Posted On 10/02/2021 By In Al Alba With 570 Views

No somos tan buenos como pensamos, o quisiéramos ser | Ignacio Simal

10 de febrero, 2021

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc. 18:9-14).

Sabemos cómo somos bajo el embozo que cubre nuestro rostro. No tengo dudas al respecto. Si nos sentimos mejores que la media, cuando desde nuestra interioridad miramos a las personas que piensan o hacen diferente que nosotros con menosprecio, algo no marcha bien en nuestra vida de seguimiento de Jesús.

Existen dos actitudes que deben surgir de nuestro constante encuentro con Dios, la compasión y, lo que llamo, indignación compasiva. La compasión sólo surge de un corazón experimentado en la recepción de misericordia a raudales por parte del Señor y de su prójimo. La indignación compasiva es la que se expresa en y a través de la denuncia del mal que algunos causan a sus prójimos, pero siempre abierta a la acogida de aquel que regresa a casa con el corazón roto al haber caído en la cuenta del mal cometido.

No somos tan buenos como pensamos, o quisiéramos ser… y eso lo conocemos cuando guardamos silencio y permitimos que la conciencia diga de nosotros con libertad. Eso nos permite transitar un camino de misericordia hacia los que se encuentran, sabiéndolo o no, en nuestra misma situación. El silencio y una conciencia fuerte iluminada por el Espíritu de Dios forman un buen equipo médico. ¡Nos sanan por dentro y por fuera!

Cuando somos sanados caminamos sin embozos que cubran nuestro rostro. Transitamos por el invierno social y eclesial a cara descubierta, a pecho descubierto. No tememos el frío ambiental, ni ser heridos. Lo que sí tememos es herir -a veces de muerte- a nuestro prójimo, creado a la imagen del Dios de Jesús. ¡Bendito temor!

Por lo tanto debemos tener delante de nosotros las palabras de aquel viejo discípulo de Jesús cuando escribió: “Si alguien dice que vive en la luz y odia a su hermano, todavía vive en tinieblas. El que ama a su hermano, vive en la luz y no caerá en pecado. Pero quien lo aborrece, vive y camina en tinieblas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos” (1 Jn. 2:9-11 BTI).

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal Camps
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