Posted On 26/01/2022 By In Opinión, portada With 302 Views

Mucho más sencillo de lo que parece | Juan F. Muela

 

«Así pues, ¿quién es cristiano? No lo es el que dice «Señor, Señor» y rinde tributo a cualquier forma de «fundamentalismo», ya sea este de cuño biblicista-protestante, autoritario-romano-católico o tradicionalista-oriental-ortodoxo. Cristiano es, antes bien, todo aquel que en el camino de su vida completamente personal (y todo hombre tiene un camino propio) se esfuerza por orientarse en la práctica conforme a Jesucristo. No se pide nada más» (Hans Küng)

Con ser lo más importante, no basta con asumir la ética de Jesús (como se podría hacer con cualquier maestro ya muerto) sino hacerlo desde la confianza (eso es fe) en que gracias al Resucitado hemos sido reconciliados definitivamente con Dios y mantenemos con nuestro Padre -a través de Él- una relación vital y existencial incondicionada que garantiza la realidad y sentido de las expectativas a las que por Él hemos sido llamados por la eternidad y que, en ningún caso, serán defraudadas. Además, yo añadiría que la fe cristiana, salvo rarísimas excepciones, si no se vive en comunidad, traiciona algo esencial. No importa que esa comunidad sea tan pequeña como aquella definida por Jesús como «dos o tres reunidos en mi nombre». No olvidemos aquello que Él mismo dijo : «En esto conocerán todos que sois mis discípulos si tuviereis amor los unos para con los otros». Y, por mucho que se intente, no se puede ejercitar el amor en soledad.

Dicho esto, sí que creo, de todas maneras, que ser seguidor de Jesús es mucho más sencillo (y más profundo) de cuanto, a menudo, se nos ha hecho creer.

Escribía José Antonio Marina que “…hay un trágico esfuerzo por complicar hasta hacerla intransitable la sencilla y cálida noción de fe que aparece en el Evangelio” y aunque mi noción de cristianismo difiere en algunos aspectos de la suya debo reconocer la tremenda verdad que asoma en esta frase y como la realidad histórica de nuestro pueblo, de ayer a hoy mismo, la confirma.

Uno a veces mira la Iglesia, empezando por uno mismo, y se duele porque pareciera que nada o muy poco de lo debería haber sido y ser en el presente y en el futuro se puede confirmar. Porque esa otra iglesia que es posible en la que uno cree, si bien asoma cabeza por aquí y por allá, dista mucho de ser la tónica general.

Y si alzamos la vista al camino de los siglos vemos que el punto más débil de nuestra pretendida apologética siempre hemos sido y somos nosotros mismos: Nuestra Historia puesta frente a nuestras pretensiones. Desde luego que, todo cuanto es humano, está manchado por la Historia pero el pueblo de Dios precisamente por ser lo que es tiene infinitamente menos disculpa y más responsabilidad porque ha recibido mayor luz y mayor gracia y una misión y una asistencia divinas que no le han sido otorgadas a ningún otro proyecto o movimiento humano desde que el mundo es mundo. O eso creemos ¿no?

Cómo lo hemos complicado todo. Hemos creado instituciones milenarias, metodologías complejas, leyes, normas y prohibiciones. Nos hemos atiborrado de doctrinas, dogmas e interpretaciones autorizadas dominantes y hemos escrito millones de tratados y libros (la mayoría perfectamente prescindibles) dando lecciones sobre lo divino y lo humano para quien quiera y para quien no, superando a aquellos legendarios fariseos en todos los ámbitos por 1000 a 1. Hemos multiplicado los requisitos para ser seguidor de Jesús de manera que a día de hoy uno no acaba de estar seguro «de ser de los suyos» según lo presentan algunos. Hemos atormentado a generaciones con el miedo a no ser salvos y la obsesión por serlo según y cómo, según y cuando. Amén de que, a fuerza de volvernos sofisticados y lo que es peor, ininteligibles para la gente de nuestro entorno, creyendo atar todos los cabos hemos laminado la riqueza de la pluralidad y libertad del Evangelio y, paradójicamente, creyendo encarecerla hemos llegado a menospreciar el poder de la gracia y la riqueza inconmensurable que se nos ha encomendado escondiéndola bajo el almud sin disfrutarla nosotros ni dejándola disfrutar a otros. Hemos menospreciado el poder y los mil recursos del Espíritu para guiar a sus hijos y a su iglesia, reduciéndolo a unas cuantas experiencias emotivas o a cuatro fórmulas o doctrinas prescritas tan áridas como predecibles.

En qué intrincados líos nos hemos metido nosotros solos, alejándonos cada vez más de la sencilla, cercana y compasiva actitud de Jesús de Nazaret : No tengas miedo, cree (confía), ama y solamente, descansa en el amor del Padre y consagra tu vida por el Reino de Dios y Su Justicia, incluso si eso te lleva a perderla, porque en realidad nunca la perderás; porque esa vida tuya está garantizada para siempre. Y, por lo demás, “…venid a mí todos los que andáis afanosos y sobrecargados, que yo os daré descanso. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy bondadoso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”

Ciertamente a lo largo de la Historia los cristianos hemos sido, a la vez o alternativamente, pródigos y mezquinos, arrogantes y acomplejados. Y hemos transmitido una imagen muy poco evocadora de la que transmitía Jesús de Nazaret. A menudo hemos proyectado cansancio, miedo, crispación y, como diría un hippie, “malas vibraciones”. Y aunque es verdad que no siempre nos juzgan con juicio justo cuando el río suena agua lleva. Las más de las veces.

Cuanto dolor, enemistades, escándalos y divisiones nos hubiéramos ahorrado de ser más pacíficos, más mansos, más bondadosos, menos egoístas, en una palabra más humildes. Qué poco hemos reflejado la nobleza del carácter de Jesús. Y cuan a menudo hemos olvidado que el tesoro de su gloria lo llevamos en vasijas de barro.

Así, pues, edifiquemos iglesia hacia adentro y hacia fuera y nuestras relaciones con los de dentro y con los de fuera:

-No desde la crispación y la susceptibilidad o la arrogancia o la condescendencia sino desde la mansedumbre y la humildad

-Con generosidad y grandeza de alma (magnanimidad)

-No yendo por la vida con las armas en pie y a punto

-No cargándonos unos a otros con prejuicios, juicios y culpas u obligaciones onerosas sino reconociendo, como dijo Pablo, que la única deuda real que tenemos contraída unos para con otros (para con todos, en realidad) es la de la gracia y la del amor.

Ya lo dijo el profeta: “Oh, hombre, el te ha declarado lo que es bueno y lo que pide el Señor de ti: solamente hacer justicia y amar misericordia y ser humilde ante tu Dios (Miqueas 6:8).

Ese es el yugo ligero, todo lo demás es lastre y sobrepeso.

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