Últimas publicaciones
Posted on 14/07/2026 by Juan Carlos Gaona-Poveda  in  Biblia, Historia, portada

¿Traduttore, traditore? El legado de Adam Florentino Sosa | Juan Carlos Gaona Poveda

f 𝕏 W

¿Traduttore, traditore? El legado de Adam Florentino Sosa 

 

Desde la década de 1970, la teología evangélica latinoamericana tuvo a la traducción como un blanco de sospecha.[1] En nombre de lo propio y de una identidad “auténtica”, se ha tendido a impugnar la recepción de las teologías del norte global, como si toda mediación lingüística implicara subordinación cultural. Nuestros teólogos y teólogas han reiterado —no sin cierta ironía— la vieja acusación del traductor o la traductora como traidor(a), aun cuando muchos de ellos y ellas han participado activamente del oficio. Pero ¿es la traducción, en sí misma, una práctica colonial, o más bien el campo de disputa de sentidos, de negociación de poderes y de resignificaciones? ¿No será que, lejos de ser solo vehículo de dependencia, la traducción ha sido también una condición de posibilidad —incómoda, ambigua, pero ineludible— para la propia existencia de la literatura protestante en América Latina?

La cuestión de si el traductor(a) “traiciona” el mensaje original nos lleva al problema de la traductibilidad: ¿podemos apropiarnos de lo extraño? Traducir es una forma de gestionar la diferencia y de relacionarnos con la presencia del otro sin reducirla por completo a nuestra propia experiencia. El traductor puede optar por ser fiel al texto original, manteniendo su extrañeza, o adaptar el mensaje a las necesidades locales. Entre estos extremos se ha movido la historia intelectual evangélica, en la cual se han producido valiosas traducciones que han hecho posible un “nosotros” con rasgos propios.

La traducción es, al mismo tiempo, una práctica local y un fenómeno en movimiento. Nos permite entender la manera en que las ideas viajan, se transforman y echan raíces en distintos contextos. No se trata solo de palabras o significados fijos, sino también de sus condiciones concretas: factores geopolíticos, comerciales y editoriales. Traducir es un oficio que conecta lenguas y épocas, que nos muestra una historia de cruces e intercambios, los cuales no pueden reducirse al centro-periferia. A partir de negociaciones, subversiones y compromisos locales, permite descontextualizar y recontextualizar teologías, sensibilidades, hermenéuticas.[2]. Si bien también ha reproducido asimetrías y deslegitimado reclamos identitarios. De ahí que balancear su lugar en la cultura evangélica se haga más que necesario.

En América Latina, las prácticas editoriales tendieron durante mucho tiempo a invisibilizar a los traductores, aunque en el siglo XX su figura ganó mayor reconocimiento. La traducción entrecruzó factores sociales, ideológicos y comerciales, el prestigio del traductor(a) podía incluso respaldar la autoridad de un texto. Aunque a menudo anónimos, algunos traductores y traductoras evangélicas destacaron. Es el caso de Gonzalo Báez-Camargo, Laura Jorquera o Manuel Gutiérrez-Marín, Este último responsable de verter al castellano grandes obras de autores como Martín Lutero o Karl Barth. Pero, sin duda, la figura más conspicua fue Adam Florentino Sosa.

Pastor, editor y traductor

Adam F. Sosa (1902-1983) fue un pastor metodista proveniente de la región del Río de la Plata en Sudamérica. Nació en Asunción, Paraguay, hijo de Florentino e Ida Maldini Sosa. Sus padres habían sido enviados a Paraguay desde Buenos Aires: Florentino como predicador laico de la Iglesia Metodista en Paraguay, e Ida para enseñar en la escuela de Asunción. Florentino padre fue ordenado pastor y, en 1916, se convirtió en el primer superintendente de distrito nativo de la Conferencia Anual del Río de la Plata. Adam, el mayor de ocho hijos, estudió en escuelas públicas de Argentina y, tras diez años de trabajo comercial, ingresó al Seminario Unión de Buenos Aires en 1932. Desempeñó varios cargos pastorales en Argentina, donde también fue superintendente. Enseñó historia de la Iglesia en la Facultad Evangélica de Teología de Buenos Aires (precursora del ISEDET); y durante varios años presidió la Comisión Rioplatense de Literatura Cristiana, de la que fue secretario editorial hasta los años setenta. Su labor principal fue, por más de cuatro décadas continuas, la traducción de libros al español desde el inglés, francés, italiano y portugués. Asimismo, fungió como editor jefe de las revistas El Predicador Evangélico y Cuadernos Teológicos, dos publicaciones interconfesionales para predicadores y teólogos insoslayables en la historia de la teología evangélica latinoamericana y que circularon por todo el continente. Sus obras originales fueron: Breve historia del Apóstol San Pablo y Vivir sin religión.[3]

 

Los consejos de un traductor veterano

En la correspondencia de Adam Sosa, que se encuentra en el Archivo Histórico de la Iglesia Metodista de Argentina, encontré más de 500 cartas entre el traductor y una gran cantidad de agentes culturales —mujeres y hombres— vinculados a la literatura evangélica en castellano: editores, autores, libreras, pastores, otros traductores, discípulos y agentes de publicaciones. Sosa se convirtió en la referencia de tres generaciones de promotores de la cultura cristiana en nuestro continente, Estados Unidos y España. Como reflejo de su personalidad cálida, encontramos misivas en las que orienta y consuela a sus amigos; se evidencian también sus preocupaciones político-culturales en medio de los caóticos procesos de modernización en su país; asimismo, se observa una capacidad para negociar o subsidiar derechos de traducción y publicación. Sin embargo, lo que más destacó fue su capacidad de formar a nuevos traductores y nuevas traductoras, quienes le pedían consejo sobre aspectos técnicos e intelectuales del oficio. En una carta de 1972, entre Sosa y Marcelo Pérez Rivas, director editorial de la Editorial La Aurora en los años setenta, se evidencian algunas de las posiciones de Sosa en torno a la traducción. Se encontraban inmersos en un inmenso proyecto editorial. Se trataba de un best seller, que todavía se edita: el comentario bíblico de Barclay.[4] Al respecto, Sosa le escribe a Pérez Rivas:

Estimado Marcelo: permítame algunas observaciones sobre su traducción de Mateo, que al mismo tiempo constituirán una “declaración de principios” en cuanto a mi trabajo de revisión de Barclay. Es obvio que para mantener cierto viso de unidad en el trabajo de diversos traductores, estos tendrán que ajustarse al vocabulario y al estilo del autor; de lo contario la obra terminada parecería escrita por varias personas. En su caso, encuentro que usted tiene marcada tendencia a adaptar el original y aun parafrasearlo en algunos casos […]  Por otra parte, no sé si le habrá dado otro tomo a […] Hubiera querido hablar con usted cuando terminé dicha corrección. Esa sí que fue una corrección, inclusive a veces pienso que no está “maduro” para un trabajo de esta índole […] Disculpe que pueda parecerle demasiado fuerte lo que antecede. Pero cuando uno habla desde encima (¿o desde abajo?) de cuarenta años de experiencia, durante los cuales se han establecido ciertas normas, muchas de ellas tácitas, pero que ya son como una segunda naturaleza, es difícil tal vez ser todo lo objetivo que se debiera.[5]

Fuente: Maynard, Edwin H. (1974). SOSA, ADAM. F., en: The Encyclopedia of World Methodism. Volume II, p. 2198

 El veterano traductor indicaba al emergente traductor-editor quiénes debían traducir la obra y en qué términos. No existían parámetros sobre el proceso, por lo que era Sosa quien fijaba la norma según su experiencia, aunque posteriormente se crearon diversos manuales con indicaciones al respecto. La nómina de traductores de La Aurora entre 1965 y 1980 era de 70 personas (35 mujeres y 35 hombres), todas vinculadas a las iglesias: profesoras, pastores, laicas y teólogos. Adam Sosa creó escuela y su legado trascendió su vida. Se podría decir que las posiciones de Sosa fueron más bien conservadoras, ya que buscaba no “traicionar” el mensaje original de las obras traducidas. Sin embargo, aportó la necesaria conciencia sobre la profesionalización del oficio en el campo cultural evangélico transnacional. Otros, como Pérez Rivas (a quien en otro momento dedicaremos una nota), posicionaron un estilo más dinámico, haciendo de la traducción una tarea de reapropiación latinoamericana del pensamiento protestante.

Hoy que la IA y Google Translator tienden a convertir la traducción en un artificio meramente técnico, guiado ciegamente por creadores de algoritmos, es necesario rescatar la dimensión intelectual y cultural del oficio. Una tarea en la que se hace necesaria la toma de postura teológica, política, cultural, espiritual y social en un mundo globalizado, pero también fracturado por los intereses omnívoros de unos cuantos. ¿A quién se traiciona? ¿Al mensaje? ¿A la verdad? ¿A la justicia epistémica? ¿Al Evangelio? Estas preguntas solo las podemos responder personas de carne y hueso. Adam F. Sosa fue un convencido de que la verdad es el eje articulador de la tarea cristiana. Espero que estas breves líneas contribuyan a traer su legado a nuestra memoria y que nos animen a construir alternativas serias ante la desinformación en esta era de posverdad

 

______________________________________________

[1] El teólogo Jorge Pixley señalaba en 2001: “¡Es evidente que aún hoy los evangélicos usan para la enseñanza de la teología libros traducidos del inglés y, para colmo, libros viejos que nada saben de los últimos sucesos en teología!”. (Pixley, 2001, pp. 293-318). Críticas similares aparecen en textos de autores como Samuel Escobar o René Padilla, quienes fueron promotores decididos de una producción teológica latinoamericana hecha por latinoamericanos en español, impulsando proyectos editoriales como Certeza y Kairós.

[2] En mi libro sobre el campo editorial evangélico analizo las negociaciones, prácticas y estrategias desarrolladas entre agentes evangélicos del norte y del sur global. Gaona Poveda, Juan Carlos. (2026). El libro evangélico. Religión, mercado y política en el campo editorial hispanoamericano (1920-1989). Universidad del Rosario, Universidad Javeriana y Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa.

[3] Maynard, Edwin H. (1974). SOSA, ADAM. F., en: The Encyclopedia of World Methodism. Volume II, pp. 2198-2199.

[4] El Comentario Bíblico de Barclay tuvo un enfoque marcadamente comercial, pues su tono controversial y lenguaje llano conectaba con la cultura mainstream evangélica. Además, su autor, un escritor escocés que se presentaba como “teólogo liberal”, obtuvo popularidad en televisión y radio. La obra de Barclay se convirtió en un best seller mundial con traducciones a varios idiomas. La Aurora comenzó a traducir los primeros tomos al castellano en 1972 y publicó múltiples ediciones con tirajes de 3.000, 5.000 y 8.000 ejemplares hasta 1990. Las ventas de esta colección sustentaron económicamente la operación de la editorial por esos años

[5] Carta de Adam F. Sosa, corrector de la traducción de Barclay, a Marcelo Pérez Rivas (02 de agosto de 1972, ahiema, caja Comisión de Literatura, fojas 1-2, sección entidades asociadas).

Juan Carlos Gaona-Poveda

¿Quieres comentar?