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Posted on 30/06/2026 by Hernán Dalbes  in  portada, Teología

Eclesiología de la Resistencia | Hernán Dalbes

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A 92 años de la Declaración de Barmen.

Sin duda vivimos en un cambio de época. Todo lo que conocíamos, todo lo que daba seguridad institucional como convivencia democrática o el denominado concierto internacional, se resquebrajan bajo el peso de un nuevo orden global. La fascinación por el poder absoluto y la desarticulación de los consensos en los que nos movíamos desde finales de la Segunda Guerra no son patrimonio exclusivo del panorama global; se filtran de manera silenciosa en nuestras iglesias, de modo destructivo en lo cotidiano y como una identificación oculta con dicho modelo. Cuando los órganos centrales y jerárquicos “puertas adentro” optan por el monólogo y el disciplinamiento punitivo en lugar del discernimiento fraterno, reproducen la misma lógica, se vuelven un eco de la estructura hegemónica y trastocan el Evangelio para que calce con la cultura dominante.

Ante este panorama, se vuelve imperativo articular una Eclesiología de la Resistencia. Esta perspectiva teológica, fundamentada en la herencia de la reforma y en el testimonio martirial del siglo XX, no concibe al disenso como un acto de rebeldía destructiva, sino como el legítimo ejercicio de una fe que reconoce que la institución visible está sujeta a las leyes de la sociedad. La mirada a la cruz nos señala desobedecer la arbitrariedad de los escritorios centrales para defender, desde las bases, el derecho a ser una verdadera comunidad de fe donde ninguna estructura humana pretenda usurpar el lugar de nuestro único Señor.

El espejo de los Césares modernos en un mundo sin reglas

El tenso ámbito internacional contemporáneo asiste a la consolidación de un paradigma político que opera al margen de la legalidad institucional. Figuras como Nayib Bukele, Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Javier Milei encarnan un modelo de liderazgo basado en la excepcionalidad, el voluntarismo autocrático y el desprecio por los contrapesos democráticos. Este eje ideológico no solo comparte una retórica de confrontación, sino acciones concretas de apoyo mutuo que van sorteando sistemáticamente a los organismos internacionales, debilitando los pactos globales de derechos humanos y legitimando el uso de la fuerza contra los hilos más delgados de la sociedad (propia y vecina). La complejidad del conflicto en Oriente Medio no puede ser abordada a la ligera[1], es por eso que sin dejar de mencionarlo lo que estamos analizando son otros entramados del poder en el mundo que dejó de ser tal cual lo conocíamos.

Ya sea mediante el uso sistemático del veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para sostener ofensivas militares, gobernar mediante decretos de necesidad y urgencia que anulan los parlamentos, o el vaciamiento de la justicia interna, bajo el pretexto de una eficiencia refundacional, estos liderazgos plantean un mundo donde la ley no es una garantía de equidad, sino un instrumento maleable al servicio del César. En este ecosistema de derechas conservadoras, la institucionalidad se convierte en una molestia descartable si obstaculiza el proyecto centralizador. Se consolida así una arquitectura del poder que pone en riesgo la vida digna, consagrando que quien posee la fuerza retiene también el derecho de definir la realidad. El apóstol Pablo advertía con lucidez a la comunidad de Roma sobre los peligros de asimilar estas lógicas opresivas: «No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Romanos 12:2).

Copiar el absolutismo en nombre de Dios

La gran tentación de las estructuras eclesiásticas contemporáneas radica en reproducir, bajo ropajes piadosos, este mismo diseño de poder arbitrario. Los órganos centrales de las iglesias, vemos cada vez más, asimilan el virus del verticalismo corporativo transformando los ministerios de coordinación en jefaturas ejecutivas. En estos contextos, las normativas no se aplican bajo un criterio de igualdad y justicia, sino de conveniencia facciosa: las reglas se vuelven laxas para blindar los vicios de la jerarquía y asfixiantes para silenciar el disenso legítimo de las minorías o de las comunidades locales.

Cuando las estructuras eclesiales operan desde el centralismo del poder y desconocen la legalidad de todos los marcos normativos propios y externos, tuercen el fin del ser Iglesia a puertas cerradas, blindan la información pública o desarticulan los proyectos comunitarios periféricos sin dar lugar a un debido proceso, están ejecutando un golpe blando institucional en el plano eclesiástico. Se pretende justificar la ilegalidad administrativa mediante el argumento de la obediencia ciega o la preservación de una falsa paz institucional. Esta práctica punitiva asume que la investidura eclesial otorga una inmunidad espiritual que coloca a quienes administran por encima de las responsabilidades civiles de la Iglesia visible. Ante esto, las palabras de Jesús resuenan como un límite insoslayable contra toda autocracia clerical: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes» (Mateo 20:25b-26).

La Reforma como freno a la tiranía

Si analizamos estas prácticas a la luz del primer tiempo de la Reforma Luterana (1517-1530), queda en evidencia que el centralismo arbitrario se sitúa en las antípodas del proceso teológico-eclesiológico iniciado por Martín Lutero. Todo el movimiento nació, precisamente, como una impugnación contra el absolutismo romano que pretendía colocar los decretos papales por encima de la Palabra y de la transparencia administrativa. La Confesión de Augsburgo de 1530, y su posterior Apología, fueron redactadas no para consolidar un nuevo orden jerárquico opresor, sino para garantizar la libertad de las conciencias y la recta administración de la iglesia.

La teología luterana clásica resuelve metodológicamente esta tensión mediante la doctrina de los Dos Regímenes. Los Artículos I al XV de la Confesión de Augsburgo aluden al régimen espiritual, aquel que se edifica exclusivamente sobre la proclamación del Evangelio y la administración de los Sacramentos, desprovisto de cualquier coacción física o dominio material. Pero conscientes de que las instituciones religiosas están conformadas por seres humanos propensos a la corrupción del poder, los reformadores formularon y plasmaron el Artículo XVI (De las cosas civiles).

 

Este artículo determina de manera taxativa que el orden civil, las leyes del Estado y los tribunales de justicia son ordenanzas divinas dispuestas para contener la arbitrariedad y proteger a los indefensos. Por lo tanto, la Apología de la Confesión de Augsburgo aclara de manera contundente que cuando la estructura eclesiástica falla en su plano administrativo y vulnera los derechos temporales, contratos, presupuestos o patrimonios comunitarios, se activa la jurisdicción de la ley civil como un instrumento legítimo de la gracia común de Dios para frenar el atropello institucional. Negar esto bajo el pretexto de una «inmunidad espiritual» es una herencia teológica distorsionada, contraria a la propia Reforma, que destruye la separación de los regímenes y sacraliza el abuso autoritario.

El costo de la resistencia

Un paralelismo histórico más cercano nos conecta con la crisis de la Iglesia Evangélica Alemana durante el ascenso del nacionalsocialismo. Las dirigencias eclesiales de la época, fascinadas por el liderazgo fuerte y vertical de las derechas extremas, cedieron ante la política de asimilación del Estado totalitario. Aquellos órganos centrales optaron por reproducir las lógicas de exclusión y purga administrativa contra los sectores disidentes, utilizando el andamiaje burocrático de la iglesia para validar el sometimiento de las minorías.

 

Frente a esta capitulación estructural se levantó la Iglesia Confesante con la histórica Declaración de Barmen en 1934[2]. En su tesis central, redactada principalmente por Karl Barth, afirmó de manera profética que la Iglesia no puede permitir que la forma de su orden eclesiástico sea determinada por las fluctuaciones de las convicciones políticas del momento ni por el dominio de jefes o caudillos temporales. Dietrich Bonhoeffer, desde esta misma vertiente profética, denunció que el silencio y la inacción ante la arbitrariedad corporativa constituyen una forma de «gracia barata», definida como la justificación del pecado institucional sin un arrepentimiento real y estructural[3].

Para Bonhoeffer, la verdadera naturaleza de la comunidad cristiana no reside en sus ministerios centralizados ni en sus oficinas burocráticas, sino en su capacidad de configurarse como un espacio donde Cristo toma forma en la interdependencia y la defensa activa del hermano vulnerable[4]. Una Eclesiología de la Resistencia se nutre de este legado: nos demuestra que, cuando la institución central se alinea con las lógicas del desprecio al derecho y devora a sus propios miembros locales, la organización de las bases y la resistencia activa dejan de ser un mero disenso administrativo para convertirse en una confesión de fe indispensable. Callar ante el atropello con el fin de conservar privilegios o evitar el conflicto es asimilar el modus operandi del opresor.

Hacia una eclesiología del cuidado y las bases

El gran desafío teológico y pastoral para nuestras comunidades contemporáneas consiste en habitar creativamente los postulados de esta Eclesiología de la Resistencia frente a los modelos de centralismo absoluto. No podemos permitir que las autoridades eclesiales operen como directorios ejecutivos que precarizan los pastorados, asfixian las identidades locales y clausuran los canales legítimos de diálogo fraternal y formal. Una iglesia fiel a la cruz debe recordar que el derecho y las regulaciones de la sociedad civil son herramientas provistas por Dios para humanizar las estructuras y limitar la tiranía, sea esta secular o religiosa.

 

Organizarse colectivamente para resistir desde abajo no fractura el cuerpo de Cristo; al contrario, es un acto de amor profundo que intenta rescatar a la propia institución de su delirio idolátrico de autosuficiencia y control. Debemos perder el miedo a confrontar los escritorios centrales cuando estos se olvidan del Evangelio. La verdadera unidad no se decreta desde una oficina mediante la exigencia de sumisión; se teje en los márgenes, en la solidaridad real entre comunidades y en la convicción inquebrantable de que el pueblo de Dios no reconoce más señores ni patrones que a Jesucristo. Como nos exhorta de manera categórica el apóstol Pablo en su carta a las comunidades de Galacia: «Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud» (Gálatas 5:1).

Quiera Dios que seamos capaces de resistir, de manera tal que desde las minorías se puedan detener los centralismos autoritarios, protegiendo la pluriformidad y la diversidad de nuestras bases y reconstruyendo y cohabitando comunidades justas bajo la única cabeza de Jesucristo.

 

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[1] Se puede encontrar una aproximación al tema por Kevin Bryan (IG @geograficahistoria1) en su columna del programa Industria Nacional, del canal de streaming Gelatina (IG @somosgelatina): https://www.youtube.com/watch?v=PiNyptc_gFI

[2] La Declaración de Barmen fue el documento teológico fundacional de la Iglesia Confesante en Alemania. Elaborada en abierta oposición a los «Cristianos Alemanes» (facción eclesiástica subordinada al nazismo), articuló seis tesis basadas exclusivamente en las Escrituras y las confesiones reformadas, rechazando de manera explícita que la iglesia pudiera adoptar lógicas de jefatura absolutista (Führerprinzip) o convertir su estructura en un instrumento de opresión política o administrativa.

[3] Bonhoeffer, Dietrich. El precio de la gracia. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2014.

[4] Bonhoeffer, Dietrich. Sanctorum Communio: una investigación dogmática sobre la sociología de la Iglesia. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2006.

 

Hernán Dalbes

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