilustrados, materializado en la iniciativa del padre Feijoo en el Teatro Crítico Universal en el 1726. El ejemplo concreto del padre Isla, protegido de Ensenada durante el reinado de Fernando VI, ilustra el giro que dio la cultura en España con la coronación de Carlos III, pues muchos de los intelectuales preilustrados tuvieron que exiliarse o publicar en secreto.

En este brevísimo ensayo nos aproximaremos al sentido del humor como arma filosófica que esgrime, con toda la potencia liberadora de la satírica, el padre Isla en su obra Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, escrita en el 1758, justo en el nexo entre los dos reinados que marcaron la existencia de estos intelectuales y de la educación del país. La escolástica, ya en tiempo de Erasmo, se veía como un sistema alejado de la realidades históricas y sociales, y ante esto, humanistas de toda clase de pelaje, exploraron nuevas formas de aproximarse a la realidad lejos de los esquemas tomistas, recuperando a los clásicos griegos, y también volviendo a las fuentes evangélicas; un asunto que seguía anquilosado en la España del padre Isla (y que aún en los tiempos previos al Concilio Vaticano II (CVII) seguía causando problemas a los jóvenes teólogos que exploraron vías alternativas al neotomismo). Para traer ésta prodigiosa pluma llena de humor del padre Isla al presente, me preguntaré por la situación actual en el marco de la predicación cristiana, que en la actualidad no tiene la relevancia del s. XVIII, pues los procesos de secularización, por mucho que los maticemos con propuestas de pluralismo religioso, han relegado ese viejo arte a una cuestión marginal; pero, viendo la situación en América, tanto del norte como del sur, quizá debamos repensar esto con más cuidado.

¿Qué ocurre hoy con el cristianismo en España? En mi caso particular puedo hablar con más tino de lo que me queda más próximo, si es que la falta de distancia me deja, y lo que puedo decir es que las distintas comunidades evangélicas están lejísimos de quienes en su día apoyaron, con alguna reserva, el CVII, pues saturadas por la mediocridad del fundamentalismo religioso, y por la estupidez del populismo político, influenciadas por nefastos personajes como MacArthur, Bolsonaro, o Trump, han convertido el cristianismo en una ridiculez tan lejana de su esencia como un huevo de una castaña; y en el mundo católico, la juventud, ya alejada de quienes en su día vieron en dicho CVII nuevas aperturas, parecen acercarse de nuevo a posturas que recuerdan a la vuelta de nuevos tomismos, de nuevas escolásticas, como si estuviera siempre al acecho esa manera de comprender lo religioso, si como un espíritu inmortal la escolástica estuviese siempre dispuesta a dar una palmada a quienes necesitan por todos los medios volver a alejarse de la realidad en nombre de lo real. Evidentemente, aquí muestro ciertas tendencias que considero mayoritarias, y habría excepciones a ello, pero parece que el cristianismo en España se hunde en el fundamentalismo populista, que como una tormenta sopla desde América, y por tradicionalismos que vuelven a ver en esquemas tomistas metafísicos donde apoyar sus propias intransigencias. Por ello, aunque parezca mentira, las palabras del padre Isla narran las peripecias de nuestro clero, de nuevo próximos a esquemas que dan una seguridad realista, anhelosos de aquello que se perdió en el CVII, melancólicos de las esencias tridentinas; pero también, sorprendentemente, el padre Isla narra las desventuras de los predicadores más preocupados por la apariencia, por ganar popularidad, que por el evangelio.

Esgrimir la acidez de Isla, sin ser un pobre infeliz más que levanta su voz conta la Iglesia (como si no hubiese bastantes voces en contra), requiere la erudición de este preilustrado, y no lo digo por una especie de gnosticismo que señale que, si uno no sabe de algo, mejor callarse, que también, sino porque cansa tanta crítica barata contra el cristianismo. Esta sátira del padre Isla no tiene nada de barata, da donde más duele, y es en la ridiculez de una predicación sin el conocimiento y la vivencia del evangelio. Por eso no haga demasiado caso el lector a mis críticas de la situación presente, mi teclado no tiene nada que ver con la pluma del padre Isla, pero piense por sí mismo si no hay una vuelta a fantasmas que parecían exorcizados en el CVII.

Y con esa intención de recuperar el espíritu de este padre para el presente, riámonos, por favor, aunque sea doloroso a su vez, de Trump Biblia en mano diciendo la primera estupidez que se le pasa por la cabeza, de Abascal llamando al Papa ciudadano, de Bolsonaro cargando contra los débiles en el nombre de la pureza, de las payasadas populistas cargadas de contenido evangélico al orden del día; riámonos, aunque duela, aunque sospechemos que no tienen una respuesta contundente por parte de la teología porque esta está tan preocupada por esa realidad alejada de lo real que no saben ni por dónde empezar a responder a las circunstancias presentes. ¿Seré una de esas voces baratas que se une a criticar a la Iglesia sin fundamento? Juzgue el lector.

Al leer al padre Isla, al leer sobre el joven orador representando ese papel de quien ve en esto del servicio religioso un negocio como otro cualquiera, no puedo dejar de pensar en quien hoy se tenga que enfrentar a unas prácticas pastorales, si cayera, por desgracia, en las manos de pastores presos de sus propias falsedades orientadas a facilitar el día a día, manipulando a sus comunidades para hacer de este negocio, tan rentable como otro, un espacio más cómodo donde tener reconocimiento y cierta estabilidad. ¿Qué sabrán del Evangelio los pastores cuando andan más preocupados con ver agachar la cabeza del fiel mientras ellos levantan la suya para mirar por encima del hombro y mover carteras hacia los propios intereses sin explicaciones ni miramientos? Es tan fácil caer en la hipocresía cuando uno habla de algo que le pilla tan de cerca, pero ¿es mejor mantenerse fiel a la cultura del silencio? El análisis de Isla divide el clero en dos prototipos, el del escolástico, quien en las complejidades de su sistema no es capaz de hablar de nada que fuese relevante más allá de su propio círculo de intelectuales; y el predicador, preocupado de cierta estabilidad y reconocimiento para medrar, basado en sus habilidades retóricas y sofísticas ¿cómo es posible que no hayamos avanzado prácticamente nada desde entonces?

Es una obviedad que las herencias de la Iglesia, sea católica (quién sí mantiene en España ciertos poderes), o evangélica (la cual se mantiene en un escenario de marginalidad por su pequeño tamaño y falta de recursos), han sido trasvasadas a otras instituciones. La educación está en manos de otros organismos, quienes, de la misma manera que en la época de Isla, enseñan asuntos lejísimos de tener un sentido para la ciudadanía. ¿Hoy no nos encontramos con un anquilosado y arcaico sistema educativo? ¿No es nuestra circunstancia similar a la de estos personajes del s. XVIII? ¿Por qué es tan complicado siempre unir lo pragmático con lo teórico? No hay espacio ahora mismo para responder a esta pregunta, pero sospecho que hay algo en la propia estructura de nuestros sistemas educativos que imposibilita que se unan estas dos dimensiones, que si andan separadas es por una violencia previa contra la propia realidad. ¿Encontraremos ciertas soluciones en las propuestas del padre Isla en esta atención por lo pragmático en la educación? Sea como fuere, si las propuestas de este intelectual habían de ser renovadoras o no, es algo que fue tragado por las nuevas políticas de Carlos III, quien con la expulsión de los jesuitas de España truncó toda posibilidad de reforma.

Independientemente del contenido de la obra de Isla, quizá haya algo en la vicisitud de su publicación que sea una pista por las soluciones por las que aquí me pregunto, y es su éxito rotundo, su capacidad de hacer reír a las gentes, esa es un arma olvidada por el filósofo y que considero que debería cultivarse, con más urgencia que la lógica o la retórica. No me cabe aquí una defensa de la figura del payaso o del bufón, artes sepultadas en el imaginario colectivo por la excesiva seriedad de quienes esgrimen un conocimiento sin sentir el humor del receptor. Esa es la crítica más pertinente a la Escolástica en realidad, que en absoluto se preocupa por sentir el humor, su carencia de sentido del humor, de las gentes. El ejemplo satírico del padre Isla, su ironía como enseñanza para el filósofo, enseña más un método que un contenido para el presente: atender con la suficiente agudeza a lo actual, asumir con suspicacia los sentires de quienes han de leernos, pues con una risa la verdad entra hasta rincones donde la seriedad sólo se queda en la superficie.

 

Juan Calvin Palomares

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