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Posted on 16/06/2026 by Eliseo Jeremías Enrique  in  Biblia, portada

Mito y Escritura: Recuperar una categoría olvidada para leer la Biblia | Eliseo Jeremías Enrique

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Si se les preguntase a diez cristianos si la Biblia contiene mitos, probablemente nueve responderán con un rotundo “no”. Y no es difícil entender por qué. En el uso cotidiano, la palabra “mito” suele equivaler a mentira, ficción o invención sin fundamento. Bajo esa carga semántica, resulta comprensible rechazar cualquier asociación entre mito y Escritura Sagrada.

Sin embargo, en el ámbito académico —especialmente en la historia de las religiones, la filología y la antropología— el término “mito” no designa falsedad, sino un tipo particular de discurso simbólico. Se trata de relatos fundacionales que expresan verdades profundas sobre Dios, el mundo, el ser humano y la identidad de una comunidad. Estos relatos pueden apoyarse en eventos históricos, reinterpretarlos o situarse en un nivel teológico más que cronístico (Fee & Stuart, 2011). Por ello, reconocer dimensiones míticas en la Biblia no implica negarla, sino leerla con mayor profundidad y responsabilidad.

En primer lugar, es necesario recordar que la Biblia no es un texto homogéneo, sino una biblioteca de géneros diversos que contiene: narrativa, poesía, profecía, sabiduría y formas de relato que la investigación contemporánea describe como mitopoéticas (Losada, 2019). Este lenguaje literario emplea imágenes, símbolos y estructuras compartidas con el antiguo Cercano Oriente para comunicar la revelación divina. Ignorar esto es desconocer cómo operan los textos antiguos en su propio contexto cultural (que no es el nuestro).

Por ejemplo, los capítulos iniciales del Génesis (1–11) comparten un horizonte cultural con narraciones como el Enuma Elish o la Epopeya de Gilgamesh, donde aparecen motivos semejantes —creación, diluvio, origen humano— aunque reinterpretados desde una teología radicalmente distinta: la afirmación de un Dios único y la dignidad del ser humano como criatura, no como esclavo de divinidades caprichosas.

En segundo lugar, en el mundo antiguo —tanto en Israel como en sus culturas vecinas— la distinción moderna entre “historia” y “mito” no operaba de la misma manera que lo hacen hoy. Autores como Mircea Eliade han señalado que el mito debe entenderse como “historia sagrada”, es decir, un relato que expresa realidades fundantes que estructuran el sentido del mundo (Eliade, 2013). De manera similar, John H. Walton ha argumentado que los relatos de creación no buscan describir mecanismos materiales del origen del universo, sino funciones, órdenes y propósitos dentro de una cosmovisión antigua (Walton, 2009). Desde esta perspectiva, exigir a estos textos que respondan a los criterios de la historiografía moderna —por ejemplo, al modelo positivista de Leopold von Ranke— implica imponerles categorías ajenas a su propio horizonte cultural.

En tercer lugar, muchos creyentes asumen que, si un relato presenta rasgos mitológicos, automáticamente pierde su valor de verdad. Sin embargo, esta conclusión depende de una definición reducida de mito como “ficción falsa”, propia de la modernidad. En el pensamiento antiguo, en cambio, un relato podía ser mítico en su forma y plenamente verdadero en su contenido teológico. Aquí se abre una clave hermenéutica decisiva: la verdad bíblica no se agota en la literalidad histórica, sino que también se expresa mediante el símbolo, la narrativa y la teología.

Ahora bien, esta resistencia no proviene únicamente de un desconocimiento académico, sino también de una preocupación legítima: preservar la historicidad de los eventos centrales del cristianismo, como la vida, muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, el uso que Jesús hace de figuras del Antiguo Testamento no implica necesariamente que estas deban leerse bajo los criterios de la historiografía moderna. En el mundo antiguo, estos personajes funcionaban como referentes teológicos compartidos más que como objetos de verificación histórica en sentido contemporáneo.

Así, cuando Jesús menciona a Jonás (Mt. 12:40) como signo de su muerte y resurrección, a Noé (Mt. 24:37–39) como imagen del juicio, o a Abel (Lc. 11:51) como símbolo del justo asesinado, el énfasis no recae en demostrar su historicidad, sino en la fuerza teológica que estas figuras poseen dentro de la tradición y la profecía que apunta a Jesús y su obra como Mesías.

Desde este panorama, resulta problemático insistir en que toda la Escritura deba leerse como una crónica histórica o científica en sentido moderno. Lejos de fortalecer la fidelidad al texto, este enfoque proyecta sobre él categorías que no le pertenecen. Diversos pensadores cristianos han señalado esta tensión desde dentro de la tradición: John H. Walton (2009) ha subrayado la dimensión funcional de los relatos de creación; Peter Enns (2012) ha enfatizado la encarnación cultural de la Escritura en su contexto antiguo; y N. T. Wright (2013) ha insistido en el carácter narrativo-teológico del lenguaje bíblico. Incluso científicos creyentes como Francis Collins (2006) han mostrado que la coexistencia de niveles explicativos —teológico y científico— no debilita la fe, sino que amplía su comprensión.

En definitiva, el problema no es el mito, sino el anacronismo. Cuando exigimos que la Biblia funcione como una crónica positivista (como la objetividad “científica” del siglo XIX), terminamos distorsionando su naturaleza literaria y teológica. Paradójicamente, el intento de “defender” la Escritura puede terminar reduciéndola. Por el contrario, reconocer la riqueza de sus géneros literarios —incluido el lenguaje mitopoético— no debilita su autoridad, sino que permite una lectura más rigurosa, más honesta y, en última instancia, más fiel a la verdad que el texto busca comunicar.

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Bibliografía

Collins, F. S. (2006). The language of God: A scientist presents evidence for belief. Free Press.

Eliade, M. (2013). Mito y realidad. Madrid: Guadarrama.

Enns, P. (2012). The Evolution of Adam. Grand Rapids: Baker Academic.

Fee, G. D., & Stuart, D. (2011). La lectura eficaz de la Biblia. Miami: Vida.

Losada, J. M. (2019). Mitos bíblicos: ¿contradictio in terminis? En P. López Raso (Coord.), Nuevas formas de contar lo sagrado (pp. 15–30). Editorial UFV. ISBN 978-84-17641-50-4.

Walton, J. H. (2009). The Lost World of Genesis One: Ancient Cosmology and the Origins Debate. Downers Grove: IVP Academic.

Wright, N. T. (2013). Scripture and the Authority of God. London: SPCK.

Eliseo Jeremías Enrique

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