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Posted on 02/05/2025 by Pablo Alaguibe  in  Opinión, portada

No en nuestro nombre | Pablo Alaguibe

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(N. de la E: el siguiente artículo, publicado con autorización expresa del autor, fue publicado por primera vez en 2018 en “Taller Teológico Latinoamericano”[1]. Paradójicamente, el autor expresa una postura teológica clara ante los avances de la derecha más extrema de la mano de una gran porción de la evangelicalidad —fenómeno bastante estudiado teológica y sociológicamente—. Y decimos “paradójicamente” porque, a siete años, el escenario no parece haber cambiado mucho, de norte a sur de nuestras Américas. El artículo es un manifiesto que, en esta ocasión, elegimos completar con un poema del mismo autor, que nos pone frente a los muchos rostros del Dios con el que algunos pretenden defender lo indefendible, contrapuesto al de un Dios-otro, de aquellos y aquellas que buscamos la paz, la justicia y el amor)

NO EN NUESTRO NOMBRE

Podrán lograr millones de votos, apelando al peor instinto, a la maldad, al egoísmo y la codicia, a la ciega desesperación de un pueblo. Podrán movilizar sus fuerzas de seguridad, su inteligencia. Podrán disponer de fabulosos presupuestos. Volver sus armas contra sus hermanos. Humillar a los humildes. Burlarse de los huérfanos, las viudas y extranjeros. Podrán perseguir a los que piensen diferente, o tengan otro color de piel, algún bello color creado por Dios, pero distinto al de ellos. Seguirán haciendo doctrina del desprecio a las mujeres. Cultivarán el miedo.

Y podrán decir también que todo lo hacen en el nombre del Señor. Exhibirán sus credenciales de bautismo, sus carnets de membresía. Cantarán nuestros himnos. Dirán que lo hacen en el nombre de la fe.

Pero no será en nuestro nombre.

Y no en el nombre de los cientos y los miles que, en los últimos dos siglos, entregaron sus días, sus lágrimas y aliento, para anunciar un Jesús de paz en América Latina. No serán jamás los herederos de aquellos misioneros abnegados y de tantos héroes criollos que afrontaron el peligro de ser minoría religiosa en tierra hostil. No son dignos de los pastores de rebaños, de las maestras de Escuela Dominical, de los sencillos siervos ignorados que el Señor no olvida.

No han conocido el Reino de Dios. No saben nada de él. No han nacido de nuevo. Matarían a Jesús por raro, por no tener trabajo estable, por la barba, por judío, por no ajustarse a sus patrones.

Dirán actuar en nombre del pueblo evangélico. Pero no será en el nombre del Jesús del Evangelio. Ni en el nuestro. No en el nombre de los perdedores, los no representados, los inexplicables, los dispuestos a convertirse y empezar de nuevo. No en el nombre de los pobres de Jesús, ni en el de los leprosos, ni en el de las mujeres maltratadas y luego señaladas con el dedo.

No en el nombre de los que tenemos hambre y sed de justicia. Que aquí quedamos, desorientados, a la orilla de la noche, apenas haciendo pie en la playa, después de no haber pescado nada. Mirando a este Jesús que sigue a nuestro lado y no se entiende. Que ha sido rechazado, pero vuelve. Que no se rinde con eso de su Reino. Y que está ausente en la fiesta de los prepotentes, porque ha elegido la amistad de los pequeños.

El Tátara Tátara Tátara Dios

Dios no siempre fue así.
No siempre tuvo barba.
No siempre estuvo solo y olvidado
en una silla del patio.
No es que siempre haya tenido mal humor.

Antes de este hubo otro.
Que era quizás un poco peor.
Decía qué comer. Y qué no.
Odiaba los helados.
Revisaba los papeles de la gente.
Hacía callar a las mujeres
(tenía, en el fondo, miedo de sus voces).
Les ordenaba ocultar su belleza.
Solo se calmaba un poco
si le cantaban himnos aburridos
(o tal vez se dormia).

Y antes hubo todavía algunos más.
Unos amaban la carne y la cerveza,
pero también la sangre.
Otros inspiraban guerras y conquistas.
Coleccionaban huesos
y lágrimas en botellitas de vidrio.
Otros preferían el silencio,
las puertas pesadas,
los muros de piedra
lo que no se dice, lo secreto.

Pero lo más extraño en todo esto,
lo más inexplicable,
es que antes de ellos
hubo uno que comía mandarinas,
andaba en bicicleta
y usaba cintas de colores en el pelo.
Era un genio matemático y también
contaba cuentos.
Cada tarde componía con el silbo de los juncos
y dominaba la acuarela y los luceros.
A él se le atribuye la invención de la luciérnaga,
nada menos.

No se entiende cómo
tuvo tal descendencia.
Nada de él parece haber quedado
en los que le siguieron.
Dioses de los cuales, al fin,
nos vamos deshaciendo.
Dioses que odiaron a la gente y a la tierra
Y a su propio tátara tátara tatarabuelo.
Y que hubieran querido borrar su memoria,
pero no pudieron.

Intentaron matarlo, por supuesto.
Y hasta lo consiguieron.

Pero él nace de nuevo.
Brota en casi todos los jardines.

Revive cada vez que un hombre
abraza a su nieto.
Brilla en los ojos de las novias
y en los agujeros de los techos de los templos.
Y en las cunas. Y en los soles de invierno.
Se despereza y pega un salto,
así, como quien tiene quince años.
Hace acrobacias, cocina pastelitos,
atraviesa milenios y dice “buenos días”.

Es el escándalo de sus supuestos herederos.
Ni grave ni solemne ni precisamente etéreo:
preguntas y granitos en la cara.
Parece estar creciendo.

[1] https://www.tallerteologicolatinoamericano.org/

Pablo Alaguibe

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