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Posted on 30/04/2012 by Juan María Tellería  in  Opinión, Teología

«Mi hijo se ha condenado eternamente!»

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Yo mismo salvaré a tus hijos (Isaías 49, 25b BTX)

Mientras compartimos con todos nuestros amables lectores esta reflexión, no dejan de venirnos a la mente recuerdos e imágenes de ciertas situaciones que hemos vivido o hemos presenciado y, todo hay que decirlo, nos han hecho daño, moralmente hablando. Rememoramos en primer lugar a aquella señora de edad, creyente convencida y miembro de una pequeña congregación rural de nuestro país, que atravesaba por unos momentos de gran desánimo debido al reciente deceso de su esposo (también creyente) por suicidio, tras un largo proceso de profunda depresión; pero el desaliento de aquella hermana en la fe aún se había acentuado cuando el pastor de su iglesia, joven y recién llegado allí, lo primero que había hecho al saludarla y conocer la situación por la que estaba atravesando fue asegurarle, con gran vehemencia teológica y una salva interminable de versículos bíblicos, que su esposo estaba irremisiblemente condenado por su cobardía y su vergonzosa manera de poner fin a una vida que había recibido del Creador y sobre la que no tenía ningún derecho.

Juan María Tellería LarrañagaO también a aquella otra mujer creyente de otra congregación, que con infinita tristeza en la voz y en los ojos decía claramente a quienes conversaban con ella al concluir un culto lo terriblemente apenada que se sentía porque, tal como le recordaban de continuo los dirigentes de su congregación local, su hijo estaba perdido para siempre: había abandonado la Iglesia y vivía casado “en el mundo”, sin educar a sus hijos en la Palabra de Dios. ¡No había remisión para él!

Es triste escuchar a creyentes que pasan por este tipo de experiencias, desde luego. Pero lo que resulta realmente trágico es la comprobación palpable del espíritu condenatorio que existe en ocasiones en medios cristianos, tanto que algunos de los que se consideran responsables o líderes locales parecieran deleitarse con la idea de que personas creyentes se pierdan eternamente por no haber estado a la altura de ciertos requisitos o por no haber mostrado en su vida una serie de características definitorias y concluyentes de lo que significa ser un miembro comprometido de la Iglesia. Me pregunto muchas veces si no tendremos en nuestro entorno evangélico un gran porcentaje de lectores asiduos de la Biblia, pero otro muy pequeño de auténticos cristianos.

Digámoslo con claridad: el Evangelio de Jesucristo NO es un mensaje de condenación, sino de Salvación. Salvación con mayúscula. Aunque las Escrituras muestren profusión de textos en los que se evidencian los juicios de Dios contra la infidelidad o la ingratitud humana, pasajes que de ninguna manera podemos (¡ni debemos!) obviar, una lectura atenta del conjunto de la Biblia nos conduce irrevocablemente a la esperanza. El creyente cristiano está llamado a vivir en esperanza y a gozarse del don de la Gracia de Dios en Jesús que nos permite anticipar aquí y ahora la plenitud de nuestra redención.

Cuando los miembros de una comunidad determinada, ya sea grande o pequeña, urbana o rural, compuesta por gentes adineradas o sencillas, de una denominación u otra, se congregan en el Día del Señor para escuchar la Palabra de Dios y adorar a Cristo en comunión con él y entre los creyentes, lo hacen esperando salir confortados. A lo largo de la semana, cada uno brega con sus propios problemas, ya sean domésticos, laborales, económicos o estrictamente personales. El servicio de culto ha de constituir una ocasión especial, una auténtica recuperación de fuerzas, un respiro, una “recarga de pilas”, como dice un amigo mío muy querido. Es cierto que los problemas no nos van a abandonar; no desaparecerán por arte de magia; al contrario, estarán esperándonos a la salida del templo para acompañarnos otra vez a lo largo de la nueva semana. Pero al menos, esos momentos de escucha de la Palabra de Dios, de participación en el Sacramento y la oración y adoración conjunta, han de constituir un hito de especial relevancia, un alto en el camino, una inyección de ánimo.

Poco se puede animar a nadie cuando desde el púlpito se hace una proclama de condenación contra los propios creyentes, o cuando la Biblia se utiliza exclusivamente como un martillo con el que machacar a personas que lo que necesitan es todo lo contrario. A personas que van a la iglesia buscando consuelo. ¿De qué sirve luego condenar con tanta saña, como a veces se hace, a otras denominaciones históricas por sus errores y su falta de amor?

Sinceramente lo digo, no tengo argumentos válidos para condenar eternamente a nadie que, aun siendo creyente, haya puesto fin a su propia existencia en este mundo. Sin duda que no es lo mejor que se puede hacer con un don tan grande como la vida, que hemos recibido de Dios y que solo a él compete ponerle término. Pero cuando alguien, sumido en una depresión profunda, que no es sino una enfermedad mental muy grave, acaba consigo mismo, ¿puedo asegurar con total seguridad que haya quedado por ello excluido de la misericordia de Dios? ¿Y puede considerarse, no ya cristiano, sino simplemente humano, espetarle a un familiar de un suicida que ese ser querido está irremisiblemente condenado?

Por otro lado, ¿cómo puedo yo saber que un creyente que, por las circunstancias que fueren (las comprenda o no), haya abandonado la Iglesia se ha perdido para siempre? ¿Conozco tal vez el fin de sus días o todos los procesos de su mente o su razonamiento como para emitir con tanta seguridad juicios tan absolutos?

¿Soy yo Dios acaso para poder dictaminar sentencias eternas con tanta claridad?

El hilo conductor de las Escrituras me impulsa a transmitir ánimo, no desaliento. El mensaje del Evangelio de Cristo me impele a hablar de una salvación que es cierta, que es segura para los hijos de Dios, no de condenación. El Dios que se revela en las páginas de la Biblia se me muestra como Padre que quiere lo mejor para sus hijos, no como un enemigo o un saqueador de su propia heredad. Jesús nuestro Señor nos insta a no juzgar para que no seamos juzgados. Porque finalmente, la última palabra en relación con la vida o la muerte, en este mundo o en el otro, la tiene él. No la tengo yo. Ni ningún otro.

Incluso cometiendo errores tan graves como los que comentamos en esta reflexión, los creyentes estamos en buenas manos. En las mejores. Nuestra misión es vivir, compartir y proclamar esperanza porque nuestro Señor es el Salvador.

 

Juan María Tellería

11 comentarios

  1. Comparto la apreciación que Esteban expone del culto y de que la comunión diaria con Dios no da energías.

    Respecto al comentario de Pantro. No creo que Juan María Tellería obvíe el juicio, incluso lo menciona. Pero recalco el énfasis que él pone: No somo nadie para decir quién rechaza el evangelio y quién no, quién es salvo y quién no. ¿Quiénes somos nosotros para eso? Como cristiano no debemos juzgar, sino esparcir la buena nueva, dar esperanza y espacios de comunión.

    Recordemos también el pasaje de MATEO 21:28-32:
    “Mas, ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy á trabajar en mi viña. Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fué. Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, señor, voy. Y no fué.”

  2. Ante los espontáneos y crueles argumentos de que las personas con enfermedad mental son “poseídos” por el “Demonio”, tan solo he de remitir que en nuestras congregaciones hay muchos enfermos de este tipo, y en mi trabajo he conocido muchos pacientes “convertidos” al cristianismo evangélico.
    Recuerdo además una escena de la película de Lutero interpretada por Joseph Fiennes en la que un niño –el cual sometido a fortísimas presiones- decide suicidarse para poner fin al tormento. ¿inmadurez? ¿cobardía? Algunos lo tendrán muy claro, pero yo no. Asimismo al cadáver del difunto chaval se le prohíbe ser enterrado en el “campo santo”, o sea, el cementerio de los “salvos”. El protagonista (Lutero) finalmente acaba enterrando al muchacho en dicho cementerio pese a lo que le pueda venir encima. Esto es lo que Juan Mª ha hecho valientemente en su artículo y por tanto le aplaudo.

  3. Trabajo en el área de Salud Mental de un hospital con pacientes psiquiátricos y, algunos de ellos, bien por depresión, bien por esquizofrenia o bien por encontrarse en una fase baja de trastorno bipolar, acaban suicidándose. Esto me hace pensar mucho en el suicidio a los ojos del Dios de la Gracia. Pablo Martinez Vila (un hermano nuestro psiquiatra) dice que, en la mayoría de suicidios, existe como trasfondo un caso de enfermedad psiquiátrica, y que, no cabe duda, de que Nuestro Señor (¿quién más misericordioso que Él?) tendrá en consideración que el suicida no esté plenamente consciente de sus actos, ya que Él es juez perfecto (y todo lo sabe). Cf. Más allá del dolor, 1ª edición (Andamio, 2006) p.35-36.

  4. Es obvio que un tema tan interesante tiene dos vertientes, la teológica(o quizás doctrinal o biblica) y la pastoral.
    No presupongo que el pastor Tellería desconoce la primera,puesto que estoy seguro de sus conocimientos de la Sagrada Escritura. Por tanto pienso que se ha inclinado por la pastoral,porque justamente quiere tratar el tema desde esa optica. Bajo mi punto de vista es más que adecuado y sus comentarios muy certeros.
    Son situaciones que algunos conocemos, y que merecen adecaudada atención pastoral.
    Por este motivo le felicito

  5. Hay una anécdota ilustrativa sobre el uso de la Biblia: Un matrimonio comienza a leer la Biblia por primera vez y, leyendo la Ley y las exigencias de la misma exclama: «entonces nosotros estamos condenados!». Siguen leyendo a los profetas e interiorizándose de las promesas de Dios y entonces exclaman: «entonces nosotros también podemos tener esperanza». Terminan finalmente leyendo el evangelio y entonces exclaman con inmensa alegría: «Gracias Jesús! También nosotros estamos salvados!». Si nos analizamos todos nosotros interiormente por la Ley estamos todos condenados pues ninguno, absolutamente ninguno de nosotros puede decir que ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas y al prójimo como a sí mismo. Pero tengamos esperanza. Jesús murió también por ese pecado de suicidio y el pecado todavía mayor de atribuirse el derecho a condenar al suicida (es atribuirse en cierto sentido el papel de Dios) y por toda nuestra falta de amor. En cuanto al acusador -«el que acusa constantemente a nuestros hermanos- ha sido ya juzgado y condenado. No querramos como cristianos imitarlo.Dios sabe quién le dijo sí(con su vida, no repitiendo fórmulas de catecismo) y quién le dijo no.

  6. Hay que ver las ganas que tienen algunos de buscarle las tres patas al gato. Estoy siguiendo las reflexiones del Pastor Juan María Tellería desde que esta revista editó la primera. He leído su método en teologia que recomienda el propio Monroy y conozco a bastante gente que lo trata o que ha sido instruida por él y puedo decir que si de algo no se le puede acusar es de sentimentalismo religioso. Su reflexión es muy fácil de entender: basta ya de tanta condena y de tanto legalismo. Y tiene razón. Muchos creyentes nos estamos quejando de años de que los predicadores no hablan que de condenación y de infierno para muchos cristianos con problemas. Gracias, Pastor Tellería. Ojalá le escuchen.

  7. El mensaje esta muy claro para los que lo quieran entender. Se predica demasiado la condenacion y el evangelio no es eso. Una persona puede alejarse de la iglesia pero eso no quiere decir que se aparte de Dios o de la gracia. En mi familia vivimos una situación parecida cuando mi hermana pequeña se casó con un chico de la calle. Los líderes de nuestra iglesia no pararon de condenarla a ella y a todos. Ella se apartó pero es creyente sincera. Hablo con ella todas las semanas y se lo que piensa. No se puede condenar a la gente con la rapidez con que se hace. Yo sí entiendo lo que dice el pastor Tellería y le agradezco sus palabras. Son muchas las familias que sufren por situaciones así.

  8. A que apelamos? A los sentimientos o a lo espiritual? Yo no puedo creer en una fe que me obligue a separarme de mis problemas en el momento de culto y me deje solo para afrontarlos el resto de la semana. En la Palabra hay solución a TODOS NUESTROS PROBLEMAS, por lo tanto es en el culto cuando debo hablar de lo Grande que es mi Dios y lo pequeño que son mis problemas, para que esa fe se mantenga cada día de la semana.
    El culto no es para «cargar pilas», eso se hace cada día en la comunión con Dios. El culto es para congregacionalmente dar Gloria a Dios y limpiar con la Palabra todo lo que el sistema del mundo corrompió en nuestra mente.

  9. Hay una idea que no está del todo clara en este artículo (como crítica lo comento): El evangelio es un mensaje de SALVACIÓN para los que lo reciben PERO TAMBIEN es un mensaje de juicio contra quienes lo rechazan. No se puede desconocer una cara de la moneda sin falsear la totalidad de la mismo. Sabemos que todo aquel que rechaza a Jesucristo NO será destinatario de la gracia de salvación y será condenado.

    No podemos dejar de lado el HECHO de que Dios no acepta todo y de que SÍ estableció aquello que será objeto de su ira.

    Saludos.

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