Posted On 12/11/2013 By In Biblia, Ética, Opinión With 1284 Views

Una pareja singular

Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad (Hch. 5, 1)

La historia de Ananías y Safira que leemos en los primeros versículos de Hechos 5 nos ha llamado siempre la atención por lo que afirma de forma explícita y supone de forma implícita. Lejos de ser un simple añadido, una mera anécdota o un relleno de la narración lucana, reviste una enorme importancia para la comprensión de grandes verdades, no sólo referentes a la primera Iglesia de Jerusalén, sino del conjunto del cristianismo antiguo y moderno. Por decirlo de forma lapidaria, es un relato altamente desmitificador.

En primer lugar, la inserción de esta historia en el conjunto de los primeros capítulos de Hechos viene a romper de alguna manera la imagen idílica que podríamos forjarnos de la Iglesia primitiva, o por lo menos de la comunidad hierosolimitana. La tendencia humana innata a mitificar el pasado, especialmente notoria en las ideologías políticas de corte nacionalista de todas las latitudes y tendencias, no es algo a lo que los cristianos seamos inmunes. Tenemos una patente inclinación a imaginar a aquellos primeros creyentes en Jesús como un pueblo ideal, una congregación cuasi-perfecta en la que todo el mundo vivía en una atmósfera celestial de concordia, armonía y unidad de propósito y acción. Lo mismo solemos hacer con otros episodios o personajes bíblicos, olvidándonos de que las Escrituras constituyen un conjunto literario marcado por un realismo muy crudo, demasiado en ocasiones para nuestra mente y sensibilidad occidentales. Que en medio de aquella sucesión de testimonios acerca de Cristo a riesgo de la propia vida de los testigos, prodigios de curación de enfermos y solidaridad para con los creyentes menos favorecidos, aparezca esta singular pareja desmarcándose por completo del espíritu reinante en la comunidad cristiana supone para quienes leemos el libro de Hechos una forzosa toma de conciencia de una realidad no demasiado agradable, pero cierta. El relato que tiene como tristes protagonistas a Ananías y Safira nos obliga a poner los pies en el suelo, como se dice en una expresión muy popular, y a pensar que la Iglesia no está compuesta de ángeles, sino de seres humanos con intereses y tendencias a veces muy particulares, muy divergentes, hasta muy egoístas nos atrevemos a decir, no siempre acordes con los del resto. Y así es desde sus mismos comienzos.

En segundo lugar, la redacción de este curioso episodio nos desvela algo que quizá los versículos precedentes no dejaban demasiado claro o inducían a confusión. Mucho se ha venteado a distintos niveles la cuestión del “comunismo primitivo” de aquella primera congregación cristiana, hasta el punto de haberse presentado en ocasiones como el gran ideal perdido con el devenir de los siglos y al que sería necesario regresar. Tales asertos han calado muy profundamente a lo largo de la historia de la Iglesia en una serie de movimientos, a veces con tendencias al extremismo, y hoy no dejan de llamar poderosamente la atención de creyentes con marcadas ideologías políticas de tono marxista. Pero la pretensión de que los primeros cristianos eran forzosamente de esta mentalidad colectivista y enemigos acérrimos de la propiedad privada es otro de los mitos que este singular relato desmiente. De hecho, Ananías y Safira no fueron reprendidos por no compartir con los demás lo que poseían, de lo cual eran dueños indiscutibles con total libertad de acción sobre ello, sino por fingir que ponían una cierta cantidad al servicio de la comunidad cuando en realidad retenían deliberadamente una parte. En una palabra, por mentir. Ni estaban obligados a vender sus propiedades ni tampoco a entregar a los apóstoles el monto total de la transacción. El texto sagrado no nos indica con claridad cuál fue el móvil de aquella acción nefasta que costó la vida de la pareja, pero sí evidencia que sus intereses particulares y no demasiado honestos eran diametralmente opuestos a lo que se esperaba de creyentes comprometidos. No, la Iglesia de Cristo nunca ha profesado el colectivismo ni el comunismo bajo ninguna de sus formas como ideologías distintivas de su mensaje. Nunca se ha opuesto a la propiedad privada, pero sí a que se juegue a ser lo que no se es o a no ser lo que realmente se es. Nadie está autorizado a mentir o engañar a sus hermanos en aras de intereses particulares, aunque sólo sea pretender quedar bien ante los demás. La honestidad es un principio cristiano que no tiene dispensa alguna.

Y finalmente, el juicio divino fulminante sobre Ananías y Safira, según leemos en estos versículos de Hechos 5, viene a anular otro de los grandes mitos que existen en el mundo cristiano actual sobre la realidad de la Iglesia, el referente a que en la comunidad de los creyentes cada cual puede actuar como bien le parezca, y que todo el mundo tiene derecho a hacer lo que le convenga sin que haya ninguna autoridad moral con potestad para reprender las malas acciones. Esta idea, muy extendida en nuestro mundo occidental, se apoya en una mentalidad social generalizada de elevada permisividad y un gran exceso de individualismo, pero no concuerda con el tenor general de las Escrituras. La Santa Biblia, si bien potencia la singularidad de la persona humana ante Dios y promueve una relación directa del Padre Celestial con cada uno de sus hijos por medio de Cristo, también recalca de forma especial el sentido comunitario del cristianismo. No somos creyentes-islas, sino que constituimos un cuerpo, un organismo vivo del que Cristo Jesús es la cabeza y en el cual todos estamos interconectados, de manera que lo que haga o diga uno de sus miembros repercute forzosamente en el conjunto. La Iglesia no está compuesta de individuos aislados que actúan cada cual por su lado, sino de individuos con una clara conciencia de comunión y que, se supone, desean servirse unos a otros en amor, cada cual con sus problemas, limitaciones y peculiaridades, pero esperando siempre ser comprendidos y queridos por los demás. Esta particular dimensión de la Iglesia, en la que la comunidad y el individuo se interpenetran, se complementan y al mismo tiempo se autodefinen y se limitan, requiere la existencia de una organización y una autoridad instituida por el propio Señor con capacitación y potestad para actuar de forma contundente allí donde y cuando sea necesario. Los riesgos que tal condición entraña (vale decir, autoritarismo excesivo o una jerarquización que acabe perdiendo de vista la función principal para la cual han sido constituidas) no elimina la necesidad de esas figuras de autoridad, representadas en este relato por la figura señera del apóstol Pedro.

En definitiva, hemos de estar muy agradecidos de que Lucas, el autor de Hechos, bajo la inspiración del Espíritu Santo insertara esta narración en los primeros capítulos de su escrito. De no ser así, no sólo hubiéramos ignorado por completo los nombres de aquel particular matrimonio cristiano —¡lo era! No lo olvidemos nunca—, sino que tal vez hubiéramos caído en la trampa de idealizar en exceso una comunidad simple y llanamente humana. De creyentes, por supuesto, pero de creyentes humanos, es decir, con todas sus imperfecciones y limitaciones inherentes a su condición de tales.

Como decíamos al comienzo de esta nuestra reflexión, las Sagradas Escrituras tienen tendencia a presentarnos realidades muy crudas y sin demasiados paliativos.

Gracias a Dios por ello. Los cristianos no podemos vivir de mitos, sino de una Verdad que nos marca y nos impele a un testimonio vivo de Jesucristo Nuestro Señor.

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