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Posted on 16/10/2011 by Harold Segura C.  in  Biblia

Un canto a la conversión, ¿qué es lo que hay que cambiar?

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La renovación cristiana es, ante todo, transformación integral. No se trata de querer volver hacia un ideal que dejamos atrás (El paraíso perdido, del gran poeta inglés, Milton), sino de ir hacia adelante (el paraíso encontrado, de Juan, el vidente del Apocalipsis). El horizonte final de la trasformación cristiana es avanzar hacia el modelo perfecto de ser humano pleno: Jesús (Efesios 4:13).

El apóstol Pablo enseña que esa trasformación implica todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo. Dice él: «No se amolden al mundo actual,  sino sean transformados mediante la renovación de su mente». Y después explica que: «Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios,  buena,  agradable y perfecta» (Romanos 12:2-3). Es decir, que en la medida como nos vamos trasformando, vamos también comprendiendo cuál es la voluntad de Dios. Se trata de ir experimentando (así, en gerundio) la trasformación, para ir comprendiendo la voluntad del Señor. ¡Extraordinario proceso siempre continuo!

Tenemos, entonces, que la transformación que buscamos tiene que ver con todo lo que somos y hacemos. ¿Qué significa eso? ¿Significa, acaso, que nada de lo que ahora somos y hacemos sirve para algo?. Algunas teologías populares así lo promulgan haciendo mal uso de la expresión «depravación total» del gran Calvino.

Recuerdo ahora un coro que se canta en toda América Latina: «Renuévame, Señor, Jesús; ya no quiero ser igual» y después dice: «porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado, Señor»

¿Todo debe ser cambiado? ¿Nada sirve? Estas preguntas estuvieron en el centro de las discusiones de Jesús con los religiosos de su tiempo. Jesús los sorprendió cuando les enseñó que el arrepentimiento no era solamente dejar de hacer lo malo para llegar a hacer lo bueno, sino, algo aún más difícil de lograr: dejar de hacer lo que consideraban que era bueno, para llegar a hacer lo que consideraban que era malo. ¡Esto sí que es arrepentimiento! Eso fue lo que le pasó, por ejemplo, a Pedro en su experiencia en la casa de Cornelio, el gentil (Hechos 10:13).

Volvamos a la pregunta inicial, ¿Cuándo hablamos de renovación, qué es lo que hay que cambiar? En Romanos 12:2-3 encontramos unas pistas. Cambiar la forma como conceptualizamos y cómo nos relacionamos con los criterios que imperan en el mundo presente. En este mundo algo anda mal; eso ya lo sabemos. Por eso, los trasformados en Cristo deberíamos vivir de manera contra-cultural (John Stott). Lo que no significa aborrecer la cultura, sino contradecir (resistir) los patrones culturales que atentan contra la vida plena. ¡Imagínense si esto no tiene que ver con nuestra manera de hacer política, de vivir nuestra ciudadanía responsable, de relacionarnos con la Creación y de vivir nuestras relaciones laborales y familiares, entre muchas otras!

Por otra parte, enseña Pablo, que la trasformación está asociada a un cambio en la manera de pensar. Las diferentes traducciones bíblicas, de una u otra manera, con unas u otras expresiones, apuntan siempre al mismo concepto: trasformación de la mente, o una nueva mentalidad. ¡Qué nos ayude Freud a comprender el tamaño de esta afirmación apostólica… si es que el puede auxiliarnos! Una de las traducciones, la Versión Popular Dios Habla Hoy opta por «cambien su manera de pensar para que cambie su manera de vivir».

De lo anterior, algo queda claro,  y es que la trasformación (renovación) no es, como lo dijimos por tantos años, cambiar la manera de creer (credo doctrinal) para asegurar la manera de morir (sobre todo, tener la seguridad de la gloria eterna). Es algo más: «La conversión tiene lugar en medio de nuestra realidad histórica e incorpora la totalidad de nuestra vida, porque el amor de Dios está preocupado por esa totalidad»[1]. Involucra nuestra manera de ser y de estar en el mundo; es una trasformación que conduce «hacia una existencia caracterizada por el perdón de los pecados, por la obediencia a los mandamientos de Dios, por una renovada comunión con el Dios Trino, y por un crecimiento y una restauración de la imagen divina y la realización del amor de Cristo».[2]

Junto al cambio de cosmovisión (no conformarnos a este siglo) y al cambio de mentalidad (renovación del entendimiento), se suma la trasformación del sentido religioso y litúrgico de la vida. Ésta última dimensión del cambio se relaciona con lo que Pablo enseña acerca de ofrecer el cuerpo «en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» y de rendir así un «culto racional» (Romanos 12:1). Es decir, que la fe en Dios es mucho más que en un ritual divorciado de la existencia y sujeto a la rigidez de la normatividad eclesial; es, ante todo, una expresión dinámica de ser integral rendido al servicio (culto) de Dios. Ya enseña el viejo principio reformado que «celebramos el culto en cualquier lugar y en cualquier momento»; allí donde la vida respira y dónde la caridad convierte en sagrado todo lugar del mundo.

Entonces, ¿qué es lo que hay que cambiar? ¿qué áreas necesitan conversión? No hay una respuesta que sirvan como fórmula universal. Cada cristiano o cristiana, cada comunidad cristiana o sociedad, en su momento histórico particular, necesita ejercitar el don del discernimiento para encontrar sus caminos de renovación. La Declaración sobre Misión y Evangelización. Una afirmación ecuménica, lo plantea con acierto: «Si bien en cierto que la experiencia de la conversión es básicamente la misma, la conciencia del encuentro con Dios revelado en Cristo, la ocasión particular en que se da la experiencia y la forma concreta de la misma, difiere de acuerdo a la situación de cada persona»[3] Sin embargo, las Escrituras nos auxilian en el propósito de comprobar «cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».

Romanos 12:2-3, señala, por lo menos, los siguientes dominios de cambio: nuestra cosmovisión (mirada particular del mundo inspirada en la mirada de Jesús) que anime la resistencia e impida que nos conformemos «a este mundo»; la mentalidad o «renovación del entendimiento», que nos permita pensar siguiendo los criterios de Jesús (la «mente de Cristo», según 1 Corintios 2:16) para actuar según sus pisadas; y el sentido litúrgico de la vida, para vivir con reverencia ante Dios (Ignacio de Loyola) y desarrollar la percepción mística de la presencia de Dios, allí donde otros suponen que él ya no está.

Cantaba la Mercedes Sosa: «Cambia el rumbo el caminante/ Aunque esto le cause daño,/ Y así como todo cambia/ Que yo cambie no es extraño/ Cambia todo cambia/ Cambia todo cambia…» Entonces, que cambiemos también nosotros. ¡Un canto a la conversión!



[1] Consejo Mundial de Iglesias, Declaración: Misión y evangelización. Una afirmación ecuménica., 1982, p. 16.

[2] Ibid., p. 16.

[3] Ibid., p. 16.

Harold Segura C.

4 comentarios

  1. muy buen articulo harold, definitivamente se hace necesario que el pueblo de dios comprenda y conozca esta forma de interpretar la escritura, para romper tanto esquema religioso en que andamos metidos, sin producir el impacto que debemos producir en la sociedad.

  2. Para Adriano y quienes han tenido la amabilidad de dejar sus comentarios, muchas gracias.
    Adriano, su comentario enriquece mi artículo. Gracias. Entiendo que hay quiene creen que la conversión es una experiencia única y punual que como tal se da en un momento de la vida. Lo creo. Pero también creo que es una experiencia diaria. ¿Recuerdas a Pedro en casa de Cornelio? Fue para converstir a los gentiles y fue él quien regresó convertido.
    Comparto plenamente lo que dices respecto al lugar de las emociones y de la mente. La frase de Chesterton es genial. Mil gracias,
    Harold

  3. Querido Harold leo siempre sus articulos con interés,y teniendo en cuenta a quien contesto,debo reconozcer que son articulos escritos por un maestro. A pesar de todo no se si en el presente capto bien el sentido de lo que usted quiere decir. En todo caso aceptaré con humildad cualquier acalaración que venga de su parte.
    No voy a «versiculear» para no ocupar mucho espacio,pero personalmente creo, que usted mezcla-o yo lo malentiendo- «conversión» que se lleva a cabo una única vez en la vida, con la renovación progresíva necesaria para desadaptarnos de nuestra manera de ser y de vivir, que antes seguía la corriente de este mundo con sus pasiones y deseos que nos alejaban de Dios hasta alcanzar (como usted dice muy bien en otras palabras) una vida de «plenitud en Jesucristo»,(ó cada vez más adaptada a la vida que nos demanda Jesús el Modelo por excelencia).
    Se que usted no puede ignorar el procedimiento lógico de la primera, que aunque no se ajusta siempre a los mismos parámetros por cuanto cada «converso»tiene su particular experiencia (previa a, y posterior a) si que en un sentido es igual para todos.
    Jesús dice que «ninguno puede venír a él,si no le trae el Padre». Luego de escuchar la Palabra el Espiritu Santo hace la obra de arrepentimiento en el indivíduo,hombre o mujer, y este-aunque a veces se resiste- necesariamente, tarde o temprano responderá positivamente al llamamiento.En eso actua la voluntad del llamado, segun cree el mismo, pero en realidad le movió a creer el que hizo nacer la semilla de la fe en su vida;El Espiritu Santo.Esto nos plantea el tema de si uno, es o no libre para creer, a lo que responderiamos que es libre aparentemente. «Creemos que somos nosotros, pero cuando hemos traspasado la puerta que conduce a la salvación y miramos atrás vemos un rótulo sobre la misma que dice;por elección divina». Louis Bonnet
    Claro que esto, suena a calvinismo, pero en realidad las Escrituras inducen a creer que es así.
    El «autoengaño del converso» lo crean muchas veces los predicadores, que sabiendo lo que hay implicado en la doctrina de la salvación, apelan a los sentimientos y a la voluntad del oyente para mover a conversiones, de las cuales,algunas resultan falsas.Por esta causa, hay iglesias que se llenan un dia y se vacían al siguiente. Finalmente sólo quedan los que Dios a dado a su Hijo. Y estos aunque sean mayores, no nacen hombres o mujeres hechos y derechos.Como un bebé deben crecer en la Gracia, pero también en el conocimniento de Jesús, lo cual implica aprender a madurar, y esto si que es un proceso que implica una constante renovación que como Stot escribió-y antes Pablo- debe educar adecuadamente, no sólo las «emociones», sino la mente racional;el pensamiento que puede controlar las emociones. Porque estas son pasajeras, y es necesario para la vida sana quedarse poco a poco con lo auténtico,lo que merece la pena, lo que nos hace imitadores de Cristo.
    Lo que Stot escribió,en ese precioso librito que usted cita lo habia citado a su manera Chesterton,- aunque él habló sobre la iglesia católica a la que pereteneció-;»me quito el sombrero cuando entro a la iglesia, pero no me quito la cabeza».
    Para desarrollar nuestra vida de cristianos, para crecer, no podemos quitarnos la cabeza, ni miembro alguno, sino renovarnos por el ESPIRITU EN NUESTRA MENTE Y llevar cautivos nuestros pensamientos a Cristo, pero será con la ayuda, del mismo Espiritu que obró en nosotros para implantarnos la fe, quien nos llevó tambien al arrepentimiento y a aceptar la salvación que se nos ofreció en Cristo, porque sin El, nada somos, ni nada podemos hacer bién.Pero eso, no es el milagro de un dia,de un momento. Es el proceso de toda una vida, hasta que estemos en su presencia.
    Reciban mi mas cordial saludo y todo mi amor en Cristo.

  4. Me gustó su artículo.He recibido comentarios
    y preguntas referentes a la dimensión «práctica» de la conversión. Esto es, a si la conversión ocurre como mero efecto del Espíritu Santo o en qué medida interviene el nivel volitivo del sujeto.
    Ojalá pudiera escribir otro artículo en donde ahonde al respecto.
    Saludos, y bendiciones

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