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Posted on 02/05/2014 by Harold Segura C.  in  Biblia, Teología

El infierno, ¿existe todavía?

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«…fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos…»

Credo de los Apóstoles

En la audiencia papal del miércoles 28 de julio de 1999, el entonces papa Juan Pablo II (ahora San Juan Pablo II) habló del Infierno. Recuerdo las polémicas que provocaron sus palabras. Los medios de comunicación, tan afectos al sensacionalismo, incluso los especializados en asuntos religiosos, anunciaron a los cuatro vientos titulares como: «¡El infierno no existe y, si existe, estaría vacío!». De esto hace ya quince años; lo recuerdo bien porque en ese entonces era Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional, de Cali, Colombia (hoy Fundación Bautista Universitaria) y los estudiantes, ávidos de polémicas, hicieron de la noticia el tema de obligada discusión en cada clase.

¿Qué fue lo que dijo el Papa? El tema de su alocución había sido «El infierno como rechazo definitivo de Dios». Habló acerca de la realidad del infierno y dijo que no era un lugar físico. Explicó que es un estado que el pecador se construye de forma progresiva y definitiva por su aversión a Dios y su menosprecio al prójimo. Dijo que: «El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios»[1]. La noticia era, por lo menos para los que no somos católicos, muy positiva (disculpen la ironía), si tenemos en cuenta que hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia católica defendía la doctrina según la cual todo el que estuviere «fuera de la iglesia católica… caerá en el fuego eterno, que está preparado para el demonio y sus ángeles»[2] ¡Díganme, entonces, si no era buena noticia para nosotros los protestantes!

La algarabía por las declaraciones papales giró en torno al concepto teológico del infierno como un estado y no como un lugar específico. Un estado de separación eterna del Dios amoroso. Similar inquietud causaron las declaraciones del conocido teólogo evangélico, John R. W. Stott, cuando afirmó algo semejante. Stott, junto con otro autor inglés, David Edwards, escribió un libro titulado “Evangelical Essentials:A liberal-Evangelical Dialogue”; texto escrito en 1988. Los dos autores dedicaron las últimas seis páginas de su libro para hablar acerca de la naturaleza del infierno. Concluyeron que los incrédulos serían aniquilados por completo en su destino final y así no experimentarían un castigo eterno  como se había enseñado durante años en lo que ellos llamaron posiciones tradicionalistas.

Y es que, en los Evangelios, el infierno (la Ghenna), más que significar un lugar físico, simboliza la exclusión de la presencia de Dios. En algunas ocasiones, el símbolo es el fuego (Marcos 9: 43), en otras las tinieblas (Mateo 8: 12), en otras el Abismo (Apocalípsis 9: 2,3), pero lo que se destaca no es la descripción física del lugar (por cierto, no es posible un lugar de fuego literal y al mismo tiempo de tinieblas), sino el principio espiritual de la exclusión de la presencia divina. E. Y. Mullins, reconocido teólogo evangélico de comienzos del siglo XX, enseñaba acerca de estas afirmaciones bíblicas que «En su mayor parte son expresiones figurativas y simbólicas y deben interpretarse así»[3]. Son figuras que representan el espantoso destino de quienes contradicen los principios del Reino de Dios y su justicia. ¡Porque la injusticia no será eterna!

Entonces, sí hay infierno, pero no el de las llamaradas de fuego con ánimas sedientas en medio del calor. «El sufrimiento físico no sería un castigo adecuado para pecados espirituales… (porque) infligir un dolor puramente físico en el pecador, no sería adaptar su castigo a la naturaleza (espiritual) de sus pecados», dice el teólogo bautista de viejo corte tradicional, Walter T. Conner.[4]

He citado hasta ahora sólo autores evangélicos, ceñidos a la ortodoxia tradicional, porque bien conocido es que en las filas de la teología progresista quedan pocos autores, si es que quedan algunos, que sostengan la existencia de un infierno literal, dantesco, donde los pecadores a causa de la ira de Dios arden en un lugar de fuego que no cesa. Para estos, el infierno es una realidad expresada en lenguaje metafórico; una realidad que apela a la libertad del ser humano y a la indudable existencia del mal (a la que Dios pone fin). Creen en el infierno como estado, pero no como lugar.

Entre los teólogos latinoamericanos más ilustres está el ya fallecido Juan Luis Segundo. Segundo escribió un texto acerca del infierno en diálogo con la teología de Karl Rahner. Decía el teólogo uruguayo, tratando de interpretar a Rahner, que el infierno es «una actitud de alejamiento de Dios» que comienza «con esta existencia del hombre y que Dios respetaba en la futura»; así, «el infierno no es más ni menos que el dolor con que afectamos a otros, o el que, pudiendo evitar, no lo hacemos por temor, pereza o costumbre. En una palabra, por egoísmo»[5]. Es el ser humano quien se condena a sí mismo por su propio pecado y, cuando muere, su condenación, así como su terco alejamiento de Dios, se convierte en definitivo.

Por su parte, Juan Stam, querido teólogo y exégeta evangélico, dice que «mucho del lenguaje descriptivo del infierno tiene que ser figurado. Lo del gusano que no muere, no es para sacar una doctrina de la inmortalidad de los gusanos. Fuego y tinieblas son símbolos contradictorios, si se toman al pie de la letra, pero el ardor del fuego y el temor de la oscuridad son simbolismos. Un abismo sin fondo, como nos pasa a veces en las pesadillas, o el encontrarse fuera de un banquete, son otros de los muchas figuras que describen un juicio final y un veredicto de muerte».[6]

Pero, pese a lo que diga la teología, la imagen de un infierno con ardientes llamas y gobernado por un diablo con cuernos, tridente y cola, se resiste a desaparecer. La imaginería popular, católica y evangélica, seguirá construyendo sus «verdades» sobre el principio de que lo que se ha enseñado se seguirá enseñando y lo que se ha leído se seguirá leyendo de la misma manera y con el mismo sentido, por los siglos de los siglos. ¡Cómo si la fidelidad espiritual fuera sinónimo de terquedad teológica!

De todas maneras, no hay por qué dejar de seguir buscando una fe cristiana que tenga el amor como principio movilizador de las buenas acciones (el amor y no el miedo) y a Jesús como paradigma de vida y de servicio. Solo así lograremos comprender que la noción del infierno es una parte integrante de la propuesta humanizadora del Evangelio que entre símbolos y metáforas señala el triste destino de nuestras acciones cuando no tienen en cuenta el valor del ser humano.

El reto pastoral −¡y en esto que nos auxilien los biblistas y teólogos!- es cómo redescubrir la riqueza del lenguaje simbólico-metafórico de la Biblia para desarrollar una cosmovisión cristiana que nos ayude a interpretar la Historia, el acontecer humano y la vida en sus múltiples expresiones; que nos de esperanza, que aliente la solidaridad y profundice la confianza en medio de tanto terror, injusticia y dolor como el que vive nuestro mundo. Ni el diablo de cuernos y cola, ni el Dios anciano de barbas blancas, ni el infierno de Dante, ni el cielo de los conquistadores españoles nos ayudan en este propósito. Son literalismos que con el prurito de ser fieles al texto bíblico, lo traicionan.

El infierno, siguiendo las ideas de Juan Luis Segundo, debe ser presentado como «un elemento responsabilizador y animante que oriente el ejercicio de la libertad del creyente hacia la realización de sus valores más hondos».[7] Entonces, ¡el infierno existe todavía, pero no como lo imaginábamos! El infierno de llamas encendidas avivadas por los arpones del demonio y donde se consumen los impíos no es que haya dejado de existir; simplemente nunca existió.

[1] Juan Pablo II, en:  Lo que el Papa ha dicho sobre…, San Pablo,  Santiago de Chile, 1999, p. 33, 34.

[2] Citado por Hans Kung, en: El credo, Trotta, Madrid, 1995, pp. 172-173.

[3] E. Y. Mullins, La religión cristiana en su expresión doctrinal, Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, 1980 (4ª. Ed. Corregida). P. 497.

[4] Walter T. Conner, Doctrina cristiana, Casa Bautista de Publicaciones,  El Paso, Texas, 1969 (2ª ed.) p. 384.

[5] Juan Luis Segundo, El infierno. Un diálogo con Karl Rahner, Lohlé-Lumen, Ediciones Trilce, Buenos Aires 1998, p. 179.

[6] Juan Stam, El juicio final, en: http://juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryID/353/Default.aspx

[7] Juan Luis Segundo, Op. Cit., contraportada.

Harold Segura C.

2 comentarios

  1. En el N.T. se afirma con toda claridad que el destino de los justos y el destino de los impíos en el estado escatológico son diversos. El destino de los impíos implica la exclusión definitiva de la situación. El que la exclusión definitiva del gozo celeste no se realiza por aniquilamiento de lo excluidos, consta porque el N.T. se afirma claramente que los condenados padecen además tormento y dolor eternos. La idea de exclusión absoluta del impío con respecto al reino de dios es muy frecuente en San Pablo. El sentido es tan absoluto, que hace inadmisible toda idea de “apokatástasis”. El hecho de que la palabra (infierno, Gehenna) se encuentra en pasajes que son explicaciones de parábolas debe hacernos cautos ante una explicación meramente metafórica; no es fácil suponer que una metáfora ( una parábola) haya sido explicada con otra metáfora.
    El magisterio eclesiástico enseña la existencia del Infierno (Dz 16 40 429 464 693 717 835 840; ) y su duración eterna contra la doctrina de la -> apocatástasis de Orígenes y de otros padres (Dz 211). Con una eliminación (hermenéuticamente importante) de modelos temporales de representación aplicados a la vida de los muertos, el magisterio eclesiástico subraya, contra la doctrina de un estado intermedio de los condenados antes del juicio universal, la inmediata existencia del Infierno después de la muerte (Dz 464 531). Más allá de una cierta distinción entre la privación de la visión de Dios (poena damni) y los tormentos (poena sensus [Dz 410]), no hay declaraciones oficiales acerca del tipo de los castigos del infierno, aun cuando la doctrina del magisterio habla de diferencias en tales castigos (Dz 464 693).
    Para una idea correcta del tema han de tenerse en cuenta todas las reglas de hermenéutica de las afirmaciones escatológicas (- escatología, – novísimos), que también deben tomarse en consideración de cara a la predicación sobre el Infierno. Esto significa que cuanto la Escritura dice sobre el Infierno, de acuerdo con el carácter escatológico de la amenaza, no debe entenderse como un reportaje anticipado acerca de algo que algún día ocurrirá, sino como descubrimiento de la situación en la que el hombre llamado se encuentra ahora realmente. Ese hombre es el sujeto que se halla ante una decisión de consecuencias irreversibles; es él quien puede perderse definitivamente al rechazar el ofrecimiento de la salvación divina. Las metáforas con las que Jesús describe la perdición definitiva del hombre, como posibilidad que le amenaza ahora, son imágenes (fuego, gusano, tinieblas, etc.) que están tomadas de la apocalíptica contemporánea. Todas quieren decir lo mismo: la posibilidad de la perdición definitiva del hombre y su alejamiento de Dios en todas las dimensiones de su existencia. Partiendo de aquí se puede conocer que, por ejemplo, la cuestión discutida de si el «fuego» del Infierno debe entenderse metafóricamente o en un sentido «real» está ya mal planteada. Pues el «fuego» (y palabras semejantes) significa de modo figurado una cosa que, por pertenecer radicalmente al más allá, nunca puede expresarse en sus propios «fenómenos» y así, incluso cuando aparentemente se la designa en forma muy abstracta, siempre se la menciona en «imagen». Asimismo el «perderse» es una expresión figurada. Con esto no interpretamos el «fuego» de forma «psicológica». Éste se refiere al aspecto transcendente a la conciencia, a la dimensión cósmica y objetiva de la perdición. Del mismo modo que la bienaventuranza en la proximidad inmediata de Dios significa la apertura amorosa y beatificante al mundo transfigurado, que sigue siendo el mundo humano y físico que nos rodea, así también la perdición implica una definitiva oposición al mundo permanente y perfecto, la cual se convierte en tormento. Por tanto son superfluas las especulaciones acerca del «lugar» del infierno. En todo caso no podemos situarlo en el espacio cósmico accesible a nuestra experiencia.El desarrollo teológico del dogma no puede pues, hacerse razonablemente.Por tanto no puede ser tarea de la teología el diseño de hechos concretos y detallados del más allá (p. ej., en lo relativo al número de los condenados y a la crueldad de sus tormentos, etc.).
    Al contrario, su misión sigue siendo mantener el dogma del Infierno en todo el rigor de sus exigencias reales, para cumplir así el propósito de la revelación, que es conducir al hombre a dominar su vida teniendo en cuenta la posibilidad real de una condenación eterna e imponer una seriedad radical a la existencia. La fundamental referencia a este sentido salvífico del dogma debe ser, pues, la pauta y el hilo conductor de toda especulación.
    La eternidad del infierno puede y debe explicarse hoy (de acuerdo con Tomás de Aquino) como consecuencia y no como causa o realidad independiente de la obstinación interna (como negativa a la gracia dada para la acción salvífica), la cual a su vez proviene de la naturaleza de la libertad y no está en contradicción con ella, puesto que la libertad es voluntad y posibilidad de poner lo definitivo, y no la posibilidad de una revisión siempre renovada de las decisiones; y puesto que la «eternidad» no es la duración temporal que se esconde tras la historia de la libertad, sino el estado definitivo de la historia realizado por el hombre; en consecuencia el Infierno es eterno, y así constituye una manifestación de la justicia de Dios. No hay que entender el Infierno como una radical medida punitiva, impuesta accesoriamente por un Dios vengador, que castiga a aquel que se enmendaría con la remisión de este castigo. Dios sólo «actúa» en el castigo del Infierno en cuanto no arroja al hombre de la realidad definitiva que él mismo se ha creado y no lo arranca de su contradicción al mundo como creación divina. Por esta razón es poco adecuado para entender el Infierno el modelo de un castigo vindicativo, propio de la sociedad civil, que imponiéndolo se protege contra los perturbadores de su orden.
    Por otro lado, hay que tener en cuenta los ERRORES SOBRE EL INFIERNO que pueden catalogarse en dos direcciones.
    1.- EL CONDICIONALISMO. Los impios serán aniquilados. En esta linea están los gnósticos. En el gnosticismo esta concepción se mezcla con la idea de la destrucción final de la materia. En el siglo XIX el condicionalismo era defendido por algunos teologos protestantes liberales, y en los Testigos de Jehová que sostienen que los impíos resucitaran al final del reino milenarista para recibir la sentencia de ANIQUILACION ( no de condenación). En realidad, en la doctrina de los Testigos de Jehobá y algunas sectas adventistas, el infierno simplemente no existe; niegan por tanto, no sólo la eternidad del infierno, sino el mismo infierno.
    2.- EL UNIVERSALISMO: es la tendencia a afirmar que todos se salvarán, porque el infierno o es temporal y tiene sentido purificatorio, o simplemente no existe. Algunas sectas anabaptistas la defendían. El término técnico de este error se conoce como APOKATASTASIS.
    El teologo liberal Schleiermacher contribuyó a que se difundiera. K. Barth opina que no se puede excluir su posibilidad.
    LA DOCTRINA DE LA IGLESIA CATOLICA
    La Iglesia proclama e insiste y define la existencia del infierno de un estado (tomamos el infierno no como un lugar, sino como un estado. Al menos después de la resurrección, el infierno deberá ser un lugar; los hombres resucitados tendrán cuerpo y, por tanto, estaran en algún sitio. Como es obvio, prescindimos de la cuestión de si los espiritus pueden no estar en lugar alguno) que corresponde en el más allá a los que mueren en estado de pecado mortal y enemistad con Dios habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal. Con respecto a ese estado, la Iglesia habla de dos elementos distintos de pena en el infierno: la privación de la visión de Dios, que se concibe como dolorosa, y otro elemento que designa con la expresión «fuego»; el primero, en lenguaje teologico, se llama «pena de daño», y el segundo, «pena de sentido»; ambos elementos son eternos
    A modo de conclusión: Dios ofrece su amistad sobrenatural al hombre, que puede rechazarla libremente. El ofrecimiento de su amistad es un don de Dios sumamente gratuito, que Dios ofrece libremente. De la misma manera que Dios no estaba obligado a ofrecer este don, tampoco lo éstá a mantener su ofrecimiento eternamente. De hecho Dios ha determinado un limite, después del cual no ofrece ya su amistad: la muerte. Después de la muerte, el hombre que ha rechazado la amistad de Dios en su vida no es admitido ya a ella. Por esta conciencia de no admisión, el hombre experimenta la pena de daño. Pero porque sabe que Dios no le ofrece ya ulteriormente su amistad, entiende la inutilidad de cualquier conato de conversión; de esta conciencia de inutilidad surge el odio y el endurecimiento.

  2. Comprendo la discusión teológica del asunto sobre el infierno como un estado de distanciamiento de Dios, un estado puro de carnalidad y alejándome de la idea del infierno tradicional y caótico, promocionado por el catolicismo en sus tiempos sobre un infierno gobernado por el diablo, que de por sí es una herencia griega de Zeús y Ades. Sino adentrándome en la referencia Bíblica y sistemática del asunto, me caben dos dudas:

    1. ¿Sí el infierno como espacio físico o espiritual no existe, entonces de que carajo nos salvo Cristo, si la paga del pecado es muerte y esta condena ETERNAMENTE, donde quedaría esa condenación si Dios nos aniquilara de un solo tiro,? Cristo nos salvo del infierno pos vida y del infierno de la carne, pero creo que no se pueden confundir.

    2. Si Dios «aniquilará» a los incrédulos, entonces sería un Dios de justicia, pero de destrucción y muerte y esto va en oposición total del atributo de la Santidad de Dios y de su esencialidad.

    No soy un estudioso de la teologia, antes bien so ignorante, pero no halló razones de peso para darle una interpretación física a verdades espirituales y por lo tanto a eliminar elementos cruciales.

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