Elisabeth Käsemann, ciudadana alemana, fue asesinada por unos militares argentinos que le dispararon por la espalda desde muy corta distancia, de manera que destrozaron su noble y puro corazón. Fue el 24 de mayo de 1977. Acababa de cumplir 30 años, aunque nadie celebró su efeméride. Hacía tres meses que había sido secuestrada y llevada al cuartel de Regimiento de infantería 1 Patricios. De allí fue conducida al campo clandestino de torturas «El Vesubio», que tenía como jefe al Mayor del ejército Pedro Alberto Durán Sáenz.
Unos días después la amiga de Elisabeth, Diana Houston, también fue arrestada por agentes policiales y militares, que la interrogaron sobre las actividades de Elisabeth. La rápida intervención del gobierno inglés y norteamericano permitió la liberación de Diana, quien tras su liberación inmediatamente abandonó Argentina y viajó a Estados Unidos. Allí Diana testificó ante Amnistía Internacional sobre el cautiverio de Elisabeth.
Elisabeth fue vista varias semanas dentro de El Vesubio por testigos que sobrevivieron a la dictadura argentina, entre ellas las prisioneras Elena Alfaro y Ana María Di Salvo, así como el sobreviviente Eduardo Kiernan. Elisabeth no recibió ayuda médica, pese a que se encontraba grave a causa de las torturas que le habían aplicado. Estas informaciones fueron confirmadas ante el fiscal alemán Walter Grandpair en Nüremberg, quien investigó los crímenes de la dictadura militar Argentina.
¿Qué pudo ocurrir para que el gobierno alemán no interviniese activamente en la solicitud de liberación de la ciudadana Elisabeth Käsemann? Es más, esta podría seguir viva si el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán no se hubiese cruzado de brazos, según informa Oliver Pieper, periodista del Deutsche Welle. Y sigue diciendo: Herta Däubler-Gmelin era miembro del parlamento federal alemán (Bundestag) en ese momento. La miembro del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) abogó vehementemente por la liberación de Käsemann, pero no le hicieron caso. El entonces ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, habló en una reunión de la «chica Käsemann». «La actitud de Alemania, el mayor proveedor de armas de la dictadura argentina fue clara: ese no era su problema».
Los organismos de derechos humanos y la Iglesia Evangélica de Alemania reclamaron la liberación de la hija del profesor Käsemann. El 26 de abril de 1977, cuando había testimonios de que Elisabeth se encontraba como prisionera, la Obra Diacónica de la Iglesia Evangélica solicitó al Ministerio alemán de Relaciones Exteriores que la Embajada alemana en Argentina presentara un habeas corpus a favor de ella, propuesta que fue ignorada por la diplomacia alemana.
Hasta la Asociación Alemana de Fútbol (DFB) se ensució las manos en este caso. El 6 de junio de 1977, la selección alemana jugó un partido amistoso contra los anfitriones en Buenos Aires. Tres días antes, el Ministerio de Asuntos Exteriores y el presidente de la DFB, Hermann Neuberger, quien había justificado el golpe militar en entrevistas, se enteraron de la muerte de Käsemann. En lugar de cancelar el juego, decidieron mantener la noticia en secreto. El pueblo alemán solo se entera después del partido. «Hasta la fecha, ni el Gobierno alemán ni la Asociación Alemana de Fútbol han pedido disculpas a su familia. Y hasta el día de hoy, la DFB no comparte información sobre lo que sucedió hace 40 años y mantiene cerrado sus archivos».
Juventud y activismo político
Elisabeth era hija del conocido teólogo luterano Ernst Käsemann, autor de varias obras traducidas al español: El Testamento de Jesús. El lugar histórico del Evangelio de Juan (Sígueme, Salamanca 1983) y Ensayos exegéticos (Sígueme, Salamanca 1977).
Elisabeth estudió Sociología en la Universidad Libre de Berlín, adonde se vinculó a intelectuales socialistas alemanes y latinoamericanos. Participó de movilizaciones antifascistas y contra la guerra de Vietnam. También se integró al Círculo de Solidaridad con el Tercer Mundo organizado a nivel universitario. Elisabeth hablaba perfectamente, además del alemán, inglés, francés, español y portugués. A fines de 1968 Elisabeth Kasemann viajó hacia América Latina, comenzando por Perú. En Bolivia trabajó como voluntaria para la Iglesia Evangélica Metodista en La Paz, realizando visitas de apoyo a enfermos y participando en acciones de asistencia social. Después se estableció en Buenos Aires, donde apoyó al movimiento barrial y a los trabajadores obreros en sus esfuerzos por la justicia social. Durante los años de 1970 en adelante, Elisabeth ayudó a personas amenazadas de muerte a huir de Argentina, facilitándoles documentos de viaje falsificados. También organizó programas de alfabetización en las villas miseria[1] de Buenos Aires. Junto con sus acciones de solidaridad con los más pobres de Argentina, desarrolló un compromiso de acción política en contra de toda forma de opresión. En las cartas que enviaba semanalmente a su familia se revelan su profunda sensibilidad social y su gran capacidad de análisis, señalando el sistema de terror que construyó la dictadura del general Jorge Rafael Videla.
En 1977, la dictadura militar del general Jorge Rafael Videla, la considera miembro de la «banda de terroristas subversivos» Montoneros. El 9 de marzo de 1977 fue secuestrada y llevada a El Vesubio como queda dicho.
El 26 de mayo de 1977 el general Guillermo Suárez Mason, jefe de la Primera Zona del Ejército, que incluía Buenos Aires, informó mediante un comunicado público que «en un enfrentamiento entre guerrilleros y cuerpos de seguridad murieron 16 subversivos», de los cuales doce eran hombres y cuatro mujeres, entre ellas Isabella Käsemann. El 4 de junio un médico de confianza de la Embajada alemana en Buenos Aires comprobó que el cadáver de Isabella Käsemann tenía balazos por la espalda, y correspondía a Elisabeth Käsemann. El 6 de junio de 1977 el gobierno militar reconoció oficialmente la muerte de Elisabeth Käsemann.
Luego de un escandaloso y humillante negociado impuesto por militares argentinos, sus restos mortales fueron trasladados a Alemania. Su familia tuvo que pagar 26 mil dólares a los militares que la asesinaron, para poder «rescatar» el cadáver de Elisabeth. Fue enterrada el 17 de junio de 1977 en Alemania.
Osvaldo Bayer, historiador, escritor y activista, de quien se ha dicho que dedicó su vida a rescatar del silencio y la indiferencia de la historia la figura de grandes y valientes hombres y mujeres del pasado, fue invitado en aquel 1977 a decir unas palabras en nombre del exilio argentino ante la tumba Elisabeth en el cementerio de Tübingen: «Estamos aquí, ante su tumba, para no dejar la última palabra a los verdugos y militares argentinos que prosiguen torturando y asesinando en mi tierra, en ese país, que Ernst Käsemann denominó “fascinante” pero que al mismo tiempo en esa belleza hospeda a un verdadero infierno. Este hombre de la Palabra y la Fe no quiere que se haga de su hija una figura de mártir. No es nuestra intención, pero sin nuestra influencia, Elisabeth se ha convertido en un símbolo. En ella se ha corporizado la más hermosa de las palabras, que los pueblos del mundo exclaman en voz bien alta: Solidaridad. Detengámonos aquí y pensemos en la belleza, en la esperanzada poesía de esas sílabas, solidaridad, que con toda fuerza fue pregonada por aquellos seres humanos que con el vocablo pensaron en ayudarse mutuamente, en buscar soluciones comunes a todos, por encima de lenguas y de razas distintas. Elisabeth, como muchos otros seres de lejanos países, ha colaborado para traer una vez más la tradición humanista. De dar la mano al más débil. De desesperarse ante el dolor de los demás. De la utopía de la justa repartición de los bienes de la tierra. El prójimo. Nuestros semejantes. El compañero. La palabra contra las cámaras de gas, contra el balazo, contra la picana eléctrica, contra la desaparición, contra el robo de niños de las prisioneras».
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[1] N de la E. “Villas miseria” es un nombre despectivo muy extendido en Argentina para estigmatizar a los barrios populares, las urbanizaciones muy pobres donde viven las personas más pobres de la ciudad, generalmente abandonadas por el estado y carentes de los servicios mínimos.
