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Posted on 14/07/2026 by Eliseo Jeremías Enrique  in  portada, Teología

La retórica del castigo divino: reflexiones teológicas sobre los sismos en Venezuela | Eliseo Jeremías Enrique

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La retórica del castigo divino: reflexiones teológicas sobre los sismos en Venezuela

 

“El Señor es compasivo y clemente, lento para la ira y grande en amor.”

— Salmo 103:8 (RVR60).

Hay palabras que parecen no encajar cuando todo a nuestro alrededor se desmorona. Esas palabras que invitan a la compasión en medio de ciudades quebradas, a misericordia cuando el polvo todavía no ha terminado de caer, a un amor que no se retira, aunque el suelo parezca negar toda estabilidad. Venezuela —como tantas otras tierras atravesadas por la fragilidad— vuelve a situarse en ese punto incómodo donde el lenguaje de la fe se encuentra con el lenguaje del dolor. Y es precisamente en ese cruce donde, una vez más, ha reaparecido una interpretación recurrente en ciertos discursos religiosos: la idea de que los recientes sismos constituyen un “juicio de Dios” por la idolatría del país. Esta lectura ha circulado especialmente en redes sociales y espacios eclesiales, donde el sufrimiento colectivo se convierte, con rapidez inquietante, en señal moral de condena divina. Sin embargo, esta forma de interpretación no solo plantea serios problemas teológicos, sino también interrogantes éticos fundamentales sobre el uso del lenguaje religioso en contextos de sufrimiento humano masivo.

Desde la sociología de la religión, se ha señalado que los desastres naturales tienden a ser reinterpretados moralmente por las sociedades que los experimentan, especialmente cuando los marcos científicos no son suficientes para procesar la magnitud del evento o su impacto emocional. En esos contextos, se produce una “moralización del desastre”, en que fenómenos geológicos son convertidos en mensajes divinos o sanciones espirituales (Leal Guzmán et al., 2011). Este tipo de lectura, sin embargo, no es neutral, ya que transforma el sufrimiento de las víctimas en una “señal escatológica”, y desplaza el foco desde la tragedia humana hacia una supuesta culpabilidad colectiva.

No obstante, la relación directa entre desastre y pecado colectivo no solo es problemática, sino que es constantemente tensionada dentro del propio canon bíblico. En el Evangelio de Lucas, Jesús no solo rechaza la interpretación moralizante de la tragedia, sino que desactiva explícitamente la lógica retributiva dominante de su tiempo. Ante la noticia de los galileos asesinados por Pilato y los dieciocho muertos por el derrumbe de la torre de Siloé, Jesús formula una doble pregunta retórica que desestabiliza toda lectura causal del sufrimiento: “¿Pensáis que estos eran más culpables…? No, os digo” (Lc. 13:2-5). El punto no es únicamente negar una culpabilidad mayor, sino romper la presuposición teológica de que la desgracia funciona como indicador directo de pecado.

Esta misma crítica a la teología de la retribución atraviesa otros estratos del testimonio bíblico. El libro de Job constituye quizás su desmontaje más radical: la insistencia de sus amigos en explicar el sufrimiento mediante una causalidad moral divina es precisamente lo que el texto condena al final (Job 42:7), mostrando que la teología que absolutiza el vínculo entre pecado y sufrimiento no habla correctamente de Dios. En otras palabras, el error no es solo pastoral, sino teológico: atribuir a Dios una justicia mecánica que el propio relato niega. Por ello, según Pablo Hoff, “el libro es un ferviente y empeñado intento de reducir ad absurdo (por absurdo), la tesis tradicional. […] Los designios de la providencia son misteriosos, y, por ende, no deben aventurarse juicios temerarios sobre la culpabilidad del que sufre” (1998, pp. 28-29).

De manera similar, textos proféticos como Ezequiel 18 corrigen explícitamente la idea de responsabilidad moral heredada o colectiva en el sufrimiento, afirmando que “el alma que pecare, esa morirá” (Vv.20), desarticulando así la lógica de culpa transmitida que sustentaba muchas interpretaciones del desastre en Israel. Jeremías 31:29-30 refuerza esta misma ruptura al rechazar el proverbio de que “los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera”, negando que el sufrimiento pueda ser interpretado como simple transferencia de culpa generacional.

Incluso dentro de la literatura sapiencial, la tensión es evidente: Proverbios sostiene en muchos de sus enunciados una lógica retributiva simplificada, mientras que Eclesiastés y Job la cuestionan desde la experiencia de la injusticia y la contingencia de la vida. El canon bíblico, lejos de ofrecer una única teoría del sufrimiento, exhibe una disputa interna sobre cómo hablar de Dios en medio del dolor humano.

En este sentido, la teología bíblica no respalda una identificación directa y automática entre desastre natural y juicio divino, sino que más bien abre un campo de tensión interpretativa donde el sufrimiento no puede ser reducido a una ecuación moral. La insistencia de Jesús, la crítica profética y la literatura sapiencial convergen en una advertencia teológica fundamental: cuando el sufrimiento se convierte en prueba directa de culpabilidad, no solo se simplifica la realidad humana, sino que se corre el riesgo de distorsionar la comprensión bíblica de Dios.

Ya autores como Weber (1922) y Berger (1967) han mostrado cómo los sistemas religiosos pueden funcionar como marcos de sentido totalizante capaces de explicar incluso el sufrimiento extremo. Sin embargo, este poder interpretativo puede derivar en lo que podría llamarse una “violencia simbólica teológica”, cuando el lenguaje religioso no consuela a las víctimas, sino que las reinterpreta como culpables. En contextos de desastres naturales, esto produce un desplazamiento ético preocupante: el dolor deja de ser reconocido como tragedia humana y pasa a ser leído como consecuencia moral merecida.

Por ejemplo, en el reciente caso venezolano, esta retórica del “juicio divino” no ha recaído principalmente sobre estructuras de responsabilidad política, urbanística o institucional, sino sobre la población en general. Sin embargo, los primeros reportes sobre el evento sísmico señalan factores como la vulnerabilidad estructural de las edificaciones, la fragilidad de la infraestructura y la acumulación de crisis institucionales previas como elementos que agravan el impacto del desastre (El País, 2026). Y en este sentido, surge una pregunta teológica y ética inevitable: ¿es responsable atribuir directamente a Dios lo que también puede ser explicado mediante factores geológicos, sociales e institucionales?

En este punto, creo que nuestra reflexión se vuelve particularmente sensible al mundo pentecostal latinoamericano, precisamente porque es allí donde la lectura espiritual de los acontecimientos cotidianos adquiere mayor intensidad. El pentecostalismo, con su énfasis en la inmediatez de la acción de Dios, la centralidad del Espíritu Santo y la convicción de que la historia no está cerrada a la intervención divina, ha producido una rica espiritualidad de interpretación del mundo como espacio abierto a Dios (Smith, 2022). Sin embargo, cuando esta sensibilidad se traslada sin mediaciones críticas a contextos de catástrofe, puede derivar en una “teología de la causalidad espiritual inmediata”, en la que todo acontecimiento histórico es interpretado como mensaje directo y unívoco de Dios.

En América Latina, diversos estudios sobre pentecostalismo han mostrado que su fuerza no radica en sistemas doctrinales cerrados, sino en su capacidad de interpretar la vida cotidiana como espacio teológico vivo (Bastian, 1997; Freston, 2001). Sin embargo, en contextos de dolor colectivo, esta apertura hermenéutica puede volverse vulnerable a lecturas simplificadas del sufrimiento, especialmente cuando se mezcla con imaginarios de guerra espiritual o santidad moral, como que Dios está “purificando” los países, a través de las tragedias. Y el resultado es pastoralmente grave: comunidades enteras que, en medio de su vulnerabilidad, no solo enfrentan la pérdida material, sino también la carga de ser interpretadas como culpables de su propio dolor.

Aquí surge entonces una tensión interna que el propio pentecostalismo no puede eludir: su tradición profética ha sido capaz de denunciar injusticias estructurales y de acompañar a los sectores empobrecidos como sujetos privilegiados de la acción del Espíritu; pero, al mismo tiempo, ciertas expresiones contemporáneas (especialmente la neopentecostal), han absorbido tiránicamente el lenguaje del juicio, perdiendo el contrapeso bíblico del lenguaje de la gracia. Y esta tensión no es periférica, sino constitutiva, y se vuelve especialmente visible cuando la predicación religiosa intenta explicar tragedias naturales en clave de castigo divino.

La pregunta entonces que se vuelve inevitable es esta: ¿qué ocurre cuando una espiritualidad nacida entre los márgenes termina interpretando el sufrimiento de otros márgenes como condena divina? O, dicho de otro modo: ¿puede el pentecostalismo seguir siendo fiel a su intuición de un Dios que actúa en la historia sin convertir esa misma convicción en una hermenéutica del castigo?

La teología pentecostal clásica ha insistido en la acción del Espíritu como consuelo, vida y restauración. En ese sentido, cualquier lectura del desastre como juicio totalizante entra en tensión con el núcleo mismo del evangelio que anuncia buena noticia a los pobres (Lucas 4:18) (López, 2000, p. 4). Si el Espíritu es vida en medio de la muerte, entonces no puede ser reducido a una lógica interpretativa que legitima la muerte como sentencia divina sobre los vulnerables.

La teología cristiana contemporánea ha intentado responder a este problema desplazando el énfasis desde la causalidad del sufrimiento hacia la presencia de Dios en medio de él. En lugar de preguntar por qué Dios castigó, la pregunta teológica se transforma en otra más radical y más incómoda: ¿dónde está Dios cuando la tierra tiembla y las vidas se quiebran…? Claro que esta reconfiguración no elimina la dimensión moral de la fe, pero sí cuestiona profundamente la legitimidad de usar el sufrimiento ajeno como prueba de condena de parte de Dios. Y, en contextos actuales, como el venezolano, en donde el dolor no es aislado sino concreto, esa distinción no es solo teórica, sino que se vuelve urgentemente práctica.

Finalmente, estas cuestiones invitan a una reflexión más amplia sobre los límites del lenguaje religioso frente al sufrimiento. No todo lo que puede ser dicho sobre Dios es pastoralmente fiel a Dios. Y no todo intento de explicar el dolor es, necesariamente, una forma de comprenderlo. A veces, el lenguaje religioso, dentro de la fe cristiana, corre el riesgo de cerrar lo que el sufrimiento deja abierto: la pregunta, la fragilidad y el silencio del misterio.

Quizás, en última instancia, el desafío a partir de ahora no sea responder qué hizo Dios en medio el sismo que asolo al país (como sucede con muchos otros contextos), sino discernir qué imagen de Dios estamos construyendo cuando hablamos demasiado rápido sobre el dolor de los otros…

 

 

Dedicatoria: este texto está dedicado a mi amigo venezolano, Marcos Nieves, cuya voz en medio del dolor de su país me recuerda que la teología no puede hablar de espaldas al sufrimiento real, ni convertir el lenguaje de Dios en distancia frente a la herida humana. Todo lo contrario, ella está llamada a permanecer, con temor y temblor, cerca del clamor de quienes siguen buscando sentido en medio de los escombros.

 

 

Referencias:

Bastian, J. P. (1997). La mutación religiosa de América Latina: Para una sociología del cambio social en la modernidad periférica. Fondo de Cultura Económica.

Berger, P. L. (1967). The sacred canopy: Elements of a sociological theory of religion. Anchor Books.

El País. (2026, junio 26). Doblete sísmico en Venezuela y las grietas por atender. https://elpais.com/america/2026-06-26/doblete-sismico-en-venezuela-y-las-grietas-por-atender.html

Freston, P. (2001). Evangelicals and politics in Asia, Africa and Latin America. Cambridge University Press.

Hoff, Pablo. (1998). Los libros Poéticos: Poesía y Sabiduría en Israel. Editorial Vida.

Leal Guzmán, A., et al. (2011). No permitas que muramos de sustos ni de temblores. Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas. https://www.researchgate.net/publication/235968824_NO_PERMITAS_QUE_MURAMOS_DE_SUSTOS_NI_DE_TEMBLORES

Lopez, Dario. (2000). Pentecostalismo y transformación social: Más allá de los estereotipos las críticas se enfrentan con los hechos. Kairos Ediciones.

Smith, J. A. K. (2022). Pensando en lenguas: Contribuciones pentecostales a la filosofía cristiana. Publicaciones Kerigma.

Weber, M. (1922). Economy and society. University of California Press.

Eliseo Jeremías Enrique

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