Posted On 29/04/2022 By In Opinión, portada With 186 Views

Milagros | Juan Calvin Palomares

Las comunidades cristianas antiguas no eran conocidas por sanar lo que nadie era capaz de sanar, sino por acoger a quien nadie quería acoger.

Sanaciones prodigiosas, milagros, curaciones sobrenaturales,… levantamientos inexplicables… a través de la imposición de manos, de la oración, y de tantas maneras: es algo que se da en nuestro mundo, a diario, pero que en absoluto es exclusividad del cristianismo.

Cuando Jesús levanta al paralítico no hace nada original, nada que no esté ya narrado en varios textos del mundo heleno, y en una infinidad de variantes a través de la oralidad… además, paralelos podemos encontrar en toda cultura y tiempo.

Sanadores los hubo a la par que Jesús.

Entonces, ¿qué hay de especial en el evangelio? Al construir su evangelio, Marcos (sea quien fuere, porque adrede su nombre queda oculto para dejar hablar a la buena noticia por sí misma) toma estas narraciones de curaciones milagrosas (de sobra conocidas por el mundo en el que vivía), e inserta un asunto que sí es tremendamente original: el perdón de los pecados.

La novedad es la disputa entre los escribas y Jesús, y todo lo que refleja de la comunidad cristiana primitiva.

En otras palabras, Marcos continúa con una serie de tradiciones cuyos materiales reelabora para, creativamente, dar cuentas de una teología particular: la de la Cruz y la Resurrección.

El grupo de amigos es el crucificado que encuentra el levantamiento. Y esto tiene una serie de connotaciones prácticas interesantes:

La enfermedad, como preludio de la muerte, no es algo que se rechace, sino todo lo contrario. La comunidad cristiana acoge la enfermedad, porque su postura ante la muerte es la del resucitado: En pie ante la muerte, levantados ante ella.

Sólo una comunidad que ante la muerte no tiene miedo (o se sobrepone a él), puede acoger a los enfermos como lo hizo la comunidad cristiana en el primer siglo. Y esto si es novedoso en la perspectiva de la Palestina del s. I: quien está enfermo debe ser acogido como signo de gracia, como reflejo del crucificado.
No es que se desvincule el nexo entre pecado y enfermedad, es que se invierte:
No es el pecado aquello que lleva a la enfermedad, sino que es el pecado lo que nos conduce a la gracia… por tanto las palabras de Pablo de “donde abunda el pecado sobreabunda la gracia” tienen unas consecuencias prácticas: las comunidades cristianas antiguas no eran conocidas por sanar lo que nadie era capaz de sanar, sino por acoger a quien nadie quería acoger.

Esto no significa hoy, ni mucho menos, que la comunidad cristiana no deba tener una preocupación por la sanidad. Pero sanar de manera sobrenatural no es su signo diferenciador… Crear comunidad con aquellos por quienes Cristo fue crucificado, sin miedo, acoger al paralítico, al ciego, al preso, al pobre… a la viuda y al huérfano…

En definitiva, acoger a quienes han sido abandonados.

De esto trata el perdón de los pecados, y una sanidad (bastante corriente en el contexto de la Palestina del s. I, como es levantar a alguien de un camastro) no debería hacernos perder de vista lo central: la comunidad cristiana refleja al crucificado porque tiene una actitud ante vida y la muerte inspirada por el Levantamiento.

Juan Calvin Palomares

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