Vivo en España donde ser evangélico es poco habitual. Por este motivo le sugerimos al querido pastor y amigo que ofició mi boda que no emplease la palabra “Jehová” en la ceremonia, dado que este término es automáticamente relacionado por mis conciudadanos con el grupo religioso de los Testigos de Jehová. No queríamos que los invitados sacasen conclusiones erróneas sobre nosotros y nuestra fe. Así hizo el pastor, y lo hizo muy bien por cierto. Sin embargo, en un determinado momento del casamiento, momento que podría haber pasado desapercibido, la usó de forma inconsciente. Cuando la boda terminó, una invitada, católica practicante, compañera de trabajo de mi mujer, preguntó si nosotros teníamos algo que ver con los Testigos de Jehová, dado que había oído al pastor usar ese término. La pregunta de esta buena mujer me hizo recordar mis años de instituto, cuando una compañera de clase hizo a otra chica la siguiente pregunta: “¿Quién es ese dios Jehová de los Testigos de Jehová, por qué ellos no creen en Dios –como todo el mundo- que hasta se inventan uno?”.
Los evangélicos de habla castellana estamos tan acostumbrados a la versión Reina-Valera de la Biblia que no somos capaces de ver cómo se recibe el término Jehová fuera de nuestra burbuja. Se hacen muchos esfuerzos por parte de las iglesias para inculturarse al entorno donde se encuentran, pero son, detalles como estos, los que necesitan un verdadero aggiornamento. Para colmo, es algo sabido por todos, que la palabra en cuestión es una incorrecta transcripción al castellano del Tetragrámmaton sagrado YHVH, sin embargo seguimos empecinados en continuar reproduciéndola en canciones, postales, pegatinas, posters, camisetas…
Las vocales transcritas para el nombre YHVH provienen de la astucia de los masoretas quienes, siguiendo la tradición –anterior a ellos- de no pronunciar el nombre de Dios en vano durante la lectura bíblica, colocaron al término las vocales de la palabra “Adonay” (Señor), de modo que, cuando el lector de las Escrituras encontraba el Tetragrámmaton, recordaba que en lugar de pronunciar ese nombre (que seguramente sonaría como “Yahvé” tal y como aparece en otras traducciones de la Biblia), debían emitir la palabra Adonay.
Nuestro habitual “Jehová” (que es una transcripción medieval), en palabras de J.M. Tellería es una “monstruosidad lingüística que jamás había existido como tal en la lengua hebrea antigua”.[1] Y es esta misma monstruosidad la que hace chirriar mis oídos cada vez que la oigo. Una vez que invité a un amigo a un culto, me las tuve que ver explicándole el asunto. No es de extrañar que cuando entra gente nueva en la iglesia desee profundamente, desde mi banca, que no se utilice este término.
La tendencia actual en las nuevas traducciones de la Biblia es sustituir el Tetragrámmaton YHVH por “el Señor” tal y como se hacía en la Septuaginta. De este modo respetamos también a los hermanos más judaizantes (que los hay, y muchos) quienes consideran ofensiva la pronunciación del nombre divino. Nunca olvidaré, cuando visitando una congregación de la Iglesia Evangélica Española (IEE) me invitaron a leer un pasaje del Antiguo Testamento. El liturgo, que en aquel momento era una persona distinta del pastor, me explicó amablemente antes de empezar mi lectura, que cuando apareciese el nombre divino, debía sustituirlo por “El Señor”. Me alegré de que esta congregación –como otras en el protestantismo histórico- tuviese esta sensibilidad. También sé de una iglesia bautista que para la liturgia emplean una versión actual de las Escrituras y que por tanto no tienen este problema. ¿Cuánto tardarán las demás iglesias en tomar conciencia sobre el tema?
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[1] J.M. TELLERÍA; art: “Jehová” en: A. ROPERO (Ed. G.); Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, 3ªEd. (Viladecavalls: CLIE, 2014).

Se me ha reprochado, por parte del testigo de Jehová José Martín Vera (quien ha visitado este espacio de la publicación al menos en dos ocasiones dejando dos réplicas en días diferentes), que he sido religiosamente hostil y prejuicioso hacia su grupo religioso. No ha faltado versículo al canto (Mt 12,34b) para señalar mi carencia de amor al catalogarlo como secta.
Quisiera hablarle de manera cordial, algo que en apariencia suele diluirse mucho cuando se trata del lenguaje escrito, y sobre todo cuando se quiere hablar sin rodeos. Le agradezco que, aunque no le haya gustado, se haya tomado la molestia de leer y releer el artículo.
Es cierto que prejuicios no me faltan hacia su confesión, prejuicios movidos precisamente por el amor del que usted dice que carezco. Puede parecerle un tópico, pero el amor a la vida como don divino me hace repeler vuestra postura sobre las transfusiones de sangre. Dejar morir a personas –todas ellas portadoras de la imagen de Dios y por tanto dotadas de una dignidad divina- por un sinsentido… eso sí que es una blasfemia. No relea tanto mi artículo, se lo digo sin maldad, relea mejor esos textos bíblicos de Gn 9, Lv 17 y Hch 15 en los que os justificáis para fulminar la vida en nombre de Dios (ahí da igual como usted lo quiera pronunciar, no ponga bajo el nombre de Dios ninguna actitud maligna). Piense en esos textos en los que, por cierto, hablan de “no comer sangre” pero no dice absolutamente nada sobre recibir transfusiones, de lo contrario los judíos mismos tampoco la aceptarían.
Usted me habla de amor, muy bien, eso es genial, practíquelo. Creéis –por vuestra doctrina- que “en la sangre está la vida” de cualquier ser vivo y que ésta pertenece a Dios, muy bien dónenla, como Jesús se donó a sí mismo en amor. Jn 15,13 dice “El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos”, pues si en la sangre está la vida, denla por los amigos y familiares. Recuerde que su madre mediante la placenta le transmitió a usted sangre por el cordón umbilical. Medite en Mt 25,34-37, lo que haga por ellos (que como digo llevan impresa la dignidad divina) lo hace por Dios.
A usted le he ofendido por calificarles de secta. Siento ser el causante de su malestar. Pero le confieso que a mí me ofende su postura respecto a la dignidad humana. Por otra parte no se preocupe, también empleo el mismo calificativo para algunos grupos que se denominan evangélicos pero que Biblia en mano –pero si bagaje teológico- arremeten contra el prójimo. También son “sectas”. Si alguna vez coquetea con el mundo evangélico le recomiendo las familias protestantes históricas, así se evita un mal rato.
Me dice usted también que la excusa de no ofender a los judaizantes o judíos no es válida, porque un autor judío, Samuel Cahen, publicó en la primera mitad del s. XIX una traducción de la Biblia al francés usando para el Tetragrámmaton la transcripción Iehovah. Concluye diciendo que por ello no hay ofensa al usar el Nombre por parte de los judíos. Le apunto dos cosas: 1) la ofensa para un judío –tras el exilio babilónico- es pronunciar el nombre de Dios ¡no dije nada sobre escribirlo! (claro que lo escribían, en algunos manuscritos el Tetragrámmaton aparece con letra más grande y a otro color. Los propios masoretas lo escribían, fueron ellos quienes añadieron las vocales correspondientes al título divino de “Señor” (Adonay) para colocarlas bajo las consonantes de YHVH, técnicamente a ellos le debemos el malentendido con la pronunciación. 2) Si bien el aporte de Samuel Cahen es interesante, se trata de un judío decimonónico que en nada representa la actitud del judaísmo mesiánico ni de los cristianos judaizantes que conozco (así como de los judíos). Estos hacen uso de términos como Adonay (Señor) y HaShém (el nombre) para evitar pronunciarlo; por extensión algunos más temerosos si han saltado al campo de la escritura sustituyendo el concepto de “Dios” (que no es el “Nombre”) por la abreviación “D-os” o “D=” pero mi artículo no está enfocado en estos aspectos. No me interesan. En efecto hablo de que no quiero que confundan mi confesión religiosa con a suya, como seguramente a usted tampoco le agradará el caso contrario. Volviendo al tema, es bueno recordar que en el período Intertestamentario y en tiempos del NT los judíos no pronunciaban el nombre, y la Septuaginta misma –usada por los autores del NT cuando citan el AT- es reflejo de ello. Con esto último le hago una pregunta. Usted dice que las nuevas ediciones de la Biblia sustituyen el nombre divino por “el Señor” para que sea más fácil digerir la enseñanza de la Trinidad. Dice que se trata de un prejuicio teológico (entiéndase trinitariamente cristiano). Mi “pregunta-broma” es, ¿entonces, la Septuaginta que siglos antes de Cristo ya sustituía el Tetragrámmaton por “el Señor” bajo que prejuicio teológico lo hacían?
Un saludo y nuevamente gracias por leerme.
Sr. Bernal, permítame responder a su mensaje.
En su artículo usted no ha hablado nada sobre el uso que los testigos cristianos de Jehová podamos dar o no a la sangre. Usted escribió sobre el uso del nombre Jehová. No me parece oportuno recurrir ahora, para justificar sus desafortunados comentarios, a que no aceptamos transfusiones de sangre. Verá, entre los títulos que se mencionan de usted, no he visto ninguno relacionado con la medicina o la hematología, por lo que me parece que cuando usted afirma que «dejamos morir a personas», está hablando sobre un tema que ignora, movido sin duda por el prejuicio contra nosotros ¡que usted mismo afirma tener! Le animo cordialmente a informarse y verá que no «dejamos morir a nadie», sino que procuramos dar la mejor atención médica a nuestras familias (cualquier testigo con el que hable le podrá proporcionar información médica sobre el tema). De nosotros se dicen muchas cosas (¡hasta en los seminarios!) que no son ciertas. Le animo a contrastarlas con fuentes sin prejuicios. No es propio de alguien que afirme ser cristiano, en mi humilde opinión, afirmar que siente prejuicios contra otros.
http://www.ateneodesevilla.es/index.php/presentacion/actualidad-ateneo-sevilla/item/1407-segun-el-doctor-perez-bernal-los-testigos-de-jehova-han-aportado-mucho-a-la-medicina-y-la-cirugia-sin-sangre-y-a-la-relacion-medico-paciente
Luego usted dice que «la ofensa para un judío –tras el exilio babilónico- es pronunciar el nombre de Dios ¡no dije nada sobre escribirlo!». ¿Por qué se alegró en su artículo, entonces, de que se traduzca el nombre propio de Dios por el título Señor? Y volviendo a la afirmación «la ofensa para un judío –tras el exilio babilónico- es pronunciar el nombre de Dios», usted sabe que ningún estudioso serio del tema afirmaría categóricamente cuando se dejó de pronunciar el nombre de Dios. Hay testimonios que prueban que hubo judíos que lo usaron hasta en el s. I e.c. De hecho, aun hoy es aceptada la pronunciación del nombre de Dios por judíos caraítas y mesiánicos. Además, si usted está interesado en respetar los usos de ciertos grupos judíos, debería, en mi opinión, haber propuesto una traducción de la Biblia en la que se usaran «Adonay, HaShém, D-os o D» y sin embargo, usted ni mencionó esa opción en su artículo. ¡E incluso ahora dice que no le interesan esos aspectos!
Respecto al uso del Tetragrámaton en la Septuaginta, permítame incluir un comentario del «Diccionario Exegético del Nuevo Testamento», Tomo I, columnas 2442 y 2443 (Sígueme, Salamanca, 2001, 2ª edición). He transliterado algunas palabras en griego, pero los corchetes son de la obra:
«Se pregunta de dónde derivan los autores del NT el nombre griego kyrios para aplicárselo a Dios/Yahvé. Se pensaba que el absoluto (ho) kyrios, sin atributos, podía considerarse derivado de la LXX; porque, en los grandes códices en pergamino, el hebreo yhwh es traducido por kyrios (así piensan, por ejemplo, Cullmann, Hahn). Ahora bien, esta traducción se encuentra únicamente en las copias cristianas de la LXX que datan de los siglos IV y V, pero no en los manuscritos confeccionados para los judios de lengua griega en época anterior al cristianismo (por ejemplo, PapFouad 266 [de Egipto; cf., a propósito Schulz, 129] y 8HevXII gr [Nahal Hever, Palestina]. En estas traducciones del AT, el nombre de yhwh -escrito en letras hebreas o paleohebreas- se insertaba en el texto griego. Tanto Orígenes como Jerónimo conocían tales copias en su época».
Las copias más antiguas de la Septuaginta, anteriores al cristianismo, insertan el Tetragrámaton en el texto griego. Personalmente, estoy convencido de que los escribas cristianos, probablemente a partir del s. II, cambiaron el Tetragrámaton por la palabra griega para Señor (kyrios), entre otras razones por una que le sonará a usted: para no ser confundidos con los judíos. Era una época en la que la cristiandad quiso distinguirse claramente, por varios motivos, de la comunidad judía, ante la sociedad de entonces. Vea, por favor, la obra «El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos» por Antonio Piñero y Jesús Peláez (El Almendro, Córdoba, 1995, 315s) y «The Cairo Geniza» por P. E. Kahle, (Oxford, 2ª edición de 1959, 218-228).
De corazón le ruego que, cuando hable de los testigos cristianos de Jehová, o de cualquier otro tema, no se deje llevar por sus prejuicios. Contraste opiniones y datos, y no se crea todas las difamaciones contra nosotros.
Es cierto que mi artículo no habla en torno a las transfusiones de sangre, mencioné este tema cuando me acusó de “falta de amor” en un post (luego retomé el tema por lo que no fue ninguna estrategia para desviarlo). Por cierto dice que este tema de las transfusiones es algo que ignoro y que hablo desde mi prejuicio (claramente no escondo que soy contrario a vuestro rechazo a recibir transfusiones), pero si no le convence mi argumento por venir de alguien de fuera de su organización (y catalogado por usted de ignorante en este tema) qué mejor que leer al respecto directamente de la pluma de alguien que ha sido durante más de 30 años Testigo de Jehová (quien sí habla de “dejar morir”). Aunque tenéis la no muy sana costumbre de no dirigir la palabra a quienes han dejado vuestra organización, imagino que siendo un buen lector que no se conforma solo con la literatura dictaminada por la Watch Tower (por lo cual le felicito), no tendrá ningún inconveniente en leer sobre este tema de quien fuera precursor regular desde 1985, siervo ministerial desde 1987 y conferenciante itinerante por Andalucía además de servir en varios departamentos de los salones del reino de su ciudad. Me refiero al libro de “El árbol caído. Mis 30 años como Testigo de Jehová” de Alberto Márquez. Imagino que 30 años pueden dar para forjar una opinión más sólida que usted valore antes que la mía. Entiendo como prejuicio el hecho de pensar que una cosa es mala (su organización por ejemplo) sin conocerla desde dentro y como usted comprenderá no voy a hacerme testigo de Jehová con tal de poder discutir de igual a igual con usted sobre el tema de las transfusiones.
No me incomoda encontrar escrita en la Biblia cualquiera de las transcripciones dadas al Tetragrámmaton. La versión Reina-Valera es hija de su tiempo y se entiende que en el XVI no se tenía conocimiento respecto a esta peculiaridad de la ortografía judía respecto a las vocales masoréticas puestas debajo de YHVH. Como resultado salió por parte de los transcriptores medievales un curioso hibrido formado de dos palabras. Actualmente tenemos otras transcripciones consideradas más correctas (Edesio Sánchez en su artículo “YAHVÉ” en el GDEB cuenta que el consenso entre los biblistas es que Yahweh, Yahvé o Yavé es la pronunciación más correcta). En cualquier caso para la lectura comunitaria (llámela litúrgica o como prefiera) creo recomendable el término Señor, y no son pocas las iglesias que cuando encuentran el nombre lo sustituyen por este título. Recientemente leí en la web de una diócesis que incluso la Iglesia católica hace esto. En mi artículo hablaba de una iglesia del protestantismo histórico que también hace lo mismo (y no es la única). Me pregunta por qué me alegro de que publiquen versiones donde el nombre divino ha sido sustituido por su título. Se trata de este uso comunitario, estas biblias ya dan “mascada” la sustitución a la hora de pronunciarlo con lo que no hieres sensibilidades de los más “judaizantes”. Ya no es necesario advertir al lector público en la iglesia de hacer la sustitución (cosa que tampoco se suele hacer y acaba resonando el “Jehová”). Por cierto, no conozco, por lo que veo usted sí, ningún judío mesiánico que pronuncie el nombre de Dios (y conozco algunos de varios países y por tanto comunidades religiosas diferentes). Si alguno viniese a mi congregación desearía que estuviese cómodo sin que le pitasen los oídos. Que los judíos caraítas pronuncien el nombre siendo estos una rama reaccionaria al judaísmo rabínico mayoritario tampoco me parece excusa para no atender a las sensibilidades que se sienten molestas con este uso. Me parece suficiente con sustituir “YHVH” por “el Señor”, por lo que he dedicado un artículo al asunto respecto al contexto evangélico (escribir un artículo sobre los modos que los judíos y judaizantes contemporáneos tienen para sustituir el Tetragrámmaton no me interesa de momento). Además, como decía en el artículo, nuestra sociedad asocia el término “Jehová” a su confesión religiosa y no a la mía (fíjese que he suavizado mi lenguaje para no ofenderle). Sin embargo, la versión más usada entre los evangélicos utiliza esa transcripción y como le decía no me gusta dar lugar a confusión.
Es cierto que es difícil determinar en qué momento se exageró la reverencia hacia el Tetragrámmaton. Según la tradición rabínica –dice el artículo sobre “JEHOVA” escrito por Tellería en el Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia- la verdadera pronunciación del nombre de Yahvé dejó de usarse en tiempos de Simeón el Justo, contemporáneo de Alejandro Magno, según Maimónides (More Nebochim 1,62). Parece ser que la pronunciación definitiva del nombre concluyó tras la destrucción en el año 70 d.C del Tempo, según subraya la Mishnah más de una vez. Berakhoth 9,5 permite su uso como saludo; en Sanhedrín 10,1 Abba Shaúl niega cualquier participación en el mundo futuro a quien lo pronuncie tal cual está escrito. De acuerdo con Tamid 7,2 los sacerdotes que oficiaban en el Templo (o los que vivían en Jerusalén) podían emplear el verdadero nombre de Dios mientras que los que residían fuera tenían que contentarse con la pronunciación Adonay (Señor). Maimónides señaló que el nombre divino era pronunciado únicamente en el Santuario por los sacerdotes que impartían la bendición y por el sumo sacerdote en el Yom hakkpurim (día del gran perdón). Josefo confiesa que no le está permitido tratar del nombre de Dios (Ant. 2,12,4) y en otro lugar dice que lo samaritanos erigieron en el monte Garizim un anónymon hierón (Ant. XII, v,5) esta veneración extrema por el nombre sagrado debe haber prevalecido en la época en que vio a luz la versión de los LXX donde se sustituye el Tetragrámmaton por Kyrios (Señor). Eclesiástico 23,10 recomienda –parece prohibir- su uso irreverente.
Edesio Sanchez en el artículo “YAHVÉ” en el mismo diccionario, cuenta que, aunque no se sabe la fecha exacta en la que se abandonó el uso del Nombre en los textos bíblicos, la mayoría de los especialistas considera que debió haber sucedido en algún momento de la época postexílica (no sé si esto será suficiente para usted). Tanto la LXX como los documentos procedentes del judaísmo rabínico (adyacente a las sinagogas) indican que, para la lectura pública, cada vez que había un texto con las consonantes YHVH se sustituían por la palabra hebrea Adonay (Kyrios en la Septuaginta) y también se recurrió a expresiones como “el Nombre” y “el Cielo”. No obstante atenderé con gusto la observación que hace del Diccionario Exegético del Nuevo Testamento. El volcado al Nuevo Testamento de las citas de la Septuaginta poseen el término Señor y no YHVH. Esto puede tener doble lectura, que o bien el escritor neotestamentario hizo el cambio y que años más tarde se hiciese el mismo cambio a la Septuaginta traducida por cristianos, o que la Septuaginta ya tuviese desde antes la sustitución hecha (que a la vista de los comentaristas que he empleado parece la más obvia, no obstante, cuando termine mis compromisos como estudiante, lo investigaré). Un saludo.
Le agradezco mucho, Sr. Bernal, que haya suavizado su lenguaje para no ofenderme. De verdad. Sin embargo, me apena que recurra usted ahora a difamaciones de apóstatas. Llamarnos secta (antes, no ahora), el tema de las transfusiones, ahora los apóstatas, son las calumnias de manual contra los testigos de Jehová. ¿No estará usted siguiendo punto por punto alguna obra difamatoria contra nosotros? Porque es lo que parece.
Respecto al señor que es apóstata, usted sabe que aceptar a priori como válida la opinión de alguien que ha sido expulsado de una comunidad (o que la ha abandonado por una supuesta afrenta), no es objetivo. Imagínese, por ejemplo, que yo diese por bueno todo lo que dicen sobre sus anteriores iglesias los pastores evangélicos que se han hecho católicos, y hay un buen número, solo busque en Youtube. En cualquier organización hay «rebotados» como, por cierto, los llaman en las Comunidades Neocatecumenales. Les deseo a estas personas que sean muy felices en la nueva vida que han escogido. ¡Que bonita es la libertad de creencia! Pero no voy a leer su testimonio. Verá, yo leo solo lo que me edifica.
Por cierto, su opinión sobre que «dejamos morir a las personas» no demuestra ignorancia debido a que no sea usted testigo cristiano de Jehová, sino más bien porque ni es médico, ni conoce las cuestiones médicas y bioéticas implicadas en el uso de transfusiones. La verdad es que miles de cirujanos y anestesiólogos (entre otras especialidades médicas) usan cada día por todo el mundo alternativas a las transfusiones de sangre con testigos y no testigos (espero que haya podido ver la página web de la que le dejé el link, con autoritativas opiniones de médicos que no son testigos de Jehová). Como le dije en otro mensaje: infórmese, por favor, de fuentes no prejuiciadas, contraste la información.
También le agradezco las citas del diccionario de Clie. Me temo que la cuestión de la traducción y pronunciación del nombre de Dios genera mucho debate y controversia, y no debemos ser dogmáticos. Los testigos cristianos de Jehová no obligamos a nadie a pronunciar el nombre, ni insultamos a quien no lo usa. Simplemente lo amamos y nos deleita usarlo con el debido respeto y reverencia. La forma Jehová es la más usada internacionalmente; también es una forma de la que hay testimonio escrito desde, por lo menos, el s. XIII e.c. Se ha usado en iglesias, catedrales, pinturas, traducciones de la Biblia, comentarios bíblicos, ensayos académicos, novelas, obras de teatro, de poesía, musicales, cine, televisión, ¡¡¡Internet!!!, etc., etc., etc. Esta forma del nombre divino, además, «ha quedado consagrada por el uso en las versiones castellanas de la Biblia de Reina-Valera y Moderna», como indica el Sr. Ropero en el «Diccionario Manual Bíblico» (Clie, Terrassa, 2011, 496). La iglesia Católica lo uso por siglos, hasta que a mediados del s. XX se le sustituyó por Yavé. Y aun hoy día, se usa en obra académicas y de referencia bíblica (generalmente protestantes), novelas, ensayos y hasta en los artículos de periódicos (y no solo para referirse a los testigos de Jehová). Y damos las gracias a Dios por ello.
No he leído el articulo de Don Edesio en el GDEB, pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que «el consenso entre los biblistas es que Yahweh, Yahvé o Yavé es la pronunciación más correcta». Hay otras formas del nombre en liza. Pero si leí otro artículo que publicó en la revista «Traducción de la Biblia» (SBU, Vol 12, Núm. 2, II Semestre, 2002, págs. 3-10) titulado: «¿Jehová, Yahvé, Señor…? ¿Qué hay en el Nombre y como traducirlo?». En las págs. 9 y 10 de este artículo Don Edesio escribió:
«Estemos o no de acuerdo con la ortografía y uso de la palabra, ella pertenece a Reina-Valera, y no podemos retroceder al siglo 16 para cambiarla. Mi opinión es que toda versión que surja como producto de la revisión de Reina-Valera, debe, por respeto a la tradición, mantener el nombre «Jehová».»
En las Sociedades Bíblicas Unidas tampoco tuvieron en cuenta la opinión de Don Edesio, ya que la «Reina-Valera Contemporanea» no «respetó la tradición» y sacó el nombre de Dios para sustituirlo por el título Señor… ¡Si Casiodoro de Reina levantara la cabeza! ¡Con lo que él defendía el uso del nombre! ¿Habrán perpetrado esta profanación de la tradición Reina-Valera por un asunto de mercadotecnia? Quien sabe…
Respecto a la Septuaginta, para no alargarnos, el hecho incontrovertible es que las copias más antiguas que se conocen, hechas por judíos para judíos, insertan formas del Tetragrámaton en el texto griego, no lo traducen por Señor. Y así lo hicieron también Áquila, Símaco y Teodoción en sus versiones griegas. Afirmar, como por cierto hace Don Edesio en el artículo mencionado arriba, que usar Señor como traducción de YHWH es seguir la «tradición iniciada por la Septuaginta» es, cuando menos, muy discutible.
En fin, no le quiero robar más tiempo a sus estudios. Le animo a buscar la verdad, contrastar la información y, por favor, a no dejarse llevar por sus prejuicios. Y muchas gracias, otra vez, por suavizar su lenguaje con nosotros.
Que usted lo pase bien.
Gracias por volver a tomarse las molestias en dialogar conmigo. Para mí es un placer hablar de temas bíblicos y contrastar opiniones. No obstante, me tomo la libertad de responderle a otras cuestiones trasversales respecto a su último post.
Que existan grupos religiosos que efectivamente siguen manuales de proselitismo (y no me cabe duda de que hay ciertos evangelicalismos panfletarios que lo hacen), no significa que yo siga, para hablar con usted y rebatirle, algún tipo de “guía” o de “manual” con pautas de discusión para contrariar a los testigos de Jehová. Para su tranquilidad le comento que tampoco se estila ese tipo de cuadernillos en los centros donde estudio. Nos enseñan, no nos adoctrinan. Alberto (el autor del libro al que me referí) para usted es un apóstata (como yo seré un hereje a sus ojos), y para mí es un hermano tan apasionado en la fe como lo pueda ser usted mismo en su confesión religiosa.
Que yo sepa Alberto no fue expulsado de vuestra comunidad ni la abandonó por una afrenta como usted dice, su testimonio está en el libro que no quiere leer (¿qué quiere que le diga?). ¿Quién juzga “a priori”? Si hasta juzga que estoy al margen de las cuestiones de bioética ¿pero qué sabrá de mí? Soy más que las cuatro líneas biográficas que aparecen en esta página. Los médicos no son los únicos que están capacitados en cuestiones de bioética (la teología tiene también su voz y en eso ando formándome, y hasta ahora, la teología me dice más que los seis últimos años que he trabajado en un hospital). Me alegré en su día, y me alegro hoy todavía, de que existan alternativas para las transfusiones de sangre (no me hizo falta leer el link completo, ya conocía del tema). Le dije que estoy a favor de la vida, y bastantes vidas han caído ya por ese asunto. Lo menos que puedo hacer no solo como cristiano sino como ser humano es alegrarme de este progreso. Pero, sinceramente, que este hermoso logro causado gracias a los grandes quebraderos de cabeza que les habéis causado durante años a los médicos, no me parece algo a exhibir con orgullo. Pero al menos podemos dar gracias a Dios al unísono en cuanto a ello y estar contentos. También me alegra que no os arresten por el servicio militar como antaño. Muchos cambios ha habido y me alegro porque no me agrada que sufráis.
Gracias por el consejo de contrastar información. Le animo también a hacerlo leyendo el libro de Alberto. O quizá puede investigar por su propia cuenta respecto a los números antiguos de ¡Despertad!, Atalaya, … y las profecías fallidas a la luz de los nuevos tiempos, o las contradicciones entre las enseñanzas del pasado y las del presente en su organización (esto es un tema serio a investigar pues, de ser cierto, harían de Dios un ser contradictorio o mentiroso y tal cosa no puede ser). Me dice que solo lee lo que le edifica, pero a veces lo que edifica no es siempre lo que nos gusta o lo que nos da la razón. Eso sería sesgado. Esto lo veo cuando hablo con algunos grupos dentro del protestantismo que solo usan bibliografía que apoyan sus tesis y su perspectiva teológica. Ninguna investigación seria puede usar solo esas fuentes que pueden darle la razón. Usted se anima a usar bibliografía católica y protestante y le felicito. Contraste también las publicaciones antiguas de su organización y las actuales sin más criterio que el suyo propio.
Estoy de acuerdo en lo que dice Edesio Sanchez y que usted expone. Una versión es una versión (por lo que en sus revisiones debe respetarse la obra original, lo que hace la RVA y la RVC es discutible), y una traducción nueva es una traducción nueva (son estas las que sustituyen YHVH por “el Señor” y a las que yo me refería). No obstante, Casiodoro de Reina, tan erudito como fue, de vivir en nuestros días seguiría otros criterios acordes a la traductología moderna (sí, es una palabra que no la acepta el RAE pero aparece en libros especializados). Así que si levantase la cabeza además de alucinar con los avances de las ciencias bíblicas (y conocer manuscritos que antes no se tenían) estaría la mar de contento de aprender que las vocales que los masoretas colocaron al Tretragrammatón correspondían a otra palabra.
Como le dije tengo que investigar lo de la Septuaginta. Teodocion, en su ¡revisión! de la Septuaginta (¡ojo siglo I-II!) transliteró los nombre de las plantas, animales y ornamentos litúrgicos, bien pudo hacerlo también con el nombre sagrado. Habrá que investigarlo (porque tiene pinta de que él lo adaptó). La traducción de Aquila de Sinope (¡siglo II d.C.!) fue usada en algunas sinagogas de habla griega ¡pero como alternativa a la Septuaginta (la cual ya existía)! igual que la versión de Símaco (¡siglo II!) que tampoco es la Septuaginta sino otra traducción al griego. Quiero investigar el tema, pero estos ejemplos que me has puesto son tardíos, independientes de los LXX, y ya de nuestra era.
Un saludo.
Me temo que el autor de este artículo no ha sido objetivo. Afirma que la forma Jehová es «una incorrecta transcripción al castellano del Tetragrámmaton sagrado YHVH», pero debería haber añadido que la inmensa mayoría de los nombres bíblicos, sino todos, no han sido transcritos correctamente ni al castellano ni a ningún idioma moderno. Por ejemplo Jeremías, en una correcta transcripción del hebreo sonaría Yir·meyáh o Yir·meyá·hu, Isaías sonaría Yescha·‛eyá·hu, etc. El mismo nombre Jesús jamás se pronunció así en hebreo, arameo o griego. En hebreo hubiera sonado Yeshúa o Yehohshúa y Iesóus en griego. ¿Por qué se es tan puntilloso con el nombre de Dios y nada con otros? Con respecto al argumento de no ofender a los judíos, permítanme recordarles que una de las primeras traducciones de la Biblia al francés hecha por un autor judío, Samuel Cahen, publicada en la primera mitad del s. XIX, usa la forma Iehovah como transcripción del Tetragrámaton. ¿Donde está, entonces, la ofensa de usar el nombre? Y si alguien opina que la forma Yahweh (también conjetural) es más cercana a la pronunciación original, pues que la use, siempre será mejor que el título Señor. Y si todavía alguien insiste en usar un nombre de Dios con la pronunciación exacta, que use la forma abreviada Yah, acerca de la cual no hay dudas sobre como se pronunciaba, y que la Escritura admite que es, también, una forma honrosa de llamar al Dios Todopoderoso: Salmo 68:4 «Cantad a Dios, […] Yah es su nombre». En mi opinión, la tendencia a traducir el nombre de Dios por el título Señor se debe a un prejuicio teológico, ya que así es más fácil identificar al «Señor Dios» con el «Señor Jesús». – «Ves -dicen- tanto Dios como Jesús son El Señor». El mismo autor ha identificado otra razón por la que hay quienes no usan el nombre Jehová: el no ser confundidos con los testigos cristianos de Jehová. Pues bien, usen Yahweh o Yah y asunto resuelto; pero no se suele hacer así pues, como he dicho antes, una de las principales razones es claramente teológica: dar apoyo al dogma de la Trinidad.