A veces se escriben libros sorprendentes, en este caso se trata de uno publicado por la prestigiosa editorial evangélica Eerdmans, de las primeras que apostó por obras de rigor académico, cuyo catálogo ha crecido en prestigio y rigor con el paso de los años.
Why Christians Should Be Leftists (Por qué los cristianos deberían ser de izquierda, 2025), escrita por Phil Christman, es un manifiesto doctrinal y un testimonio personal de su propia salida del conservadurismo evangélico. Luego de una introducción a la izquierda estadounidense, Christman realiza un apasionado llamado a sus hermanos en la fe para que reconsideren su postura política y busquen un nuevo enfoque de la vida cívica que tome en serio las enseñanzas de Jesús.
Christman es considerado uno de los mejores ensayistas de Estados Unidos, con un manejo certero de disciplinas tan diferentes como la política, la teología y la ética. Según Adam Roberts, el estilo de Christman es «ameno, elocuente, ingenioso, cautivador, estimulante y logra ser abiertamente polémico sin ser autoritario ni intimidatorio».
Christman argumenta que el cristianismo como praxis, como ser-en-el-mundo, como ethos y guía para la vida es, tiene que ser, de izquierdas. Los cristianos a los que apela, especialmente en las comunidades evangélicas de Estados Unidos, no son precisamente de izquierdas; al contrario, van de la derecha moderada a la más radical, quienes en estos últimos tiempos han ofrecido su apoyo incondicional a Donald Trump, lo cual no deja de ser contradictorio, dada la irreligión de Trump, sus mentiras, su incontinencia sexual, su fanfarronería, su orgullo, su intimidación y su odio al prójimo.
Christman nació en el seno de una familia calvinista y de derechas. Confiesa que fue una persona a menudo infeliz, alguien que no parecía escuchar a Dios como los demás, temeroso de que Dios no lo amara, incluso de que estuviera condenado. «Estos temores se agudizaron por la orientación teológica calvinista de mi familia y mi iglesia local: teóricamente, en ese sistema, no hay nada que impida que Dios cree a una persona solo con el propósito de rechazarla y condenarla, para la gloria mayor de Dios, mal entendida. Pablo plantea esta posibilidad en Romanos 9».
Hasta que un día, Christman experimentó su propio camino a Damasco, fue cuando llegó a conocer a Dios de una manera un tanto indirecta. «Al principio de la universidad —escribe— asistí a una universidad cristiana en Grand Rapids, Michigan, ahora llamada Universidad Calvin— me reuní una tarde con otros estudiantes para leer juntos el Sermón de la Montaña: … A nadie le sorprenderá que un joven tan inseguro del amor de Dios como yo pudiera sentir también una cierta inseguridad latente sobre su posición ante los demás, particularmente, en mi caso, porque soy un hombre heterosexual, ante los ojos de las mujeres jóvenes. Durante el período en cuestión, estaba lidiando con una gran decepción amorosa, sintiendo esa clase de soledad de pesadilla, intensificada por las hormonas, a la que son propensos los jóvenes. Recuerdo estar sentado allí, en una de esas mesitas de picnic al aire libre cerca de las residencias, donde la gente se reunía para tocar la guitarra, fumar, coquetear u orar —en Calvin siempre era una de esas cuatro cosas, o las cuatro a la vez— y pensar: “Estoy leyendo la Biblia en medio de la tarde con un montón de desconocidos. Eso no es algo que haga un chico con novia. ¿Soy un perdedor? Creo que soy un perdedor”. Entonces miré a la gente a mi alrededor y pensé: “Sí. Soy un perdedor. Somos los perdedores. Así es como luce una mesa de perdedores sin novia”. Sabía que esos pensamientos eran crueles e hirientes, pero aun así los tuve; porque al juzgarme a mí mismo, juzgaba a la gente que me rodeaba. Mental y emocionalmente, vivía en una economía salvaje de ganadores y perdedores, y pasaba mucho tiempo sintiéndome como uno de los segundos. Y entonces, mientras leíamos el sermón —como palomitas de maíz, como los buenos estudiantes cristianos que éramos, uno tomando el relevo del otro— algo cambió. No diré que estas otras personas se transfiguraron repentinamente en mi mente, que de repente vi la gloria de Dios resplandeciendo en sus rostros. Pero una forma fundamentalmente distinta de pensar en ellas apareció de repente ante mí como una opción; un mapa del mundo completamente diferente se desplegó abruptamente en mi mente, en el que —y esto es lo más cerca que puedo llegar a resumirlo— cada una de estas personas era un sujeto al que se podía amar, y era capaz de amar a los demás, y por lo tanto era infinitamente valiosa e infinitamente interesante. Toda esa economía de perdedores y ganadores, con su implícita escasez de valor, había desaparecido».
Así es como llegó a una comprensión repentina del universo como fundamentado en un «amor universal, constante e inmutable», con el Sermón del Monte como su mejor expresión, y decisivo a la hora de considerar por qué los cristianos deberían ser de izquierda. Como dijo Kurt Vonnegut en más de una ocasión, incluso siendo un humanista socialista y ateo declarado, «si Jesús no hubiera predicado el Sermón del Monte, no habría querido ser un ser humano».
El actual neoliberalismo, representado por Trump y tantos otros mandatarios, es la representación más egoísta y menos comprensiva de una sociedad de unos pocos «ganadores» empeñados en aumentar su riqueza a costa del resto, considerados los «perdedores» de una sociedad sin alma. La valoración de la riqueza y el éxito material lleva al desprecio y el menosprecio de los pobres, los enfermos, los débiles, los perdedores; lo cual es radicalmente incompatible con el cristianismo, contrario a las enseñanzas de Jesús.
Muchos cristianos no ven esto con claridad simplemente porque han sido educados a temer a la izquierda como una estrategia marxista para acabar con la iglesia y el cristianismo. Christman argumenta que los ricos y poderosos siempre se verán tentados a explotar a los débiles y pobres para adquirir más riqueza y poder, si algún poder legal no les pone freno. Christman observa acertadamente que no existen leyes económicas abstractas ni científicas que de alguna manera anulen nuestras obligaciones morales mutuas. La tentación de tratar a las personas como cosas ha existido desde hace mucho tiempo, y todo sistema político requiere fuertes restricciones contra la explotación de las personas como si fueran objetos. Aquí conviene recordar el comentario de Juan Calvino sobre el Salmo 82, cuando dice que los gobernantes políticos «son designados para ser los guardianes de los pobres», siguiendo así la rica tradición cristiana que arranca del ejemplo de Jesús y sus discípulos.
Se ha criticado a Christman que el título de su libro promete razones que no presenta. Dedica muy poco esfuerzo a guiar al lector a través de una cadena argumentativa convencional, desde la premisa hasta la conclusión, es decir, que la enseñanza cristiana exige que los cristianos adopten específicamente la izquierda política. Con todo, es una buena ocasión para comenzar con un tema tan crucial como este. «Mientras la imaginación moral de Jesús de Nazaret siga obrando en los corazones de los cristianos, debemos estar abiertos a la posibilidad de que nuestra imaginación política se transforme» (Samuel Mccann).
