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Posted on 12/03/2026 by Alfonso Ropero Berzosa  in  Opinión, portada

Moisés versus Adam Smith. Hacia una economía de la persona | Alfonso Ropero

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Tomo la persona de Adam Smith como un modelo e icono de los políticos neoliberales, sin entrar a juzgar la gran aportación del escocés a la teoría económica. Del mismo todo, tomo la figura de Moisés como aquel a quien se atribuye la autoría de la Torá, sin más especificaciones.

Recorriendo el mundo evangélico, principalmente carismático, en América Latina en las dos últimas décadas, uno advierte lo profundamente arraigado que está el prejuicio contra la idea o la mera insinuación de justicia social y de todo lo que tenga que ver con políticas comprometidas con los pobres y marginados, aunque, paradójicamente, se recibe con júbilo y se defiende como un dogma la ideología derechista neoliberal de un Estado ajeno a la situación de pobreza y necesidad de asistencia social de sus ciudadanos. Peor todavía, cada vez se acepta con la mayor naturalidad, que la pobreza es un castigo divino a la pereza o desidia de los pobres que, según parece, solo quieren vivir de la subvención estatal a costa del esfuerzo del resto de la población. Si se esforzaran, se dice, si le “echaran ganas” al trabajo y dieran gloria a Dios, “llevando los diezmos al alfolí” (Malaquías 3:10), entonces prosperarían y recibirían bendición. Al Estado no le corresponde implementar agencias de ayuda social, eso sería comunismo, y ya sabemos, se argumenta, que el comunismo político y la economía socialista solo conducen a la miseria. Es más, autores de referencia como Gary North, afirman categóricamente no solo que el Estado es el problema, sino que van más allá, es la suprema herejía: “Los humanistas ven al Estado como la institución más poderosa del hombre. La suya es una religión de poder, así que, hacen que el Estado sea la institución central. Hacen del Estado su Iglesia”[1].

Puesto que hablamos de personas que tienen la Biblia como su libro de referencia en todas las materias, su más alta autoridad en temas de religión, ética y política, será bueno que consideremos algunos aspectos clave de lo que Biblia tiene que decir sobre el tema que nos ocupa, que es mucho más de lo algunos piensan, y siempre en una línea que nos obliga a replantearnos nuestros pre-juicios.

El Éxodo, la salida presurosa de la esclavitud de Egipto, es central en el pensamiento y la religión de Israel; se puede decir que es el momento fundacional de Israel, con Moisés a la cabeza. A partir de entonces, la sociedad israelita “se transforma y deviene humana en la medida en que descubre al verdadero Dios”, al decir de Norbert Lohfink. Atrás quedan los dioses de Egipto y su esclavitud, tanto laboral como económica. “La soberanía del nuevo Dios se manifiesta, no exclusivamente, pero sí de manera decisiva en una nueva forma de la economía humana”[2].

En esa nueva forma de economía llama la atención el papel tan importante que juega la persona, el ser humano en su debilidad, en su pobreza, en su desgracia y necesidades. El legislador israelita no ve en la pobreza una marca de la condena divina, sino al contrario, una señal de pecado de opresión (otro de los términos clave del Antiguo Testamento) en medio de una sociedad llamada a la fraternidad, como corresponde a una comunidad igualitaria ante Dios; por eso, la existencia de pobres en la nación-comunidad de los creyentes es una contradicción que atenta contra la misma fe en Yahvé, el protector de los pobres, viudas y huérfanos. La pobreza es una situación intolerable para el legislador, pues atenta contra los pilares básicos de la sociedad israelita, la comunión e igualdad de todos ante el Dios que libera. La pobreza es un hecho en la comunidad, pero debe enfrentarse con decisión y determinación religiosa, pues, en última instancia, todo israelita pertenece a una misma familia (pese a sus orígenes diversos), de la cual Dios es su garante y su goel, pariente-vengador-restaurador.

La pobreza puede deberse a múltiples causas, muchas de las cuales no están sometidas al control de las personas: accidentes, enfermedad, sequías, inundaciones, plagas, guerras, injusticias, abusos de los poderosos. A lo largo de la historia, la pobreza, la escasez, el hambre han sido la tónica general de la mayoría de la población, Israel incluido. El “clamor del pobre” es una constante en la historia de Israel (cf. Sal. 9; 12; 14; 18; 40; 68; 72; 74; Job 34:28; Prov 21:13). “A lo largo de la Escritura encontramos una serie de pasajes que describen las acciones intrahistóricas que Dios emprende en favor de las víctimas de cualquier forma de pobreza. Tales intervenciones permiten dilucidar que en el Antiguo Testamento hay un proceso pedagógico con el cual el Señor corrige paulatinamente las actitudes negativas de Israel de cara a los pobres”[3].

La ley mosaica contiene una serie de disposiciones sociales pensadas en auxiliar al pobre en su necesidad. Este deber de socorro recae en los poseedores de riqueza, en los terratenientes y poseedores de bienes. Hay una ley muy interesante y de tal importancia que desde la remota antigüedad de nuestro pasado agrícola ha llegado hasta nuestros días, me refiero a la “ley del rebusco”. Es propia de la economía agrícola, bajo la que la humanidad ha vivido la mayor parte de su historia, hasta la llegada de la revolución industrial. Los que tenemos cierta edad recordamos el derecho al “rebusco”, por el cual estábamos autorizados a entrar en terreno ajeno después de la cosecha y recolectar el fruto dejado en las vides, o el “espigueo” en los campos de cereal, cuya venta proporcionaba una pequeña pero bienvenida suma de dinero. La ordenanza israelita es clara:

“Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta el último rincón de ella, ni espigarás tu tierra segada. Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo Jehová vuestro Dios” (Lv 19:9; 23:22).

 

La cual se ratifica posteriormente:

“Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos. Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras de ti; serán para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Y acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto; por tanto, yo te mando que hagas esto” (Dt 24:19-22).

Un economista neoliberal nos diría que esta ley no es justa. El dueño de los viñedos, campos de mieses u olivares, ha tenido que invertir en la compra del terreno, en la semilla, en los injertos, invertir en jornaleros que han plantado, arado y cuidado las vides, las mieses y los olivos; y que ha pagado a los obreros que realizan la recolección de los productos. ¿Por qué tiene que dejar una parte de esos productos a gente que no ha intervenido ni colaborado en nada de las tareas y faenas del campo? El legislador israelita respondería que es parte del plan equitativo de Dios, que reclama una pequeña porción de los productos de la tierra para los desheredados y desposeídos, que representan esa parte de la humanidad que, hoy poseedora, ayer fue sierva, esclava y necesitada: “acuérdate que fuiste siervo”. “La justicia social mantiene en circulación la dinámica de la bendición divina: el bendecido en el primer momento debe ser generoso con el pobre que viene después, compartiendo con él la bendición recibida”[4]. Al dejar esos productos para la rebusca y el espigueo de los necesitados y forasteros, la ley judía establece la primera beneficencia humano-social regulada (Dt. 14:28; 26:12), al decir de Rainer Kessler[5]; a lo que hay que añadir las disposiciones sobre condonación general de las deudas cada siete años y la manumisión de esclavos por deudas después de seis años de servicio (Dt. 15:1-11; Ex 21:2-6; Dt. 15:12-18), con obligación de darles un capital para comenzar su existencia como hombre libre fuera de la casa de su anterior amo.

A la luz de estas disposiciones legales, y desde el punto de vista bíblico, podemos asegurar que el Estado —que no es nada más que el gobierno que el pueblo se da a sí mismo— no puede desentenderse de los ciudadanos más desfavorecidos, los pobres, los enfermos, los extranjeros, ni siquiera en un Estado teocrático con el que muchos sueñan sin saber bien lo que dicen. El Estado, si quiere ser justo y cumplir el papel para el que idealmente fue instituido, debe legislar de forma que aquellos que tienen, los ricos, contribuyen para los que no tienen, de modo que las bendiciones de Dios lleguen a todos. Dios toma muy en serio la indiferencia respecto a los necesitados. “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído” (Prov 21:13). Los sabios de Israel hacen una campaña muy fuerte en favor de los pobres, a la que todos deben unirse con entusiasmo y alegría de corazón, aunque sea por motivos egoístas. “El que da en abundancia, recibe más de lo que dio; pero el que es tacaño, termina en la pobreza. El que es generoso, prospera; el que da a otros, a sí mismo se enriquece” (Prov 11:24).

Cuando a Bernardo Kliksberg, experto en programas sociales de la ONU y digno representante de la tradición hebrea, se le pregunta si el pobre es pobre por su culpa, como mucha gente piensa, responde:

“Esa es una pregunta importantísima, llevo treinta años combatiendo esa idea. A mí me toca hablar frente a grupos de todo el mundo, que incluyen empresarios, políticos, gente muy prominente, directivos de sus sociedades y, de una manera u otra, siempre aparece ese razonamiento. Frente a la carga abrumadora de las cifras de pobreza latinoamericana en este año 2001, frente al hecho de que el 36 por ciento de los chicos menores de dos años están en riesgo alimentario, desnutridos en un continente tan rico, frente al dato de que 50 por ciento de los latinoamericanos están por debajo de una línea de pobreza que no es precisamente la del mundo desarrollado, o que la tercera parte de nuestras poblaciones no tienen agua potable, lo que significa 850.000 casos de cólera en tres años…, cuando uno presenta esta realidad, aparece el razonamiento de que los pobres algo tienen que ver con la cuestión, por pereza, por afición al alcohol, por falta de interés real en desarrollarse. Es un razonamiento primitivo, que no tiene ninguna convalidación posible desde el punto de vista científico. Las investigaciones indican claramente que, cuando la economía cambia y se abren oportunidades, la población pobre de cualquier país del mundo reacciona igual que los demás sectores sociales y las aprovecha. Si hay oportunidades de capacitación, de crédito, de apoyo tecnológico, crean microempresas, crean desarrollos productivos con facilidad. Además, en América latina resulta muy difícil decir que la culpa es de los pobres cuando son la mitad de la población”[6].

La cita es un poco larga, pero creo que vale la pena, viniendo de quien viene[7]. Según Kliksberg, las Sagradas Escrituras nos ofrecen un verdadero estado del bienestar mediante la acción colectiva de comunidad frente a los problemas económicos y buen gobierno mediante sistemas fiscales, legislación laboral, regulaciones del mercado, y asistencia médica y social para los enfermos, los ancianos y la educación de los niños. Todo esto es una manera de poner en práctica el mandamiento por excelencia: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que se encuentra en el centro de la Torah (Lv 19:18) y en corazón del Evangelio (Mt 22:37; cf. Ro 13:18).

En un momento tan difícil como el que vivimos debido al auge de los nacionalismos y las políticas de odio, es del todo necesario volver una vez más, también en economía, a las raíces del Evangelio y al valor de la persona, toda persona, cuya promoción social, cultural y material es parte de todo mensaje cristiano que se precie. El nuestro es un tiempo malo, distópico, regresivo en cuanto a derechos y libertades conseguidas, y precisamente por ello debemos dar lo mejor de nosotros mismos, acudiendo a las fuentes que renuevan y recrean todas las cosas, a saber, el mensaje social de los antiguos profetas de Israel, cuya culminación se manifiesta en Jesús de Nazaret. Es a partir de ahí que podemos articular una serie de principios críticos y constructivos que contribuyan a un mundo mejor —o menos malo— en la medida en que los principados y potestades del momento puedan ser atados y arrojados al averno del que salieron.

[1] Gary North, Heredarán la tierra, p. 7. Institute for Christian Economics, Tyler, Texas 1987.

[2] Norbert Lohfink, “Reino de Dios y economía en la Biblia”, Communio, 8 (marzo/abril 1986), 112-124

[3] Andrés Zambrano Rodríguez, «El clamor del ‘pobre’ en los salmos». Instituto de Espiritualidad e Historia, Agustinos Recoletos.

[4] Rainer Kessler, “Pobreza y riqueza en el Antiguo Testamento”. Selecciones de Teología, 2016.

[5] Id.

[6] Sergio Kiernan, “Combatir la pobreza es un deber, no un favor”, https://www.pagina12.com.ar/2001/01-01/01-01-15/pag15.htm?mobile=1

 

[7] Bernardo Kliksberg es autor de un buen número de obras, entre ellas: Primero la gente (con Amartya Sen, Planeta/Deusto, Madrid, 2008); Más ética, más desarrollo (Editorial Temas, Buenos Aires 2008); Hacia una economía con rostro humano (UNESCO. 2002).

Alfonso Ropero Berzosa

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