El diálogo ecuménico: Unidad/comunión en la fe en Cristo desde la aceptación de la riqueza histórica que representan las diferencias confesionales
La Iglesia católica: de la condena a la promoción del diálogo ecuménico
El Concilio Vaticano II revolucionó la concepción del ecumenismo y el diálogo interreligioso en la Iglesia católica, aceptando a las distintas confesiones cristianas como parte legítima de la gran Iglesia y reconociendo incluso que también hay salvación fuera de la fe cristiana. De este modo, la Iglesia católica pasó de condenar el ecumenismo –como hacía el mismo Código de Derecho Canónico, y papas recientes como Pío XI, que prohibió a los católicos participar en el movimiento ecuménico en su encíclica Mortalium animus– a no solo aceptarlo, sino ensalzarlo y promoverlo como camino necesario para la unión de los cristianos.
El Concilio trata del diálogo ecuménico en la constitución dogmática sobre la
Iglesia, Lumen gentium (números 8 y 15); y, sobre todo, en el decreto sobre el ecumenismo Unitatis Redintegratio:
“Promover la reconstrucción de la unidad entre todos los cristianos es uno de los _nes principales que se ha propuesto el Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como herencia de Jesucristo… Ha surgido por impulso del Espíritu Santo un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. Un movimiento de unidad llamado ecuménico” (UR 1).
Buena expresión de este diálogo han sido los distintos encuentros ecuménicos institucionales: como el encuentro entre Pablo VI y Atenágoras en Jerusalén y Roma, levantando las excomuniones mutuas; o el encuentro entre el Primado de Inglaterra y el Papa en Roma, o la visita de Pablo VI a Ginebra para un encuentro con las iglesias de la Reforma, y otros numerosos encuentros locales realizados desde entonces; así como espacios ya consolidados como la Semana de la Oración por la Unión de las Iglesias. Estos diálogos han tenido como objetivo la superación de dolorosas divergencias y divisiones del pasado, para llegar a una comunión plena en Cristo, en la verdad y el amor. Actualmente, “una nueva generación de motivados cristianos de mentalidad ecuménica, en especial entre los laicos, está recogiendo la antorcha del movimiento ecuménico” y “cosechando los ricos frutos” (W. Kasper, Cosechar los frutos. Aspectos básicos de la fe cristiana en el diálogo ecuménico, Santander 2009).
Pero, la experiencia de diálogo ecuménico, sin duda muy rica, ha ido dejando cicatrices que manifiestan las dificultades del encuentro real. Dificultades que nacen de unos obstáculos que son… “los de siempre”, como reconoce un gran teólogo español del ecumenismo, Juan Bosch. A saber: “La intransigencia revestida de fidelidad, el inmovilismo camuflado de ‘santa paciencia’, los integrismos y autoritarismos mantenidos a fuerza de amenazas…” (Para comprender el ecumenismo, EDV, Estella 1991). Pero creo que, en ese diálogo ecuménico entre las distintas iglesias o confesiones cristianas, los católicos hemos ido comprendiendo –al menos bastantes– que ya no se trata solamente de reconocer que los cristianos de las demás confesiones también son hermanos cristianos, pero… separados (Vat. II, UR 1,3… passim), y que tienen que “volver al redil” de la única Iglesia auténtica e históricamente inmutable: la Iglesia católica-romana…
La unidad que buscamos ya no es bajo la autoridad jurídica del obispo de Roma; sin quitarle valor al “servicio petrino” que es reconocido incluso fuera de la Iglesia católica como un “servicio”. No se trata de buscar una uniformidad bajo una única autoridad canónica –el papa y la curia vaticana–, sino de buscar la unidad/comunión en la riqueza de la pluralidad y la diferencia. Buscamos alcanzar la sinfonía eclesial desde la variedad complementaria de iglesias que forman y enriquecen la gran Iglesia. Porque no puede haber armonía sinfónica sin los distintos instrumentos y voces diferentes que la componen.
El ejemplo de Taizé
Una expresión de cómo el ecumenismo a todos los niveles no tiene por qué ser algo conflictivo, sino muy normal, es la intercomunión practicada en Taizé, donde han concelebrado sacerdotes católicos, pastores evangélicos, etc. He participado en ella en varias ocasiones, con gozo y agradecimiento, como laico estudiante y como presbítero invitado a concelebrar.
La comunidad monástica ecuménica de Taizé (Borgoña, Francia), fue fundada y dirigida hasta su muerte por su reconocido prior Roger Schuz (1915-2005). La comunidad está hoy en día integrada por más de cien hermanos ortodoxos, luteranos, calvinistas y católicos de veinticinco países. Su enorme y a la vez sencilla “iglesia de la reconciliación” es un magnífico signo del ecumenismo y ha acogido durante años a millones de jóvenes, sobre todo en sus multitudinarias Pascuas.
Una de las mayores preocupaciones del carismático frère Roger fue siempre la reconciliación de los cristianos, más allá de sus confesiones, contando para ello con el apoyo incondicional de Juan XXIII primero y de Pablo VI después, de los que fue gran amigo. El mismo cardenal Ratzinger, muy conservador, le dio la comunión a Frère Roger en la misa de las exequias de Juan Pablo II, y aunque algunos la interpretaron como manifestación de la conversión al catolicismo del prior ecuménico, no resultó tal y fue desmentida por la propia Comunidad de Taizé, como lo había dicho el mismo Frère Roger durante años.
Para Roger Schuz, la unidad solo puede ser, como lo expresó hace muchos años en el título de uno de sus libros: Unanimidad en el pluralismo, una unidad/unanimidad manifestada en la vida, en el trabajo común, más que en la defensa de las ideas particulares: “Hombres que buscan en todo unir y realizar su vocación ecuménica, que se encuentran en una sencilla fraternidad de vida”; porque “hacer adeptos ya no significa nada hoy” y “quien hiere al amor, no edifica la Iglesia de Dios”. Por eso, se ha dado mucho un mal ecumenismo: lo que él llama un “diálogo ilusorio, destinado a estar dando vueltas al infinito”, cada uno buscando sus propias “autojustificaciones confesionales”. El prior de Taizé expresa magníficamente en qué debe consistir la verdadera unidad de los cristianos:
“La uniformidad crea la apariencia de unidad. Teje un traje superficial y el Evangelio es vivido entonces superficialmente. La unanimidad, en cambio, exige un acuerdo íntimo. Supone el pluralismo de las expresiones personales…
El pluralismo de las familias espirituales en la Iglesia es un factor de santidad y de unidad. Pero se oponen a la unidad aquellas en las que los particularismos no pueden subsistir más que al precio de la separación. Nuestra vocación cristiana posee un pivot central, el Cristo Resucitado, y unas referencias fuertes alrededor de las cuales se pueden elaborar diversas formulaciones, un pluralismo de expresiones” (Unanimité dans le pluralisme, Press de Taizé 1966).
Buscar la unidad/comunión en la riqueza de la pluralidad y la diferencia
Para un verdadero ecumenismo, se trata de reconocer que todos los cristianos bautizados formamos parte de la única Iglesia de seguidores y seguidoras de Jesucristo, y que nuestras diferencias son expresión de una riqueza histórica, existencial, espiritual y teológica que no se debe perder ni por una parte ni por la otra. Estas diferencias, al contrario de lo que se ha dicho muchas veces en la Iglesia católica –o en otras iglesias por reacción contra ella, acusando a Roma de ser “la gran ramera”–, no son fruto de avatares “perversos” que llevaron a divisiones, aunque estas divisiones nos hayan enfrentado muy violentamente en el pasado y, a veces, personas y grupos hayan perdido el rumbo en lo esencial.
Así, estoy muy de acuerdo con las tesis del gran teólogo católico Christian Duquoc acerca de que la multiplicidad de las Iglesias cristianas es un valor positivo y, en cambio, la obsesión por una “ideología de la unidad” manifiesta una “ideología de conquista” a partir de un “centro” que se cree factor de unificación; y que, en realidad, es “el efecto de la voluntad hegemónica y del deseo de acentuar la presión del centro para mantener la unidad empírica superando los límites tolerables” (Iglesias provisionales. Ensayo de eclesiología ecuménica, Madrid 1986). La pluralidad de las Iglesias históricas es una riqueza que atestigua la llegada del Reino de Dios, pero ellas no son el Reino; son algo perecedero, de ahí su carácter provisional: “Lo provisional designa la condición de innovación, de creación continua, de presencia de situaciones cambiantes”, una realidad que afecta a todas las formas que son históricas en las Iglesias: organización, formas sociales y simbólicas, expresiones doctrinales” (Ibíd.).
A este respecto, conviene tener en cuenta algo bastante claro que a veces se olvida y que nos recuerda Raimon Panikkar: “La imagen del ‘único pastor y el único rebaño’ del lenguaje cristiano es una imagen escatológica que no se debe aplicar en la historia” (La nueva inocencia, Estella 1993). El “único pastor” no es el papa de Roma y el “único rebaño” no es el de la Iglesia católica. Por el contrario –como recuerda el teólogo evangélico Oscar Cullmann–, si bien no hay unidad posible sin el Espíritu, donde obra el Espíritu hay diversidad, incluso eclesial; por eso llega a afirmar que “los intentos de uniformidad eclesial son un pecado contra el Espíritu Santo” (L’unité par la diversité, París 1986). Para este reconocido teólogo y biblista, la Iglesia una reposa sobre la diversidad, no sobre la uniformidad; es más, los principios del Nuevo Testamento sobre la unidad impiden aceptar la fusión de las Iglesias, que es contraria a la naturaleza misma de la unidad.
Hoy gran parte de los católicos ya no queremos que los hermanos de otras confesiones cristianas sean como nosotros (“católicos-romanos”), sino que lo que deseamos realmente es que vivan libremente, con su particular estilo, el seguimiento de Jesucristo y que nos ayuden a nosotros a vivirlo con nuestro estilo y tradición. En definitiva, que sepamos caminar juntos siendo hermanos diferentes.
Es la búsqueda de la armonía y la comunión en la diversidad, que en mi libro La búsqueda de la armonía en la diversidad. El diálogo ecuménico e interreligioso desde el Concilio Vaticano II (EDV, Estella, 2014) aplico no solo al ecumenismo, sino también al diálogo interreligioso con las religiones no cristianas.
Nuestras diferencias nos enriquecen si somos capaces de caminar en comunión. Por eso decía un pastor en un encuentro ecuménico en Santiago de Compostela en el año 1992, en el que tuve ocasión de participar: “No tenemos derecho a coexistir en la división. Tenemos necesidad los unos de los otros y debemos ser los unos para los otros”. Más aún, el cristiano debe comprender que la Iglesia a la que pertenece no es para sí misma, sino que “la Iglesia es para los otros”, como dijo alguien.
Es importante también reconocer una limitación inherente a nuestro pensar y hacer eurocéntrico, situado en Europa como centro del mundo, que muchas veces no se tiene suficientemente en cuenta, aunque teóricamente parezca clara: hay más cristianismo que el de Europa; e incluso “el cristianismo europeo ya no tiene la última palabra en ninguna cuestión” (J. Bosch, op. cit.). Los cristianos de fuera de Europa tienen mucho que decir, y seguramente es mucho más interesante y novedoso que nuestros discursos repetidos y decadentes. Lo sabe muy bien la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (ASETT-EATWOT), en la que las cuestiones confesionales ya no son un tema a debatir, pues están aceptadas con naturalidad (cf. J.J. Tamayo y L. C. Susin, Teología para otro mundo posible, Madrid 2006). Tienen mucho que decirnos –si queremos oírlos– espacios tan separados geográficamente como los trabajos ecuménicos de los teólogos de la liberación en Latinoamérica y Asia, o los de la Black Theology en Estados Unidos, o el Instituto para una Teología Contextual de Suráfrica.
El diálogo ecuménico: un diálogo real vivido a nivel práctico como un hecho
Finalmente, a pesar de las dificultades –particularmente en una España donde en tiempos estaba peor visto ser protestante que ser ateo–, es necesario decir que el diálogo ecuménico es ya un diálogo vivido a nivel práctico como un hecho real, aunque en proceso, mucho más allá de lo que teóricamente hayan conseguido y vayan consiguiendo los encuentros y diálogos a nivel teórico o institucional/organizativo. Las instituciones también son, sin duda, mediaciones necesarias para el encuentro, así como los diálogos doctrinales, pero el ecumenismo no puede refugiarse en los acuerdos entre instituciones y los encuentros teológicos que buscan aproximarse más a la Verdad, ni disculparse porque estos no avancen lo que sería deseable.
El verdadero ecumenismo tiene que vivirse más desde el hoy, desde el presente cotidiano vivido en relación con otros hermanos y hermanas, que desde la mirada a un acuerdo acerca del pasado; desde ese hoy en el que estamos constantemente solicitados por el Espíritu para acoger al hermano y la hermana con sus diferencias. En fin, siempre deberemos ser muy conscientes de que al final “se nos juzgará por el Amor” –como escribió genialmente Juan de la Cruz–, no por nuestras distintas etiquetas cristianas.
Hay una unidad invisible, profunda, pero real, entre los cristianos de las diferentes Iglesias, como entre todos los seres humanos y con la creación misma; una unidad que relativiza nuestras divisiones en base a distinciones y etiquetas. La unidad de la Iglesia, la unidad de la humanidad y la unidad del mismo cosmos encuentra su raíz en la unidad divina, en la unidad profunda en Dios que nuestras divisiones confesionales no pueden destruir.
