Martin Lutero

Posted On 09/11/2018 By In portada, Reforma protestante With 347 Views

La libertad cristiana: fundamento de la reforma de la Iglesia | L. Cervantes-Ortiz

Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.
II Corintios3.17

Enseñanzas bíblicas y herencia protestante

La cita bíblica que preside este texto, tantas veces cantada con singular entusiasmo por la gente protestante o evangélica, siempre ha evidenciado esa característica fundamental de la fe en Jesús de Nazaret. Solamente que esa libertad tantas veces anunciada por el apóstol San Pablo debe encontrar cauces para su práctica y promoción auténticas. El testimonio de la salvación realizada por el Dios de la libertad el éxodo de los hebreos en Egipto y en otros pueblos, como bien lo destaca el profeta Amós (“Ustedes, israelitas, son para mí/ como si fueran oriundos de Cus/ —oráculo del Señor—/ si yo saqué a Israel de Egipto,/ también saqué a los filisteos de Creta/ y a los arameos de la tierra de Quir”, 9.7, La Palabra. Hispanoamérica) atraviesa las Sagradas Escrituras de principio a fin. Ella se realizó y se sigue realizando en los términos de liberación de cualquier forma de opresión que atente contra la voluntad de Dios, pues como dice Jürgen Moltmann: “Sólo un mundo libre corresponde efectivamente al Dios de la Libertad. Mientras el Reino de la Libertad no sea un hecho, Dios no se permite descanso en el mundo…”.[1]

Jesucristo vino al mundo como parte de la lucha del Dios bíblico contra la opresión y el dominio de unos seres humanos sobre otros, por lo que su llamada a la conversión es una puerta abierta al reino de la libertad otorgada por gracia, ciertamente, pero que por lo mismo es resistida por las fuerzas del mal y la injusticia. Porque si hay algo que define al cristianismo, por sobre todas las cosas, es que se trata de “una religión de libertad”, como bien resumió Moltmann en una época muy temprana (1967), en la que el lenguaje liberador aún no se utilizaba suficientemente en las iglesias. Hoy, cuando la palabra y el concepto de “liberación” se ha ido por otros rumbos dominados por el deseo de respuestas rápidas y “prácticas”, debe recuperarse la fuerza original con que aparece ligada a las acciones salvadoras de Dios, quien en la Biblia continuamente advierte de los peligros de esperar una salvación desligada de los problemas de todos los días, cuando la fe de las personas se enfrenta a las necesidades alimenticias, laborales, afectivas y un enorme etcétera.

Para quien nace en una familia protestante, pero también para quien no, el ejercicio de la libertad es (o debería ser) una práctica ineludible. El grito y las acciones de Lutero, Zwinglio, Calvino, Müntzer, Grebel, Simons y los demás reformadores ha tenido que ser releído y reformulado en clave liberadora desde nuestros países, a pesar de que muchas iglesias tradicionales (mal llamadas “históricas”) se han resistido a esta renovación. De ahí que el ansia libertaria encarnada por esos personajes, que nunca ha perdido vigencia entre nosotros, se despierta con cierta frecuencia en espacios religiosos que están más habituados a la comodidad y el reconocimiento, lo cual no marca ninguna diferencia con otras comunidades cristianas de mayor arraigo o antigüedad en el subcontinente.

También es verdad, y hay que decirlo, que los protestantismos latinoamericanos han tenido que ganarse su “libertad social” de dos maneras básicas: mediante el testimonio cristiano y el número de militantes, sobre todo, porque cuando estas sociedades no toleraban la posibilidad de ser creyentes de otra manera, distinta a la católica, la lucha por la tolerancia y la libertad de culto cobró víctimas protestantes en todos los sentidos.

Libertad, “principio protestante” y vida diaria

De modo que la palabra libertad, para quien no se ha acostumbrado a la aceptación social y el respeto de sus derechos sino muy recientemente, ofrece significados y resonancias diferentes a otros grupos de creyentes que asumen su fe y su herencia convencidos de que el Espíritu de la libertad también actúa a través de ellos/as. Sumarse a su acción en el mundo en medio de tantas luchas en las que la libertad está en juego es uno de los grandes desafíos para los creyentes de todas las tradiciones y los protestantismos no son la excepción, debido a su pasado libertario, contestatario y disidente. En cuanto a la disposición de cada persona seguidora de Jesucristo, las palabras de Martín Lutero en su gran tratado sobre la libertad cristiana (1520), basadas en I Co 9.19 (“Soy plenamente libre; sin embargo, he querido hacerme esclavo de todos para ganar a todos cuantos pueda”, LPH), siguen siendo vigentes, y quizá más que antes, porque la libertad conduce al servicio hacia los demás: “El cristiano es libre señor de todas las cosas y no está sujeto a nadie. El cristiano es servidor de todas las cosas y está supeditado a todos”.[2]

A mediados del siglo pasado se desarrolló la idea de que los protestantismos tienen una base unificadora y movilizadora en un “principio” ligado íntimamente a la búsqueda y la exigencia de libertad en todos los órdenes, el cual, aunque no se identifica totalmente con las iglesias llamadas “protestantes”, busca expresarse en ellas también en relación con la libertad. Derivada de la experiencia de la justificación por la fe, se define como la protesta y la crítica radicales a cualquier intento por colocar alguna realidad humana en el mundo como absoluta, incluyendo a las iglesias protestantes (Paul Tillich, La era protestante). Es la razón de ser de una práctica efectiva y de una afirmación continua de que no es posible proclamar la libertad que ofrece el Evangelio de Jesucristo a los seres humanos y, al mismo tiempo, someterse a alguna forma de dominación ideológica, política o cultural, venga de donde venga, puesto que incluso los criterios religiosos deben pasar por el filtro de una vida humana auténticamente libre.

Muchos protestantes o evangélicos deberían conocer este principio, pues brota de la enseñanza bíblica de la libertad, como cuando Pablo se dirige a los Gálatas y les asegura: “Cristo nos ha liberado para que disfrutemos de libertad. Manténganse, pues, firmes y no permitan que los conviertan de nuevo en esclavos” (5.1), con lo que se afirma la superación completa de cualquier forma de esclavitud. Luego les recuerda: “Hermanos, han sido llamados a disfrutar de libertad” (5.13a). De modo que el mismo riesgo que existió, en ese momento, de retroceder en el ejercicio de la libertad, por múltiples razones, sigue existiendo hoy, especialmente a la hora de trasladar la vivencia libertaria de la fe cristiana a los demás espacios de la vida: política, economía, educación, trabajo, etcétera, pues en ellos se define cotidianamente y se rechaza o experimenta nuevamente la libertad anunciada por Jesús de Nazaret. La libertad para quienes lo siguen es, ciertamente, una utopía, un sueño que se sigue buscando, pero también es parte de la serie de realizaciones históricas que se esperan por parte del pueblo de Dios en el mundo, justamente el espacio humano donde diariamente son violentadas las libertades de las personas, y en muchos casos, hasta llegar a la muerte.

De tal suerte que la praxis de la libertad no es un asunto meramente teórico sino que alcanza e invade los terrenos de todo lo que la gente hace, pues el simple hecho de tener la capacidad de organizarse comunitariamente, superando los egoísmos de quienes a veces ven con malos ojos que la gente ejerza la libertad y busque canales de actuación firmes y benéficos. La libertad individual, familiar y colectiva informada por el Evangelio de Jesucristo debe traducirse en hechos concretos que animen y fortalezcan los impulsos populares por lograr mejores condiciones de vida.

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[1]J. Moltmann, “El cristianismo como religión de libertad”, en Convivium. Revista de Filosofía, núm. 26, 1968, www.raco.cat/index.php/Convivium/article/view/76338/98937.

[2]M. Lutero, La libertad cristiana, en www.fiet.com.ar/articulo/la_libertad_cristiana.pdf, p. 1.

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