El arcoíris visibiliza nuestras heridas
Reflexiones al concluir el mes del orgullo
Al concluir el Mes del Orgullo reflexiono sobre su importancia, no solo para quienes pertenecemos a la comunidad LGBTTQI+, sino para todas las personas que creen en el amor de Dios. No siempre celebré este mes, como muchas personas que nacimos y crecimos en Abya Yala durante las décadas de los 80’s y 90’s. Crecí en una época en la que las diversidades sexuales y de géneros apenas ocupaban un espacio de la conversación pública. Aunque las personas LGBTTQI+ existían, amaban, construían comunidad y formaban parte de nuestras iglesias, faltaban espacios donde sus vidas y experiencias se nombraran con libertad. Solo a inicios del siglo XXI, gracias a diferentes procesos sociales, como la expansión del acceso a Internet[1], el fortalecimiento de movimientos por los derechos humanos y los primeros avances legislativos para el reconocimiento de las parejas del mismo sexo[2], se amplió la visibilidad pública de las experiencias de las personas LGBTTQI+. Durante mi infancia y juventud, en cambio, la diversidad apenas se mencionaba en la escuela y mucho menos en las iglesias. Lo cierto es que el silencio también educa: cuando algo no se nombra, aprendemos que está prohibido. Paulo Freire observó que «la existencia, en tanto humana, no puede ser muda, silenciosa» y que «existir, humanamente, es ‘pronunciar’ el mundo, es transformarlo” (Freire, 1970, 71). Desde esta perspectiva, aquello que permanece sin nombrarse difícilmente puede ser reconocido.
A raíz de ese silencio muchas personas LGBTTQI+ aprendieron muy pronto a mantener oculto lo que resultaba prohibido a los ojos de los demás. Así se aprende a vivir desde una aparente no existencia. Esto es lo que Ada María Isasi-Díaz llama “lo cotidiano”, “el primer horizonte en el que tenemos nuestras experiencias, las cuales son elementos constitutivos de nuestra realidad” (Isasi-Díaz, 2002)[3]. Y parte de esas experiencias son también las teológicas, desde donde parte nuestro entendimiento sobre la Divinidad y sobre la vida en la comunidad de fe. Esto plantea una pregunta dolorosa: ¿Cómo es posible ser parte de un espacio espiritual que ni siquiera nos ve, ni mucho menos nos reconoce plenamente?
Ante la paradoja de habitar una institución hostil pero sagrada, necesitamos estar seguros. Por ello, la comunidad entendió como urgente recurrir a un antilenguaje de códigos. Como explica Paul Tillich (1957, 41-43), los símbolos tienen la capacidad única de “abrir niveles de realidad que de otra manera permanecerían cerrados”[4]; este elemento se convierte, así, en el refugio de la comunidad LGBTTQI+. Si en mi infancia hubiese comprendido que había personas cuyas vidas estaban constantemente amenazadas simplemente por existir, me habría gustado saber que contaban con un símbolo capaz de decirles: “Aquí estás a salvo”. Por eso, desde hace algún tiempo procuro llevar un arcoíris conmigo: en mi vestuario litúrgico, mi ropa, mis herramientas de trabajo o incluso en mis uñas. Cada uno de sus colores se convierte en un recordatorio de que ese espacio seguro que el mundo niega, podemos construirlo en lo cotidiano.
El uso intencional de estos colores y códigos nos introduce a un fenómeno teológico y sociológico: la creación de un antilenguaje. Según el lingüista Halliday (1978, 164-165), “un antilenguaje es el lenguaje de una antisociedad… construido por aquellos que se esfuerzan por mantener una contrarrealidad que se encuentra bajo la presión del mundo establecido”[5]. Este antilenguaje funciona entonces como un acto consciente de resistencia que produce una realidad alternativa al sistema dominante. Permite entonces mantener la solidaridad y la cohesión dentro de un grupo que ha sido fragmentado o marginalizado. Esto resulta fundamental para la comunidad LGBTTQI+, pues a lo largo de la historia las iglesias y los espacios cristianos tradicionales nos han maltratado sistemáticamente. Ante ese rechazo de la institución, el antilenguaje se convierte en una excelente herramienta para mantener la unidad y proteger la fe, y nos permite aferrarnos a las imágenes de amor y gracia que trajo Jesucristo. Es el lenguaje que inventamos para estar a salvo y validarnos tras años de ser tratados como menos valiosos o hasta peligrosos.
Bruce Malina y Richard L. Rohrbaugh (1998, 9-11) explican que este es el mismo mecanismo que utiliza el Evangelio de Juan dado que “a los ojos de sus oponentes la comunidad joánica estaba al margen de las leyes prevalecientes y subsistían dentro de la sociedad… eran sujetos de su propio antilenguaje que resiste y socava el poder de la ley, manteniendo una realidad social particular para la resistencia y la protesta” (traducción propia)[6]. Además, “el antilenguaje sirve para mantener la solidaridad interna frente a la presión de la sociedad en general (de la que provienen los miembros del grupo, y en la que todavía están incrustados en gran medida)”[7]. Otra particularidad en este evangelio es la relexicalización, que se define como la “práctica de usar palabras nuevas para alguna realidad a la que normalmente no se hace referencia con esas palabras y apunta a elementos y objetos que afectan a áreas de interés central para el grupo” (Malina y Rohrbaugh, 1998, 4-5)[8]. Esto es precisamente lo que pasa en Juan 17. Cuando Jesús señala que su comunidad todavía está en el mundo (v. 11), pero que a la vez no es del mundo (v. 14), toma estas expresiones cotidianas y les da un sentido completamente nuevo para cuidar y proteger la intimidad de los suyos, un grupo que necesitaba afirmación y pertenencia, frente a la hostilidad exterior. De igual manera, hoy nuestras banderas de colores, códigos y lenguajes comunitarios incluyentes y afirmativos se transforman en una relexicalización viva: todos ellos proclaman que existimos y que somos amados. Es un antilenguaje que se opone de frente al léxico eclesiástico utilizado para juzgar y condenar; es, verdaderamente, un lenguaje del Reino de Dios. Con él nombramos lo prohibido y proclamamos: existimos y somos amados tal y como somos.
Cuando nos acercamos a los evangelios descubrimos que Jesús nunca anduvo por Palestina intentando cambiar la esencia de la gente según sus prejuicios individuales. Por el contrario, se detenía, interrogaba sus realidades y reconocía sus necesidades. Lo vemos, por ejemplo, en el pasaje de la hemorroísa (Marcos 5:25-34), a quien no solo sana, sino que permite que se acerque, rompiendo los tabúes de impureza de la época y restaurando su dignidad públicamente. Incluso los evangelios registran con honestidad los elementos de tensión cultural de Jesús, hombre judío de su tiempo; ante la insistencia de la mujer sirofenicia (Mc. 7:24-30), Jesús, inicialmente, muestra resistencia a escuchar a quien consideraba diferente. Sin embargo, finalmente Jesús se permite ser interpelado por la otra persona, reconsidera su postura, cambia su perspectiva y le concede el milagro. Si Jesús mismo tuvo la capacidad de transformar su forma de pensar, nosotros también podemos hacerlo. El cambio es una urgencia evangélica basada en la justicia. Estamos llamados/as a reconocer identidades y realidades, aunque aún no podamos entenderlas por completo. Al final, la gracia nos alcanza por igual, incluso cuando nuestros templos se niegan a abrirse a “lo diferente”. Necesitamos reconocer que fue a esa apertura transformadora a la que nos empujó el Espíritu de Dios en el estallido multicultural del Pentecostés (Hc. 2), y hacia ese mismo envío fuimos comisionados en nuestro bautismo (Ga. 3:27-28), donde toda categoría excluyente quedó abolida en la unidad del cuerpo de Cristo.
Sin embargo, este antilenguaje no es el fin último de nuestra fe. El uso del arcoíris visibiliza nuestras heridas, en parte por la incapacidad histórica de la iglesia para ser el refugio que Jesús diseñó. Deseo que llegue un día en que un pequeño arcoíris pintado en mis uñas, en una camisa o bandera, ya no sea necesario para comunicar seguridad. Quisiera que bastara con ver una cruz; que cualquier persona pudiera mirar una iglesia y pensar inmediatamente: “Ahí puedo entrar. Ahí seré recibido. Ahí encontraré personas que tratarán de parecerse al Jesús de los evangelios”. La cruz debería ser, por excelencia, el símbolo universal de seguridad para todas las criaturas de Dios, sin distinciones.
Bibliografía
Díez, Jordi. “Argentina: The Precursor in Policy Reform.” In The Politics of Gay Marriage in Latin America: Argentina, Chile, and Mexico, 111–51. Cambridge: Cambridge University Press, 2015
Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Traducido por Jorge Mellado. 2a ed. México: Siglo XXI Editores, 1970.
Halliday, M.A.K. Language as Social Semiotic: The Social Interpretation of Language and Meaning. London: Edward Arnold, 1978. (https://www.scribd.com/document/618862766/Halliday-M-A-K-Language-as-Social-Semiotic-1978)
Isasi-Díaz, Ada María. «Lo Cotidiano: A Key Element of Mujerista Theology.» Journal of Hispanic / Latino Theology10, no. 1 (August 2002): 5–17. usfca.edu.
Malina, Bruce J., y Richard L. Rohrbaugh. Social-Science Commentary on the Gospel of John. Minneapolis: Fortress Press, 1998.(https://www.scribd.com/document/764404106/Social-Science-Commentary-on-the-Gospel-of-John-Malina-Bruce-J)
Tillich, Paul. Dynamics of Faith. New York: Harper & Brothers, 1957.
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[1] https://www.cepal.org/es/comunicados/cepal-aumenta-fuertemente-uso-acceso-internet-america-latina-caribe
[2] En 2002, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires aprobó la primera ley de unión civil para parejas del mismo sexo en América Latina.
[3] Isasi-Díaz, A. M. (2012). En la lucha = In the struggle: Elaborando una teología mujerista. Fortress Press.
[4] Paul Tillich, Dynamics of Faith (New York: Harper & Brothers, 1957), 41–43.
[5] M.A.K. Halliday, Language as Social Semiotic: The Social Interpretation of Language and Meaning (London: Edward Arnold, 1978), 164–165.
[6] Bruce J. Malina y Richard L. Rohrbaugh, Social-Science Commentary on the Gospel of John (Minneapolis: Fortress Press, 1998), 9.
[7]Malina y Rohrbaugh, Commentary on the Gospel of John,11.
[8] Malina y Rohrbaugh, Commentary on the Gospel of John, 4-5.
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