Posted On 15/11/2021 By In portada, Teología With 548 Views

Neocalvinismo. Soberanía y Kénosis | Alfonso Ropero

Renacer del calvinismo

Aunque es largo de historiar, y lo dejamos para otro momento, el neocalvinismo ha logrado triunfar en estas dos últimas décadas más que los muchos años que se inició en la Inglaterra de los años 50 del siglo pasado. Y lo curioso del caso, es que ha entrado en ambientes donde menos esperaban sus promotores, a saber, en las iglesias pentecostales y carismáticas. Es de recordar el revuelo que se produjo entre los reformados evangélicos calvinistas cuando Peter Lewis, pastor de Cornerstone Church en Nottingham (Inglaterra), tuvo una experiencia del Espíritu Santo, para la cual quiso ganarse la opinión de la autoridad evangélica de mayor prestigio en ese momento: Martyn Lloyd-Jones. La polémica a que dio lugar dividió a los calvinistas entre una mayoría cesacionista y una minoría carismática.

Por este motivo, el surgimiento neocalvinista pentecostal-carismático es un fenómeno sorprendente, y más teniendo en cuenta las raíces teológicas del mundo pentecostal, constitutivamente arminianas. Muchos pastores de estas denominaciones se alarmaron por este calvinismo repentino al que consideraron una amenaza para la paz y unidad de las iglesias, no tanto por lo que tiene de novedad doctrinal, como por los efectos que produce en la actitud de aquellos que lo adoptan, dando lugar comportamientos cercanos a la arrogancia y al espíritu de superioridad. Como gráficamente escribe Daniel Caballero:

“Muchos con buena intención, dolidos y hasta molestos debido a haber sido engañados, pero con poca guía, y muchos de ellos causando divisiones producto de orgullo e ignorancia. Abundan las citas, la mayoría fuera de contexto, de Spurgeon o Martyn Lloyd-Jones. Nuevos Luteros aparecen en la escena, quizá clavando 95 Tesis por el internet o 10 acusaciones contra la Iglesia moderna. El movimiento es tan variado como lo son nuestros países, y tan inmaduro como la mayoría de nuestros pastores y líderes latinos”[1].

Son muchos los factores que intervienen en este renacer del calvinismo en el mundo evangélico de habla española. Nos atrevemos a decir, que el éxito de las llamadas “Doctrinas de la Gracia” se debe a factores externos más que internos. Durante décadas los defensores y promotores del calvinismo han ido creando y produciendo redes de doctrina y pensamiento calvinista —conferencias, revistas, editoriales…— sin que su impacto haya conseguido salir un poco más allá de sus fronteras. ¿A qué se debe, pues, ese renacer inesperado de esta nueva pero tan antigua como la Reforma tradición teológica? A dos factores básicos.

Uno, a la carencia de alimentación doctrinal o teológica sólida de los creyentes, eufórico como se estaba debido al paso de los cultos tradicionales a los cultos de adoración y alabanza. El poder de la alabanza parecía ser respuesta para todo. La mayoría de los pastores de esta línea hicieron dejación de su ministerio de enseñanza. Centrados en el crecimiento de la iglesia y pensando que los jóvenes no tienen interés sino en la música y otras formas de “disfrutar” de los cultos, poco a poco fueron dejando a un lado la instrucción seria, rigurosa y profunda en los aspectos doctrinales e intelectuales del cristianismo, olvidando que la fe siempre busca entender y conocer mejor el objeto de su pasión. Quizá este no es el caso de la mayoría, pero sí de una notable minoría que aspirar a conocer mejor su fe, el fundamento de la misma y las posibilidades intelectuales que tiene, tanto en el campo de la iglesia como de la sociedad, la economía y la cultura. Un mensaje light y fuertes dosis de emocionalismo no pueden forjar creyentes convencidos, sino todo lo contrario. No hay clamor, por más fuerte que sea, que pueda silenciar la necesidad de reflexión[2]. Abundan los cristianos cada vez más desalentados, angustiados de pensar que el cristianismo no tiene algo más que ofrecerles. Es entonces cuando su encuentro con el calvinismo, más que un choque, representa una liberación, la apertura de una corriente de aire fresco. Hay vida más allá de las cuatro o cinco verdades repetidas hasta la saciedad.

Históricamente hablando, el calvinismo es un movimiento de “segunda generación”, rescató al protestantismo de “primera generación”, una vez pasado el impulso de la primeras afirmaciones de fe y negaciones del error combatido. El calvinismo aportó músculo, vertebración teológica, pensamiento lógico, fortaleza personal arraigada en fuertes convicciones doctrinales. Es un dato histórico que el calvinismo tuvo una fuerza expansiva superior al luteranismo, casi reducido a Alemania y Escandinavia, y que su influencia resultó decisiva para los destinos cristianos de Europa. Así el calvinismo de hoy supone para muchos creyentes de “segunda generación” el descubrimiento de un mundo nuevo para su fe, tentada por el desaliento. Aporta riqueza a su manera de entender la fe y expande su modo de pensar en cristiano.

Dos, la propia evolución de todo movimiento que en el camino hacia su consolidación, desde sus orígenes carismáticos, atraviesa diversas crisis. Sucede que hoy “el pentecostalismo se encuentra en un momento histórico tremendamente crucial, donde muchos de los elementos que definían su identidad se encuentran hoy en jaque”. Esto explica que:

 “el reposicionamiento reformado se presente como una alternativa atractiva en tanto reclama una herencia de un cristianismo ilustrado, alejado del énfasis en la dimensión experiencial que caracteriza al pentecostalismo… Para muchas de las nuevas generaciones de creyentes, esta urdimbre cultural constituye una forma de conciliar aquellos elementos irracionales de la fe con la dimensión racional de teología y apologética. En este contexto, no sorprende que muchos jóvenes, interpreten su adscripción a la teología de Calvino como una verdadera marca identitaria, incluso con una estética muy particular, una suerte de hípster protestante”[3].

Se da también un factor sociopolítico. Dejado atrás el período contestatario juvenil y la militancia generalmente de izquierdas, paradójicamente, la contestación hoy día es de carácter conservador. Cansados, desorientados, perdidos en el “pensamiento débil” donde no es posible afirmar nada como verdadero, real, auténtico; donde lo que cuenta no es el saber, pues no hay nada que saber con certeza, sino el sentirse bien, el pasarlo bien, el calvinismo afirma un “pensamiento fuerte”, basado en un teocentrismo decidido.

Precisamente, el evidente cansancio de las democracias liberales, con su correlato de desigualdades económicas muy pronunciadas, de grandes fraudes y de corrupción a todos los niveles, de la que no se salva ningún partido político, lleva a muchos a la añoranza de un “hombre fuerte”, de una “mano de hierro” que ponga freno a tantos desmanes. El Dios soberano cumple todos los requisitos de un Dios a quien nada se le escapa y todo tiene bajo su control, e incluso la salvación y condenación de los pecadores. Sus decretos son infalibles e inamovibles.

La soberanía divina

La apelación a este Dios soberano, dueño y señor de todo cuanto existe y que hace todo según el designio de su voluntad, aporta algo de orden y equilibrio en un mundo que se percibe caótico, desordenado, corrupto. La soberanía del Soberano garantiza con su poder incontestable el curso irresistible de una historia que tiene por fin la salvación de los elegidos y por meta la gloria de Dios. Todo ello bien adobado con un buen número de figuras y citas bíblicas, cuyo argumento es llevado hasta el final en sus deducciones lógicas. A esto hay que sumarle una larga nómina de ilustres pensadores y teólogos de calvinistas renombre de todos los tiempos, con amplio predicamento en la mayoría de las denominaciones evangélicas.

Es de celebrar que este avance del calvinismo más teológico vaya ganando terreno, pues eso indica que hay más inquietud doctrinal entre los miembros de las iglesias de lo que se pensaba. Pero es un poco triste pensar que este interés doctrinal y bíblico por penetrar con mayor entendimiento en la revelación divina derive hacia una única y exclusiva manera de ver el cristianismo, una forma peculiar de hacer teología, que no es precisamente la mejor expresión de la verdad evangélica, sino la expresión de un determinado período teológico en un peculiar contexto histórico, social y político.

En principio, el calvinismo parte de la Biblia, pero lo hace desde un planteamiento o presupuesto muy determinado, a saber, la soberanía de Dios, entendida conforme a coordenadas culturales de la época. Así la soberanía de Dios se impone al esquema bíblico de la historia de salvación, aunque para ello los teólogos calvinistas tengan que forzar los textos bíblicos para decir lo contrario de lo que dicen. Por ejemplo, el texto clásico Juan 3:16, no dice lo que realmente dice, que Dios amó al mundo, a la manera explícita de 1 Timoteo 2:3-6: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad, sino que Dios limita su amor al “mundo de los elegidos”; que “mundo” en Juan 3:16 no se refiere a todo el mundo en general, sino solo al mundo de los elegidos (cf. 1 Juan 2:2).

En sana lógica soberanista, si Dios quisiera de verdad que todos los hombres se salvaran, inevitablemente se salvarían, de lo contrario estaríamos negando el poder Dios para hacerlo, atribuyendo impotencia a su voluntad. Así lo afirma uno de los autores que más contribuyeron al despertar del calvinismo británico, y que se convirtió en un fenómeno de ventas. Me refiero a Arthur W. Pink, y sus dos obras señeras: La soberanía de Dios y Los atributos de Dios, ambos traducidos al español en 1964. Desde entonces el tema de la soberanía de Dios ha dominado casi todos los tratados de teología, de vida espiritual y de evangelización[4] en los círculos reformados.

Sin proponérselo quizá, se llega así a una imagen poco empática de Dios. Un Dios de ira y de justicia, indiferente a la suerte del pecador, en cuanto, como algunos gustan decir, “el único derecho del pecador es ir derecho al infierno”. Un Dios que tiene poco que ver con ese Dios que busca la criatura pérdida, y en su miseria le provee de una túnica de piel. Dios no tiene nada que ver con Lamec, cuyo honor mancillado requiere ser vengado setenta y siete veces (Gn 4:24). El Dios bíblico es aquel que ruega, que suplica la atención del alma rebelde y endurecida por el pecado. “Pueblo mío, aunque eres rebelde y perverso, ven y regresa a mi” (Is 3:16; Jr 3:12). Es semejante a un Padre que ante la decisión del hijo de abandonar el hogar y dilapidar su herencia de un modo alocado, no hace nada para retenerlo a la fuerza, sino que le deja ir, y sin ira ni rencor, cada día espera su regreso al borde del camino (Lc 15:11-32). Quisiera retener en su hijo en el calor de la palma de su mano, tiene poder para hacerlo, nada se lo impide, excepto la terca pero libre voluntad de su hijo, que él no quiere violentar. Abre su camino y deja que su hijo marche. Lo que estos textos bíblicos y estas imágenes dicen de Dios, parece impropio de un Dios soberano, pero tal es la imagen del Dios de Jesucristo.

En esta perspectiva no se niega la soberanía intrínseca y eterna de Dios, el poder absoluto que le corresponde en su acción y su designio en cuanto Señor primero y último de todo cuanto existe; sin embargo, nosotros no podemos hacer teología partiendo de principios abstractos —según la lógica de la razón humana, que se proyecta en la divinidad—llevados a sus últimas consecuencias lógicas, de donde nacen los ídolos. Somos cristianos y esto impone un modo especial de hacer teología. Una teología paradójica que parece locura y escandaliza al pensamiento naturalmente teocéntrico. En cuanto cristianos, tenemos que partir de la enseñanza de Cristo, y es un dato incuestionable de la revelación, que Jesús definió la naturaleza de Dios como amor (1 Jn 4:8). Amor gratuito y asimétrico, al decir del teólogo Jesús Martínez Gordo, pues no ama según amamos nosotros, sino que va más allá y rompe nuestros esquemas[5]. Es amor que responde a nuestra violencia e injusticia con la asimetría de su paciencia y su gracia, y con la ira de su justicia y su castigo, soportado por Cristo en lugar del hombre en cuanto Dios y hombre sufriente. Si partimos de una premisa incorrecta, llegaremos a conclusiones incorrectas, llevados de deducciones de la mano de deducciones lógicas, pero erróneas en su fuente. Es lo que ocurre cuando hacemos que la soberanía, aplicada en pura lógica al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, oriente nuestra comprensión e interpretación de Dios mismo y de su obra salvífica en la persona de su Hijo.

Que Dios es soberano es una verdad evidente cuando se piensa en la palabra Dios como lo más excelso, infinito, poderoso y fundante que se pueda pensar, pero deja de serlo cuando comenzamos a pensar en términos evangélicos, tal como se da en el misterio de Cristo. En Él, Dios mismo se anonada para ir al encuentro de su creatura. La Encarnación es uno de los supremos misterios del cristianismo. El Dios que se hace carne hasta el punto de morir por el pecador. Escándalo para judíos, locura para griegos (1 Cor 1:22-23).

¿En qué cabeza cabe que el Dios supremo, el todopoderoso Jehová se despoje de su gloria y se deje humillar? ¡El Dios de los ejércitos crucificado por una chusma enardecida! ¡Desatino, blasfemia! Bueno, pues así es como los cristianos concibieron a su Dios.

 

Divina kénosis

La teología cristiana mantiene que el Dios cristiano no se corresponde con el Soberano impasible del paganismo, ajeno a la pasión y dolor de su creación, dueño absoluto de la vida y muerte de sus súbditos[6], al contrario, defiende que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo (2 Co 5:19) y, por tanto, soportando el rechazo y sufrimiento ocasionado por este en todas sus consecuencias. El Dios cristiano es un Dios pasible, en nada ajeno al sufrimiento de su creación[7]. Esto es así porque es un Dios de amor, no un Dios que ama a los que le aman, sino también a los pródigos y rebeldes, y esto porque Dios es esencialmente amor. Su esencia es amor. Y el amor se duele por lo que ama. El amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13:7). El amor no es uno entre otros atributos de Dios, sino que es el que los engloba a todos y define su ser divino, en contraste a los atributos que se le aplican por analogía humana, proyectados hasta el infinito. A veces se habla de Dios como si se le hubiera visto crecer desde un puesto privilegiado en la eternidad. La misma revelación de su ser y actuar está medida por el tiempo y la cultura, y tiene que ver destellos muy generalizados de su ser, al que no tenemos más remedio que acceder por vía analógica.

Desde el amor divino, que se manifiesta excelsamente en la entrega o autoentrega, podemos comprender que la Encarnación guarda relación con la Creación, resultado exultante del Dios que es comunidad trinitaria de Amor. Al crear el mundo Dios manifiesta su poder, pero no como poder de un soberano que crea algo como un medio para su gloria y beneficio (que, por otra parte, no necesita), sino como un amor que se comunica en gracia, creando frente a sí unos seres como medios para su exaltación, sino como fines en sí mismos, capaces de comunión con su Creador, pero también capaces de llevarle la contraria.

Libres con una libertad donada desde el principio por el mismo que es Libertad y pone libertad en su creación. Así las cosas, la creación se puede rebelar contra su creador, no por una fuerza consustancial en sí misma, sino por una autolimitación de Dios que al crear el universo, crea un espacio vital que hace posible la libertad de su criatura. Libertad que la criatura no arrebata al Creador, sino que le es garantizada por Dios mismo, el cual como se retrae, se limita a sí mismo por propia voluntad. Es lo que los teólogos llaman la primera kénosis de Dios. La segunda la conocemos bien, es la kénosis Dios en Cristo, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Flp. 2:6-11).

Pues bien, teólogos bíblicos y teólogos científicos, coinciden hoy en señalar que la Creación es la primera kénosis de Dios que se realiza en función de la segunda, la Encarnación, que conduce a la cruz y resulta en nuestra salvación[8].

Es a partir de aquí que debemos desarrollar una teología bíblica de la soberanía de Dios que no obedezca a parámetros culturales calcados de los soberanos de las monarquías absolutas de antaño, sino a una soberanía del que ha decidido gobernar su creación desde el amor, amor cuya mayor gloria es el hombre existente creado a su imagen y semejanza, lo cual explica que una vez que este traspasó los límites impuestos, precisamente porque era libre, no fue abandonado a su propia suerte, que de todos es conocida su mala suerte, sino que desde el mismo principio de la creación se encuentra el Dios que sale en busca de su criatura descarriada. Esto no explica todo lo que quisiéramos saber sobre la existencia del mal en la creación, pero esclarece el modo de actuar de Dios a lo largo de la historia de la salvación, y nos obliga, en cuanto cristianos, a desarrollar una teología que tenga en cuenta la naturaleza de Dios, según hemos aprendido de Cristo, de modo que seamos capaces de desplegar ante los ojos de los de dentro y de los de fuera, la superior sabiduría del amor divino, que no busca el bien propio, sino el ajeno. El de una creación rebelde y desbocada, cuyo freno no puede ser otro que la gracia de Dios que atrae con lazos de amor. “Lo atraje con cuerdas de ternura, lo atraje con lazos de amor” (Os 11:4).

Esta manera de actuar de Dios, según nos revela el evangelio, nos muestra el gran respeto que Dios siente por su creación. “El respeto de Dios por el hombre ha querido que el hombre descubra, en lo posible, por su actividad propia, todo lo que su razón iluminada es capaz de comprender y de formular”[9].

El pecador, aun en su estado caído, “muerto en pecados y delitos” (Ef 2:11), sigue conservando la marca del que le ha creado a su imagen y semejanza, la obra más gloriosa debajo del cielo: “poco menor que los ángeles” (Sal 8:5; Heb 2:7). La gracia de Dios es precisamente ese amor que toma la iniciativa y sale en busca de la oveja perdida, para mostrarle su extravío y de este modo poder devolverle al camino de la vida.

En un artículo futuro nos dedicaremos a analizar los textos bíblicos relacionados con este tema, especialmente con los llamados cinco puntos del calvinismo, los cuales obedecen más a una construcción humana —respaldada con textos bíblicos, conforme a un determinado patrón—, que a una deducción objetiva de la evidencia bíblica.

 


[1] Daniel Caballero, ¿De dónde salieron todos estos Calvinistas? https://semperreformandaperu.org/2016/11/16/de-donde-salieron-todos-estos-calvinistas-por-daniel-caballero/

[2] “Las iglesias «exitosas» crecen llenando a los fieles con músicas y palabras inspiradoras que levantan el ánimo. Son muy populares los coros de alabanza y, cuánto más numerosos son, mejor; lo mismo cuanto más dramático sea el solista. Las escrituras deben ser pocas y cortas, y el mensaje debe ser casi gritado por el predicador… Para atraer nuestra atención las iglesias compiten con el mismo bombardeo tenaz de los medios de comunicación, utilizando acción, sonido grabado, carcajadas grabadas, análisis instantáneo, personalidades, todo en forma exagerada”. Chris Glaser, Meditando con Henri Nouwen, p. 92. Editorial Epifanía, Buenos Aires 2004.

[3] Fabián Bravo, Reposicionamiento calvinista reformado y crisis identitaria pentecostal: oportunidades y desafíos. https://pensamientopentecostal.wordpress.com/2017/12/04/reposicionamiento-calvinista-reformado-y-crisis-identitaria-pentecostal-oportunidades-y-desafios-por-fabian-bravo/

[4] Véase J.K. Packer, Evangelism and the Sovereignity of God. IVP, Leicester 1961.

[5] J. Martínez Gordo, Dios, amor asimétrico. Desclée de Brouwer, Bilbao 1993. Véase Donald A. Carson, La difícil doctrina del amor de Dios. Andamio, Barcelona 2001.

[6] En esta mentalidad naturalmente pagana cae A.W. Pink, cuando dice: “Nosotros proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer su propia voluntad con lo que le pertenece, a disponer de sus criaturas como a Él le place, sin necesidad de consultarlas”. Los atributos de Dios, p. 44. El Estandarte de la Verdad, Barcelona 1964. ¿Qué diremos entonces de la parábola sobre los viñadores malvados?

[7] Véase A. Ropero, “Dios y su dolor”, en Filosofía y cristianismo. CLIE, Barcelona 1997.

[8] John Polkinghorne, ed., La obra del amor. La creación como kénosis (Verbo Divino, Estella 2008); Hans Urs von Balthasar, “La ‘kénosis’ y la nueva imagen de Dios”, en Mysterium Paschale (Cristiandad, Madrid 1969); Jürgen Moltmann, El Dios crucificado (Sígueme, Salamanca 1973); Id., Dios en la creación (Sígueme, Salamanca 1985); Ángel Cordovilla Pérez, Gramática de la encarnación: La creación en Cristo en la teología de K. Rahner y Hans Urs von Balthasar (Univ. Pont. Comillas, Salamanca 2004).

[9] Marcel Clement, Cristo y la revolución. Unión Editorial, Madrid 1975, p. 67.

Alfonso Ropero Berzosa

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