Posted On 15/02/2021 By In Opinión, portada With 258 Views

Perdonar y no olvidar | Eva Delás

Cada día los medios insisten en la desinfección de las manos, la ropa, los zapatos, insisten en la protección con mascarilla, pero ¿y el corazón? ¿Quién protege nuestras emociones, nuestros pensamientos, quién nos ayuda a limpiar, a desinfectar lo que está ensuciando nuestra existencia? Una cuarentena, una pandemia mundial que ha paralizado el mundo tiene, necesariamente, que enseñarnos algo.

¿Estamos dispuestos a hacer un inventario de pensamientos y emociones tóxicas que nos revuelven la mente y la contaminan? Parece que nunca es buen momento para hacer autoanálisis. Somos especialistas en barrer bajo la alfombra eso que nos corrompe y nos hace sentir débiles y limitados. Aunque lo queramos evitar, tenemos una sensación de descontrol que despierta nuestras emociones más turbias, ira, rencor, desilusión y tristeza. Emociones que nos generan un nudo en el estómago y un roto en el corazón. Esta secuencia de pensamientos mina nuestra mente con deseos de venganza que solo se sacian señalando al otro, buscando culpables, responsables de nuestro dolor que carguen con este lastre que nos aplasta la existencia.

¿Por qué me está pasando esto a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? Alguien tiene que pagar por la mala gestión, la desorganización, la desinformación, alguien tiene que responsabilizarse de todo este desastre. Y en este preciso momento en el que se revuelve nuestro interior, cuando aflora la venganza y entramos en una espiral de rencor y resentimiento, es entonces cuando podemos volver a guardar todo en un rincón, buscando una anestesia ficticia, mirando hacia otro lado con la falsa creencia de protegernos de nosotros mismos.

¿Existe otra opción? Si que la hay, se trata de un camino alternativo que nos abre grandes posibilidades de sanación: Dejar fluir lo que nos pesa, arrancar lo que no da fruto y sustituirlo por aquello que nos restaura y cura las heridas. Pero ¿cómo limpiamos nuestra mente? ¿Cómo desinfectamos el corazón de aquello que hace tanto daño a uno mismo y a los demás? No hay un libro de instrucciones, no hay recetas ni pócimas secretas. Pero sí podemos poner todo nuestro empeño para sanar. En el libro “La cabaña”, Mack, el personaje principal, pasa por una difícil situación donde tiene que recorrer un largo camino de perdón con la compañía incansable de Dios. Esta es una de sus tantas conversaciones:

” Dios: – El perdón no establece ningún tipo de relación, solo se trata de que dejes de odiarle. El dolor que sientes te está devorando, te roba la felicidad y paraliza tu capacidad de amar.

  Mack: -No puedo perdonar. –

– Dios: -No estás bloqueado porque no puedas, lo estás porque no quieres.”

¿Qué nos paraliza para perdonar? ¿El miedo a limpiar un camino que disfrutamos imaginándolo lleno de venganza y de deseos crueles para el supuesto responsable de nuestras heridas? ¿Nos da miedo salir perdiendo? ¿Qué perdemos al perdonar? La realidad es que el perdón es algo sobrenatural, no nace de uno mismo sin esfuerzo. Estamos corrompidos, hechos para rechazar a los otros al mínimo error; somos insaciablemente exigentes porque nuestras heridas son nuestras y nos duelen, pero ¿Quién no ha recibido nunca una patada en el corazón? ¿No son las personas que nos hieren seres humanos tan limitados y desconcertados como nosotros mismos? Al reto que nos enfrenta el perdón es al cambio del “yo” al “nosotros”, todos tenemos motivos por los que perdonar y todos tenemos motivos por lo que pedir perdón.

“Yo perdono pero no olvido”. No podemos hacer click en nuestra mente y apretar el interruptor de la amnesia cuando nos plazca. Humanamente hablando es imposible. Pero sí podemos recordar de otra manera. El esfuerzo está en mirar diferente, cambiar el foco, variar la perspectiva. Es un acto de valentía, un acto que transforma el odio más hiriente en grandes raciones de misericordia.

“… Perdonándoos mutuamente como Dios os ha perdonado por medio de Jesús.”  Efesios 4:32

Si somos seguidores de Jesús somos perdonadores en prácticas, somos instrumentos de nuestro creador, moldeados por sus manos sanadoras, manos que abren puertas con grandes cerrojos, que derriban altas murallas, manos que fueron clavadas en una cruz irradiando perdón por cada uno de sus poros.

¿No es el perdón el centro de nuestra relación con Dios? ¿No ha sido él quien nos ha mostrado que el perdón es lo único que nos hace libres?

“Cuenta una historia que dos hombres habían compartido una condena injusta durante largo tiempo. En la prisión recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones.

Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos preguntó al otro:

– ¿Alguna vez recuerdas el sufrimiento de esos días?

– Si, pero por fin me siento libre. – contestó- ¿Y tú?

– Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas – respondió el otro.

Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo: Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen presUo”

Solo nosotros somos los responsables de liberar nuestra mochila, porque el rencor es como beber veneno y esperar a que la otra persona muera. No se trata de resignarse, no se trata de rendirse ni de rebajarse. Se trata de reconocer que, aunque sea difícil, hacer uso del perdón sana, porque el primer beneficiado es uno mismo, quién perdona.
¿Cuánta responsabilidad tenemos nosotros en el camino del perdón? ¿Podemos cambiar lo ocurrido? Quizá no, pero podemos cambiar lo que pensamos respecto a lo ocurrido. Perdonemos y recordemos con el filtro del amor de Dios que transforma todo lo que toca.

Eva Delas

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